Cuatro noches seguidas la gata despierta a Diego Márquez a las tres en punto. Él cierra la puerta, se enfada, busca en internet gotas calmantes para animales. Y lo único que hace falta es levantarse y seguirla hasta la cocina.
La primera noche, Diego casi le tira una almohada a la gata.
Son las tres. La hora más dura, la más odiada de la noche, cuando todavía no has dormido lo suficiente y ya te han arrancado del sueño. Por dentro todo se vuelve seco, furioso y espinoso.
Se despierta porque alguien le toca la mejilla con suavidad, pero con insistencia. No con las uñas: con la pata. Como si no fuera una gata la que lo despierta, sino alguien que repite con paciencia: levántate. Por favor, levántate.
Diego abre los ojos y ve a Lola.
Está justo al lado de la almohada, tricolor, con la oreja izquierda rota, y lo mira de esa manera que solo saben mirar los animales: directa, sin vergüenza, sin explicaciones. Un segundo después, la pata vuelve a posarse en su cara.
—¿Te has vuelto loca? —murmura él con la voz ronca.
Lola maúlla bajito.
No fuerte.
No lastimero.
Pero como si de ese sonido corto dependiera algo de verdad.
Diego se sienta en la cama, enfadado, pesado, con ese odio nocturno e instantáneo hacia todo lo que vive y no le deja dormir. La habitación está a oscuras. Solo la farola de la calle dibuja en el techo una franja amarilla y sucia. Fuera es noviembre: húmedo, desnudo, desvelado. Los radiadores se calientan y se enfrían. El suelo está helado.
Va a la cocina, echa pienso en el cuenco y suelta, molesto:
—Toma, come. Y déjame vivir tranquilo al menos de noche.
Lola se acerca al cuenco, huele el pienso, pero no come.
En cambio, se restriega contra su pierna, se da la vuelta y se va al fondo de la cocina. Se detiene. Mira atrás.
Diego ya no lo ve.
Vuelve a la cama, se envuelve en la manta y se duerme casi enseguida, convencido de que la gata se está comportando de forma rara. Con los animales pasa: que no les gusta la comida, que tienen el humor cambiado, que la luna andará mal colocada.
Por la mañana, Lola está como siempre.
Sentada en la butaca, con las patas recogidas. Luego se pasa al alféizar. Después se tumba junto al radiador. Callada, tranquila, demasiado tranquila para ser la misma que lo ha estado despertando con tanta insistencia.
Lola no es de esas gatas que agotan al dueño.
En dos años viviendo con Diego, jamás ha tirado el árbol de Navidad, ni ha maullado por las noches, ni ha robado comida de la mesa, ni se ha colgado de las cortinas. Come con cuidado. Usa el arenero sin fallar. Duerme en su butaca. Cuando necesita algo, lo pide con moderación, como si entendiera que el hombre ya tiene bastante con sus cosas.
Quizá por eso Diego se ha encariñado con ella.
La ha recogido en otoño, casi sin querer. Una noche baja a tirar la basura y la ve junto al portal. Una gata tricolor, con la oreja izquierda rota, sentada sobre el cemento mojado. No corría, no se acercaba, no pedía nada. Solo estaba allí, mirando más allá de la gente, como si hubiera entendido hace tiempo que pedir no sirve de nada.
Diego se quedó con la bolsa en la mano, mirándola, y sintió algo desagradablemente conocido. Tenía la misma expresión que él había tenido durante los meses siguientes al divorcio: ya no esperas nada, pero por alguna razón todavía no te vas.
Dejó la bolsa en el portal y se llevó a la gata con él.
El nombre de Lola no apareció enseguida. Primero fue «la gata». Luego «oye». Luego «qué haces». Y un día, al echarle de comer, Diego dijo sin pensar:
—Lola, ven.
Ella vino.
Y así se quedó.
Después del divorcio, el silencio se ha convertido para Diego en casi su principal tesoro.
No lo entendió de inmediato. Al principio, el piso vacío lo asustaba. Después empezó a curarlo. Nadie discutía. Nadie pedía explicaciones. Nadie daba portazos ni decía con voz irritada:
—Otra vez no me escuchas.
No había que justificarse, ni explicar, ni prometer cambiar. Bastaba con volver a casa, quitarse la chaqueta, poner la tetera y callar.
Lola encaja perfectamente en esa vida.
Por eso, cuando la segunda noche Lola vuelve a despertarlo, Diego ya no se queda desconcertado. Se enfada.
Esta vez lo ha revisado todo de antemano. El pienso está en el cuenco. El agua también. El arenero, limpio. La ventana, casi cerrada. Lola come, se lava y se acomoda en la butaca. Nada anuncia la función nocturna.
