RebeldeEl rebelde, con el puño en alto, desafió al solitario viento de la meseta castellana.

Extendió la mano para acariciar al fiero animal, pero la gata se encogió de lado y, de manera extraña, se arrastró alejándose del hombre, lejos de la mano tendida.

—¡Míralo! —casi gritaba la directora del colegio.—Han llamado a los padres, ¡y él ni siquiera tiene vergüenza!

Pablo la miró directamente a los ojos de la enfurecida directora. En el rostro del niño de diez años no había ni un ápice de arrepentimiento por la fechoría cometida. Con aire aburrido, escuchaba en silencio los reproches de doña Antonia.

—¡Quemar el libro de actas! —la voz de la directora se volvió un chillido.

—Espera fuera —ordenó el padre con voz severa.

El niño salió del despacho dando un portazo. Le daba igual que lo castigaran de nuevo. No podía haber obrado de otra forma; había dado su palabra…

En cuanto a sus padres, pronto se olvidarían de él, marchándose a otra expedición.

Esa misma noche, en consejo familiar, se decidió enviar a Pablo al pueblo con su abuelo todo el verano. Quizá él encontrara la manera de domar al joven rebelde…

***

—Este es tu horario —dijo don Jorge, antiguo militar, señalando al nieto un papel escrito con letra clara—. En el pueblo no hay tiempo para tonterías; todos necesitan comer y beber.

—¿Acaso soy un esclavo? —se le escapó a Pablo al leer la larga lista de tareas.

Don Jorge sonrió al apreciar la mirada guerrera que le lanzó su nieto. El día anterior, su hijo había traído a Pablo sin parar de quejarse de lo difícil que se había vuelto. Peleas constantes en el colegio, quejas de los profesores y de la directora: todo eso les quitaba tiempo a sus investigaciones científicas. Los padres de Pablo se fueron de expedición, aliviados de dejar al rebelde con el abuelo.

Los días empezaron a pasar lentamente, llenos de quehaceres insólitos…

Pablo se levantaba con los gallos, ayudaba al abuelo a dar de comer a la vaca manchada Lola, a los cuatro cerdos y al caballo castaño Rey. Traer agua, apilar la leña, escardar los bancales…

Las tareas no se acababan, pero Pablo había prometido no quejarse.

—¿Me vigila? —preguntó un día, mirando de reojo al perrazo de su abuelo, Rex, que le seguía como una sombra cada vez que salía del huerto.

—Nota que no eres de aquí; teme que te pierdas —respondió el abuelo con sutil ironía.

Lo que más le gustó a Pablo fue ir a pescar. El chico aprendió pronto a manejar la caña, y a las dos semanas don Jorge ya le dejaba ir solo al río.

La mejor picada era al amanecer, cuando aún hacía fresco. A Pablo le encantaba sentarse con la caña en la orilla y ver salir el sol, iluminándolo todo. ¡Eso no se veía en la ciudad!

Una mañana temprano, mientras pescaba en la orilla de un pintoresco riachuelo, Pablo notó un movimiento entre la hierba alta.

Cerca croaba una rana con fuerza, y un perro ladró. Sonidos familiares, pero…

La hierba se movió de nuevo, y el chico decidió investigar…

Caminando con cuidado entre la maleza, Pablo escudriñó la penumbra matinal, pero no vio nada. Pensando que había sido imaginación suya, ya se disponía a volver a las cañas cuando oyó un leve y lastimero gemido.

Se agachó, apartó la hierba con las manos, y una gata le siseó amenazadora, con las orejas echadas hacia atrás. Sus ojos le advertían que mantuviera la distancia, y el siseo era una clara amenaza.

—¡Ay! —exclamó Pablo sobresaltado—. ¿Por qué siseas?

Extendió la mano para acariciar al fiero animal, pero la gata se encogió de lado y, de manera extraña, se arrastró alejándose del hombre, lejos de la mano tendida.

Empezaba a clarear, y Pablo vio manchas de sangre en el pelaje claro del animal. Ante sus ojos apareció una escena del pasado reciente: cuatro chicos mayores maltratando a un gato rayado con la oreja derecha helada…

Pablo tembló, apartando el doloroso recuerdo. ¡La gata estaba herida, necesitaba ayuda!

No podía cogerla con las manos: estaba furiosa y claramente sentía dolor. Miró a su alrededor y no encontró nada adecuado. Llevaba una cazadora ligera para el fresco de la mañana.

Se quitó la cazadora y se acercó a la gata que siseaba:

—Mis gatis, mis gatis… Solo quiero ayudarte… Mis gatis, mis gatis…

Con las últimas fuerzas, la gata intentó huir, pero Pablo fue más rápido. La cubrió con la cazadora, la envolvió con cuidado y la apretó contra su pecho. Luego echó a correr a casa a toda velocidad, olvidándose de las cañas…

—Abuelo, ¿la gata va a estar bien? —preguntó el nieto por enésima vez, mirando con preocupación la puerta de la cocina de verano.

—No te preocupes; la señora Ángela es veterinaria y entiende de heridas —dijo don Jorge, acariciándole la cabeza—. Ve a buscar las cañas, y cuando vuelvas, tendremos noticias…

Pablo asintió y fue corriendo al río a recoger las cañas. Volvió tan rápido que apenas podía respirar.

En ese momento, en el umbral de la cocina apareció la figura menuda de doña Ángela. La anciana dijo algo a don Jorge, que sonrió contento.

