—Mamá, dame dinero, porfa. Es el cumple de Jimena, cumple diecinueve. Ha decidido celebrarlo conmigo. Vamos los dos a la ciudad, nos sentamos en una cafetería. Le compro un regalo, pido la cena, paseamos y volvemos al pueblo —dijo Mateo a su madre.
Lidia García sonrió.
—Vale, hijo, así que esta vez Jimena no invita a sus amigas, bueno, igual así está mejor, lo celebráis a solas.
El hijo no le oculta nada a su madre, siempre le cuenta con quién ha estado, dónde ha ido. Ahora es verano, vacaciones, y él estudia en una escuela de construcción, el año que viene termina. Jimena es del mismo pueblo, un año más joven que Mateo. A Lidia le cae simpática, la chica no fuma, aunque después del instituto no estudia, trabaja de dependienta en la tienda del pueblo.
Lidia sacó varios billetes de la cartera y se los dio a su hijo.
—Toma. Pero no te pases con los gastos. Y volved pronto, no es plan andar por el pueblo de noche.
Mateo le dio un beso en la mejilla, metió el dinero en el bolsillo de los vaqueros y se calzó las zapatillas. En el autobús del pueblo hacía calor, pero él iba con la ventanilla abierta, el viento le revolvía el pelo rubio. Jimena iba sentada a su lado, con un vestido de lunares claro y una mochila pequeña.
—Feliz cumpleaños, estás radiante —dijo él cuando ella llegó a la parada.
—Gracias —sonrió Jimena y se ajustó el tirante de la mochila—. ¿Te imaginas? Por primera vez en mi vida he decidido que quiero celebrarlo no con un grupo, sino… bueno, solo contigo. Sin ruido, sin borrachera. Solo para recordarlo.
Al bajar del autobús, él la cogió de la mano y caminaron por la calle principal, pasando escaparates, pasando la fuente donde las salpicaduras se posaban en el asfalto caliente. Mateo le compró un ramo de rosas rojas; ella dijo que le encantaban las rosas y le dio las gracias.
En la cafetería había ambiente acogedor, sonaba música suave, olía a vainilla y café. Hicieron el pedido, y de postre les trajeron una tarta pequeña con una vela. Cuando el camarero encendió la llama, Jimena cerró los ojos, pidió un deseo y apagó la vela.
—¿No me cuentas? —preguntó Mateo.
—No se puede —dijo ella con una sonrisa pícara—. Pero si se cumple, te lo diré.
Por la tarde noche vagaron por el paseo fluvial de la ciudad, comieron helado, rieron y se hicieron fotos con el atardecer de fondo. Y sobre las once cogieron el último autobús de vuelta al pueblo.
En casa había luz. Lidia, como había prometido, dejó en la mesa, bajo un paño, empanadillas calientes y preparó té fresco. Al oír pasos, salió al recibidor; Mateo venía con Jimena.
—Bueno, cumpleañera, ¿se ha cumplido el deseo? —preguntó abrazando a Jimena.
—Todavía no —sonrió ella—. Pero creo que hoy ha sido el mejor día, y lo recordaré mucho tiempo.
Mateo estaba a su lado, despeinado, feliz, mirando a su madre y a la chica a la que quería, y sintió que en ese momento lo tenía todo. Ni mucho ni poco. Justo lo necesario para ser feliz.
La tarde después del cumpleaños de Jimena se alargó hasta bien pasada la medianoche. Lidia se fue al dormitorio, en el salón sonaba música baja, y Mateo y Jimena estaban sentados en el suelo, con los restos de empanadillas y caramelos sobre la mesa de centro. Hablaban de todo un poco: del instituto, del trabajo en la tienda, de que quizá en otoño mandarían a Mateo de prácticas a la capital de provincia.
—Las empanadillas se han enfriado —dijo Lidia deteniéndose en la puerta—. ¿Las caliento?
—No, mamá, ya estamos llenos —respondió Mateo levantando la cabeza—. Tú vete a dormir, mañana trabajas. Yo acompaño a Jimena.
Lidia asintió, pero no se fue. Se sentó en el borde del sillón y, mirando a Jimena, dijo de repente:
—¿Sabes? Cuando Mateo tenía unos diez años, se trajo a casa a cinco personas. Llovía a mares, llegaron todos mojados, llenos de barro, con palos, como si fueran piratas. Yo llegué del trabajo y aquello era… ruido, jaleo, la casa llena de niños.
Jimena la miró con curiosidad.
—Les preparé chocolate con leche a todos, saqué la mermelada de la abuela. Y yo me senté en un rincón con un libro y los escuché. Se peleaban muy graciosos por quién iba a ser el rey de los piratas, y Mateo, tendrías que haberlo visto —la madre sonrió—, él los sentó a todos, dijo dónde estaba el vaso de cada uno, y no dejó a nadie fuera. Ahí entendí: si mi hijo aprende a cuidar a los amigos desde pequeño, también sabrá querer.
