Lola está detrás de la puerta de la cocina y escucha con atención la conversación de sus padres. Hablan de ella, o mejor dicho, de ella y de Álvaro.
Llevan tiempo hablando de la boda. Los jóvenes salen juntos desde hace tres años, se quieren. Con la boda está todo claro, la cuestión principal es dónde vivirán después de casarse. Las familias del novio y de la novia son de clase media, no les sobra el dinero, viven en pisos normales de dos habitaciones.
Los jóvenes no quieren vivir con los padres, y los padres también creen que hay que empezar la vida familiar por su cuenta. A Lola le queda un año de universidad, Álvaro ya trabaja, pero si alquilan un piso, la mitad de su sueldo se iría en el alquiler. Los padres ayudarían, claro, pero Lola piensa que no hace falta agobiar a nadie si pueden esperar un año a que ella también empiece a trabajar. El novio, en cambio, no quiere esperar, está dispuesto a alquilar con tal de estar con ella.
Lola tiene una abuela, Rosario, que vive en su propio piso. Tiene ochenta y dos años, pero llamarla anciana no es fácil. Se cuida, está en pleno uso de sus facultades, no necesita ayuda. Claro que tiene achaques: le duelen las articulaciones, camina con bastón, el corazón le falla un poco, ve mal.
De ella, del piso de la abuela, hablan ahora los padres.
—En esta situación, lo único que veo es traer a mamá a casa con nosotros y darle su piso a Lola y Álvaro —insiste la madre, Pilar.
—Decías que tu madre tiene un carácter complicado. ¿Os llevaréis bien con ella? Y además, no se sabe si tu madre querrá mudarse con nosotros —duda el padre, Manuel.
—Mi madre adora a Lola, aceptará —dice Pilar con seguridad.
—Tu madre, tú decides —dice Manuel pensativo.
—¿Qué hay que decidir? Tiene edad, achaques… Con nosotros estará mejor. Y si no nos llevamos bien, la ingresamos en una residencia de mayores. ¿Y qué? Una conocida metió allí a su madre y no para de alegrarse. Las condiciones son muy buenas, vive en una habitación individual, comida y cena a su hora, médicos cerca, paseos por un parque precioso —alaba Pilar con entusiasmo.
—Bueno… no sé —duda Manuel.— ¿Qué dirán de nosotros? ¿Que nos deshicimos de la madre? Igual es mejor esperar con la boda. No está bien…
A Lola no le gusta nada esta conversación. La silla chirría sobre el suelo de baldosas, y la joven sale de puntillas hacia su habitación. La idea de su madre sobre la residencia de mayores no se le va de la cabeza. Quiere a su abuela, va a verla a menudo, se queda a dormir. ¿Y ahora resulta que Lola la echa de su propio piso? Su padre tiene razón, no se puede hacer.
Lola se siente como una traidora. Decide hablar otra vez con Álvaro.
—Estoy de acuerdo contigo. ¿Y por qué darle más vueltas? Que la abuela viva en su piso, y nosotros alquilamos uno. Nos apañaremos. Pero no retrasamos la boda. —Álvaro abraza a Lola y la besa.— Le pediré a mi padre que me busque algo de trabajo extra en la obra. Dentro de un año empezarás a trabajar. No veo ningún problema.
La cuestión sigue sin resolverse.
Al día siguiente, Lola va a casa de su abuela. El piso está desordenado, hay cajas por todas partes, montones de ropa en el suelo.
—Abuela, ¿estás ordenando tus cosas o buscas algo? —pregunta Lola, extrañada, mirando la habitación.
—Me deshago de todo lo que sobra. Pasa. Llegas justo a tiempo, me ayudarás. He decidido mudarme a una residencia de mayores. Ya he llamado, me han dicho qué documentos necesito…
—¿Te ha convencido mamá? —pregunta Lola, indignada.
—No, yo sola. Tu madre me invita a vivir con ellos, pero no quiero. Duermo mal, deambulo por la casa por las noches, ronco. Por eso he decidido irme a una residencia. No soy más joven, y allí me dan de comer, me ponen una inyección si hace falta. Es mi decisión, y la he pensado bien.
—No, abuela, estoy en contra. Álvaro alquilará un piso, no hace falta que te mudes a ningún sitio —vuelve a indignarse Lola.
—No es por vosotros, lo he decidido yo. Estoy seleccionando mis cosas, viendo qué me llevo y qué tiro. He acumulado tantas tonterías que no se puede respirar. Mejor saca las cajas del altillo, a ver qué hay. Yo no alcanzo.
