Un perro vagabundo aullaba junto a la valla cada noche – Marina se quedó sin aliento al saber el motivoLa perra, llamada Luna, aullaba para advertir a Marina de que su hijo pequeño se había escapado de casa y estaba perdido en el bosque cercano.

Carmen oyó el aullido por primera vez el sábado, cuando volvía del turno de noche. Largo, desgarrador —le recorrió un escalofrío por la espalda. Paró el coche frente a casa, aguzó el oído. El aullido llegaba de algún lado junto a la parcela.

Bajó del coche y lo vio. Pegado a la valla, donde crecía un viejo olmo, estaba un perro. Pequeño, rojizo, tan flaco que se le marcaban las costillas. Tenía el hocico alzado al cielo y aullaba, aullaba sin parar.

—¡Eh, tú! —gritó Carmen—. ¡Largo de aquí! ¡Vas a despertar a todo el mundo!

El perro se calló, bajó la cabeza. La miró, y en esa mirada había algo que hizo a Carmen retroceder sin querer.

—Vete ya —dijo cansada, con un gesto—. No tengo tiempo.

Se acostó al amanecer, pero el aullido le daba vueltas en la cabeza.

—¿Oíste anoche al perro? —preguntó su suegra, Rosario, cuando Carmen salió a la cocina—. Estuvo aullando toda la noche, ¡maldito sea! Pensé que era el Sultán de los vecinos, que siempre aúllan antes de una muerte.

—No era el Sultán —contestó Carmen—. Era un vagabundo. Se sentó junto a nuestra valla.

—¡Anda ya! —se alarmó la suegra—. Hay que echarlo. Eso trae mala suerte, que un perro desconocido aúlle en tu puerta. Voy a echar sal en el patio, eso lo ahuyenta.

Carmen calló. No creía en supersticiones. Aunque su madre, que en paz descanse, siempre decía: un perro no aúlla por nada. O presiente una muerte, o una desgracia.

Por la noche llegó Javier, su marido, tarde y hecho una furia.

—Otra vez los recortes —tiró el maletín a un rincón—. ¡Tercera vez en seis meses! Pronto echarán a media fábrica a la calle.

—Igual no te toca —intentó calmarlo Carmen—. Eres el mejor oficial.

—Sí, el mejor —gruñó Javier—. Todos son los mejores. A la jefatura le da igual. Solo quieren hacer papeles bonitos y cobrar su prima.

Cenaron en silencio, cada uno con sus pensamientos. El pequeño Pablo, de seis años, cabeceaba sobre el plato —se había cansado en el colegio. Rosario hacía punto, con los labios apretados, señal de que no era momento de hablar.

Por la noche el aullido se repitió. Largo, lastimero. Carmen saltó de la cama, se asomó a la ventana. El perro estaba en el mismo sitio, junto al olmo. Javier se despertó y refunfuñó entre sueños:

—¡Qué coñazo! ¡Hay que echar a ese bicho!

Salió al patio en calzoncillos y chanclas, gritando, agitando los brazos. El perro retrocedió unos diez metros y se sentó. Javier le tiró un palo —no le dio. Volvió a casa dando un portazo que hizo temblar los cristales.

—Mañana le pongo veneno —prometió—. ¡Ya estoy harto!

—Javier, no puedes… —empezó Carmen.

—¡Sí puedo! —bramó él—. ¡Menuda gracia, despertar a toda la familia por un perro!

Carmen se acostó, pero no pudo dormir. Se quedó mirando el techo, dándole vueltas a una idea: ¿y si su madre tenía razón? ¿Y si de verdad era un presagio?

Por la mañana fue hasta la valla. El perro yacía bajo el olmo, hecho un ovillo. Levantó la cabeza y la miró. Ni huía, ni gruñía —solo miraba.

—¿Qué haces tú aquí? —preguntó Carmen en voz baja—. ¿Tienes casa? ¿Dueño?