Mateo se rascó la nuca, un poco azorado, y Jimena le puso la mano en la rodilla y dijo en voz baja:
—Mi madre siempre decía que en casa tiene que haber silencio. Nunca llevé amigas. Ni siquiera me atrevía a invitar a las del instituto. Por eso… cuando Mateo me dijo que en tu casa se podía todo, al principio no me lo creí.
Lidia se levantó, se acercó a Jimena y le tocó el hombro:
—Pues es así. Si quieres, mañana vienes a tomar té. Por la mañana haré empanadillas de repollo otra vez.
Jimena no pudo evitarlo, la abrazó, hundió la nariz en su hombro y susurró:
—Gracias.
Mateo las miraba en silencio, pero en el pecho sentía calor y paz, como aquella tarde lluviosa de su infancia cuando su madre repartía chocolate a los piratas. Cuando fue a acompañar a Jimena, Lidia ya dormía.
Al volver, Mateo se metió en su cuarto, pero no pudo dormir durante un buen rato. Observaba la luna tras la ventana y pensaba en lo rara que es la vida: creces y todo vuelve a lo que te enseñaron de pequeño. Y si su madre había abierto la puerta a niños extraños para que él no tuviera miedo a la gente, ahora él había abierto su corazón a Jimena para no tener miedo al amor.
Sabía que hoy volvería a verla, mañana también, y así cada día mientras duraran las vacaciones. Luego ya se vería. Lo importante es que se tenían el uno al otro, que su madre estaba cerca, y que nadie tenía miedo.
Un par de días después, la propia Lidia invitó a Jimena a comer. Puso la mesa, preparó buñuelos de cereza y, cuando la chica cruzó el umbral con timidez, le dijo:
—Pasa, hija. Siéntate. En casa todo es sencillo: lo que hay, eso comemos. Sé que tu madre no te dejaba traer invitados, pero ahora no eres invitada, eres de la familia. Y recuerda: esta casa siempre será tuya.
Pasó casi una semana desde aquel cumpleaños inolvidable. El verano era caluroso, polvoriento, y el pueblo vivía su ritmo pausado: huertos, riegos, tertulias al atardecer en los bancos. Lidia volvía de la compra cuando se cruzó en la esquina con Ana, la hermana mayor de Jimena. Ana empujaba un carrito donde dormía plácidamente su hijo de seis meses.
—Hola, tía Lidia —la llamó Ana—. Cuánto tiempo. ¿Cómo está?
—Gracias a Dios, vamos tirando —respondió ella ajustando la bolsa—. ¿Y tú? Veo que el peque ya ha crecido.
—Crece —sonrió Ana—. Uf, qué revoltoso, pero es una alegría. Oye, justo de Jimena he oído cómo celebrasteis su cumpleaños con Mateo. ¡Ella lo contaba tan emocionada!
Lidia sonrió de oreja a oreja:
—Bueno, ¿cómo no? Es la novia de mi hijo, cómo no iba a dejarle. Él es un chico serio, sin tonterías. Le compró un regalo, pidió cena, hizo todo para que ella lo recordara.
—Sí, Mateo es un cielo —asintió Ana—. Un chico guapo, educado. No como otros que solo miran el móvil y no sueltan una palabra amable.
Charlaron un rato del tiempo, de los precios, de que pronto llegaba la siega. Ana ya iba a seguir con el carrito, cuando se detuvo, dudó, y luego, como sin darle importancia, soltó:
—Bueno, la verdad es que vuestro Mateo es un partidazo. Yo se lo dije a Jimena. Pero ella, ¿sabe? me contestó… esto que quede entre nosotras. Dijo que no es exactamente su tipo, pero que mientras no encuentre a nadie mejor, con él vale. Vamos, que mejor con él que sola. Perdone, tía Lidia, igual hablo de más, pero como es usted de confianza…
Ana se encogió de hombros, sonrió con aire culpable y siguió empujando el carrito, dejando a Lidia plantada en medio de la calle, con la boca abierta. La bolsa de la compra de repente pesaba una tonelada, y el sol resultaba demasiado fuerte.
—Vaya por Dios —pensó la mujer—. O sea, que lo tiene de repuesto… Y mi hijo con toda el alma, regalos, cumpleaños, y ella… como un objeto que se deja en la estantería hasta que aparezca algo mejor.
Lidia llegó a casa disgustada. Puso el agua a calentar en silencio, pasó la harina a un tarro, pero todo se le caía de las manos. Quería contárselo a su hijo de inmediato, pero se contuvo. Mateo ya era mayor, debía apañárselas solo. Pero el corazón de madre le dolía.
