La dueña de la piscina

Conocí a Alejandro cuando atendía mesas en un café de Houston, en la calle Navigation, a unas cuadras del bayou. Ese día cargaba una bandeja con cuatro cafés de olla y un plato de pan dulce que acababa de hornear la señora Gutiérrez. Él entró con un traje que costaba más de lo que yo ganaba en tres meses de propinas y pidió un espresso. Así empezó todo. Dos cafés, tres pláticas y una cita en el mercado de pulgas de Airline Drive, donde me compró un anillo de plata con una turquesa falsa porque, según él, le recordaba al cielo de San Antonio.

Lo que Alejandro no sabía era que detrás del delantal y el sueldo de mesera había una empresa de bienes raíces que yo había construido desde los diecinueve años. LM Propiedades era mía. El edificio donde funcionaba el restaurante de sus padres, El Mesón del Sabor, era mío desde hacía cuatro años. La casa donde vivían, una mansión con palmeras y piscina en Woodland Heights, también era mía. Ellos pagaban el alquiler a una sociedad anónima, así que jamás vieron mi nombre en un contrato. Yo no lo ocultaba por malicia, sino por miedo: quería que alguien me quisiera sin saber cuánto tenía en la cuenta del banco.

Me pidió matrimonio un viernes por la noche, junto al lago del Hermann Park, y yo dije que sí. Su madre, doña Susana, organizó una comida familiar para celebrarlo. Dijo que sería en su casa, un domingo a las dos de la tarde. Ese domingo el termostato marcaba noventa y siete grados en la sombra y el aire olía a cloro, a carne asada con chimichurri y a gardenias empapadas de sol. En la mesa larga junto a la piscina había diez invitados, todos parientes o socios del restaurante. Yo llevaba un vestido amarillo y unas sandalias que me costaron quince dólares en la pulga de Harwin Drive. Doña Susana me miró de arriba abajo con una expresión que sólo podría describir como si acabara de encontrar una cucaracha en su sopa.

Apenas nos sentamos, empezó a darme órdenes.

—Mija, alcánzame la jarra de sangría, que está detrás de ti. No, esa no, la de vidrio. Y tráete los vasos escarchados, los que tienen azúcar en el borde.

Los traje. Diez minutos después volvió a llamarme.

—Ay, fíjate que al pollo le falta sal. ¿Por qué no vas a la cocina y me la traes? Y de paso revuelve los frijoles, que la muchacha que contratamos hoy no vino.

Me quedé quieta, con la servilleta todavía sobre el muslo. Alejandro estaba a mi lado, mudo, pinchando un pedazo de chorizo con el tenedor.

—Doña Susana —dije—, con gusto la ayudo, pero yo hoy soy una invitada, no la persona que sirve las mesas.

Ella soltó la copa sobre la mesa con un golpe seco. El hielo tintineó.

—Mira, Lorena, aquí nadie te invitó por tus títulos. Se te acepta porque mi hijo perdió la cabeza contigo, pero tú en esta casa no eres nadie. Si quieres estar a su altura, aprende cuál es tu lugar.

Me puse de pie. No alzaba la voz, pero ya no pensaba dejarme pisotear.

—Mi lugar no está en su cocina, doña Susana. Y con todo respeto, esta tampoco es su casa.

Ella se levantó como un resorte. Vi cómo sus dedos apretaban el borde de la mesa. El papá, don Julio, dejó caer un «ay, muchacha atrevida» y soltó una carcajada seca. Los invitados rieron con él. Alejandro siguió sin levantar la vista del plato. Doña Susana avanzó hacia mí con los tacones repicando sobre la lozeta de la terraza. Retrocedí un paso, dos, y el borde de la piscina me golpeó los talones.

El empujón fue rápido, con las dos manos en mi pecho, y perdí el mundo bajo los pies.

