¿Con qué sueña papá?

Pues mira, Sergio siempre había soñado con tener un hijo. Hasta el nombre tenía pensado: Mateo. Pero la vida quiso que en casa le crecieran tres hijas…

Su mujer, Elena, no perdía el ánimo:

—Mira qué guapas tenemos —repetía ella.

Sergio asentía sonriendo. Claro que quería muchísimo a sus listas pequeñajas. Eso sí, a veces sentía una punzada de envidia al ver al vecino jugando al fútbol con sus hijos.

—¡Anda ya, Sergio! Tu Pilar va a kárate. Se pega mejor que cualquier chaval —le decía su amigo Javier.

Sergio se reía. Pilar, con sus diez años, era una niña muy guerrera. Sus hermanas, las gemelas de siete, Carmen y Rocío, también tenían un carácter vivo.

Pero el sueño del hijo no se iba…

Sus hijas también tenían un sueño: una mascota.

—Ni hablar. No aguanto un bicho que no pare de ladrar —las cortaba Sergio cuando le pedían un perro.

—El gato destrozaría el papel pintado. Los hámsters apestan. El loro es demasiado ruidoso —rechazaba todas las opciones.

Las niñas fruncían el ceño y se enfadaban.

—¡Pues en casa de Ana y de Laura tienen dos perros y no pasa nada! —protestaba bajito Pilar, pero el padre no cedía.

—Ya se nos ocurrirá algo —las consolaba Carmen, que nunca se rendía.

Se acercaba el cumpleaños de Sergio. Las chicas estaban en la habitación de Pilar discutiendo qué regalarle a papá.

—¿Un termo? ¿Un neceser de afeitado?

—¡No, hombre, eso es demasiado soso!

—¡Pues piense tú, que tan lista eres! Nosotras haremos una tarjeta. ¡Faltan dos días!

—Vaya, vaya, parecéis de guardería. El regalo tiene que ser sorprendente y memorable. Así dice mamá.

Llevaban media hora discutiendo y a punto de llegar a las manos, cuando sonó el teléfono:

—Pilar, ¿habéis sacado la basura? —preguntó su madre.

—Claro… no la hemos olvidado. Ya está todo fuera. ¿Vienes ya a casa? —mintió Pilar sin pestañear. Y, al asegurarse de que su madre tardaría, se puso a prepararse rápido.

—¡Te acompañamos! —la apoyaron las gemelas.

—¿Vamos las tres a por una sola bolsa de basura? —frunció el ceño Pilar.

Pero a los pocos minutos las tres salían del portal.

—¿Oís? Parece que allí, junto al contenedor —dijo Rocío en voz baja.

Las hermanas se quedaron quietas y asintieron. Al acercarse, oyeron unos maullidos lastimeros saliendo de los cubos.

—No habrán metido a un gato ahí, ¿no? —dijo Pilar dudando.

Carmen se encogió de hombros y empezó a sacar bolsas del contenedor con energía.

Las hermanas, arrugando la nariz, la ayudaron. Como si supiera que el rescate estaba cerca, el gato soltó un maullido desesperado.

—Espero que no salte encima de nosotras. ¿Por qué no sale? ¿Se habrá quedado atascado? —resoplaba Pilar asomándose al borde del contenedor.

Al otro lado, Carmen y Rocío tiraban con fuerza.

A los pocos minutos encontraron la respuesta:

—Están locos estos mayores. Meter a un gato en una bolsa de plástico y tirarlo —se indignó Pilar mientras desataba la bolsa donde estaba un gato naranja asustado.

—¡Qué bonito y cariñoso! ¿Cómo pudieron abandonarlo? —suspiró Rocío.

El gato se subió al momento a sus brazos y se apretó, temblando de miedo.

—¿Qué estáis haciendo, pandilla de golfillas? Habéis dejado toda la basura en la calle. ¡Se lo voy a contar a vuestros padres! Menudo entretenimiento os habéis buscado mientras no están —gritaba desde lejos doña Remedios, la vecina.

