La portilla de Pedro no se cerraba desde el verano pasado. El cerrojo se había soltado cuando él la empujó con el hombro, porque llevaba los cubos en las manos. Desde entonces, la hoja colgaba de una sola bisagra, y el viento la golpeaba por las noches como si alguien entrara y saliera sin atreverse a pasar.
Pedro se había acostumbrado. Se acostumbraba rápido a todo. A que su mujer muriera hace tres años. A que su hijo llamara una vez al mes, los domingos, y la conversación durara cuatro minutos justos. A que el huerto se llenara de ortigas, porque la espalda no le dejaba agacharse y contratar ayuda era reconocer que no podía solo.
La gata llegó en septiembre. Gris, con una mancha blanca en el pecho y una oreja desgarrada. Se sentó en el porche y se quedó mirando la puerta. No maullaba. No se frotaba contra las piernas. Solo se sentó, como si hubiera venido a hacer un recado y esperara audiencia.
Pedro salió, la miró y dijo:
—Ni para mí tengo.
La gata no se fue.
Él volvió a casa, sacó de la nevera un trozo de merluza cocida, lo puso sobre un periódico y lo dejó en el porche. La gata se comió el pescado, se relamió y volvió a sentarse en el mismo sitio.
—Pues quédate —dijo Pedro.
En octubre ya vivía dentro. No porque Pedro la invitara, sino porque una mañana abrió la puerta y la encontró durmiendo sobre la alfombra del recibidor. Cómo había entrado, ni idea. La puerta estaba cerrada. Luego vio que la ventanilla de la cocina no encajaba del todo, y lo entendió.
No arregló la ventanilla.
El vecino, Javi, pasaba cada día por delante de la casa de Pedro. Tenía nueve años, iba a tercero de primaria y volvía del cole por el callejón porque era más corto. La portilla con el cerrojo roto estaba justo en su ruta. Javi miraba siempre al patio —no por curiosidad, sino porque detrás del cobertizo de Pedro crecía un manzano viejo, y en otoño había manzanas en el suelo, amarillas, pequeñas, ácidas, pero Javi las recogía y se las comía.
Ahora no había manzanas. Pero la costumbre de mirar seguía.
Aquel jueves, Javi volvía del cole y vio a Pedro en el porche con un saco de lona en las manos. El saco se movía.
Javi se paró junto a la portilla. El saco se retorcía, y algo dentro arañaba, sordo, como uñas contra madera.
Pedro no vio al niño. Bajó del porche, cruzó el patio hasta su coche —un Seat viejo, cubierto de barro—, abrió la puerta trasera, dejó el saco en el asiento y volvió a casa.
Javi se quedó quieto. El corazón le latía como si hubiera corrido, aunque estaba parado. Había visto a la gata cerca de la casa. Gris, con la mancha blanca. A veces se sentaba en el alféizar y miraba a la calle. Javi una vez le saludó con la mano, y la gata ladeó la cabeza, como si no entendiera.
El saco. La gata dentro. Javi sabía lo que era. La abuela le había contado que antes, en los pueblos, ahogaban a los gatitos en el río. No por maldad, sino porque no había con qué alimentarlos. La abuela lo decía con la misma naturalidad que si hablara del tiempo, y Javi aquella noche no pudo dormir hasta muy tarde, imaginando un saco hundiéndose en el agua negra.
Pedro salió otra vez. Ahora llevaba una caja de cartón. La puso en el asiento de atrás, junto al saco, se sentó al volante y arrancó. El Seat tosió, resopló y salió del patio por el portón abierto.
Javi se pegó a la valla para que el coche no le rozara. Pedro pasó de largo sin girar la cabeza.
El niño echó a correr hacia su casa.
Su madre, Isabel, estaba en la cocina cortando cebolla. Tenía los ojos rojos, pero no de llorar, sino de la cebolla. Javi entró en el recibidor sin quitarse los zapatos y soltó desde la puerta:
—Mamá, Pedro ha metido a la gata en un saco y se la ha llevado.
Isabel dejó el cuchillo.
—¿Qué gata?
—La gris, la de la mancha blanca. Vivía en su casa. La ha metido en un saco y la ha cargado en el coche.
—Javi, quítate los zapatos, que estás dejando todo…
—¡Mamá! Va a ahogarla. O a tirarla en el bosque.
Isabel se secó las manos en el delantal. Miró a su hijo. Estaba en pie, con la chaqueta desabrochada, la mochila en un hombro, y el labio inferior le temblaba. No lloraba, pero estaba al borde.
—Javi, siéntate. No sabemos adónde la ha llevado. Quizá al veterinario.
—Al veterinario no se lleva a un animal en un saco. En un transportín.
Isabel no supo qué contestar. Porque su hijo tenía razón. Al veterinario no se va con un saco.
—Vale —dijo—. Hablaré con Pedro cuando vuelva.
—¿Y si es tarde?
—Javi.
—¿Y si es tarde, mamá?
Isabel se quitó el delantal.
—Vamos. Coge la chaqueta.
No sabía por qué lo hacía. Pedro llevaba veinte años siendo vecino. Hombre callado, de pocas palabras, que antes trabajaba de mecánico en una fábrica y ahora vivía de la jubilación, arreglando pequeños trastos a los vecinos por casi nada. No bebía. No armaba broncas. Desde que murió su mujer se había vuelto aún más silencioso, como si le hubieran bajado el volumen. Isabel le llevaba tarros de mermelada por Navidad, y él siempre decía lo mismo: «Isabel, no tenías que hacerlo, de verdad». Los cogía. Y al año siguiente volvía a decir «no tenías que hacerlo».
No parecía un hombre que ahogara gatos.
Pero el saco se movía. Javi lo había visto.
