– ¡Para la noche, que no haya ningún gato en el portal! – gritaba el presidente de la comunidad. Con 30 grados bajo cero.

Aquella mañana de invierno, Pilar García estaba junto a la ventana y miraba cómo la helada dibujaba flores en el cristal. Habían anunciado menos treinta grados. Quizá más.

Prestó atención.

Desde abajo llegaban voces. Luego un grito:

—¡Para la tarde, ¿oyen?! ¡Para la tarde, que el gato no esté!

Don Pedro Martínez. El presidente de la comunidad.

Pilar se apartó de la ventana, se echó un chal sobre los hombros y salió al rellano. Bajó hasta el primer piso. Allí estaban ya los vecinos: unos en zapatillas, otros con la chaqueta abierta. Todos miraban en silencio a don Pedro, que estaba en medio del portal, rojo, encendido, señalando con el dedo un rincón.

Allí, sobre el radiador, estaba enrollado un gato rojizo.

Flaco. Con una oreja desgarrada. Temblando.

—¡Ahí lo tienen! —bramó el presidente—. ¡Ese vagabundo de ustedes! ¡Pelo por todas partes! ¡Hedor! Yo respondo del orden, y ustedes han montado un refugio.

—Don Pedro —dijo en voz baja doña Carmen, la del tercero—, si no molesta a nadie…

—¿Que no molesta? —don Pedro se giró hacia ella tan bruscamente que la mujer retrocedió un paso—. ¿Y quién se quejó de que el pelo está por todos lados? ¿Y quién dijo que trae pulgas? ¿Acaso estoy perdiendo el tiempo aquí?

Doña Carmen desvió la mirada.

Pilar apretó los puños.

Quería decir algo. Lo quería. Pero la garganta se le oprimió y las palabras se quedaron atascadas dentro.

—En fin —cortó el presidente—, a las seis de la tarde, que no quede ni rastro. Si no lo retiran ustedes, lo echo a la calle. ¿Está claro?

Miró a todos. Nadie respondió.

—¡Que si está claro, digo!

—Claro —murmuró uno de los hombres.

Don Pedro asintió, dio un portazo y se fue.

Los vecinos se fueron dispersando, suspirando.

Y el gato siguió tumbado en el radiador: un ovillo anaranjado que ni siquiera sabía que iban a echarlo al frío.

Pilar subió a su cuarto piso. Cerró la puerta. Se sentó en la cocina y se quedó mirando la pared.

Al anochecer haría menos treinta grados.

Él se moriría de frío.

Lo sabía con certeza.

Porque una vez, en invierno, encontró bajo el portal un gorrión: pequeño, helado, con las alas pegadas al cuerpo. Lo llevó a casa, lo calentó, pero fue demasiado tarde. Demasiado tarde.

Pilar se levantó, se acercó a la ventana.

—Señor —susurró quedamente—, ¿qué hago?

Volvió a sentarse. Le temblaban las manos.

Tenía miedo. Miedo del escándalo. Miedo de que don Pedro se pusiera a gritar. Miedo de que los vecinos le dieran la espalda. Miedo de que la llamaran loca.

Pero más miedo le daba imaginar el ovillo rojizo tendido en un montón de nieve: tieso, con los ojos abiertos.

Pilar bajó al atardecer.

El gato seguía sobre el radiador. Alzó la cabeza cuando ella se acercó. La miró con los ojos amarillos, recelosos.

—¿Qué haces aquí? —murmuró ella—. ¿No tienes a dónde ir?

El gato calló.

Pilar alargó la mano y lo acarició por el lomo despellejado. Él se estremeció, pero no se fue. Ronroneó bajito.

Volvió a subir.

Hacia las cinco y media, se oyeron de nuevo voces en el portal. Pilar asomó la cabeza al pasillo y entreabrió la puerta un poco.

Don Pedro estaba abajo. A su lado, dos hombres del portal contiguo. Uno llevaba un saco.

—Ahí está el condenado —dijo el presidente, señalando al gato—. Cogedlo.

El hombre del saco dio un paso.

Entonces, como de mala gana, salió de su piso la vecina doña Carmen. Lo vio, se detuvo.

—¿Qué hacen?

—¿No lo ves? —gruñó don Pedro—. Lo retiramos, como acordamos.

—Don Pedro, ¿no será mejor? —dijo ella en voz baja—. ¿Que alguien lo recoja?

—¿Quién lo va a recoger? —rugió él—. ¿Tú? ¿O todos estos que viven en el portal y se callan? ¡No! ¡Soy yo quien vuelve a limpiar!