El perro gimió quedamente. Se levantó, se acercó a la valla y empezó a escarbar con las patas, a hacer un agujero. Carmen se agachó y vio un hoyo pequeño —el perro intentaba pasar por debajo.

—¿Y por qué quieres entrar? —dijo Carmen en voz alta, confundida—. ¿Qué quieres?

El perro dejó de cavar y se quedó mirándola fijamente.

—Vale —suspiró Carmen—. Espérame aquí.

Volvió con un cuenco de agua y las sobras del cocido de ayer. Lo metió por debajo de la valla.

—Toma, come. Pero deja de aullar, que si no, mi marido te envenena de verdad.

Así pasó una semana. Cada noche, el aullido. Javier cada vez más furioso, la suegra lamentándose de los malos augurios. Y Carmen seguía llevándole comida al perro. Pero el animal seguía perdiendo peso a ojos vista.

—Oye, Carmen —le dijo la vecina Gloria desde la valla—, ¿sabes de quién es ese perro?

—Será vagabundo.

—Vagabundo, dice —rió Gloria—. Ayer hablé con doña Remedios, la que vive dos casas más allá. Dice que ese perro era de los Martínez. ¿Te acuerdas de los Martínez?

Carmen recordó. Una pareja mayor, callada, educada. Hacía tiempo que se habían mudado no sabía adónde. Vendieron la casa a una familia joven.

—¿Y qué?

—Pues que tenían un hijo. Se llamaba Javier, creo, o Alberto. No lo sé bien. El caso es que murió hace un año. En la carretera. Un conductor borracho lo atropelló.

A Carmen se le erizó la piel.

—¿Y?

—Y dicen que ese perro era del hijo. Después del entierro se escapó de casa, lo buscaron un mes y no lo encontraron. Y ahora, mira, ha vuelto. Pero la casa ya no es suya. Viven otros. Por eso aúlla. Echa de menos a su dueño.

—Cuentos de viejas —dijo Carmen, pero el corazón le dio un vuelco.

Por la noche contó la historia durante la cena. Javier resopló:

—Todo son pamplinas. Los perros no recuerdan tanto tiempo.

—Sí recuerdan —dijo Rosario de repente—. Y cómo. En mi pueblo teníamos una vecina cuyo perro esperó cuatro años a su hijo que fue a la guerra. Cada día salía al camino. Y cuando el hijo murió, aulló una semana entera, y luego se murió en el mismísimo umbral.

Se hizo un silencio. Pablo miró asustado a su abuela.

—Mamá, ¿nuestro perro también se va a morir? —preguntó el niño en voz baja.

—No es nuestro —refunfuñó Javier—. Y basta ya de hablar del tema.

Por la noche, Carmen no aguantó más. En cuanto empezó el aullido, se puso la bata y salió al patio. Se acercó a la valla. El perro estaba sentado, con el hocico alzado. Aullaba como si se vaciara el alma.

—¿Qué quieres? —susurró Carmen—. ¿Qué quieres de nosotros?

El perro se calló. Volvió la cabeza hacia la casa de los Martínez, hacia la que fue su casa. Gimió, como si llamara a alguien.

—Tu dueño no está —dijo Carmen—. ¿Lo entiendes? No está. Se fue hace tiempo.

Alargó la mano y acarició la cabeza del perro. Él no se apartó. Cerró los ojos.

Así estuvieron un rato. Una mujer y un perro. Bajo el cielo estrellado, en el silencio del barrio.

—Ven —dijo Carmen—. Ven a casa. Él no va a volver. Pero puedes quedarte con nosotros. ¿Quieres?

El perro abrió los ojos. La miró largo rato, como si estuviera decidiendo si fiarse.

—Ven —repitió Carmen—. Te prometo que no te haremos daño.

Se levantó y echó a andar hacia la casa. El perro se levantó detrás. Caminaba despacio, cansado. Carmen se volvió —él la seguía.

Abrió la cancela.

—Pasa.

