María cerró la cerradura con un chasquido y soltó un suspiro de alivio. Por fin. Dos días libres por delante, sin colas, sin pesar mercancía, sin cargas ni descargas.
—María, ¿mañana trabaja usted? —llegó desde atrás una voz conocida.
Ni siquiera tuvo que girarse. Sabía quién era. Don Julián. Siempre llegaba en el peor momento.
—Mañana es domingo —respondió sin volverse—. Descanso.
—Ah. Claro. Bueno, el lunes entonces.
María se giró al fin. El anciano estaba ahí, con una bolsa de malla raída y una chaqueta gastada. La miraba con desconcierto, como si aún esperara algo.
—Otra vez va a contar calderilla media hora —pensó ella.
—Venga el lunes —dijo, y echó a andar hacia su casa.
Siempre era igual: llegaba justo al cierre, escogía dos o tres cosas baratas, y luego se pasaba un siglo rebuscando monedas en la cartera. La cola crecía, la gente suspiraba, y él ni se daba cuenta. Lento. Desesperante.
El domingo por la mañana, al pasar frente a la tienda, María se quedó clavada en el sitio.
En la puerta había una gata. Una común, callejera, gris, desgreñada y flaquísima. Pero no estaba simplemente sentada: iba de la puerta a la ventana, arañaba el umbral, se asomaba a la rendija, maullaba. Un maullido triste, desesperado.
—¡Largo de aquí! —dijo María, agitando la mano.
La gata ni se movió. Solo miraba fijamente la puerta.
—Perdida —murmuró María, y siguió su camino.
El lunes, María se acercó a la tienda con el estómago encogido. La gata seguía allí, hecha un ovillo en el umbral, agotada.
La llave giró en la cerradura. La puerta se abrió.
Y entonces María lo oyó. Un llanto finísimo, casi imperceptible. En algún rincón, detrás de los estantes.
Entró, miró bien… y el corazón se le fue al suelo.
Un gatito.
Diminuto, ciego, indefenso. Estaba entre cajas de cartón, gimiendo débilmente, moviendo las patitas.
La gata se lanzó al interior tras María, saltó junto al pequeño y empezó a lamerlo, a ronronear.
—Dios mío —susurró María—. Así que por eso querías entrar.
María se quedó de pie ante la caja de cartón, sin saber qué hacer. La gata se había tumbado junto al gatito, lo lamía, ronroneaba. Por primera vez en todo el día, parecía tranquila.
Pero María solo pensaba una cosa: «No puedo tener animales en la tienda. ¿Y ahora qué hago con ellos?»
—Tú sí que te las has apañado —murmuró en voz alta—. ¿Cómo entraste? ¿Cuándo tuviste tiempo?
La gata se apretó más contra el gatito.
María recordó: el viernes al cerrar, había un montón de gente en la puerta. Agobio, prisas. Debía de haberse colado entonces, sin que nadie la viera. Y parió de noche, cuando la tienda estaba vacía.
Y todo el domingo estuvo fuera, desesperada por volver a entrar.
—Vale —suspiró María—. Ya veremos.
Le puso agua en un vaso de plástico, partió un trozo de chorizo de su bocadillo. La gata bebió con avidez, deprisa, como si temiera que se lo fueran a quitar.
Después, María abrió la tienda.
La primera en entrar fue la vecina, doña Carmen. Vio a la gata con el gatito y se llevó las manos a la cabeza:
—¡Ay, María! ¿De dónde han salido?
—Pues… —María hizo un gesto—. Se coló. Oye, Carmen, ¿te los llevas tú? A tus nietos les gustan los animales, ¿no?
Carmen puso mala cara:
—Ya tenemos un gato en casa. Viejo y malo. Los mata a todos. No, no, lo siento.
Luego vino el fontanero, don Manolo. También dijo que no:
—Mi mujer no me deja. Estornuda con el pelo.
Después llegó una madre joven con un niño. El pequeño estiró la mano hacia el gatito, pero la madre lo apartó:
—¡No toques! ¡Está sucio! No sabes qué enfermedades tiene. Vámonos.
