— Llévese el gatito, — suplicaba una mujer en el mercadillo. Un transeúnte sorprendió con su gesto.

La caja llevaba tres días a sus pies, y el fondo ya se había reblandecido con la humedad de la mañana. Carmen ajustó la toalla dentro, contó los gatitos: los cinco. Dos grises, dos rayados, uno negro con el pecho blanco. El negro dormía, los rayados se revolvían, los grises se apretujaban entre sí.

El mercado despertaba despacio. Rosa, la del puesto de verduras, ya había apilado las manzanas en montoncitos, y de ellas salía ese olor agrio de otoño que hace que octubre se diferencie de cualquier otro mes. El cielo colgaba gris, denso, y el frío no se metía bajo la chaqueta de golpe, sino poco a poco, centímetro a centímetro, desde las manos hasta los codos. El asfalto brillaba por la lluvia de ayer, y los charcos reflejaban los puestos, la gente, trozos de cielo.

Carmen soplaba sobre los dedos. Los dedos estaban rojos, entumecidos, y los guantes los había olvidado en casa porque por la mañana no pensaba en guantes, sino en que hoy era el último día que podía estar allí. Mañana su hija vendría a recoger a la gata, pero a los gatitos no se los llevaba. Su hija le había dicho: «Mamá, ¿y yo qué hago con cinco?». Y tenía razón. Pero la razón de su hija no resolvía nada, solo hacía más pesado lo que ya de por sí era pesado.

– Llévese un gatito –decía Carmen a cada persona que aminoraba el paso–. Son bonitos, mansos. Si no le importa…

La gente pasaba de largo. Una mujer con un carrito sonrió, pero negó con la cabeza. Un hombre con mono de trabajo ni siquiera miró. Una niña de unos diez años se agachó, estiró la mano, pero su madre la tiró de la manga y la arrastró.

– ¿Quién va a querer gatitos en octubre? –dijo Rosa desde el puesto de al lado, mientras reordenaba las manzanas–. En primavera todavía, pero ahora… Mejor llévalos de vuelta.

Carmen calló. «De vuelta» significaba aquello en lo que no quería pensar.

El gatito negro se despertó, levantó la cabeza, pió. Carmen metió la mano en la caja y le rascó detrás de la oreja. El cartón bajo los dedos estaba blando, húmedo, y en una esquina ya empezaba a deshacerse.

No aminoró el paso, no desvió la mirada por la caja y más allá. Se detuvo, como si hubiera chocado contra una pared invisible, y se quedó así unos segundos, mirando hacia abajo.

Delgado, con una chaqueta gastada en los codos, las manos en los bolsillos. La cara típica de quien lleva tiempo sin dormir bien, pero no por el trabajo, sino por otra cosa. Ojos claros, cansados. Barba de tres días, pero cuidada, como si no la dejara crecer, sino que simplemente se olvidara de afeitársela.

– ¿Cuántos son? –preguntó.

– Cinco –Carmen se enderezó, se ajustó la chaqueta–. Dos machos, tres hembras. Mes y una semana. Ya usan la bandeja. Si no le importa…

– Démelos.

Carmen parpadeó.

– ¿Cómo?

– Todos.

Sacó las manos de los bolsillos y se agachó. Cogió al gatito negro con una palma, le miró los ojos, separó suavemente las patitas traseras para comprobar, luego lo devolvió. Así no coge un animal quien busca un regalo para un niño. Así lo coge alguien que sabe dónde mirar y para qué.

Carmen se quedó de pie sin saber qué hacer con las manos. La bolsa de pienso que traía cada día de repente no servía. Las palabras que preparaba para cada transeúnte tampoco servían.

– ¿Todos…? –repitió.

Él asintió. Levantó la caja. Ella vio cómo sus manos sostenían el cartón con cuidado, sin apretar.

– Espere –Carmen rebuscó en el bolso–. Mire, aquí tiene pienso, lo compré… Y una leche especial. Todavía hay que darles con cuentagotas, poquito a poquito. Comen solos, pero mal.

Él cogió la bolsa. No dio las gracias. No sonrió. Solo asintió y se fue, y la caja en sus manos se balanceaba al ritmo de sus pasos, y de ella asomaba una pata rayada y rojiza que se agarraba al borde.

