Isadora apretó los ojos con fuerza mientras el polvo del camino le golpeaba la cara. Sintió las manos callosas de alguien que la sujetaban con firmeza, sin violencia, pero con urgencia. La habían sacado por la puerta trasera de la cocina del rancho, envuelta en la noche y el escándalo de los coyotes aullando en la distancia. No gritó. Se quedó muy quieta, con el corazón latiéndole en la garganta, oliendo a cuero y a tierra seca en la camisa de quien la llevaba casi a rastras.
Cuando se atrevió a abrir los ojos, ya estaban dentro de una vieja casa de adobe, un refugio de pastores abandonado al pie de las montañas de Sacramento. La luz de una linterna de queroseno temblaba sobre una mesa de madera carcomida.
El hombre la soltó con cuidado y se quedó de espaldas a ella, mirando la puerta que acababa de atrancar con una tranca de hierro.
—Valentín —dijo Isadora en un susurro, reconociendo la espalda ancha y la cicatriz en el antebrazo—. Eres tú.
Valentín se giró. Su rostro, curtido por el sol, era pura tensión. Llevaba dos meses sin cobrar, como los otros siete peones del rancho. Dos meses de promesas vacías y evasivas de Don Esteban, el dueño de "La Herradura", el marido de Isadora.
—No se asuste, señora Isadora —dijo él, sin atreverse a mirarla a los ojos—. Nadie le va a hacer nada. Es pa' que el patrón pague. Pa' que nos pague a todos.
En el rancho "La Herradura", a unas millas de Alamogordo, Don Esteban reinaba con la misma arrogancia con la que su padre y su abuelo lo habían hecho. Era un hombre de sesenta años, macizo, con un bigote espeso y una mirada de acero que se había vuelto vidriosa por el whiskey barato. Se había casado con Isadora tres años atrás, cuando ella tenía veinticuatro. La mujer, menuda y de una belleza discreta, con el cabello negro azabache siempre recogido en un moño tenso, había aceptado sin queja. Su madre, postrada en una cama de hospital en El Paso con facturas que se amontonaban como hojas secas, la había bendecido entre lágrimas: “Al menos con él no te faltará un techo, mija. Es un hombre de bienes”.
Pero los bienes eran un espejismo. Las tierras se sostenían sobre un castillo de naipes: permisos vencidos, agua extraída con tuberías ilegales y una deuda de impuestos que ahogaba. Para los peones, el único capital real era su sudor. Y Don Esteban se lo debía. Treinta mil dólares en total. Ocho mil solo a Valentín.
—¿Y si no paga? —preguntó Isadora, arropándose con una manta vieja que olía a heno.
—Tiene tres días —contestó Valentín, pasándole una taza de café caliente que había preparado en una fogata diminuta—. Si no, se va a arrepentir.
A la mañana siguiente, el capataz de "La Herradura" encontró la nota clavada con un cuchillo en el marco de la puerta principal de la hacienda: “Si quieres ver a tu mujer viva, paga los sueldos. Tienes 72 horas”.
Don Esteban, con resaca y los ojos inyectados en sangre, montó en cólera. Pateó un cubo de metal, tiró al suelo una botella de Jack Daniel’s y culpó a todo el que se cruzó en su camino. El capataz, un hombre viejo y seco, lo miró con calma.
—Voy a llamar al sheriff —rugió Esteban.
—Patrón, usted no llama a nadie —dijo el capataz—. El sheriff viene, ve que debemos dos meses de sueldos, mira los papeles del agua y nos mete a todos en un problema más grande. Mejor pague y ya. La señora aparece y asunto arreglado.
Esteban lo fulminó con la mirada, pero sabía que tenía razón. Fue a su despacho, abrió la caja fuerte y sacó los fajos de billetes que escondía del fisco. Treinta mil dólares. Le dolía más que una patada en los huevos, pero no había de otra.
Valentín, que había regresado al rancho esa mañana como si nada, se quedó junto a la valla de los caballos, limpiando un freno con un trapo sucio y observando la escena. Esteban lo vio y caminó hacia él con el pecho inflamado.
—¡Tú! —le gritó cruzándose en su camino—. Tú sabes algo, indio de porquería.
—Yo solo sé ensillar caballos, patrón —respondió Valentín sin levantar la voz—. De la señora no sé nada.
Esteban quiso darle un puñetazo, pero se contuvo. Si le tocaba un pelo a ese indio, quién sabía lo que le harían a Isadora.
—Como me entere que tú anduviste detrás de esto, te cuelgo de un mezquite.
Valentín no respondió. Siguió limpiando el freno.
En el refugio de adobe, mientras las horas pasaban, algo empezó a cambiar. Isadora descubrió que el silencio del desierto no le gritaba como Esteban. Le gustó. Valentín no hablaba mucho, pero arregló las grietas del techo, le llevó una manta limpia y compartió con ella su comida: tortillas y frijoles. Al segundo día, ella lo vio lavarse la sangre seca de las manos, los nudillos abiertos de tanto alambrar sin guantes, y se le fue el aire un momento. Apartó la mirada y apretó la labor de costura que él le había llevado para entretenerse.
