– ¿Acaso entiendes que el niño podría no ser tuyo? – le espetó la suegra con sorna a su hijo en la cocina.

– ¿Sabes que ese niño puede no ser tuyo, no? –decía la suegra con retintín a su hijo en la cocina.

La cocina del nuevo piso de Óscar y Marina olía a café caro y, casi imperceptiblemente, a pintura fresca. Terminaron la reforma hace solo un mes, justo para el inicio del tercer trimestre. Marina eligió durante mucho tiempo ese tono para los muebles: un suave, mate, color hoja de olivo. Esperaba que, en ese ambiente, le resultara más fácil soportar las náuseas matutinas, que aún persistían en el embarazo avanzado, contra todo pronóstico.

En el salón sonaba la música a todo volumen: Óscar celebraba su trigésimo primer cumpleaños. Llegaron amigos, excompañeros de la universidad, un par de colegas del estudio de arquitectura. Marina, cansada pronto de los ruidosos brindis, fue a la cocina con la excusa de «revisar el postre». Solo necesitaba un momento de silencio y beber un vaso de agua templada.

Ya se disponía a volver con los invitados cuando oyó pasos en el pasillo. Marina se retiró instintivamente al fondo de la cocina, detrás del ancho frigorífico, donde estaba el rincón del café, oculto a la vista.

– Óscar, espera. No delante de todos –la voz de Teresa, la suegra, sonó seca y firme. Entró en la cocina.

– Mamá, ¿qué pasa ahora? Los chicos esperan, iba por hielo.

– El hielo puede esperar. Cierra la puerta.

Se oyó el chasquido de la cerradura. Marina se quedó inmóvil, apretando el vaso de cristal en la mano. No quería escuchar, pero no podía salir en ese momento. Teresa no soportaba las situaciones incómodas, pero aún menos que la interrumpieran.

– Óscar, he callado mucho tiempo. Pero no puedo seguir viendo esta farsa. –La suegra suspiró.– Estás ciego de amor. Mírala bien.

– Mamá, ya empezamos –la voz de Óscar se volvió irritada.– Ya pasamos por esto. Marina está cansada, tiene un embarazo complicado.

– Más complicado de lo que crees, hijo. ¿Sabes que ese niño puede no ser tuyo, no? –dijo la suegra con ironía.

En la cocina se hizo un silencio tan profundo que a Marina le pareció oír las burbujas de su vaso de agua. El vientre se le encogió con un dolor agudo. El niño dentro pareció contener la respiración, dejando de moverse.

– ¿Pero qué dices? –La voz de Óscar perdió al instante su suavidad achispada.

– Lo que oyes. Cuenta las semanas, listillo. Acuérdate del pasado agosto. Tu Marina pasó tres semanas en un balneario en Marbella. Sola. Tú estabas en una obra en las afueras de Madrid, día y noche, ni siquiera la llamabas. Y ella volvió… y al mes, de repente, la «feliz noticia».

– ¡El médico le recomendó el aire del mar por la anemia!

– Claro, el médico –rió Teresa.– De Marbella no solo trajo color en las mejillas. Soy madre, Óscar. Vi a tu padre con sus líos de toda la vida, y a esa clase de mujer la huelo a la legua. Marina tiene la mirada culpable desde el otoño. Si no me crees, échale un vistazo a su cartilla de embarazo. En la ecografía, el feto es grande y el aparato da una fecha de tres semanas más de lo que cuadra con tus santos cálculos. ¿O crees que con tus gachas de avena los niños crecen como setas?

– Vete, mamá –dijo Óscar en voz baja.– Vete con los invitados. O mejor, vete a casa.

– Me iré. Pero la prueba de ADN después del parto la harás. Por tu propia tranquilidad. No seas el idiota al que criaron para que pague los pecados ajenos.

La puerta de la cocina se abrió y se cerró. Marina se quedó detrás de la nevera. Lo peor no era que la suegra la hubiera calumniado. Lo peor era que, en agosto del año pasado, Marina realmente había cometido un error que quería olvidar cada día.

Los invitados se fueron pasada la medianoche. Marina se excusó con un fuerte dolor de cabeza y se retiró al dormitorio antes de que Teresa abandonara el piso. Yacía bajo la manta, mirando el techo oscuro, escuchando cómo Óscar recogía la mesa del salón en soledad.

Marina retrocedió en el tiempo hasta aquel maldito agosto.

Ella y Óscar estaban entonces al borde del divorcio. Cinco años de matrimonio, tres años de intentos fallidos por quedarse embarazada, interminables análisis, hormonas, lágrimas. Óscar se encerró en sí mismo, se sumergió en el trabajo, desaparecía en las obras hasta la medianoche. Cuando a Marina le diagnosticaron una forma grave de agotamiento y anemia, el médico prácticamente la empujó a tomarse unas vacaciones. Su marido no pudo acompañarla: estaban entregando un gran centro comercial.