Rosa silbó.

– Vaya, se los llevó todos. Menudo tipo raro.

Carmen no respondió. Miraba su espalda y no entendía por qué no se sentía más aliviada, aunque era justo lo que había querido durante tres días. Quizá porque entregar los gatitos a un desconocido que no explicó para qué no es lo mismo que colocarlos. Colocarlos significa saber dónde. Y ella no lo sabía. Solo había visto sus manos, y las manos eran correctas, y eso debería bastar.

Sacó del bolso una libreta y un bolígrafo. Lo siguió, por suerte no tuvo que ir muy lejos –el desconocido entró en el portal de la casa de al lado. Carmen, como una espía, lo siguió hasta el piso. Anotó la dirección. Por si acaso. O no solo por si acaso.

Las botas junto a la puerta estaban solas. Los ganchos de la pared del recibidor estaban vacíos: cuatro, brillantes, y en cada uno alguna vez había colgado una chaqueta, una bufanda o un paraguas, y ahora solo sobresalían de la pared como preguntas sin respuesta.

Manuel dejó la caja en el suelo de la cocina. Los gatitos se movieron, uno pió.

Se quitó la chaqueta, la colgó en el único gancho ocupado.

El radiador debajo de la ventana estaba apenas templado. Octubre se acercaba a noviembre, y la calefacción la habían encendido hacía poco, y los tubos aún calentaban como si no se creyeran que ya tocaba.

Manuel se agachó junto a la caja. El gatito negro fue el primero en levantar la cabeza y mirarlo directamente, con ojos verdes, todavía un poco turbios, pero ya con carácter. Un rayo de luz desde la ventana caía sobre el linóleo, y en él flotaban motas de polvo, lentas, indiferentes a todo.

Manuel abrió el armario, encontró una toalla vieja. De rizo, azul, hacía tiempo sin color ni suavidad. La extendió en el suelo junto al radiador, trasladó a los gatitos de la caja a la toalla. Se quedaron amontonados, con las patas enredadas, y él no las separó. Que así sea.

Luego sacó del paquete el pienso y la leche maternizada. Lo puso todo sobre la mesa.

La leche había que calentarla a treinta y ocho grados. Manuel lo sabía como se sabe el propio nombre: sin recordarlo, solo sabiéndolo. La disolvió con agua tibia, la puso a fuego lento, y se quedó junto a los fogones con el termómetro de agua que encontró en un cajón, esperando.

Recogió los instrumentos en una caja, devolvió las llaves, redactó la carta de renuncia. Sara se había ido en abril, y para octubre él ya no era veterinario, porque las manos que curaban animales ajenos no lograron sostener su propia vida. Y le pareció correcto pararlo todo.

Pero el cuerpo lo recordaba. El cuentagotas se colocó entre el índice y el medio como se había colocado miles de veces. La mano izquierda cogió al gatito, lo giró boca arriba, acercó el cuentagotas a los labios. Una gota de leche resbaló por su barbilla hasta la toalla, y el gatito empezó a mamar, y Manuel sintió cómo algo en la muñeca se relajaba.

El negro primero, porque era el más pequeño y tragaba con avidez, deprisa, como si temiera que le quitaran la comida.

Los grises juntos: yacían lado a lado y no querían separarse, y mientras uno comía, el otro le hurgaba el cuello con el hocico, y Manuel los sujetaba a ambos con una mano.

Los rayados por separado, se revolvían y piaban, y la leche se derramaba por las barbillas y la toalla, y él los limpiaba con un trozo de tela, sin enfadarse, sino con costumbre, como había hecho durante años en la clínica, donde los dueños miraban con angustia y él decía «todo bien, todo normal», y con su voz se calmaban no solo los animales, sino también las personas.

Una vez saciados, los gatitos se durmieron. Los cinco, sobre la toalla junto al radiador, unos encima de otros. El negro arriba, el pecho blanco, las patitas colgando. Manuel se sentó en el suelo al lado, apoyó la espalda contra la pared. Los miraba respirar. Un sonido fino, rápido, conjunto, parecido a un susurro.

