La libreta amarilla de Rebeca

La noche de los sesenta de Rebeca yo estaba parada junto a la mesa de los postres. Llegué tarde del trabajo y no había comido desde la una, así que me quedé cerquita del pastel de tres leches y de los tamales. Era un viernes de junio en Cicero, Illinois, en el patio trasero de la casa de Rebeca. El tren de la línea rosa pasaba cada diez minutos y cada vez se movían los foquitos que Jennifer y Marco habían colgado entre los dos árboles del fondo.

Conozco a Rebeca desde hace veintidós años. Trabajamos juntas en una lavandería en Berwyn. La vi criar a esos dos sola después de que el papá se fue. La vi vender el terreno en Durango para darles el enganche de sus casas. Una vez le presté trescientos dólares porque no llegaba a fin de mes, y a los dos meses me los pagó con quince de intereses, porque así es Rebeca.

Esa noche me llamó a las cinco: "Claudia, trae tu silla plegable, porque en mi patio ya no cabe ni una más." Y era cierto. Había cuarenta personas apretadas entre las mesas, el asador y la bocina enorme de Marco. Hacía un calor de junio que se pegaba a la ropa.

Jennifer y Marco se levantaron cuando el pastel ya estaba partido. Marco alzó las manos como si fuera a bautizar a alguien y apagó la música. "Atención todos", dijo. "Preparamos una sorpresa para nuestra mamá."

Jennifer estaba a su lado, con el control remoto en la mano. Me acuerdo de su boca: era de quien ya ha visto el video y sabe lo que viene. Rebeca estaba sentada en su silla, bajo una corona de papel brillante. Se veía feliz. Eso es lo que más me ha costado recordar: que estaba feliz justo antes.

Encendieron el proyector. Primero salieron fotos de su boda en México, de los niños chiquitos, de las vacaciones en San Antonio. Rebeca se reía y se secaba la cara con una servilleta. Después cambió el tono. Un video donde Rebeca buscaba las llaves en pijama, con música de película de detectives. "El caso número uno", dijo Marco. Los invitados se rieron. Otro video donde Rebeca se quedaba dormida frente a la televisión con el rosario en la mano. Otro donde le pedía a la nieta que le pusiera la letra más grande al teléfono.

Rebeca todavía se veía contenta, pero yo vi que sus dedos apretaban el borde de la silla.

Después salió el último video.

Rebeca estaba sentada en su recámara, llorando. Se le veía la cara reflejada en el espejo del tocador. Hablaba con alguien por teléfono, creo que con Jennifer, y decía que ya no podía cuidar a los niños ese fin de semana porque le dolía la rodilla y necesitaba descansar. Lloraba bajito, como se llora cuando ya no quieres que te escuchen en la otra habitación. Sobre el video apareció un texto: "Cuando la abuela descubre que alguien puede sobrevivir sin su ayuda."

Nadie se rió. El patio entero se quedó callado. Hasta el tren de la línea rosa se escuchó lejano.

Jennifer fue la única que soltó una risa. Suelta, como si le hicieran cosquillas.

Rebeca se levantó sin voltear a ver a nadie. "Apáguenlo."

Marco quiso detenerla: "Todavía falta la última parte."

Rebeca no le contestó. Caminó entre las sillas plegables, pasó por donde yo estaba y entró a la casa. La puerta de atrás sonó al cerrarse.

Roberto, el marido de Rebeca, un hombre que casi nunca levanta la voz, desconectó el proyector de un tirón. "Se acabó la fiesta", dijo. Y no era pregunta. La gente empezó a recoger sus platos y a buscar sus bolsas. Yo me quedé. No supe por qué, pero me quedé.

Jennifer entró a la casa detrás de Rebeca. Marco se quedó afuera, con los brazos cruzados, mirando el proyector como si el aparato tuviera la culpa. Yo me acerqué a la ventana de la cocina. Mi plato estaba en la mesa junto a la ventana, y lo alcancé.

Escuché la voz de Jennifer: "Mamá, estás haciendo el ridículo delante de todos."

Y la voz de Rebeca, ronca: "Ustedes me ridiculizaron delante de todos."

"Era una broma familiar."

"Una broma familiar no muestra a una mujer llorando sin su permiso."

Marco entró y dijo algo de que habían trabajado semanas, que ella debería agradecer el esfuerzo. Y ahí fue cuando Rebeca explotó. No gritó. Fue peor: habló con una calma que daba más miedo que si hubiera aventado los platos.