En Marbella, Marina conoció a Ignacio. No fue un romance vacacional al uso. Ignacio era arquitecto de Sevilla, un hombre tranquilo, divorciado, de unos cuarenta años. Había ido a curar sus heridas tras una dolorosa separación de su mujer. Solo hablaban, paseaban por el paseo marítimo.

La última noche antes de su marcha, comenzó un fuerte aguacero. Una tormenta del sur los encerró en un pequeño chiringuito junto a la playa. El alcohol, la humedad, la tristeza compartida por lo no cumplido y la cercanía de la inevitable despedida hicieron su efecto. Ocurrió una sola vez. En su habitación de hotel, al son de la tormenta. A la mañana siguiente, Marina se fue al aeropuerto sintiéndose sucia, rota e infinitamente desgraciada.

Y tres semanas después de volver a Madrid, cuando ella y Óscar tuvieron una intensa noche de reconciliación, el test dio dos rayas.

Marina recordaba cómo lloraba en el baño, entre el entusiasmo y el miedo. Según todos los cálculos médicos, la fecha coincidía perfectamente con la semana de reconciliación con su marido. El médico atribuyó el gran tamaño del feto a la genética de Óscar: él mismo había nacido con casi cuatro kilos y medio. Pero las palabras de la suegra, dichas en la cocina, dieron justo en la herida de Marina. ¿Y si el ecógrafo se había equivocado en esos malditos siete días? ¿Y si dentro de ella crecía el hijo de un hombre cuyo rostro ya apenas recordaba?

La puerta del dormitorio chirrió suavemente. Óscar entró sin encender la luz, se quitó la camisa y se tumbó en el borde de la cama. No se giró hacia ella, no la abrazó, como solía hacer.

– ¿Óscar? –llamó Marina en voz baja.

– Duerme, Marina. Es tarde ya. –Su voz sonó apagada. Y eso asustó a Marina de verdad.

***

Los dos meses siguientes se convirtieron en una lenta tortura para ambos. Óscar no montaba escándalos. En apariencia, todo seguía igual: compraba la comida de la lista, llevaba a Marina a las revisiones, atornillaba los rodapiés en la habitación del bebé. Pero de su relación había desaparecido la confianza.

Si antes Óscar la abrazaba por la tripa y apoyaba la mejilla para oír las patadas del pequeño, ahora evitaba cualquier roce casual. Cuando Marina hablaba de comprar el carrito, él asentía y decía: «Elige tú la que más te guste, yo pago». La palabra «elige», en lugar de «elegimos», le escocía cada vez.

Marina adelgazaba, a pesar de la barriga creciente. Las náuseas cesaron, pero su lugar lo ocupó una ansiedad constante, que roía por dentro. Varias veces estuvo a punto de confesar. Temía que, al saber la verdad, él se fuera al instante, dejándola sola con la habitación vacía del bebé.

Teresa no volvió a aparecer por la casa. Pero su presencia invisible se notaba en cada mirada de Óscar.

A principios de mayo, en la semana treinta y seis, llamaron a Óscar para un viaje de trabajo a Barcelona, tres días. Entregaban un complejo histórico complicado y su presencia era obligatoria.

– Te he dejado en la mesilla la tarjeta de la clínica y el teléfono de urgencias –dijo desde la puerta, con una pequeña maleta.– Si ocurre algo, llámame a mí y al médico. Cogeré el primer AVE.

Marina lo miró. En sus ojos había una extraña mezcla de nostalgia y distancia.

– Óscar, ¿volverás? –se le escapó.

Él dudó un segundo, paseando la mirada de su cara a su vientre redondo.

– Claro que volveré, Marina. ¿Adónde voy a ir?

Se fue sin besarla al despedirse. Nada más cerrarse la puerta, Marina se dejó caer en el puff del recibidor y rompió a llorar. Lloró mucho, a sollozos, hasta que sintió un dolor agudo y punzante en la parte baja del vientre. No le hizo caso, lo achacó a los nervios. Y tres horas después, rompió aguas.

El parto comenzó dos semanas antes de lo previsto, rápido y doloroso. Yacía en la camilla de la sala de dilatación, apretando el teléfono en la mano.

Óscar no cogía el teléfono. Llamó una y otra vez, pero la voz monótona del contestador repetía que el abonado estaba fuera de cobertura: seguramente su marido iba en el tren.

Entonces, haciéndose un esfuerzo, marcó el número de su suegra.

