Julia mira la pantalla del móvil. Carla ha enviado una invitación al grupo de WhatsApp: «Chicas, os espero el sábado a las 18:00 en el café «Menta». ¡Va a ser divertido!»
Julia tiene treinta años. Dos hijos, la niña Sara y el niño Timo. Divorciada. Una silla de oficina que recuerda su espalda mejor que cualquier hombre en los últimos dos años. Y esta invitación, que la alegra de verdad.
—¡Timo, no corras por el pasillo! ¡Sara, ponte los calcetines, que hace frío! —grita Julia, sujetando el teléfono con el hombro.
Al otro lado de la línea, Carla parlotea sobre sorpresas y karaoke.
—Julia, ¿vas a venir? Te prometo que será genial, y sin eso de «tengo hijos».
Julia resopla.
—Tus hijos, tus problemas. Tu divorcio, tu edad… Ya veré —responde.
El sábado, Pablo, su exmarido, llega dos horas tarde; viene a ver a los niños los fines de semana. Sara llora porque quería que mamá le hiciera una trenza «como de princesa», y Timo ha escondido el zapato izquierdo. Cuando Julia por fin sube la cremallera del único vestido que aún no le queda holgado, el reloj marca casi las seis de la tarde.
—Voy. Aunque sea una hora.
En el café suena música. Las chicas de contabilidad ya han brindado con cava, y Marina, del departamento de ventas, cuenta lo de su nuevo novio con un tono como si defendiera una tesis titulada «Mi felicidad, que todas debéis ver».
Carla ve a Julia, chilla y se lanza a abrazarla.
—¡Has venido! ¡Qué guapa estás! Siéntate, ahora traen la tarta.
Julia se sienta a la mesa, coge una copa de zumo. Escucha. Asiente. Sonríe en los momentos justos.
Elena, del departamento de al lado, una rubia alta con cara de enfado perpetuo, se inclina hacia ella:
—¿Y el tuyo?
—Divorciada. Desde hace un año —dice Julia con tono tranquilo.
—Ay, perdona. No lo sabía. Los niños lo pasarán mal, supongo.
Julia termina el zumo. Suena una canción lenta, familiar. Alguien invita a bailar. Julia se queda sentada. Carla, la anfitriona, se sienta a su lado, ya un poco achispada y por eso inusualmente seria.
—Julia, ¿por qué estás triste?
—No estoy triste. Estoy cansada.
—Es lo mismo cuando tienes treinta, dos hijos y un ex que solo viene según el horario.
Julia se sorprende de tanta precisión.
—¿Tú también estás divorciada?
Carla se ríe:
—No. Pero soy observadora. Escucha… Le he pedido al cantante que toque una canción. Para ti.
Julia no entiende, pero asiente.
El chico del micrófono rasga los acordes. Y de repente suena algo antiguo, de cuando Julia estudiaba en la universidad. La canción con la que ella y Pablo se besaban en el banco de la residencia. Letra tonta sobre «nunca digas adiós». Julia se tapa la cara con las manos. No por vergüenza. Porque alguien ha recordado cómo era ella antes del «tienes hijos».
—Yo no he pedido esta canción —susurra.
Carla se encoge de hombros:
—Igual la ha elegido él. Igual le gustas. ¿Te miras al espejo alguna vez, Julia?
No se mira. Pero ahora levanta la vista. El chico del micrófono sonríe. Desconocido. Joven. Que no sabe nada de su vida. Julia se seca las mejillas con una servilleta, coge una copa de cava y sonríe de vuelta. No esa sonrisa de oficina, sino una de verdad.
Luego le escribe a Pablo: «Voy a llegar tarde. Dejo a los niños contigo esta noche. No se discute».
Y exhala. Por primera vez en mucho tiempo, a pulmón lleno.
La tarta llega justo a las nueve. Julia come dos trozos y no cuenta las calorías. Carla le susurra al oído:
—¿Sabes? Te invité porque eres la única que no criticó mi informe en la reunión de planificación.
—Tu informe estaba bien —dice Julia encogiéndose de hombros.
—Exacto. Eres la única que escucha de verdad. No solo aparentas.
Julia vuelve a casa cerca de la una. El piso vacío huele a silencio. Primero siente ganas de llorar porque los calcetines de Timo no están tirados por el pasillo ni la horquilla de Sara en la cocina.
Pero luego se quita el vestido, se prepara un té, se pone los auriculares y escucha esa misma canción. Y comprende que el hogar no es solo el ruido de pies pequeños. También es este silencio, donde por fin puede oírse a sí misma.
—No ha estado mal la noche —piensa Julia y se duerme sonriendo.
A la mañana siguiente llega un mensaje de un número desconocido: «¿Vas a venir hoy a la presentación? Soy el cantante del café, Diego. ¿Puedo invitarte a un café? Así, sin motivo».
Julia mira el móvil y escribe: «Voy. Café solo, sin azúcar. Y gracias por la canción».
Las dos primeras semanas son como de película. Diego recoge a Julia del trabajo con un ramo. Canta para ella en el café cuando hay poca gente y la mira como si fuera la única mujer del mundo. Julia se derrite. Y se pierde.
Primero una vez a la semana. Luego cada dos días. Luego su madre deja de disimular el mal humor.
—Julia, ¿con quién dejas a los niños? Yo tengo mis cosas. Y tú tienes trabajo, ¿sabes?