Pasaron dos días. Mateo andaba taciturno, respondía con monosílabos, y ni siquiera sus empanadillas favoritas le alegraban el ánimo. Lidia no aguantó más y una tarde, mientras él estaba sentado en el porche mirando al cielo, le preguntó con cuidado:
—Hijo, ¿todo bien con Jimena?
Mateo calló un buen rato, luego dijo entre dientes:
—Todo, mamá. Todo se acabó. Ayer me vi con los chicos, y me contaron que… bueno, que Jimena va diciendo por ahí que yo no le hago mucha falta, que está conmigo porque sí, hasta que encuentre a alguien “mejor”. Y a mí me decía a la cara que me quería, que era el único…
La voz se le quebró. Lidia se sentó a su lado, le puso una mano en el hombro:
—Pues no tendrías que haberte enamorado de una chica así, hijo. A la vista está que no entendió lo que es de verdad. No te ofendas, pero una madre siempre ve quién viene con buena intención y quién solo viene a mirar.
—Yo mismo la llamé ayer —siguió Mateo—. Le dije que lo sabía todo. Primero dijo que no era verdad, que los amigos lo habían confundido. Y luego, mamá, se soltó y dijo: “¿Y qué? ¿Qué pasa si lo pensé? ¿Qué esperabas? Soy joven, tengo que elegir. No eres el más guapo ni el más rico, pero estoy contigo de momento…”
Lidia jadeó y abrazó a su hijo:
—Dios mío… Perdónala, hijo, no guardes rencor, la vida misma pondrá cada cosa en su sitio.
—Sí, mamá. No quiero ser el plan B. Que busque a su “mejor”.
Mateo no volvió a hablar de Jimena. Y cuando al día siguiente ella corrió al patio, lo llamó y dijo:
—Mateo, perdona, no quise decir eso…
Él la escuchó, dio media vuelta y entró en casa.
Lidia se asomó a la ventana, negó con la cabeza y dijo en voz baja:
—Tarde, chiquilla. Dijiste lo que pensabas. Ahora vive con ello.
Jimena se quedó un rato, luego se fue. Y nunca volvió. El verano siguió su curso. A finales de julio, Mateo se fue a la ciudad; tenía que hacer prácticas en una empresa de construcción. Se fue con ganas: necesitaba distraerse, cambiar de aires. Y allí, en la obra, conoció a Rocío.
Rocío trabajaba en la misma oficina como recepcionista. Bajita, con el pelo castaño y unos rizos preciosos, hablaba bajo pero con seguridad. Reía como una campanilla y nunca preguntaba cuánto dinero tenía ni dónde había estado el día anterior. Se interesaba por él: cómo le había ido, si estaba cansado, qué había soñado. Mateo la miraba y no se lo creía.
Seis meses después, le pidió que se casara con él. Rocío ni siquiera dudó: dijo que sí con una alegría tan sincera que a Mateo se le aceleró el corazón.
—No me he arrepentido ni un solo segundo —le susurró ella después, en el ayuntamiento, cuando él le ponía el anillo.
Lidia, en la boda, casi lloraba de felicidad. A su alrededor, sus amigas y vecinos decían a coro:
—¡Buena pareja! Y la novia qué dulce, tranquila, se nota que tiene buen corazón.
Dos años después nació Pablo, un bebé fuerte, de ojos azules, que se convirtió en el ojito derecho de la abuela. Mateo y Rocío iban al pueblo todos los fines de semana. Pablito corría por el patio, recogía flores para la abuela, y por las noches se sentaba en su regazo a escuchar cuentos.
Un día, ya entrado el otoño, Lidia estaba en la cocina y Mateo la ayudaba a pelar patatas. Fuera lloviznaba, en la mesa estaba Rocío con Pablo en brazos.
—Mamá —dijo Mateo de repente—, ¿te acuerdas de aquella historia con Jimena?
—Me acuerdo, hijo —suspiró ella.
—Pues me alegro de que pasara así. Si no me hubiera traicionado, nunca habría conocido a Rocío. Ni tendríamos a Pablo —miró a su mujer y a su hijo, y se le iluminaron los ojos.
Lidia sonrió, se secó las manos en el paño y acarició la cabeza de su nieto:
—Entonces, todo lo que pasa, por algo es. Tú mismo dijiste: no quiero ser un suplente. Y ahora eres el primero para Rocío y para tu hijo. Eso, hijo mío, es lo más importante.
Rocío no preguntaba nada; conocía la historia y no sentía celos del pasado. Solo cogió la mano de su marido y dijo quedamente:
—La felicidad quiere silencio, Mateo. Y nosotros no la vamos a derramar.
Lidia contempló a su familia tal como era: sin secretos de más, sin planes de reserva, solo amor que se demuestra con hechos, no con palabras. Y supo que, a partir de ahora, todo iría bien. Siempre.