Lola acerca una silla al armario, se sube y baja las cajas del altillo. La abuela abre una y saca un joyero.
—Mira, cuánto tiempo llevaba buscándolo. Es para ti. —Le da el joyero a su nieta. Dentro hay joyas sencillas de la abuela: anillos de oro y plata, collares, broches. Lola va mirando las joyas, y se prueba unos pendientes de plata.
—¿Y esto de quién es? —saca del joyero un fino anillo de boda.
—Mío —dice la abuela, con la mirada fija en el anillo.
—El tuyo lo llevas puesto en el dedo —observa Lola.
—Y este también es mío —la abuela coge el anillo de manos de Lola.
—Abuela, siempre me has enseñado que mentir está mal. ¿Qué secretos me escondes? —se ofende Lola.
—No miento, pero hay cosas de las que es mejor no hablar.
—¿Por qué? ¿Este anillo guarda algún secreto? Cuéntamelo —insiste la joven.
—No hay nada que contar —la abuela frunce los labios.— ¿Qué hay en las otras cajas?
Lola abre una caja de zapatos. Dentro hay cartas amarillentas, documentos, fotos antiguas.
—Abuela, ¿quién es este? —Lola mira una foto de mala calidad de un joven con uniforme militar.
La abuela coge la foto. Le tiemblan los dedos.
—Abuela, ¿te encuentras bien? —pregunta Lola, preocupada.
—Es tu abuelo —dice la abuela de repente.
—¿Cómo? No se parece en nada al abuelo Esteban.
—Es tu abuelo biológico —insiste la abuela.— Sabía que algún día todo se sabría. Los secretos no duran para siempre. Te lo contaré, pero solo si prometes callar y no decírselo a nadie, ni a tu Álvaro, y sobre todo a tu madre.
—Me tienes intrigada. Me encantan los secretos. Prometo no contárselo a nadie. —Lola junta los dedos y se los pasa por la boca, como si se la cerrara con una cremallera. Pero al ver la mirada severa de su abuela, se contiene y se pone seria.
—A nadie —repite la abuela.
Tras una breve pausa, empieza su relato.
—De joven era guapa, como tú.
—Y ahora también lo eres —dice Lola enseguida.
—No me interrumpas. Bueno. Vivíamos en un pueblo. Mi madre tenía tres hijos. Mi hermana mayor ya estaba casada y vivía en el pueblo de al lado. Yo era la mediana, y tenía un hermano pequeño.
Yo tenía entonces diecisiete años, y mi hermano once. Después de la guerra quedaron muchas minas y proyectiles sin explotar. Cuando los nacionales se retiraban, minaban los campos y las carreteras. Mi hermano y otros chicos buscaban por los campos casquillos, fusiles, todo tipo de recuerdos de la guerra. Un día pisó una mina y saltó por los aires.
Entonces llegaron los militares para desminar el campo. Uno de ellos, muy guapo, vino a casa con mi madre. En cuanto lo vi, me enamoré. Luego se fueron. Pensé que no lo volvería a ver. Pero al mes volvió. Por mí. Mi madre no quería dejarme ir con él, pero yo la convencí.
Me llevó a la ciudad, al cuartel donde servía. Nos casamos. Vivíamos en su pequeña habitación de la residencia militar. La cama chirriaba terriblemente. Qué felices fuimos entonces. Nunca he querido a nadie como a él… —La mirada de la abuela se pierde, como si estuviera allí, en aquella habitación, en su pasado. Lola espera, sin interrumpir ni apresurarla.
—A Álvaro le dieron una semana de permiso y nos fuimos a la costa. Allí vivía su tía. Su casa estaba justo en la orilla. Podía pasarme horas mirando el mar infinito, oyendo el rumor de las olas. Pero nuestra felicidad duró muy poco.
Volvimos al cuartel, y dos días después Álvaro se fue otra vez a desminar. Tenía un amigo, Esteban. Fue él quien me dio la terrible noticia: Álvaro había saltado por los aires con una mina. No quedó nada que enterrar.
Estuve una semana con fiebre. Quería volver al pueblo con mi madre, pero entonces me di cuenta de que esperaba un hijo. Tampoco podía quedarme en el cuartel. ¿Adónde ir? Entonces Esteban me propuso casarme con él. Le gustaba mucho. Dijo que así podría quedarme en la residencia, que sería más fácil con él, y que el niño necesitaba un padre. Pero yo no podía, quería a Álvaro. Le dije a Esteban que probablemente no podría quererlo. Pero él insistió, dijo que sabía que el matrimonio sería solo formal.