El perro se quedó quieto en el umbral. Luego dio un paso. Otro. Cruzó la entrada.

Esa noche no se oyó ningún aullido.

A la mañana siguiente, Javier bajó a la cocina y se quedó de piedra. En la vieja alfombra junto a la estufa dormía un perro rojizo. Carmen estaba haciendo la papilla.

—¿Has metido a ese chucho en casa? —estalló él.

—¡Chis! —siseó Carmen—. Vas a despertar a Pablo.

—Te dije que no quería perros en casa.

—Y yo te digo que se queda —respondió ella con calma—. Y punto.

Javier la miró con los ojos como platos. Nunca le había llevado la contraria. Nunca.

—Carmen, tú…

—Ya lo he decidido, Javier. El perro se queda. Si no te gusta, la puerta está ahí.

Hubo un silencio. El perro levantó la cabeza y los miró. Tranquilo, sin miedo.

—Venga, haz lo que quieras —Javier agitó la mano—. ¡Haz lo que te dé la gana!

Dio un portazo y se fue a trabajar. Rosario, que había estado observando desde el pasillo, negó con la cabeza.

—Ay, Carmencita, has puesto a tu hombre contra las cuerdas. Por un perro.

—No es un perro, mamá —respondió ella en voz baja—. No es un perro.

Lo llamaron Canelo, por el color del pelo. Pablo fue el primero en hacerse su amigo. Resultó que el perro sabía órdenes, traía la pelota, no ladraba sin motivo. Educado, vamos.

Canelo se adaptó rápido. Dormía en el recibidor, comía poco, pedía salir. Un perro perfecto. Pero había algo en él. Como si esperara algo. A menudo se levantaba de noche, se acercaba a la puerta y olfateaba.

Dos semanas después, pasó.

Javier llegó del trabajo negro como una nube.

—Ya está —dijo sentándose a la mesa—. Me han echado. Desde mañana, estoy libre.

Carmen se quedó helada.

—¿Cómo que te han echado?

—Pues así. Recorte de plantilla. Han borrado a la mitad de los oficiales. Yo estoy entre ellos.

—Pero si tú…

—¿Qué? —estalló Javier—. ¿El mejor oficial? ¿El más experto? ¡Les da igual! Quieren jóvenes a los que pagar cuatro perras.

Golpeó la mesa con el puño. Pablo se encogió y se pegó a Carmen. Canelo, que dormitaba en un rincón, levantó la cabeza.

—¿Y ahora qué hacemos? —susurró Carmen—. Con mi sueldo solo no llegamos.

—¡Eso mismo! —Javier se levantó y empezó a pasear por la cocina—. Hipoteca, el coche que se muere, el niño que come. Y yo sin trabajo y sin futuro.

—Encontrarás algo —intentó calmarlo Carmen, aunque sabía que en el barrio el trabajo escaseaba.

—¡Claro, encontraré! Tengo cuarenta y cinco, ¿quién me quiere?

Los días siguientes fueron una pesadilla. Javier bebía. No mucho, pero a menudo. Se irritaba por tonterías. Se peleaba con su madre, le gritaba a Pablo. Carmen iba a trabajar como si fuera al patíbulo —volvía a casa y se encontraba con otro escándalo.

Canelo, mientras tanto, se volvió raro. Seguía a Javier a todas partes. Lo miraba fijamente. Cuando el marido bebía, se tumbaba a sus pies y gemía bajito.

—¡Quita a tu chucho de en medio! —bufaba Javier—. ¡No puedo ni verlo!

Pero Canelo no cejaba.

El jueves por la noche, Carmen se retrasó en el trabajo. Inventario, la jefatura la obligó a quedarse. Volvió a las once. La casa a oscuras, el patio en silencio. Raro —su marido solía ver la tele hasta la madrugada.

Abrió la puerta y lo vio.

Javier estaba en el suelo del recibidor, inconsciente. Al lado, una botella vacía. Y encima de él, Canelo, ladrando, arañándole la manga, tirando de la chaqueta.