Doña Carmen apartó la mirada.

—Exacto —escupió el presidente.

Pilar se quedó arriba, escuchando. El corazón le latía tan fuerte que parecía que iba a saltársele.

Abajo, el hombre echó el saco sobre el gato. El animal maulló con desesperación, arañó. Pero lo metieron dentro y ataron la boca.

—Ya está —dijo don Pedro—. Llevadlo a los contenedores. Si es listo, saldrá solo.

Los hombres cargaron con el saco hacia la salida.

La puerta se cerró de golpe.

Pilar soltó el picaporte. Le temblaban las manos. Las piernas le flaqueaban.

Volvió a la cocina. Se sentó. Se quedó mirando la pared.

Pero al minuto se levantó de un salto.

Cogió el abrigo. Se puso las botas. Se ató el chal.

Salió corriendo escaleras abajo.

Bajó tan deprisa que casi se cae en el rellano.

Empujó la puerta del portal.

Pilar corrió hacia los contenedores.

El saco yacía en un montón de nieve, junto al cubo de basura.

Lo desató. Las manos le temblaban, el nudo no cedía.

El saco se abrió.

—Vivo —exhaló Pilar—. Vivo, gracias a Dios.

Levantó al gato: pesaba poco, casi nada. Lo apretó contra el pecho, lo cubrió con los faldones del abrigo.

Corrió de vuelta.

En el portal, se oían de nuevo voces.

Don Pedro estaba junto a los buzones. Fumaba. Al verla con el gato en brazos, se le torció la cara.

—¿Qué estás haciendo? —gritó.

Pilar se detuvo. Recobró el aliento.

—Me lo llevo a casa —dijo. La voz le temblaba, pero las palabras salieron claras.

—¿A qué casa? —don Pedro se acercó a ella—. ¡He dicho que no quiero ni rastro!

—Usted dijo que no estuviera en el portal —Pilar alzó la barbilla—. Pues me lo llevo. A mi piso. Conmigo.

—¿Te has vuelto loca? —le clavó el dedo en el pecho.

Pilar subió al cuarto piso.

Entró en su casa. Cerró la puerta.

Se sentó en el suelo, aún con el abrigo y las botas puestas.

El gato estaba sobre sus rodillas. Abrió un ojo y la miró.

—Ya está —susurró Pilar—. Ya está. Ahora estás en casa.

Le temblaban las manos. Las lágrimas le rodaban por las mejillas.

Pero por dentro, por primera vez en muchos años, sentía calor y sosiego.

Una semana después, don Pedro llamó a la puerta de Pilar.

Golpeó quedo, casi con timidez.

Ella abrió. Se sorprendió.

—¿Usted? ¿Qué ocurre?

Él estaba en el umbral, sin chaqueta, con un jersey viejo.

—¿Puedo? —preguntó.

Pilar asintió. Le hizo pasar.

Don Pedro entró en la cocina. Se sentó. El gato saltó del alféizar, olisqueó sus botas y se fue al cuarto.

—¿Un té? —ofreció Pilar.

—No hace falta.

Él calló un momento. Luego suspiró.

—No he venido a disculparme —dijo don Pedro, y suspiró otra vez—. Solo quería decirle que hizo bien.

Se levantó. Se dirigió a la puerta.

—Don Pedro —lo llamó Pilar.

Él se volvió.

—¿Se toma ese té al final?

Se quedó quieto. Luego asintió.

—Sí, tómelo.

Se sentaron en la cocina: bebieron té, callaron. El gato saltó al regazo de Pilar y ronroneó.

—¿Cómo lo ha llamado? —preguntó el presidente.

—Rufo —sonrió Pilar—. Solo Rufo.

Don Pedro asintió. Terminó el té. Se levantó.

—Bueno, me voy.

—Don Pedro —volvió a llamarlo Pilar—. Si quiere, pase. A tomar un té.

Él la miró. Esbozó una sonrisa.

—Pasaré.

Pasó un mes. Luego otro.

Rufo engordó. El pelo le brilló. La oreja se le curó. Dormía en el alféizar, allí donde el sol calentaba por las mañanas.

Los vecinos se acostumbraron. Doña Carmen a veces traía restos de pescado. Doña Nati le daba nata. Hasta el hombre del quinto trajo una vez un rascador.

—Lo encontré en la basura —dijo—. Parece entero.

Pilar aceptaba los regalos y siempre se asombraba.

Fuera, la nieve caía. La helada dibujaba flores en el cristal.

Pero dentro de la casa hacía calor.

Y en el alma, también.

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Elena Gante
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