– Teresa, me he puesto de parto. Estoy en el Hospital La Paz. No puedo localizar a Óscar, no tiene cobertura. Por favor… –Marina no pudo terminar, la dobló otra contracción.

Al otro lado hubo silencio. Luego, la suegra respondió con voz fría y firme:

– Entendido. Salgo para allá. A Óscar ya lo localizaré yo.

Marina dio a luz a un niño a las cuatro de la madrugada. El pequeño pesaba tres kilos ochocientos –grande para treinta y ocho semanas–, con mucho pelo oscuro y ojos sorprendentemente claros, casi transparentes. Cuando la matrona lo colocó sobre su pecho, Marina miró sus diminutos dedos, sus párpados hinchados, y sintió cómo le subía a la garganta una oleada de ternura mezclada con un terror helador. El niño no se parecía a Óscar. Óscar tenía el pelo duro, rizado y claro, y los ojos marrones, casi negros. Este niño era diferente.

La trasladaron a la planta de maternidad cerca de las siete de la mañana. La ventana daba al patio del hospital, donde el sol de mayo bañaba el follaje joven. Marina, agotada tras el parto, yacía cuando la puerta de la habitación se abrió en silencio.

Entró Óscar. Detrás de él, como un escolta, iba Teresa. Llevaba una bata de hospital sobre un traje serio y en las manos sostenía una pequeña carpeta de piel.

Óscar se acercó a la cama. Miró a Marina, luego a la pequeña cuna de plástico que había al lado. El bebé dormía, resoplando suavemente.

– ¿Cómo estás? –preguntó Óscar en voz baja.

– Bien. Muy cansada –Marina intentó sonreír, pero los labios no le respondían. Desvió la mirada hacia su suegra.– ¿Por qué habéis venido juntos?

Teresa dio un paso al frente. No miraba al niño. Su mirada se clavaba en el rostro de Marina.

– Marina, sin lloros ni dramas. –La suegra dejó la carpeta en la mesilla.– Óscar no ha dormido en toda la noche, ha venido en coche desde Barcelona porque ya no había trenes. Hemos hablado con el jefe del servicio. Un conocido mío trabaja en el laboratorio. Ya le han sacado sangre al niño al nacer, es un procedimiento estándar. Solo necesitamos tu consentimiento formal para hacer la prueba de paternidad. Ahora mismo. Para disipar todas las dudas.

Marina sintió que la habitación empezaba a girar lentamente a su alrededor. Miró a su marido.

– Óscar, ¿tú también quieres esto? –su voz se quebró en un susurro.– ¿Le crees a ella y no a mí?

– Marina… Llevo dos meses sin dormir. No puedo seguir así. Tú cambiaste entonces, después de Marbella. Volviste distinta. Y cuando mamá dijo lo de las fechas… Quiero saber la verdad, sea cual sea.

Marina calló. Le pareció que el corazón se le paraba. Ahí estaba, el momento de la verdad. Podía firmar los papeles, esperar tres días, y el laboratorio daría un veredicto que o salvaría su matrimonio o lo destruiría para siempre. Pero dentro de ella se despertó algo nuevo: algo furioso, fuerte, maternal. Miró a su hijo dormido, que no tenía ninguna culpa, y comprendió que no permitiría que lo convirtieran en objeto de trueque y pruebas forenses en las primeras horas de su vida.

– No voy a firmar nada –dijo Marina con claridad.

Teresa se irguió, triunfante.

– Lo que faltaba. Óscar, ¿ves? No tiene nada que decir. Tiene miedo.

– No tengo miedo –Marina miró directamente a los ojos de su suegra.– Es que no quiero vivir con un hombre que necesita un papel con un sello para querer a su hijo. Y a ti, Óscar, no voy a demostrarte nada. Has escuchado a tu madre dos meses. Has callado, te has apartado de mí, no me has tocado. Nos has traicionado antes incluso de que este niño naciera.

– Marina, es solo un análisis…

– No, Óscar. No es solo un análisis. Es la sentencia de nuestra confianza. Váyanse los dos. De la habitación y de mi vida. Los papeles del divorcio los pondré yo en cuanto nos den el alta.

Teresa cogió a su hijo por la manga.

– Vámonos, Óscar. Aquí está todo claro. Cuando no tiene argumentos, echa mano del orgullo. Que críe ella sola a su amante de las vacaciones.

Óscar aún permaneció un segundo mirando a Marina. Quería creerle, pero las dudas sembradas por su madre ya habían arraigado demasiado hondo. Se giró y siguió dócilmente a Teresa.

