Querido diario:
Yo, Diego Salazar, he estado a punto de perder a Jimena Ortega, mi mujer, por callarme como un idiota.
Todo empezó a mediodía. Jimena había llegado a casa cinco minutos, entre el trabajo y la notaría, para recoger el DNI que se había dejado olvidado. Esa noche íbamos a firmar el último pago de la franquicia de nuestra panadería. Sin su DNI el notario no podía autorizar la firma. Pero cuando entró, en lugar de encontrar la casa vacía, oyó voces en la cocina. Estábamos Almudena de la Fuente y yo. Discutíamos a gritos, con la puerta cerrada, y no la oímos llegar.
—Recoge tus cosas y lárgate antes de que vuelva Jimena —soltó Almudena con aquella voz suya, dura y despectiva.
Yo quise calmarla:
—Espera, no te pongas así. Hemos quedado en algo. Dame un poco más de tiempo. Jimena no sabe nada.
—El tiempo se acabó, cariño. O lo resuelves hoy o se lo cuento todo yo. Estoy harta de esconderme en un rincón y de esperar a que tu santita acepte darme lo que es mío por derecho.
Jimena me contó después que se quedó helada en el recibidor, con el abrigo puesto. Le fallaron las piernas. Tenía ganas de abrir la puerta de una patada, pero el miedo le pudo. Vio el DNI en la consola, lo cogió con la mano temblorosa y salió de puntillas. Cerró la puerta sin hacer ruido, bajó las escaleras corriendo y solo en la calle recuperó el aliento. La primera reacción fue una rabia sorda. No iba a hacer una escena sin prepararla antes. Llamó a su hermana Araceli y se fue para su casa.
Cuando la vio entrar, Araceli se alarmó:
—Jimena, ¿qué te pasa? Se te nota en la voz.
—Espérame en casa, voy para allá.
Ya en la cocina, sentada con una taza de manzanilla que se le quedó fría entre las manos, Jimena le contó todo. Araceli la escuchó sin interrumpir, meneando la cabeza.
—Menudo cerdo —dijo al final—. Y mira que cantaba bonito: panadería familiar, proyecto en común. Y mientras tú te matas a trabajar, él se trae a una mujer a casa. ¿Quién era?
Jimena se encogió de hombros.
—No le he visto la cara. Pero la voz me sonaba. Una voz repelente, convencida de que tiene más derecho que yo. Y hablaba de propiedades. Araceli, ¿y si pretende quitarme la parte del negocio? Todo el dinero que hemos ahorrado lo pusimos en la cuenta de Diego para que fuera más cómodo a la hora de pagar.
—Espera, tranquila —dijo Araceli—. ¿Tiene mujeres en el taller?
—Casi todos son hombres; solo está la contable… Un momento. Consuelo. Consuelo Ballesteros, su prima, la que se marchó a Bilbao hace tres años.
—¿Consuelo? —se extrañó Araceli—. Vamos, mujer, qué va a decir una prima «recoge tus cosas y lárgate». Esa es una amante. Esto es serio. Vamos a llamar a Rocío; trabaja en el banco y sabrá si se puede congelar la cuenta o mover el dinero antes de que tu marido y esa mujer te lo quiten.
Rocío Márquez, nuestra amiga de toda la vida, las escuchó por el altavoz y dio su veredicto:
—Si la cuenta está solo a nombre de Diego, Jimena no puede hacer nada sin su firma. Pero hay un matiz: el contrato de arras de la franquicia lleva las firmas de los dos. Si Diego intenta sacar ese dinero en contra de lo firmado, los abogados de la empresa pueden denunciarle. Jimena, lo primero es que hables con el notario. Y lo segundo, averiguar quién es esa tipa.
En ese momento sonó el móvil de Jimena. En la pantalla aparecía mi nombre. Jimena respiró hondo y contestó con una calma que no sentía.
—¿Dónde estás? —pregunté—. Ya estoy en la notaría, nos esperan en media hora. ¿Has podido ir a casa a por el DNI?
—Sí, Diego, lo tengo en el bolso. Llego en veinte minutos, nos vemos a la entrada.
Araceli la miró con seriedad:
—Vete. Firma como si no hubiera pasado nada. Si el dinero entra en la franquicia, esa mujer no lo va a tocar. Y nosotras, mientras, vamos a averiguar quién es.
Llegué a la notaría con un ramo de margaritas, su flor favorita. Estaba sonriente, tranquilo. Jimena luego me dijo que esa sonrisa le dio todavía más rabia, porque no podía entender cómo era capaz de fingir tan bien. Firmamos la compra. La franquicia era nuestra, el primer paso hacia el sueño de los tres años de ahorros, pero ella no sentía ninguna alegría: solo un hielo calculador dentro del pecho.
Esa noche, cuando llegamos a casa, le dije que tenía una urgencia en el taller. No era verdad: había quedado con Almudena en el garaje para darle unos papeles que, esperaba, le hicieran entender que no tenía derecho a nada. Jimena no me lo creyó. En cuanto me fui, cogió un taxi hasta la cooperativa de garajes. Las llaves del garaje siempre estaban en el llavero común, así que pudo entrar sin problema. Allí sabía que guardaba un portátil viejo con la segunda cuenta de la nube. Lo encendió y la aplicación de mensajería estaba abierta. No había cerrado la sesión.
El último chat era con una tal «Almudena de la Fuente». La foto de perfil no dejaba lugar a dudas: era mi ex mujer, la misma que, cuando nos separamos, se llevó el coche, los ahorros y casi todo lo que tuve para que se fuera de mi vida. Pero su avaricia no tenía límites.