—Mamá, por favor, Timo ya duerme, Sara ha hecho los deberes. Voy dos horas.
—Dos horas, dice… Toda la semana con dos horas. Ya conozco yo esas «dos horas». ¿Es un hombre? —Julia calla.
—¿Y de dónde sale? ¿De aquel café? —su madre frunce los labios—. Un cantante de bar… Julia, eres lista, con treinta años y dos hijos te agarras a cualquiera que te mire con cariño. Pero todos son iguales. Hoy te canta uno, mañana otro.
—¡Mamá, para ya! —Julia tira el bolso en el sofá—. No lo conoces.
—¿Y tú… cuánto lo conoces? ¿Un mes? ¿Dos? Yo he visto a muchos hombres en mi vida —cierra la puerta de golpe.
Diego es diferente. Recuerda cómo se llaman Sara y Timo, y que Timo tiene miedo a la oscuridad. Dice que no le importan los niños, que ya pensará cómo pueden organizar la vida.
Julia casi se lo cree.
Esa noche decide darle una sorpresa. Diego le ha dicho que toca hasta las diez y luego está libre. Julia deja a los niños con su madre —la madre pone los ojos en blanco pero no se niega— y va al café sin avisar. Entra en la sala. Sonríe al camarero conocido. Mira al escenario.
Diego no está.
Está apoyado en una columna, bailando. No un vals, solo tonterías al ritmo de la música, pero con una mujer guapa. Alta. Delgada. Con un vestido ceñido que cuesta como el sueldo de Julia de un mes. Su pelo perfectamente peinado, su risa fuerte y libre.
Diego también se ríe. Luego la toma de la mano y desaparecen tras una puerta que pone «Acceso privado».
Julia se queda en medio de la sala. Alguien la roza al pasar, se disculpa. La música sigue sonando.
—Todos son iguales —recuerda las palabras de su madre.
Se da la vuelta y sale. No da un portazo. No llora. Solo sube a un taxi y dice la dirección.
En la entrada del edificio está Pablo. Con la chaqueta vieja, ojeras, enfadado y despeinado.
—¡Julia! ¿Por qué no coges el teléfono? ¡Tu madre me lleva llamando media hora! Tu padre está en el hospital. Infarto. Ella ha dejado a los niños en casa y me ha pedido que viniera.
Julia se lleva la mano al pecho.
—¿Qué? ¿Cómo? Si él…
—No sé cómo. Pide un taxi. Yo me quedo con los niños.
Con los dedos temblorosos marca el número de su madre. Ella llora al otro lado.
—Papá está en la UCI. Ven ahora mismo.
—Ya voy, mamá. ¿Va a salir de esta?
—Los médicos no dicen nada.
Toda la noche se pasan ella y su madre sentadas en el pasillo del hospital. A las ocho de la mañana sale un médico con cara de cansancio.
—La crisis ha pasado. Su marido es fuerte. Media hora más y no lo aseguraba. Pero ahora estará bien. Reposo, dieta, nada de estrés.
La madre rompe a llorar. Julia la abraza, y así se quedan las dos mujeres, que casi pierden al hombre más importante de sus vidas.
De vuelta en el taxi, Julia mira por la ventana. El sol del amanecer se cuela entre los edificios de paneles. Recuerda cómo Diego le acariciaba la mejilla, prometiendo el mar y los viajes. Qué ridículo. El mar… mientras su padre estaba en la UCI, ella en un café.
—Ya está bien de fiestas locas.
En casa está Pablo, también sin dormir, se le nota en la cara.
—Pablo —dice ella en voz baja—. Gracias por venir, por estar con los niños.
Pablo se queda un minuto en silencio. Luego habla torpemente, como siempre que se trata de sentimientos.
—Julia, sin ti… Los niños necesitan un padre. Y no solo los fines de semana. En fin, volvamos a vivir juntos. Otra vez, como antes. Estás cansada. Los niños te echan de menos. Y yo echo de menos la casa, tus broncas si no me quito los zapatos.
Julia se ríe entre lágrimas. Se acerca a su marido y apoya la cabeza en su hombro. Le coge la mano. Una palma áspera, conocida, cálida. No la que cogía el micrófono y prometía el mar. Sino la que empujaba el carrito, cambiaba las ruedas de su coche.
—Vale, probemos —dice Julia—. Pero si vuelves a dejar la taza sin fregar, te mato con la almohada.
—Trato hecho.
Los niños salen de la habitación, Timo se cuelga de Pablo y grita «¡papá!». Sara primero aparta la mirada, pero luego se acerca y dice bajito:
—¿Te quedas? ¿Mucho tiempo?
Pablo se agacha:
—Para siempre, Sara. Si me aceptáis.
Y por la noche, cuando los niños duermen, Pablo friega los platos y Julia coge el móvil y borra toda la conversación con Diego. No ha llegado ni un mensaje.
—Mi madre tenía razón —piensa Julia—. Pero se equivoca en una cosa. No es cuestión de los treinta, ni de los hijos, ni del divorcio. Es cuestión de a quién eliges. Yo elegía promesas bonitas. Y lo que hacía falta eran ojos cansados y una taza sucia en el fregadero.
Se acerca a Pablo por detrás, lo abraza, apoya la nariz en su hombro.
—¿Qué? —pregunta él.
—Nada. Solo que me alegra que estés en casa —y eso vale más que todas las canciones del mundo.






