El corazón del gato latía sordo en su pecho, sus pensamientos se dispersaban, su alma dolía. ¿Qué pudo acontecer para que la dueña lo entregara a extraños, por qué lo abandonó?

Cuando a **Begoña** le regalaron un gato británico de pelaje negro en su entrañable mudanza a un modesto piso de una habitación en el centro de **Madrid**, quedó paralizada varios segundos

Aún no había decorado el apartamento que con mucho esfuerzo había conseguido; otras urgencias requerían su atención. Y entonces apareció el pequeño felino. Recuperada del aturdimiento, Begoña cruzó la mirada con los ojos ámbar del crío, suspiró, sonrió y le preguntó a quien le había ofrecido aquel invitado:

¿Es un gato o una gatita?

¡Un gato!

Muy bien, entonces te llamaré **Barcino**, le dirigió la mano a la criatura.

El animal abrió su boquita diminuta y soltó tímido un Miau

*****
Resultó que los británicosen ese caso, los gatosson criaturas de gran comodidad. Ya lleva tres años Begoña y Barcino compartiendo su día a día, y la convivencia les ha revelado que el felino posee un alma sensible y un corazón enorme.

Le recibe con alegría al volver del trabajo, lo acurruca durante la noche, ve películas a su lado, y le agita la cola mientras ella limpia la casa. La vida con un gato se tiñe de colores vivos; es reconfortante saber que alguien te espera al volver a casa, con quien puedes reír y lamentar. Lo mejor es que te entiende con una sola palabra.

Parecería que solo quedaba vivir y disfrutar, pero

Últimamente Begoña empezó a sentir dolor en el flanco derecho. Al principio pensó que se había torcido al girar, luego culpó a la comida grasosa. Cuando el malestar se intensificó, acudió al médico.

Al escuchar el diagnóstico y las consecuencias, Begoña lloró toda la noche, aferrándose al cojín. Barcino, percibiendo su aflicción, se acercó silencioso y trató de calmarla con sus ronroneos melódicos.

Al oír el suave ronroneo, Begoña se quedó dormida sin percatarse. A la mañana siguiente, resignada, decidió no contarle a nadie de su enfermedad, temiendo miradas compasivas y curtas ofertas de ayuda. Sin embargo, conservaba una pizca de esperanza de que los médicos pudieran superar su dolencia; le propusieron un tratamiento que podría mejorar su estado.

Entonces surgió la cuestión del futuro de Barcino. En lo más profundo de su alma, aceptando que su enfermedad podía acabar de forma trágica, decidió buscarle un nuevo hogar y buenos dueños.

Publicó en internet un anuncio indicando que entregaba al gato de raza a quien le diera un buen cuidado. Cuando el primero llamante preguntó el motivo de la separación, Begoña, sin comprender del todo, respondió que había desarrollado una alergia al pelaje felino durante el embarazo.

Tres días después, Barcino partió en su transportín, acompañado de sus pertenencias, hacia la casa de los nuevos dueños; mientras tanto Begoña ingresó al hospital

Dos días más tarde llamó a los nuevos propietarios para preguntar por el gato, y le respondieron, entre mil disculpas, que el felino había escapado esa misma noche y no lograban hallarlo.

Su primer impulso fue zafarse del hospital y salir a buscar al gato. Incluso le pidió a la enfermera de guardia que la dejara ir, pero la mujer la reprendió con severidad y le ordenó volver a su habitación.

La vecina de al lado, al notar la agitación de la joven, le preguntó qué ocurría. Begoña, entre sollozos, le contó todo.

Espera, niña, no te lamentesle dijo la anciana de aspecto frágil. Mañana vendrá una doctora de **Sevilla**. Yo también tengo un pronóstico desfavorable; mi hijo, que es empresario, quiso trasladarme a otra clínica, pero yo me negué. Quizá ella pueda verte y decirte que no es tan terriblele acarició el hombro con ternura.

****
Al salir del transportín, Barcino comprendió que había llegado a una casa extraña. Un desconocido extendió la mano para acariciarlo

Los nervios del gato no aguantaron y, con un ágil golpe de pata, se lanzó a un rincón oscuro.

Pablo, no lo toques todavía, déjalo que se acostumbreescuchó Barcino una voz femenina y suave, que no pertenecía a su dueña.

El corazón del felino latía con timidez; su mente se desparramaba, su alma dolía. ¿Cómo pudo su dueña entregarlo a gente ajena? ¿Por qué lo abandonó?

Sus ojos ámbar recorrían la estancia con desconcierto. Notó una ventana abierta; con un destello negro se precipitó por ella y se lanzó al exterior.

Afortunadamente, sólo había caído al segundo piso y, bajo la ventana, había un césped bien cuidado. Desde allí empezó su regreso a casa

*****
La doctora apareció ante Begoña bajo la figura de una mujer apacible de cuarenta y tantos años. Se presentó como **María del Carmen Pérez**, estudió detenidamente su ficha médica y le indicó que se recostara en la camilla, girando al lado izquierdo.