Tras el divorcio, Marina no volvió al piso que compartía con Óscar. Vendió su estudio anterior al matrimonio, añadió el dinero de la baja maternal y compró un piso pequeño y acogedor en un barrio residencial, más cerca de sus padres.

Llamó a su hijo Mateo. Mateo crecía tranquilo, sonriente. Esos ojos claros que tanto asustaron a Marina en el hospital se oscurecieron a los seis meses y se volvieron… marrones. Exactamente igual que los de Óscar. El hijo se estaba convirtiendo en una copia exacta, en miniatura, de su padre.

Marina lo miraba y comprendía la amarga ironía de la situación. La diferencia de fechas que tanto había preocupado a Teresa. Ignacio, el hombre de Marbella, el error por desesperación, no tenía nada que ver con su maternidad. Mateo era hijo de Óscar. Al cien por cien.

Óscar pagaba la pensión puntualmente. No aparecía. Marina sabía por una amiga común que seguía viviendo solo, trabajando mucho y casi sin hablar con su madre: su relación se había deteriorado mucho desde aquella fatídica mañana en el hospital.

…Un sábado a finales de mayo, Marina paseaba con Mateo por el parque. El pequeño, de dos años, con un mono de colores, perseguía a las palomas por el camino y se reía a carcajadas. Marina estaba sentada en un banco, con la cara al sol templado de la primavera, bebiendo café de un vaso de cartón.

– ¿Marina? –oyó detrás una voz conocida, ligeramente ronca.

Ella se sobresaltó y se giró. En el camino estaba Óscar. Había adelgazado mucho, con canas visibles en el pelo, aunque apenas había cumplido treinta y cuatro. Llevaba una chaqueta ligera y una bolsa con un camión de juguete.

– Hola –Marina dejó el café en el banco.

– Yo… Te veo a menudo aquí. Bueno, te vi una vez por casualidad hace un mes, y ahora vengo de vez en cuando. Te miraba de lejos –Óscar se quedó parado, sin atreverse a acercarse. Su mirada se posó en el niño.

En ese momento, Mateo se giró, perdiendo el interés por las aves. Miró al señor desconocido, arrugó la nariz con gracia y gritó:

– ¡Mamá, caca! –señalando la palma de la mano manchada de arena.

Óscar se quedó inmóvil. Miraba al niño. Mateo fruncía el ceño exactamente igual que Óscar cuando algo no le gustaba. Su barbilla obstinada, la forma de las cejas, incluso la manera de andar un poco torpe con la pierna izquierda: todo era tan evidente que ninguna prueba de ADN era necesaria. La genética hablaba por sí sola.

Óscar se arrodilló lentamente en el asfalto, dejando caer la bolsa con el camión.

– Dios mío… Marina… –susurró entre las manos.– Qué idiota he sido. Qué idiota fui…

Marina sintió lástima por él durante un segundo. Vio ante ella a un hombre que, por su propia mano, cediendo a la mala voluntad ajena y a su propia cobardía, se había privado de dos años de felicidad. Los primeros pasos, las primeras palabras, los primeros abrazos de ese niño.

Mateo se acercó con cuidado. Se detuvo a dos pasos, inclinó la cabeza y alargó a Óscar su manita manchada de arena.

– Toma –dijo el pequeño con solemnidad, ofreciendo al desconocido una piedra redonda y lisa que había estado escondiendo en el bolsillo.

Óscar extendió la mano temblorosa y cogió la piedra con delicadeza, como si fuera de cristal.

– Gracias, pequeño… Gracias, Mateo. –La voz de Óscar se quebró. Alzó la vista hacia Marina. En sus ojos había súplica.– Marina, ¿puedo… puedo venir de vez en cuando? No pido nada. Sé que he fallado con vosotros dos. Pero déjame estar cerca.

Marina se levantó del banco. Se acercó a su hijo, le cogió la mano y lo atrajo suavemente hacia sí.

– Puedes venir, Óscar –dijo con calma.– Mateo necesita un padre. Pero dejemos algo claro desde ahora: vienes a ver a tu hijo. No a mí. Entre nosotros ya no hay nada. No necesito a un hombre que ha olvidado cómo confiar en su mujer.

Óscar se puso en pie lentamente. Apretó en el puño la pequeña piedra que le había regalado su hijo y asintió con resignación.

– Acepto cualquier condición, Marina. Cualquiera.

Por delante, comenzaba para ellos una historia nueva, aunque no fuera fácil.

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Elena Gante
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– ¿Acaso entiendes que el niño podría no ser tuyo? – le espetó la suegra con sorna a su hijo en la cocina.
¡No pienso pagar la boda de vuestra reina! Tiene padres, ¡pues que ellos paguen! – dijo María fríamente.