—¡Javier! —Carmen se arrojó sobre su marido.

Le palpó el pulso —débil, pero estaba. Respiración superficial. Olía a alcohol que casi mareaba.

—¡Mamá! —gritó Carmen—. ¡Mamá, llama a una ambulancia!

Rosario salió de la habitación y dio un grito.

—¡Dios mío, qué le pasa!

—¡No sé! ¡Llama ya!

Canelo no se apartaba de Javier. Gemía, le lamía la cara. Carmen comprendió de repente: si no fuera por el perro, podría haber encontrado a su marido demasiado tarde. Intoxicación etílica, dijeron luego los médicos. Un poco más y no lo reaniman.

Javier estuvo tres días en el hospital. Volvió a casa demacrado, envejecido.

—Perdona —le dijo a Carmen cuando se quedaron solos—. No sé qué me pasó.

—Calla —ella le puso la mano en el hombro—. Lo importante es que todo ha salido bien.

—El perro me salvó, ¿verdad? —Javier miró a Canelo, que yacía junto a la puerta—. Recuerdo vagamente que ladraba, no me dejaba dormir. Intenté echarlo, pero arañaba, aullaba.

Carmen asintió, sin atreverse a hablar.

—Es muy raro —siguió Javier—. Como si lo supiera. Como si no me dejara desconectar.

—Igual lo sabía.

Javier se calló un momento, luego llamó:

—Canelo, ven.

El perro se acercó con cuidado. Javier alargó la mano y le acarició la cabeza.

Canelo le lamió la mano. Y en los ojos del perro algo cambió.

Pasaron seis meses.

Javier encontró trabajo —no tan bueno como el anterior, pero estable. Dejó de beber. Se volvió más cariñoso con la familia. Canelo era ya un miembro más —Rosario le daba caprichos, incluso Javier lo sacaba a pasear por las tardes.

Carmen estaba en la ventana, viendo volver a su marido y al perro del paseo. Javier le contaba algo a Canelo, y este lo escuchaba atento.

—Mamá, ¿de dónde vino Canelo? —preguntó Pablo un día.

—No lo sé, hijo —respondió Carmen con sinceridad—. Simplemente llegó. Cuando estábamos mal, llegó.

—¿Y nos ayudó?

—Y nos ayudó.

—Seguro que es un mago bueno —decidió el niño—. Disfrazado de perro.

Carmen sonrió. Quizá Pablo tenía razón. Quién sabe.

Y por la noche soñó con un joven de pie junto a una carretera, acariciando a un perro rojizo.

El perro gemía, se restregaba contra las piernas de su dueño.

—Vete —decía el joven—. No te preocupes por mí.

Y se desvanecía entre la niebla del amanecer.

Carmen se despertó llorando. Se levantó y fue al recibidor. Canelo dormía en su alfombra. Respiraba tranquilo, acompasado.

El perro abrió un ojo, la miró. Y volvió a dormirse.

A la mañana siguiente, mientras desayunaban, Pablo dijo de repente:

—Mamá, ¡Canelo está sonriendo! Mira.

Y era verdad —el perro tenía el hocico como contento. Como si hubiera cumplido su misión.

Carmen se acercó, se agachó y lo abrazó. El perro apoyó la cabeza en sus rodillas.

—Te queremos —susurró Carmen.

Canelo suspiró suavemente. Y cerró los ojos, confiado, acurrucado contra ella.

En algún lugar, más allá de este mundo, un joven estaba junto a un río de luz y sonreía. Su amigo había encontrado un nuevo hogar. Y un nuevo amor. Así que todo estaba bien. Todo como debía ser.

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Elena Gante
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Un perro vagabundo aullaba junto a la valla cada noche – Marina se quedó sin aliento al saber el motivoLa perra, llamada Luna, aullaba para advertir a Marina de que su hijo pequeño se había escapado de casa y estaba perdido en el bosque cercano.
הילד שהחזיר לה את הלב שנשכח