Pero al cabo de un rato, Diego se despierta con un arañazo.
Tarda en entender qué es. Está tumbado, mirando a la oscuridad, escuchando. Luego lo comprende: la puerta del dormitorio.
Lola araña desde fuera.
Las uñas raspan la madera vieja de manera metódica, regular, insistente. Como si no pidiera entrar, sino que alguien la oyera de una vez. El sonido es seco, molesto, irritante. A los pocos segundos se le suma un maullido.
No es fuerte.
No es lastimero.
Es raro.
Como si la gata quisiera decir algo y no supiera cómo.
Diego maldice en voz baja, se levanta, abre la puerta, deja salir a Lola al pasillo y vuelve a acostarse. Pero casi enseguida comprende que no va a dormir. Entonces cierra la puerta con el pestillo.
El pestillo es viejo, de cuando sus padres vivían en el piso. Pequeño, de hierro, con dos tornillos un poco flojos, pero firme. Diego casi nunca lo echa. Solo cuando quiere aislarse del mundo del todo.
Vuelve a la cama.
La luz de la farola traza en el techo una franja amarilla torcida. En alguna tubería, el aire susurra. En la cocina, la nevera tose con su ronquera de vieja. Sonidos normales de una noche en una casa vieja.
Y de pronto, otra vez el arañazo.
Ahora al otro lado de la puerta.
Lola raspa la madera con la misma obstinación acompasada. Luego maúlla. Se calla. Vuelve a maullar. Y así casi hasta las cuatro de la madrugada.
Diego se queda con la almohada sobre la oreja y, con cada minuto, se enfada más. Le parece que la gata se está riendo de él. Que su frágil noche, tan cuidadosamente protegida, se desmorona por un capricho animal que no entiende ni tiene por qué entender.
La mañana empieza mal.
El despertador suena a las siete y Diego siente que no ha dormido en toda la noche. En el trabajo bebe café uno tras otro, bosteza, se frota las sienes, y a la hora de comer busca en internet una respuesta.
«Mi gata me despierta por las noches, qué hago».
Internet le da consejos con entusiasmo. Ignorarla. Comprar un comedero automático. Darle gotas calmantes. Jugar con ella antes de acostarse. Descartar el estrés. Llevarla al veterinario. Un foro incluso asegura que los gatos avisan de «presencias».
Diego resopla y encarga las gotas calmantes.
La tercera noche, Lola vuelve a aparecer a las tres en punto.
Como si tuviera un horario.
Primero, un roce suave de pata en la mejilla.
Después, si Diego finge dormir, un maullido callado junto a la cama.
Luego, cuando él sigue sin moverse, arañazos en la puerta.
Pero ahora en la voz de Lola hay algo que inquieta más que los rasguños. Dos sonidos cortos. Una pausa. Otra vez dos. Como si contara los segundos. O como si enviara una señal.
Diego se queda inmóvil, en silencio. En la cocina, el reloj hace tictac. Fuera, la farola se mece. El linóleo del pasillo cruje bajo las patas de la gata.
Y en algún lugar del fondo del piso —o quizá es solo imaginación— se oye algo más. Muy débil. Apenas perceptible.
Diego se levanta de golpe, abre la puerta de un tirón y casi grita:
—¡Basta!
Lola aplana las orejas.
Pero no retrocede.
Lo mira de abajo arriba con una mirada larga y tranquila. Esa mirada hace más efecto que cualquier maullido lastimero. No hay en ella un capricho felino. Hay una resistencia extraña, casi humana. Como si llevara tiempo repitiendo lo mismo y todavía no pensara rendirse.
Luego Lola se da la vuelta y va hacia la cocina.
Diego se queda en el marco de la puerta.
Por eso, en ese momento, siente por primera vez una inquietud real.
Pero aun así no la sigue.
Vuelve a la cama. No duerme hasta la mañana.
Al día siguiente, en el portal de su bloque en Valladolid, se cruza con Pilar, la del tercero. Ella, como siempre, está en bata de felpa sobre unos pantalones de chándal, con el cigarro en la mano y ese aire de persona a la que ya casi nada sorprende.
—Pilar —la llama Diego—. ¿A ti te despertaba el gato por las noches?
—Me despertaba. ¿Y eso?
—Pues la mía lleva tres noches sin dejarme dormir. Primero la pata en la cara, luego arañazos, luego maullidos. Lo he revisado todo: tiene comida, tiene agua, el arenero limpio.
Pilar entorna los ojos.
