Soy una nuera corriente, trabajadora, sin corona en la cabeza. Mi marido y yo vivimos en nuestro propio piso en Madrid, que arrastramos a base de hipoteca, luz, agua y un trabajo que empieza al alba y termina cuando ya no quedan luces en la calle.
Mi suegra vive en un pueblecito de la Mancha, allí mismo con mi cuñada. Todo sería un soplo si no hubieran decidido que nuestro piso es su resort de fin de semana. Al principio sonaba tan tierno:
Nos pasaremos por vuestra casa el sábado.
Pero solo un ratito.
¡Que no, que somos familia!
Solo un ratito siempre acababa durmiendo; pasarnos venía con bolsas, cazuelas vacías y ojos que ya sueñan con el banquete.
Cada fin de semana se repite lo mismo: yo llego del curro, corro por los supermercados, cocino, lavo, pongo la mesa, sonrío, y a la medianoche sigo fregando los platos y ordenando. Carmen, la suegra, se queda allí y comenta:
¿Y por qué la ensalada sin maíz?
Yo prefiero el gazpacho más contundente.
En nuestro pueblo no se hace así.
Y la cuñada añade:
¡Ay, cuánto me ha cansado el camino!
¿Y el postre, dónde está?
Ni una sola vez escucho un gracias o un ¿te ayudo en algo?.
Una tarde, sin poder más, le suelto a mi marido:
No soy una sirvienta y ya no quiero atender a tu familia cada fin de semana.
Quizá sea hora de poner un freno.
Y se me ocurrió una idea.
Al día siguiente suena el teléfono de la suegra:
Este sábado venimos.
Ay, yo ya tengo planes le respondo con serenidad.
¿Qué planes?
Los míos, claro.
¿Saben qué pasó? Nos fuimos de verdad, pero no a planear nada, sino a casa de Carmen. El sábado por la mañana, mi marido y yo estamos en su portal. La suegra abre la puerta y se queda helada.
¡¿Qué es esto?!
Venimos a visitar. Sólo por un ratito.
¡Tenéis que avisar! ¡Yo no he preparado nada! ¿Sabéis lo que cuesta recibir visitas?
Yo la miro y digo, con calma:
¿Ves? Así vivo todos los fines de semana.
¿Entonces me vas a dar una lección? ¡Qué desfachatez!
El grito fue tan fuerte que los vecinos asomaron por sus ventanas y nos tuvimos que pelar a casa.
¿Y lo más curioso? Desde entonces, ningún pasaremos por ahí sin invitación. Ni una sola visita improvisada y mi cocina respira aliviada. A veces, para que te escuchen, basta con mostrarles cómo se siente estar en tu sitio.
¿Creen que he hecho bien? ¿Qué haríais vosotros en una situación así?