María se quedó detrás del mostrador y sintió que algo se le encogía por dentro. Cada negativa le golpeaba el pecho como un mazazo.
—¿De verdad nadie va a quererlos?
A media tarde, ya había perdido la esperanza.
Sobre las tres, la puerta se abrió y entró don Julián.
Como siempre: despacio, con cuidado. La bolsa de malla en la mano. Saludó en voz baja, asintió.
María no tuvo tiempo de responder. Él se detuvo en la entrada, se agachó junto a la caja.
—Anda —dijo en voz baja—. ¿Y estos quiénes son?
La gata levantó la cabeza, mirándolo con desconfianza.
Don Julián alargó la mano con cuidado y le acarició la cabeza. La gata cerró los ojos, empezó a ronronear.
—María —dijo, volviéndose hacia ella—. ¿Qué va a pasar con ellos?
María suspiró:
—No sé, don Julián. No puedo tenerlos aquí. Y nadie los quiere.
—Ya.
Se quedó callado un momento, luego volvió a acariciar a la gata. El gatito gimió un poco, se movió.
—Oiga —empezó don Julián, y dudó—. ¿Puedo llevármelos yo?
María se quedó helada. Miró al anciano sin dar crédito.
—¿Usted? —repitió—. ¿En serio?
—Bueno, sí. —Sonrió, casi con timidez—. Estoy solo, me aburro. Así tendré compañía. No sé cuidarlos, pero aprenderé. Lo miro en internet.
María sintió un nudo en la garganta. Aquel viejo lento al que siempre había apurado, al que miraba con fastidio… Era el único que no había pasado de largo.
—Don Julián —consiguió decir—. Muchas gracias. De verdad. Gracias.
Él negó con la mano:
—No, no. A mí me alegra. La casa está vacía. Mi mujer murió hace tres años. No tenemos hijos. Por eso vengo cada día a la tienda, para hablar con alguien.
A María le entró una vergüenza tan honda que deseó que la tierra se la tragara.
Siempre se había irritado con él. Porque era lento. Porque entretenía a los clientes.
Y él solo estaba solo.
Don Julián cogió la caja con la gata y el gatito con mucho cuidado, sujetándola por abajo para que no se moviera. La gata lo miró con recelo, pero no opuso resistencia. Como si supiera que aquel hombre no iba a hacerle daño.
—El problema es llevarlos a casa —dijo, pensativo—. La caja es grande, incómoda. Y ellos se mueven.
—Espere —dijo María, y fue al almacén. Volvió con una caja de cartón más pequeña y resistente—. Tome, esta es mejor. Tiene asas.
Ella misma pasó a la gata y al gatito, y puso un trapo suave en el fondo. Le temblaban las manos. No sabía si de nervios o de la vergüenza que la roía por dentro.
—María —dijo don Julián, inseguro—, ¿me puede aconsejar? ¿Qué les compro? ¿Comida? ¿Un cuenco?
María lo vio entonces con claridad: el anciano estaba perdido. Había asumido la responsabilidad, pero no sabía qué hacer. Y aun así la había tomado. Porque no había podido pasar de largo.
—Espere —dijo ella, decidida.
Recorrió los estantes y reunió lo necesario: un tarro de comida húmeda para la gata, un paquete de pienso, dos cuencos de plástico, un saco de arena para el arenero.
—Esto es para usted —dijo, tendiéndole la bolsa.
—No, no. Yo se lo pago.
—No hace falta —cortó María—. Es de mi parte. Así, sin más.
Él quiso protestar, pero ella lo miró con tanta firmeza que solo asintió:
—Gracias. Muchas gracias.
Don Julián cogió la caja y la bolsa, y se encaminó a la salida. En el umbral se volvió:
—María, ¿cree que debería llevarlos al veterinario?
—Sí —asintió ella—. Vaya mañana. Que los mire.
—Vale. Iré.
Salió. La puerta se cerró con un suave tintineo.
María se quedó sola.
La tienda estaba en silencio. Vacía. Solo en el suelo, en un rincón, quedaba la caja de cartón vieja, la misma donde había estado el gatito.