Jimena empezó a leer y se le cayó el mundo a los pies:
«Prometiste devolverme mi parte del piso en cuanto montaras el negocio. Me da igual tu Jimena. Si hoy no me transfieres cien mil euros, mañana mi abogado presenta la demanda de liquidación del régimen económico. Todavía estoy a tiempo. Te embargan las cuentas y se te cierra la panadería antes de abrir.»
«Almudena, ten decencia. Te dejé el coche y todos mis ahorros. El piso lo compramos juntos, pero tú no pusiste ni un euro. Te ayudé hasta donde pude. Ahora cada céntimo cuenta. Déjame abrir la panadería y dentro de seis meses te empiezo a pagar la cantidad a plazos.»
«No. Hoy. O voy al trabajo de tu mujer y monto un número. Recoge tus cosas del garaje y lárgate de mi vida, pero devuélveme el dinero.»
Jimena leyó dos veces la conversación. Allí no había ninguna amante. Había una chantajista con malas pulgas que se había enterado de nuestra compra y quería aprovecharse de mi miedo. Yo, estúpido y orgulloso, había decidido ocultarlo todo para no asustarla, y para que no pensara que andaba haciendo algo raro a sus espaldas. Había citado a Almudena en casa aquel mediodía para entregarle unos papeles viejos, no para liarme con ella. Pero, claro, ella no lo sabía.
Llamó a Araceli:
—Araceli, olvídate de la amante. Esto es peor. La ex mujer de Diego ha aparecido y lo está chantajeando con un juicio.
—¿Almudena? ¿Esa sanguijuela? —Araceli se revolvió—. Entonces no perdamos tiempo. La mujer del compañero de mi marido es abogada de familia. ¿Has fotografiado la conversación? Pues vamos a poner a esa arpía en su sitio.
Dos días después, Jimena citó a Almudena en un café de las afueras. Almudena entró pavoneándose, con una sonrisa de superioridad, y se sentó enfrente sin saludar.
—Anda, la mujer oficial se ha dignado venir. ¿Diego te ha contado algo?
—Diego no tiene nada que ver. Esto es entre tú y yo.
Jimena puso la carpeta sobre la mesa.
—Aquí tienes una impresión de tus conversaciones con mi marido. Puede leerse como extorsión. Y esta es una copia de nuestras capitulaciones matrimoniales, con la nota simple del Registro de la Propiedad. El piso que reclamas se compró con el dinero de la venta de una propiedad que Diego tenía antes de casarse. Tú no estás ni empadronada ahí. Ningún juez va a embargar sus bienes por una reclamación tuya. Estabas blufando, esperando que Diego se asustara por la panadería y te pagara con nuestro dinero.
La cara de Almudena se descompuso.
—¿Tú te crees que eres muy lista? Te voy a amargar la vida.
—No. Si vuelves a acercarte a mi marido, si le escribes un solo mensaje o apareces cerca de la panadería, esta denuncia va directa a la fiscalía. Aquí no eres nadie. De nuestras vidas te marchas ahora mismo. Para siempre.
Almudena agarró el bolso, se levantó y salió casi a la carrera. Había perdido y lo sabía.
Esa noche, cuando volví a casa, Jimena me había preparado una cena especial. Yo llegué cansado, pero al ver la carpeta sobre la mesa me quedé helado. Era la misma carpeta que yo guardaba en el garaje.
—Jimena, ¿qué es esto? ¿De dónde la has sacado?
—Lo sé todo, Diego. Lo de Almudena y sus amenazas. Os oí cuando llegué a buscar el DNI. Al principio pensé que tenías una amante. Con las chicas lo hemos desmontado todo. Ya no nos molestará más; su abogado lo ha comprobado y sus pretensiones no valen nada.
Me cubrí la cara con las manos. Cuando las aparté, tenía los ojos húmedos.
—Perdóname. Soy un idiota. Quería resolverlo yo solo, sin meterte en este fango. Tenía miedo de que te asustaras y pensaras que estaba traicionándote.
Ella sonrió, se sentó a mi lado y me dijo:
—Somos una familia, Diego. A partir de ahora, todos los problemas se solucionan juntos. Sin secretos.
Dos semanas después inauguramos la panadería. Jimena atendía la caja, yo colocaba las hogazas en el escaparate y Araceli y Rocío nos echaban una mano y tomaban los pedidos de las primeras clientas. Por la tarde no quedaba ni una barra. Jimena se sentó a contar la caja. Yo llegué por detrás, le puse las manos en los hombros y le pregunté:
—¿Qué dice la dueña? ¿Hemos salido en positivo?
Ella contó los billetes, los metió en la caja y sonrió con aquella luz que se le pone en los ojos cuando las cosas salen bien:
—Sí, Diego. Hay suficiente para pagar el alquiler del mes que viene, y encima sobra. Dile a Araceli que venga a cenar. Celebramos el primer día.
Esta noche escribo esto para no olvidarlo. He aprendido que el silencio no protege a quien quieres; solo lo deja solo frente a los monstruos. La mentira, incluso la que nace del miedo y del cariño, acaba convirtiéndose en una puerta abierta para los aprovechados. No hay panadería, ni proyecto, ni sueño que valga más que la verdad. El dinero se recupera; la confianza, si la rompen, cuesta mucho más. Así que a partir de hoy aquí manda la ley de Jimena: todo se habla, todo se comparte y a cualquier amenaza la miramos de frente, los dos juntos. Esa es la única receta que nunca falla.