"Yo trabajé años para ustedes. Vendí el terreno de Durango para darles el enganche de sus casas. Cuidé a sus hijos. Pagué deudas que no eran mías. Y nunca los hice sentir pequeños por necesitarme."

Jennifer cruzó los brazos. "Siempre sacas a relucir todo lo que haces."

"Hoy es la primera vez."

Jennifer y Marco se fueron con un portazo. Yo salí del patio y me senté en mi carro un rato, con la bolsa de tamales que me había echado. No los comí. Llamé a mi hija solo para escuchar su voz, y le pregunté si quería que le llevara tamales. Me dijo que sí.

Pasaron días. Fui a ver a Rebeca dos veces. La primera vez estaba en su cocina, partiendo una sandía, y me dijo: "Los bloqueé del teléfono." Me mostró la pantalla: "Jennifer bloqueada. Marco bloqueado."

La segunda vez me enseñó una libreta amarilla de cuadrícula, de las de la papelería del centro. En la primera página decía: "Cuentas de los dos." Y debajo, una lista con fechas, cantidades y nombres.

"¿Qué es eso?", le pregunté.

"Lo que nunca les he cobrado", dijo.

Yo miré una página. Sumaban sesenta y tres mil ochocientos veinte dólares. El enganche de una casa. El seguro de un coche. Una operación de Marco. La renta de Jennifer del 2019. El pago de una camioneta.

"¿Se los vas a cobrar?", pregunté.

"No", dijo Rebeca. "Pero ya no voy a sumar más."

Y entonces pasó lo que no esperaba.

Un martes de agosto, a principios, llegué a casa de Rebeca para llevarle un pan de muerto que había sobrado de la panadería de la 63 y Pulaski. Estaba estacionando cuando vi el carro de Jennifer afuera. Un Corolla gris con una calcomanía de un monito en la ventana de atrás. Pensé en dar la vuelta y volver después, pero Rebeca me vio por la ventana y me hizo señas de que pasara.

Entré por la puerta de atrás. Jennifer estaba en la sala, parada junto a la mesa, con una memoria USB en la mano. Rebeca estaba del otro lado, con la libreta amarilla abierta en la página donde sumaba sesenta y tres mil ochocientos veinte.

"Vi el video con una amiga", estaba diciendo Jennifer. "Ella no se rió. Me preguntó si de verdad pensábamos que eso era divertido."

Rebeca no dijo nada.

Jennifer dejó la USB sobre la mesa. "Es la única copia que quedaba. La borré del resto."

"Nada más", dijo Rebeca.

"No", dijo Jennifer. "Por eso vine."

Yo me quedé en la cocina, con el pan en la mano, sin querer moverme. Rebeca tomó la USB. La volteó entre los dedos. Después jaló el cajón de la cocina, sacó un martillo y la golpeó sobre la tabla de picar. Dos golpes. La USB saltó en pedazos.

Jennifer la vio hacerlo. No dijo nada.

Después Rebeca sacó de su bolsa un papel doblado. Lo puso sobre la mesa y lo deslizó hacia Jennifer. En la hoja había una cuenta: el total de lo que Jennifer le debía desde 2018. Treinta y dos mil cuatrocientos sesenta dólares. Al lado, un sello de una notaría de la 26.

"Te lo perdono", dijo Rebeca. "Pero esta hoja se queda conmigo. Y si algún día me vuelves a hacer algo así, la registro."

Jennifer tomó la hoja, la dobló y se la guardó en la bolsa. Se fue sin decir adiós. La puerta de atrás se cerró despacio, no con un portazo.

Rebeca se sentó en la sala, miró el pedacito de USB roto sobre la tabla de picar y luego me vio a mí en la cocina.

"¿Quieres un café?", me preguntó.

"¿Leche?", dije yo.

"Se acabó", dijo ella. "Mañana compro."

Y esa fue la última vez que vi a Jennifer en casa de su madre. Marco llamó una vez para pedir quinientos prestados. Rebeca le dijo que consultara el estado de cuenta. Él colgó. Tres semanas después volvió a llamar, queriendo disculparse. Rebeca le contestó que no era necesario, que ella ya lo había anotado en la libreta.

Yo guardé el pan de muerto en la mesa y me serví el café sin leche. Afuera, el tren de la línea rosa pasó puntual a las diez y once minutos. Rebeca tenía los ojos secos. La libreta amarilla estaba cerrada sobre la mesa, con un lápiz encima.

Esa noche, cuando llegué a mi casa, encontré una nota de mi hija en la cajuela del carro: "Gracias por los tamales." La pegué en la puerta del refrigerador.

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