Se acercó, la recogió, pensó en tirarla. Y de repente no pudo. Se sentó en el suelo, apretó la caja contra su pecho y se echó a llorar.
Las lágrimas le corrían por las mejillas, caían sobre el cartón.
Recordó cómo se había irritado con don Julián. Cómo lo había apurado. Cómo había suspirado cada vez que entraba. Cómo había pensado: «Otra vez el viejo. Otra vez va a contar calderilla.»
Y él, en cambio, era así.
Sin dudarlo, se había llevado a la gata y al gatito. Aunque apenas llegaba a fin de mes —se notaba en la ropa, en la forma de contar las monedas—.
Pero no había pasado de largo.
—Dios mío —pensó María—. Qué idiota he sido. Qué insensible.
Se secó las lágrimas con la mano, se levantó del suelo. Tiró la caja a la basura. Volvió al mostrador.
Empezaron a entrar clientes.
Un día de trabajo normal.
Pero algo había cambiado dentro de María. Miraba a los clientes de otra manera. Ya no como una cola que había que despachar rápido, sino como personas. Cada una con su historia. Y nunca se sabe lo que lleva cada uno dentro.
Mañana le preguntaría a don Julián por la gata y el gatito. Cómo estaban. Si necesitaba algo.
Y nunca más lo apresuraría.
Pasaron dos días.
María esperaba a don Julián. Miraba la puerta, aguzaba el oído. Pero él no venía.
La preocupación crecía. «¿Le habrá pasado algo? ¿Se habrá puesto malo? ¿O la gata?»
Al tercer día, no aguantó más.
Preguntó a los vecinos la dirección. Don Julián vivía en el edificio de al lado, en el tercer piso.
María compró una bolsa de manzanas y un paquete de galletas —por compromiso, para no ir con las manos vacías— y después del trabajo se fue a verlo.
La puerta tardó en abrirse. Luego se oyeron pasos arrastrados, y don Julián apareció en el umbral. Sorprendido, desconcertado.
—¿María? ¿Usted… a mí?
—Sí —dijo, tendiéndole la bolsa—. Quería ver cómo estaba. ¿Y la gata? ¿Y el gatito?
La cara del anciano se iluminó con una sonrisa. Tan cálida, tan sincera, que a María se le alivió el alma.
—¡Pase, pase! —dijo, apartándose—. Están estupendamente.
El piso era pequeño, humilde. Muebles viejos, una alfombra gastada. Pero limpio, acogedor.
En el alféizar de la ventana, sobre una manta doblada, dormía la gata. A su lado, el gatito se movía —ya más fuerte, más peludo—.
—Ahí están —dijo don Julián, orgulloso—. A la gata la he llamado Luna. Y al gatito, Coco. Porque es muy tranquilo.
María se acercó y acarició a Luna con cuidado. La gata entreabrió un ojo, ronroneó y volvió a dormirse.
—Qué bonitos están —dijo María en voz baja.
—Ya ve. —Don Julián sonreía de oreja a oreja—. Los llevé al veterinario. Están perfectos.
Habló y habló: de cómo Luna se escondió el primer noche debajo del sofá, y cómo arrastró al gatito con ella; de cómo luego se fue acostumbrando; de cómo ahora lo esperaba en la puerta cuando volvía.
Al marcharse, María se detuvo en el umbral:
—Don Julián, vuelva a la tienda. Le estaré esperando.
Él asintió:
—Iré.
Y añadió en voz baja:
—Gracias, María. Por todo.
—Gracias a usted —respondió ella—. Es usted una buena persona.
Al día siguiente, don Julián volvió a la tienda. Como siempre: despacio, con su bolsa de malla.
Pero esta vez María lo recibió con una sonrisa. Sacó un taburete del almacén y lo puso junto al mostrador:
—Siéntese, don Julián. No tenga prisa. Yo no tengo prisa.
Él asintió, agradecido. Se sentó. Empezó a escoger la compra con calma.
Y María, por primera vez, no lo apresuró.