El agua me tragó de golpe. El frío me apretó el cráneo y el vestido amarillo se infló como un globo. Pataleé hasta salir a la superficie, tosiendo cloro y escupiendo un mechón de pelo pegado a la boca. Lo primero que oí fue la risa de doña Susana; luego, la de los otros. Alejandro estaba de pie, con las manos en los bolsillos del pantalón de lino. Me miró un segundo, se quitó los lentes de sol y volvió a ponérselos.

Me recuerdo nadando hacia la escalerilla con la cabeza vacía y el pecho ardiendo. Una de mis sandalias flotaba boca abajo cerca del filtro. La cacé, me la puse y subí los peldaños empapada, sintiendo cómo me chorreaba el rímel hasta la barbilla. Caminé hacia la mesa sin temblar, a pesar de que el aire acondicionado de la terraza me erizaba la piel. Vi mi arete de plata —el compañero del anillo— en el fondo, justo donde el agua no cubría más de un metro. Me incliné, lo recogí, lo sequé con la servilleta y recién entonces levanté la cara.

Doña Susana se secaba una lágrima de risa con la punta del mantel.

—¿Ya te refrescaste, mi amor? Así se curan los humos.

Saqué el teléfono del bolso que había quedado sobre un sillón. La pantalla se iluminó intacta; la funda impermeable había aguantado. Marqué el número de Jorge, mi abogado, y puse el altavoz.

—Jorge, manda la orden de desalojo de inmediato. La residencia de Woodland Heights y el local del restaurante, los dos contratos. La deuda son cuarenta y cinco mil dólares de renta vencida, y el plazo se venció el viernes pasado.

—Entendido, señora Lorena. En diez minutos reciben la notificación oficial en el correo y en las cuentas bancarias.

Colgué. Don Julio soltó una carcajada más floja, sin convicción.

—Muchacha, ya deja el numerito. ¿Qué tanto inventas?

Abrí la aplicación del banco, puse el teléfono frente a sus narices y deslicé la pantalla. El logo de LM Propiedades apareció grande, y debajo mi nombre completo como presidenta y única dueña del portafolio. En el mismo teléfono, desplegué el contrato de arrendamiento original, el que tenía mi firma y el de él. Don Julio leyó, se quitó los lentes y volvió a leer.

—Esto no puede ser… —murmuró, y la risa se le pudrió en la garganta.

Doña Susana se llevó una mano al cuello, las venas tensas, y el color se le fue como si le hubieran vaciado un vaso de leche en la cara.

—Nosotros no sabíamos… —empezó, pero ya no le salió la voz.

El teléfono de don Julio sonó. Era la alerta de su banco: la cuenta del restaurante acababa de quedar congelada por orden del acreedor. En ese instante el celular de doña Susana también vibró con la notificación del bufete de abogados. Desalojo en setenta y dos horas. Inventario embargado. Cobro judicial por los cuarenta y cinco mil dólares.

Alejandro por fin soltó el tenedor. Se paró y alargó una mano hacia mí.

—Lorena, podemos hablarlo… esto fue una broma de mal gusto, pero no…

—Tú ya dijiste todo lo que tenías que decir —lo corté—. Lo dijiste cuando me quedé en el agua.

Me quité el anillo de turquesa falsa, lo sostuve un segundo entre el índice y el pulgar y lo lancé a la piscina. El anillo rozó la superficie sin ruido y se lo tragó el azul clarito del fondo.

Atravesé la terraza sintiendo la ropa pegada al cuerpo y el eco de las protestas de doña Susana. En la calle, un vecino podaba el pasto y el perro de la esquina ladraba a una ardilla. Abrí la puerta de mi camioneta —una Silverado vieja que nadie en esa familia hubiera mirado dos veces— y prendí el aire. Junto a la palanca de velocidades reposaba la llave de la mansión, que me devolvió Jorge al día siguiente cuando vinieron las cerrajerías a cambiar las cerraduras.

Esa noche, el olor a cloro se fue con la última ducha. Cené tacos de barbacoa en un puesto de la calle Quitman y dormí diez horas seguidas, sin soñar con nada.

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La dueña de la piscina
The Girl Who Knew Where He Was