Discutir con aquella mujer era inútil. Se acercaba rápido a pesar de su edad.

—¡Corred! —ordenó Pilar.

Y las hermanas salieron disparadas hacia el portal, con los gritos de doña Remedios a sus espaldas.

—Uf, creo que nos hemos librado —dijo Carmen cerrando la puerta.

—Ya veréis cómo se queja. ¿Os acordáis cuando rompimos la ventana del rellano? Pues ella apareció y se lo chivó a papá esa misma noche —bufó Pilar recordando sus travesuras.

Mientras, Sergio volvía del trabajo. Llevaba un humor estupendo. Tenía el fin de semana y su cumpleaños por delante. Desde pequeño le encantaba esa fiesta y disfrutaba pasándola en familia.

De repente, una gitana se le puso al lado:

—¡Un regalo inesperado te espera, guapo! Te alegrarás, ¡y te reirás! —dijo rápido, tocándole la mano, y se fue.

«Vaya pitonisas más raras. Antes pedían que les dieras limosna», pensó Sergio para sí, y sin darle importancia, siguió camino a casa…

En casa, las niñas debatían animadas:

—¿Y mamá qué va a regalar? ¿Lo sabéis? —preguntó Pilar a sus hermanas, pero ellas se encogieron de hombros.

—Se lo pregunté, pero dijo que era sorpresa. Lo sabremos cuando llegue el momento —contestó Carmen.

Y era raro, porque mamá siempre preparaba la fiesta con ellas.

—La vi meter algo en un sobre de regalo. ¿Serán unos billetes para un balneario? ¿Os acordáis de que querían ir juntos de vacaciones? —dijo Rocío pensativa.

—Puede. Pero nuestra sorpresa no será menos. Y será inolvidable, una sorpresa total para papá —rió Pilar.

—Sobre todo que no la descubra antes de tiempo —puso un dedo en los labios Carmen.

Sonó el timbre y las niñas corrieron a abrir. En la puerta estaban sus padres.

—Qué tranquilas estáis hoy. Vamos, confesad qué habéis hecho —dijo Elena escrutando a sus hijas.

Pero ellas aseguraron que todo estaba bien.

—¡Hasta hemos sacado la basura! —informó Pilar.

—Qué bien. ¿Y por qué está el baño tan mojado? —preguntó la madre acercándose al lavabo.

Las niñas se miraron.

—Perdona, mami, quería lavar una camiseta. Me la manché un poco —bajó la mirada Rocío.

—¡No hay día sin aventura! —rió Sergio. Estaba de buen humor.

Las niñas se fueron a sus cuartos y se acostaron sin rechistar.

—Están creciendo… Mira qué obedientes hoy. Seguro que me preparan una sorpresa —sonrió Sergio besando a su mujer.

—Más bien parece la calma antes de la tormenta —dudó Elena. Conocía demasiado bien a sus hijas…

Ya estaban dormidos cuando se oyó un ruido en la habitación de Pilar.

—Me ha parecido oír un maullido —murmuró Sergio medio dormido.

Cuando entraron al cuarto, Pilar estaba sentada con Carmen:

—He tenido una pesadilla, pero ya estoy bien. Me quedo a dormir con Pilar, ¿vale? —dijo la niña en voz baja.

—Claro, cielo. ¿Seguro que no necesitáis ayuda? —preguntó Elena.

Las hermanas asintieron y el resto de la noche transcurrió tranquila…

La víspera de su cumpleaños, Sergio durmió mal. Soñaba con pesadillas sobre una gitana pelirroja. Maullaba y le miraba con ojos verdes brillantes.

Por fin abrió los ojos y se quedó tieso. Encima de su pecho había una bestia naranja que lo taladraba con la mirada.

—Miau —saludó el monstruo.

—¡Aaaaah! —salió de Sergio.

Elena se incorporó de golpe, sin entender nada.

—¿Qué? ¿Qué es eso? —tartamudeó el cumpleañero mirando al gato naranja que ya se acomodaba a sus pies.