Así que me casé con Esteban. Para todos éramos marido y mujer, pero él dormía en su habitación. Luego nació tu madre. Él la inscribió como hija suya, la quiso, la crió como propia. Después empezamos a vivir como marido y mujer, pero no tuvimos hijos juntos. Fui una esposa fiel a Esteban, pero nunca pude quererlo como a Álvaro. Creo que Álvaro no me guarda rencor. —La abuela se calla.
—Todavía recuerdo el olor del mar. No volvimos nunca más. Esteban decía que cuando se retirara, iríamos. Pero murió al año. —La abuela suspira.
La historia cala hondo en Lola.
—Álvaro, llevemos a la abuela a la costa, a la Costa del Sol —le dice a su prometido.
—Lola, el dinero justo nos llega. Hemos ahorrado para la boda. ¿Qué Costa del Sol? Y además, las ciudades están masificadas.
—Pues no vamos a una ciudad, solo a la playa.
—La abuela no aguantará el viaje. ¿Qué vamos a hacer allí con ella? Yo quiero estar contigo, a solas —se resiste Álvaro.
—Si no quieres, me voy yo sola con ella. Si se muda a la residencia, nunca volverá a ver el mar.
Se pelean. Lola decide comprar billetes de avión. En tren es muy largo y agotador, y además no hay billetes. La abuela nunca ha volado, pero no tiene miedo, dice que a su edad es una tontería tener miedo. Aguanta bien el vuelo.
Nada más instalarse en el hotel, la abuela quiere ir a la playa.
—Abuela, ¿y si descansamos primero del viaje? —se preocupa Lola.
—No estoy cansada. Solo estamos una semana, ya descansaré en casa.
La abuela está en la orilla, con un vestido largo de estampado, un sombrero de paja, mirando el mar. Su mirada vuelve a perderse. Parece que se ha erguido, que ha rejuvenecido. Lola no la molesta, se aparta un poco. No sabe qué ve la abuela, o si ve algo, o solo recuerda.
—Abuela, ¿nos vamos? —la toca Lola en el brazo.
La abuela vuelve del pasado y sonríe a su nieta.
Al día siguiente, después del desayuno, vuelven a la playa. Lola toma el sol, se baña, y la abuela se sienta bajo la sombrilla mirando el mar. Al tercer día, Lola se despierta y no encuentra a la abuela en la habitación. Pregunta a la recepcionista.
—La señora mayor ha ido a la playa —le responden.
Lola la encuentra en la orilla.
—Abuela, ¿por qué no me has esperado? —pregunta Lola, ofendida.
—He soñado con Álvaro. Tantos años sin soñar con él, y de repente… Tengo la sensación de que él también está aquí. Quería estar con él a solas. Gracias por traerme. —A la abuela le brillan las lágrimas en los ojos.
—Hola —se oye cerca, y Lola ve a Álvaro.
—¿Tú?
—Sí. He decidido venir. Perdona, me equivoqué. No puedo estar sin ti.
Vuelven al hotel los tres.
—No hace falta que la abuela se vaya a ninguna residencia —dice Álvaro una noche.— Estoy dispuesto a esperar un año.
—Dudo que cambie de opinión —Lola ha echado mucho de menos a Álvaro estos días. Ella tampoco quiere retrasar la boda.
—La convenceré —promete Álvaro.
Y la convence. Pero la abuela pone una condición: que Lola y Álvaro vivan con ella. Y también aquí Álvaro consigue convencerla de que abandone la idea.
—Somos jóvenes, ruidosos, la molestaremos. Pero le prometo que la visitaremos a menudo, todos los días si quiere, hasta que se canse de nosotros.
La boda se celebra a finales de agosto. Lola y Álvaro visitan a la abuela con frecuencia. Además, han alquilado un piso cerca del suyo. Cada vez que van, la abuela les prepara algo rico y espera, emocionada, a que Álvaro lo pruebe. Él no escatima en halagos, y la abuela se sonroja de alegría como una niña.
Entre ellos se ha creado una relación especial. Quizá por el nombre, quizá porque se han cogido cariño.
Lola guarda el secreto de su abuela. No se lo cuenta a nadie, ni siquiera a Álvaro.
Al año siguiente, planean volver a la playa, los tres juntos.