—Si un gato hace tres noches lo mismo, es que hay una razón.
—¿Qué razón?
—¿Y lo has comprobado?
—Te digo que lo he revisado todo.
—No la bandeja —corta Pilar—. ¿Has ido detrás de ella?
Diego se queda callado.
Pilar tira la ceniza y sonríe:
—No son tontas, Diego. Los tontos somos nosotros. Si te llama, no te quedes adivinando; ve.
Todo el día esa frase le da vueltas en la cabeza.
A la cuarta noche, se prepara.
Pone el despertador a las tres menos cuarto, pero se despierta antes. Está tumbado en la oscuridad escuchando el piso. El reloj de la cocina. La nevera. El leve crujido del radiador.
Y otro sonido.
Muy débil.
Uno que es fácil confundir con un crujido de tubería, con el viento o con cualquier otra cosa, si no quieres escuchar.
A las tres en punto, Lola salta a la cama.
Se acerca a la almohada.
Le toca la mejilla con la pata.
Diego se sienta enseguida.
—Vale —dice en voz baja—. Vamos.
Lola salta al suelo y avanza con seguridad, sin mirar atrás. Como si supiera que por fin va a seguirla.
Lo lleva por el pasillo, hasta la cocina, pasando la mesa, pasando el taburete, hasta el radiador que hay junto a la ventana.
En ese rincón hay más sombra que en ningún otro sitio. El piloto verde del microondas apenas llega con una luz débil, y por eso las tuberías parecen más gruesas que de día, y la rendija entre la pared y el viejo radiador de fundición, más profunda y más oscura. De la ventana llega frío: la ventana se ha vuelto a quedar un poco entornada.
Diego se reprocha en silencio. Lleva una semana fumando junto a la ventana y cada vez deja la rendija «un momento», y luego se olvida de cerrarla. Durante la noche, el aire helado se extiende por el suelo y la cortina fina se mueve apenas.
Lola se sienta en el suelo y mira fijamente al radiador.
Diego se agacha.
Al principio no entiende qué se supone que debe ver. Polvo bajo el alféizar. Fijaciones oxidadas. Una tubería vieja. Un trozo de rodapié despegado. Nada especial.
Pero entonces, de detrás del radiador, llega un sonido.
Un chillido fino, casi sin vida. Tan débil que de día, seguramente, sería imposible distinguirlo: en la calle hay coches, en el portal chirrían puertas, en el piso de al lado suena la tele, en la cocina zumba el hervidor.
Pero de noche, la casa entera parece hundirse en el silencio, y hasta un sonido diminuto empieza a abrirse paso.
Diego saca el móvil, enciende la linterna y enfoca la rendija.
Primero ve solo polvo y telarañas. Luego algo pequeño, negro, pegado.
Un gatito.
Muy pequeño. Tendrá tres semanas, no más. Los ojos ya abiertos, pero con una mirada turbia, como si no supiera muy bien dónde está. Los costados le tiemblan. Las patas, recogidas bajo el vientre. Está tumbado de lado, encajado entre la tubería, la pared y el radiador, tan mal colocado que parece que no ha entrado allí por su cuenta, sino que se ha caído y se ha quedado atascado.
Diego ilumina hacia arriba, hacia el alféizar, y entonces lo comprende todo.
Fuera, justo debajo de la ventana, hay una marquesina estrecha de chapa sobre la entrada de una tienda vecina. Desde la calle, una gata adulta puede subirse a ella: por un árbol, por el saliente, por alguna cornisa.
Y más arriba está la ventana entreabierta. La rendija no es grande, pero para un gatito sí. Seguramente la madre lo estaba trasladando de un sitio a otro, protegiéndolo del frío o de los perros del patio, y lo metió aquí. O el propio gatito, saliendo de algún escondrijo de la marquesina, ha ido hacia el olor del calor. Del radiador sale calor, y para una cría así puede ser el único punto de referencia comprensible.
Y lo que pasa después es sencillo y espantoso.
El gatito entra por la rendija de la ventana, resbala del alféizar abajo, detrás del radiador, a un lugar donde un animal adulto todavía podría girarse, pero un animal tan pequeño ya no. El hueco entre la pared y las aletas es estrecho, polvoriento, con un soporte metálico que sobresale y un rodapié despegado. Entra asustado, por instinto, notando el olor desconocido del piso. Pero salir ya no le es posible. Debajo le estorba el rodapié. Al lado, la tubería. Encima, las pesadas aletas del radiador. Cada vez que el gatito intenta salir, se desliza más hacia el fondo.