—¿Cómo está? —se le escapó a Pablo.

—Estará bien —respondió doña Ángela—. Parece que la mordió un perro… Le he curado las heridas; ahora cuida de ella.

—¡Haré todo! —exclamó Pablo, y se le llenaron los ojos de lágrimas de alegría y alivio…

Esa noche, el chico no se separó de la gata dormida, a la que había improvisado una cama con una caja y una manta vieja. Colocó al lado platos con comida y agua, y se sentó a mirarla mientras dormía.

—¿Vas a dormir aquí? —preguntó don Jorge.

—¿Puedo? —dijo Pablo con esperanza.

—Mejor la llevamos a la casa —propuso el abuelo.

Llevaron a la gata a la habitación de Pablo y pusieron la caja junto a su cama.

De cerca, el pelaje de la gata era de un suave color beige con rayas casi invisibles.

Pablo se sentó en el borde de la cama, observando dormir a su protegida.

—Te miro, nieto, y me sorprendo —dijo don Jorge pensativo, sentándose en una silla en un rincón—. No eres vago, eres listo, responsable, y la bondad no te es ajena. Entonces, ¿por qué armas motines?

Pablo se encogió de hombros en lugar de responder.

—Tu última hazaña con el libro de actas… —insistió el abuelo—. No lo quemaste por capricho, ¿verdad?

—Di mi palabra, y si la doy, debo cumplirla —farfulló Pablo.

Alargó la mano y acarició con cuidado la cabeza de la gata dormida.

—¿A quién se la diste? —las sospechas de don Jorge se confirmaron; no creía en la culpabilidad de su nieto.

—En el sótano de la casa junto al colegio vive un gato callejero que yo alimentaba y con el que hablaba, igual que tú con Rex —contó Pablo, sorbiéndose la nariz—. Soñaba con llevarlo a casa, pero mis padres no querían ni oírlo… Le prometí a Rayas que siempre lo protegería.

—¿Y qué pasó con ese gato? —preguntó el abuelo en voz baja, conteniendo la respiración.

—Unos chicos de cursos mayores se metían con él —la voz de Pablo se quebró—. Les pedí que pararan, y aceptaron con la condición de que quemara el libro de actas…

—¡Canallas! —se le escapó al anciano—. ¿Dónde está ahora ese gato?

—Lo recogió una mujer, según me dijo el conserje —Pablo volvió a acariciar a la gata—. Me gustaría saber cómo está Rayas…

—Eres un valiente —dijo el abuelo, acariciándole la cabeza—. Cumpliste tu palabra, eso está bien, pero ¿por qué no se lo contaste a tus padres?

—No me preguntaron —respondió Pablo sin más.

Pasaron los días… Las heridas de Nube —así llamó Pablo a la gata— cicatrizaron. La gata dejó de sisear y de mirar a la gente con recelo.

Nube aceptaba los cuidados del hombre que le había salvado la vida. Pronto, más guapa y con más peso, la gata se mudó a dormir a la cama de Pablo.

El sueño del chico se había cumplido, pero a menudo soñaba con el rayado Rayas, el de la oreja helada. El gato se frotaba contra sus piernas y ronroneaba fuerte cuando Pablo lo cogía en brazos.

—¿Dónde estás? —preguntaba Pablo en sueños al gato rayado, pero no obtenía respuesta.

Pasó julio, y luego agosto…

Pablo esperaba que vinieran sus padres a buscarlo, pero en su lugar el abuelo le anunció que tenía que ir a la ciudad por unos asuntos. Tras arreglar las tareas de la mañana, don Jorge dejó la casa a cargo del nieto y se fue a la estación.

Volvió por la noche, cansado pero contento. Alabó a Pablo por el orden en las labores y, sonriendo misteriosamente, lo llamó a la casa, adonde había llevado una caja grande.

—Ven aquí, nieto —dijo don Jorge señalando el sofá—. Mira quién ha venido conmigo de la ciudad.

Pablo entró en la habitación y miró el sofá. Parpadeó varias veces, temiendo que fuera una ilusión.

—¡Rayas! —exclamó el chico, cogiendo con cuidado al gato rayado de oreja helada—. ¡Abuelo, eres el mejor!

El gato parecía sano y bien alimentado. Más tarde, don Jorge le contó a Pablo que le había impresionado su acción y que decidió buscar al gato rayado, pidiendo ayuda en el colegio de Pablo.

Resultó que el conserje había llamado a una protectora para que recogiera al gato callejero, temiendo por su vida.

A principios de septiembre llegaron los padres de Pablo con la noticia de que tenían que irse a una larga expedición, y que el chico tendría que quedarse con su abuelo un tiempo.

Apenas reconocieron al niño alegre y risueño que tenían delante como el antiguo rebelde.

—Papá, ¡has hecho un milagro! —exclamó el padre de Pablo.

—Aprended a escuchar a vuestro hijo —dijo don Jorge con tono sentencioso.

En cuanto a Pablo, se alegró de quedarse a vivir con su abuelo y de no tener que separarse de Rayas y de Nube.

El rebelde se había convertido en el dueño más cariñoso y responsable para sus mascotas.

Lección personal: a veces, el rebelde solo necesita que le escuchen para dejar de serlo.

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Elena Gante
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RebeldeEl rebelde, con el puño en alto, desafió al solitario viento de la meseta castellana.
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