Elena parpadeaba desconcertada.

—¡Ay, papá! ¡Ya has visto nuestra sorpresa! —dijo Pilar entrando con voz alegre.

Detrás aparecieron las gemelas:

—¡Feliz cumpleaños, papi! Te hemos hecho un regalo inolvidable. Te presentamos a Panzón. Es buenísimo, tranquilo y educado.

Por cierto, lleva dos días en casa y no te has dado ni cuenta. Todos los sofás están enteros y el papel pintado también —decían a coro Carmen y Rocío.

Elena se echó a reír al ver a Sergio boquiabierto.

—Tranquilo, papá. Mamá te va a regalar unos billetes para un balneario y descansaréis lejos de nosotras. Nosotras nos apañamos solas —soltó Pilar.

—¿Qué balneario? Esperad, chicas —Elena miró a sus hijas sorprendida.

—¿Pero tu regalo en el sobre no es un viaje? Yo lo vi —salió en ayuda Rocío.

Elena soltó una risa nerviosa.

—Parece que en esta casa no se puede esconder nada —dijo por fin.

—¿Y qué hago yo ahora con esta fiera? —preguntó Sergio desconcertado, viendo al gato ronronear a sus pies.

—Verás, papá, fue sin querer. Salimos al patio y lo encontramos en una bolsa… en el contenedor. Luego apareció doña Remedios. Gritaba tanto. Ya sabes cómo es —empezó Pilar.

—Nos asustamos y salimos corriendo a casa —añadió Carmen con autoridad.

—Todo pasó sin pensarlo, y el gato se quedó en casa. Pero no íbamos a tirarlo otra vez a la basura. Lo lavamos y lo dejamos decente. Es muy tranquilo y paciente —dijo Rocío con lágrimas en los ojos.

Sergio suspiró. Le vinieron a la mente las palabras de la gitana sobre el regalo inesperado.

—Vaya… Menudo regalazo —murmuró mirando a toda la pandilla.

—Cariño, igual las niñas tienen razón. El gato da pena. Cuánto habrá sufrido. Y parece muy tranquilo y cariñoso —apoyó la madre a las hijas.

Sergio suspiró, pensando en la situación.

—¡Y cazará ratones! Seguro —esgrimió Carmen su argumento de hierro.

—Pero aquí nunca ha habido ratones —dijo Sergio con tristeza.

—Todo puede pasar, el otro día oí algo detrás de la pared —apoyó Rocío.

—Vale, golfillas. Ya veremos cómo os portáis. Y cómo se porta Panzón también —rió Sergio.

—¿Y por qué Panzón? —quiso saber Elena.

—Si oyerais cómo ronronea cuando le acaricias la barriga —sonrieron las niñas.

—Y por cierto, ¿qué era el regalo del sobre? —preguntó Rocío.

Elena se ruborizó un poco. Luego trajo a su marido una cajita con un sobre dentro.

—¡No puede ser! —dijo el hombre emocionado al ver el contenido.

No pudo contener las lágrimas…

*****

—Claro, un hermano está muy bien. Pero creo que nuestro Panzón también ha impresionado a papá —susurró Rocío a su hermana aquella noche en la cama.

—Nuestro Panzón es un traidor. Dos días durmiendo con nosotras y hoy se ha ido con los padres —refunfuñó Carmen.

—Bueno, es el gato de papá, ¿no? —rió Rocío.

Sergio yacía feliz en la cama escuchando el ronroneo de Panzón.

—Qué sonido tan tranquilo. ¿Por qué no tuvimos un gato antes? No lo entiendo —susurró abrazando a su mujer.

—Disfruta de la paz y el silencio, que pronto en esta casa no se podrá dormir —se rió Elena.

—Sabes, no me lo creo, que vayamos a tener un hijo. ¡Gracias, cariño, este es el mejor regalo! —sonrió Sergio y cerró los ojos de felicidad.

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Elena Gante
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