—¿Por qué no te fuiste cuando dejó de pagar? —le preguntó ella.
—¿A dónde? —respondió él, secándose con la toalla—. Mi madre vive conmigo en la barraca del rancho. Tiene setenta y ocho años y sus medicinas cuestan un dineral. Además…
—¿Además qué?
Valentín la miró. Por primera vez, sus ojos oscuros se encontraron sin barreras.
—Además, no podía dejar de verla. A usted. Cómo agachaba la cabeza cuando él le gritaba. Cómo se escondía en la capilla a rezar sola. Una noche, la seguí hasta el establo. Sé que no debí. Usted abrazó a la yegua vieja, la cegata. Estaba llorando. Le cantaba bajito, una canción de cuna. Y yo me quedé allí, detrás de un fardo de alfalfa, pensando que jamás había visto a nadie tan triste ni tan hermosa. Desde entonces, no pude dormir.
A Isadora le flaquearon las piernas. Se pasó la mano por los ojos, mojada. Nadie, en años, la había mirado así. Esteban la veía como un adorno, una sirvienta de lujo. Valentín la veía como a una mujer.
—Valentín —su voz fue apenas un hilo—. Si mi marido paga, ¿me llevarás de vuelta?
—Él no va a pagar —dijo él, con una seguridad que helaba la sangre—. Prefiere perderla a soltar un centavo. Lo conozco.
Pero Valentín se equivocó. Don Esteban, movido por el pánico a que las autoridades husmearan en sus negocios sucios, apareció al día siguiente en el comedor del rancho con el dinero. Arrojó los fajos de billetes sobre la mesa delante del capataz y los peones. Valentín estaba entre ellos.
—Aquí tienen su mugre. Y ahora, ¿dónde está mi mujer? —preguntó Esteban.
El capataz contó el dinero y se lo repartió a cada uno. Cuando le tocó a Valentín, Esteban lo taladró con la mirada.
—Tú, Valentín… Tú desapareciste anoche. ¿No querrás decirme dónde andabas?
—Fui a Alamogordo a ver a mi mamá. Volví de madrugada, patrón. Pregúntele al capataz que me vio llegar.
El capataz asintió sin ganas, sin meterse en honduras. Valentín cogió sus ocho mil trescientos, los contó con calma y se los guardó en el bolsillo de la chamarra.
—Más te vale que la señora aparezca pronto —murmuró Esteban.
—Eso espero yo también —dijo Valentín, y salió.
Esa noche, Valentín regresó a la casa de adobe con una bolsa de lona. Puso los billetes sobre la mesa, junto a la linterna.
—Ya está, señora Isadora. Ya no la retengo. Es libre.
Pero Isadora no los miró. Miró las manos de Valentín, quietas sobre la madera. Luego se puso de pie, se acercó a él y, tomando su rostro entre las palmas, lo besó. Fue un beso torpe, salado por las lágrimas, que duró lo que dura un relámpago o toda una vida. Ninguno de los dos lo supo.
—Libertad es esto —murmuró ella—. Tú. Aquí. Yo ya no soy la señora de nadie.
Valentín, que no había esperado nada en la vida, sintió que se le aflojaban las rodillas. La abrazó fuerte, y por primera vez, lloró sin vergüenza.
Esa misma noche, mientras Don Esteban bebía para convencerse de que había hecho lo correcto, Isadora escribió una nota en un papel arrugado: “No me busques. Me voy. Ya no te debo nada.” Sin firma. La dejó doblada bajo el candelabro de plata del salón.
Cuando Esteban la encontró al día siguiente, lo primero que sintió fue un mareo. Luego, la furia le subió por el pecho como lumbre. Gritó, tiró la botella contra la pared y pateó la mesa.
—¡Fue ese maldito Valentín! ¡Se llevó a mi mujer! ¡Me robó mi dinero!
Pero ya no había nadie a quien reclamarle. Los peones habían cobrado y se habían largado al amanecer, con sus cosas en camionetas destartaladas. Sólo quedaban el polvo, los caballos y el eco de su propia voz.
A tres millas de allí, en la cajuela de una Ford F-150 modelo 85, Valentín e Isadora cargaban lo poco que tenían. Las montañas se teñían de un rosa intenso. El aire olía a creosota y a tierra seca. Se iban a Las Cruces; allí empezarían de cero con un taller de talabartería y un par de vacas. Sin miedo.
Isadora apoyó la cabeza en el hombro de Valentín. Cerró los ojos. Valentín metió primera y la troca se sacudió al arrancar. El ruido del motor se tragó el silencio del llano. Detrás de ellos, una nube de polvo se levantó, y luego, nada.