Luego se levantó, lavó el cuenco. Lo secó y lo guardó en el armario. Sacó otro, limpio. Se sirvió té. Y mientras bebía, un gatito, uno de los rayados, se despertó, caminó hasta su pie y le dio un hocicazo en el tobillo. El hocico estaba mojado, frío, del tamaño de un guisante.

Manuel no esperaba llamada al timbre, porque el timbre no funcionaba desde hacía medio año, y él no lo había arreglado porque no había nadie que llamara. Un golpe. Tres toques cortos con los nudillos. Así llama la gente que no está segura de que la quieran ver.

Abrió. Carmen estaba en el umbral con el mismo pañuelo, solo que hoy lo llevaba atado con más cuidado. En las manos una bolsa de la que salía olor a masa frita y cebolla.

– Hola –dijo ella, y añadió enseguida–: No me quedo mucho. Solo quería preguntar. ¿Cómo están? Los gatitos.

Manuel se echó a un lado. No la invitó con palabras, solo se apartó. Ni siquiera pareció sorprenderse de que lo hubiera encontrado.

Carmen entró. Los gatitos estaban en la cocina. La toalla junto al radiador, al lado unos cuencos, cada uno marcado con rotulador: «negro», «gris-1», «gris-2», «rayado-m», «rayada-h». Carmen miró los cuencos, las marcas de rotulador, la toalla, y se le encogió la garganta, porque quien marca los cuencos al cuarto día no piensa en deshacerse de ellos.

– Toma –alargó la bolsa–. Empanadillas de cebolla. Pensé que igual…

No terminó, porque no sabía cómo hacerlo. «Igual tienes hambre» sonaba raro. «Igual estás solo» sonaba a verdad, pero era demasiado pronto para decirla.

Manuel cogió la bolsa. La puso sobre la mesa. El gatito negro estaba sentado en su hombro, agarrado con las uñas al jersey, y Carmen notó que el jersey ya tenía carreras, y Manuel no las había arreglado.

– ¿Quieres té? –preguntó él. La primera frase larga de toda la conversación.

Carmen asintió. Se sentó en un taburete, dejó las manos sobre las rodillas. En la cocina hacía más calor que en el recibidor, y olía a leche, a pienso y a otra cosa.

El gatito saltó del hombro de Manuel y trepó hasta sus rodillas, y ella lo cogió al vuelo, como se coge lo que cae sin pensar. Estaba caliente, y las uñas atravesaban la tela de la falda, y Carmen no lo apartó, solo apoyó la palma sobre su lomo, sintiendo cómo latía bajo el pelo un corazón rápido y pequeño.

Manuel sirvió el té.

Al cabo de una semana, Manuel notó que la caja ya no hacía falta. Los gatitos dormían donde les daba la gana: dos en el sillón, uno en el alféizar, el negro a sus pies, la rayada sobre el jersey que había dejado en una silla y olvidado. La caja estaba vacía en un rincón, y él la aplastó, la puso en la entrada a modo de felpudo. El cartón estaba blando, gastado, y los gatitos, al pasar, lo arañaban con las uñas por costumbre, como se araña lo conocido.

Carmen venía cada dos días. Traía empanadillas, o requesón, o manzanas de aquel mismo mercado, de Rosa. El timbre lo arregló en la segunda semana. Ella llamaba, y ese sonido, agudo, vibrante, pasado de moda, era mejor que cualquier silencio que Manuel hubiera conocido en el último año.

En el recibidor, en los ganchos, ahora colgaban su chaqueta y el pañuelo de ella.

Una mañana, el gatito negro salió corriendo al pasillo por la puerta entreabierta. Manuel salió tras él, lo levantó, y el gatito apoyó las patas en su barbilla, como queriendo ver qué había más allá de la puerta. Manuel también miró. El rellano, una ventana polvorienta, luz. Se quedó así unos segundos, sujetando la puerta con el pie para que no se cerrara.

Luego volvió al piso. Dejó al gatito en el suelo, y este salió corriendo hacia la cocina, donde ya sonaban los cuencos, porque los otros cuatro habían oído pasos y decidieron que era hora de desayunar. Manuel no cerró la puerta con llave. Pronto llegaría Carmen.

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Elena Gante
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