Diego lo ve con tanta claridad que siente un vuelco en el estómago: un bulto pequeño, casi sin vida, ha entrado donde olía a salvación y se ha quedado atrapado a dos pasos de la gente.
Ahora entiende también por qué el gatito solo chilla de noche.
De día el piso es ruidoso. Diego se va a trabajar, la nevera zumba, pasan coches, los vecinos de arriba mueven sillas, los niños salen al patio. Y la cría está demasiado débil, muerta de frío y de hambre, no puede gritar siempre. Se queda quieta, duerme, cae en una somnolencia. Solo de noche, cuando la casa se calla y el frío aprieta, despierta por hambre y miedo. Entonces empieza a sonar. No fuerte, porque no tiene fuerzas. Fino, raro, casi imperceptible.
Y solo Lola puede oírlo.
Probablemente lo oye ya la primera noche.
Los gatos oyen de otra manera. Lo que para un humano es un crujido en las tuberías o un juego de la imaginación, para ella es un ser vivo. Al principio, Lola le ha llevado comida. Ahora Diego lo ve: en el rincón más profundo hay trocitos secos de pollo. Lola se los ha ido trayendo de su plato. Uno a uno, quizá. Empujándolos con el hocico o con la pata. Se las ha arreglado para meter la comida donde ella no cabe entera. Y solo cuando comprende que no basta, cuando el gatito está tan débil que casi no chilla, empieza a despertar a Diego.
Diego se tumba en el suelo frío y mete la mano en la rendija.
A la primera no lo consigue: la tubería estorba, el borde afilado del soporte le araña la muñeca. Tiene que alargar el brazo de lado, casi a ciegas.
Los dedos tocan por fin un pelaje tibio y sucio, y el gatito chilla bajísimo.
—Tranquilo, tranquilo… —susurra Diego, sin saber por qué.
Abarca a la cría con la palma. Es casi ingrávida, como una manopla arrugada. Solo tibia. Viva. Y temblando.
Cuando por fin lo saca de detrás del radiador, el gatito ni siquiera intenta escapar. Solo mueve una pata con debilidad y se queda quieto, hundiendo el hocico en el pulgar de Diego.
Lola se acerca enseguida, lo huele y suelta un maullido corto, casi sin sonido.
Como si dijera:
—Por fin.
Diego se sienta en el suelo, con la espalda apoyada contra el armario de la cocina, y se queda mucho rato mirando el bulto negro que tiene en las manos.
Lola salta a su regazo, se acomoda junto al gatito, le toca la nariz con la suya y, por primera vez en todas esas noches, se relaja. Hasta cierra los ojos.
Y Diego, sentado ahí, comprende con una claridad dolorosa una cosa muy sencilla: se ha acostumbrado tanto a su silencio, a su vacío particular y cuidadosamente construido, que ha olvidado responder cuando alguien, cerca, de verdad pide ayuda.
Por la mañana lleva al gatito al veterinario.
Compra leche de fórmula, un cuentagotas, una bolsa de agua caliente y empapadores. Escucha todas las instrucciones. Asiente con una atención que no ha puesto ni delante de su jefe.
De vuelta en casa, acomoda al gatito en una caja con una toalla suave junto al radiador. Lola se queda primero alerta, luego se tumba más cerca, como si le pasara a Diego el turno de guardia, pero sin alejarse del todo.
Por la tarde, Diego da vueltas por el piso sin encontrar acomodo.
Y de pronto coge el móvil y llama a su madre.
Por primera vez en tres meses.
Cuando ella contesta, él se queda en blanco un segundo. No esperaba marcar su número de verdad.
—Mamá, soy yo… —empieza, y se calla.
En ese momento, Lola salta a la mesa y pone una pata junto al teléfono.
—¿Qué ha pasado, Diego? —pregunta su madre enseguida.
—Nada —dice él tras una pausa—. Solo quería saber cómo estás.
Al otro lado de la línea se hace un silencio.
No es un silencio dolido.
Ni pesado.
Es solo un silencio sorprendido.
—Bien —dice por fin su madre—. ¿Y tú?
Diego mira la caja junto al radiador. A Lola. La cocina, que de una noche a otra se ha vuelto distinta.
—Yo también… bien —contesta.
Y por primera vez en mucho tiempo, ese «bien» no es mentira.
Ya no vuelve a cerrar la puerta del dormitorio con pestillo.
Luego desatornilla el pestillo y lo guarda en un cajón.
Desde entonces, si cierra la puerta, no la cierra del todo.
Porque ahora sabe con certeza: si alguien viene a media noche y te llama con insistencia, no siempre es una molestia.