Palpó, interrogó, volvió a leer el informe y repitió maniobras en algún aparato de la enfermería. Begoña no albergaba esperanzas. Regresó a su habitación, donde ya reposaba su compañera de cama.

¿Qué te han dicho, niña? preguntó la otra.

Nada todavía, dijeron que vendrán a revisarme respondió Begoña.

Entiendo. Yo tampoco he tenido suerte, confirmó la enfermera, confirmando el diagnóstico.

Le agradezco mucho, señora, dijo Begoña, sin saber cómo consolar a quien sabe que pronto se marchará.

Media hora después, María del Carmen entró acompañada de otros médicos.

Begoña, tengo buenas noticias. Su enfermedad es tratable; ya le he prescrito un ciclo de dos semanas y pronto se recuperará sonrió la doctora.

Al marcharse los médicos, la compañera de cama comentó:

Qué bien, me alegra haber podido hacer una buena obra antes de partir. Sé feliz, niña.

*****
Barcino no tenía una estrella guía, ni siquiera sabía de su existencia. El gato simplemente seguía su instinto felino de regresar a casa. El camino entre espinas y estrellas estaba plagado de peligros y situaciones cómicas.

Sin conocer las calles, el noble británico se transformó en un depredador audaz en tan sólo un día, con instintos afilados.

Esquivando avenidas bulliciosas, cruzó callejones, realizó saltos mortales (al menos él lo creía mientras huía de los perros), y se lanzó a los árboles, dirigiéndose a su destino

En uno de los tranquilos patios, al oír el ruido de la carretera cercana, se topó cara a cara con un gato callejero experimentado.

Este no tardó en reconocer al forastero. Con un fuerte maullido, se lanzó contra Barcino, que, convertido de aristócrata en bandido enfadado, no se echó atrás.

El enfrentamiento fue breve. El jefe felino del barrio se ocultó avergonzado entre los arbustos, dejando tras de sí una oreja levemente rasgada.

Así debía ser; el gato de la calle sólo buscaba reafirmar su dominio. Barcino, sin embargo, siguió su ruta, sin que nada lo detuviera.

Recordó a sus antepasados lejanos y aprendió a dormir en los árboles, eligiendo aquellas ramas que le ofrecían una rama cómoda para el sueño.

¡Qué vergonzoso! Barcino también aprendió a robar comida de la basura y a hurtar migas de otras gatas que los vecinos caritativos alimentaban.

Una ocasión se encontró con una pandilla de perros callejeros. Lo acorralaron contra un tronco delgado y, ladrando, intentaban alcanzarlo con sus patas.

Los curiosos vecinos que se aglomeraron ahuyentaron a los canes. Una mujer del grupo, atraída por un trozo de embutido, lo tomó entre sus manos.

El hambre y el temor nublaron al británico; bajó para recibir caricias y, por un momento, aceptó el consuelo humano. Pero

Después de haber disfrutado del calor y la tranquilidad, Barcino recordó su objetivo, saltó fuera del edificio y se deslizó por la puerta del portal que se había abierto oportunamente, reanudando su marcha a casa

*****
Al ser dada de alta, Begoña volvió a su domicilio. En su cabeza resonaban las palabras de la doctora que le había deseado felicidad. Por supuesto, estaba eufórica por el diagnóstico negativo y su recuperación, pero su corazón dolía por Barcino.

Era imposible imaginar entrar a su piso vacío sin que alguien la recibiera.

Al cruzar el umbral, marcó al par que le había entregado al gato y les pidió la dirección exacta. Al llegar allí descubrió cómo había escapado Barcino y decidió seguir sus huellas.

Le dijeron que era imposible, que habían pasado ya dos semanas y que un gato doméstico difícilmente sobreviviría en la calle, pero ella no quiso creerlo.

Begoña caminó a pie, inspeccionó cada patio, cada parque, cada garaje. Trató de razonar como un felino que nunca había deambuló por las calles. Llamó al gato, mirando los oscuros ventanales de los sótanos.

Al acercarse a la casa, comprendió que el gato había desaparecido sin dejar rastro. Resultaba inconcebible que un animal sin conocimiento de la ciudad pudiera llegar hasta allí, a donde ella había caminado dos horas con todas sus tardanzas.

Al entrar en su propio patio, la tristeza la embargó; las lágrimas brotaban, el alma estaba pesada. A través de la neblina de sus ojos distinguió, al otro lado de la acera, un gato negro que se dirigía hacia ella.

«Un gato negro», pensó al instante. Begoña se detuvo, y al observarlo comprendió. Con un grito salió corriendo:

¡Barcino!

El gato, sin fuerzas para correr, se sentó, entrecerró los ojos de felicidad y, con un leve maullido, declaró:

¡Llegué!

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Elena Gante
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El corazón del gato latía sordo en su pecho, sus pensamientos se dispersaban, su alma dolía. ¿Qué pudo acontecer para que la dueña lo entregara a extraños, por qué lo abandonó?
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