Isabel sacó el coche del garaje. Javi se sentó a su lado, se abrochó el cinturón y miró por la ventana como si la gata pudiera aparecer en la carretera. No sabían adónde ir: no tenían ni idea de qué dirección había tomado Pedro. ¿Hacia el río? ¿Hacia el bosque? ¿Hacia la carretera general?
—Al río —dijo Javi con seguridad.
—¿Por qué al río?
—Porque la abuela decía que siempre al río.
Isabel giró hacia el río. No porque creyera en las historias de la abuela, sino porque no tenía otro plan, y Javi la miraba como miran los niños cuando esperan que un adulto lo arregle todo.
El camino al río atravesaba un campo, luego un bosquecillo de chopos, y luego bajaba de golpe hasta el puente. El puente era viejo, de madera, solo se usaba en verano. Ahora casi todo el mundo daba el rodeo por Villanueva, ocho kilómetros de más, pero asfalto.
El Seat de Pedro no estaba junto al puente.
—No está aquí —dijo Isabel.
Javi no respondió. Miraba el río. No se había helado, porque febrero había sido templado, y el agua corría turbia, gris-marrón, con manchas oscuras en las orillas.
—Volvamos —dijo Isabel con suavidad.
—Por Villanueva —pidió Javi.
Fueron por Villanueva.
Vieron el Seat a la vuelta, aparcado en el arcén a la salida del pueblo, frente a un edificio alargado de una planta con un letrero que decía «Clínica Veterinaria». El cartel era viejo, las letras desteñidas. Junto a la puerta había un anuncio en un folio, pero desde lejos no se veía.
Isabel paró.
—Javi, espérame en el coche.
—No.
—Voy contigo.
No discutió.
Dentro olía a lejía y a algo dulce, como en las farmacias. Tras el mostrador, una mujer con bata azul escribía en un cuaderno. En el pasillo no había nadie. Desde una puerta cerrada con un cartel de «Consulta» llegaba una voz. Isabel la reconoció al instante.
Pedro.
Se acercó a la puerta y se detuvo. Javi estaba pegado a su brazo.
La puerta estaba entreabierta.
Pedro estaba sentado en un taburete frente a una mesa metálica. Sobre la mesa, sobre un hule limpio, yacía la gata. Gris, con la mancha blanca en el pecho. Viva. El veterinario, un hombre joven con gafas, le palpaba el vientre. La gata estaba tranquila, solo movía la cola.
—¿Cuándo lo notó? —preguntó el veterinario.
—Hace tres días. Dejó de comer. Luego empezó a esconderse. Se metió debajo del pilón y no salía. La saqué como pude.
—¿En qué la trajo?
—En un saco. No tengo transportín. Quise comprar uno, pero en la tienda del pueblo no tienen, y hasta la ciudad… Le hice agujeros al saco para que respirara. Y le puse una manta.
El veterinario asintió. Presionó el vientre de la gata y mantuvo la mano.
—Pedro, su gata no está enferma. Está preñada. Dentro de una semana, quizá diez días.
Pedro se quitó la gorra. Se frotó la frente. Se la volvió a poner.
—¿Gatitos?
—Tres o cuatro, por lo que noto. No es vieja, está sana, el parto debería ir bien.
—Creí que se moría —dijo Pedro en voz baja—. No come. Se esconde. Maúlla por la noche, bajito, como si se quejara. Pensé que se acababa.
El veterinario sonrió.
—No se acaba. Al revés. Empieza.
Pedro miró a la gata. Ella volvió la cabeza y entornó los ojos como diciendo: «¿Ya te has enterado?».
Él alargó la mano y la acarició entre las orejas. Una vez. Otra. La gata aplastó las orejas y ronroneó, y el sonido recorrió la mesa metálica como una vibración.
Javi, al otro lado de la puerta, dejó de respirar. Lo había oído todo. Isabel le puso la mano en el hombro y sintió cómo el niño se relajaba, como si le hubieran quitado el peso que había sostenido la última hora.
Ella empujó la puerta.
Pedro se giró. Vio a Isabel. Vio a Javi. Se sorprendió.
—¿Isabel? ¿Qué haces aquí?
Isabel abrió la boca y la cerró. Porque decir «creíamos que ibas a ahogar a la gata» era vergonzoso, absurdo, imposible. Pero Javi se adelantó.
—Pedro, te vi meter a la gata en el saco. Pensé que ibas a… bueno.
No terminó. Pedro miró al niño, y en su cara ocurrió algo lento y complicado, como si juntara piezas sueltas para formar un dibujo completo.
—¿Pensaste que iba a ahogarla?
Javi asintió.
Pedro calló. Luego se levantó, se acercó al niño y se puso en cuclillas. Las rodillas le crujieron, y él hizo una mueca, pero no se enderezó.
—Javi. No lo habría hecho. ¿Me oyes? Nunca.
—Lo sé. Ahora lo sé.
—El saco es porque no tengo transportín. No le gusta que la cojan. Forcejea. En el saco está oscuro y tranquila. Le puse un jersey viejo para que estuviera blandito.
—Vi que el saco se movía y me asusté.
Pedro apoyó la mano en el hombro del niño. La palma era grande, pesada, con callos amarillos.
—Hiciste bien en asustarte —dijo Pedro con seriedad—. Hiciste bien en correr. Si hubiera sido de verdad, habrías llegado a tiempo.
La gata, sobre la mesa, dejó de ronronear y los miraba como si entendiera de qué hablaban. El veterinario escribía algo en silencio en la ficha.
Isabel se volvió hacia la ventana. Fuera había empezado a nevar, copos finos y secos, y la farola del porche de la clínica parecía un sol apagado dentro de una nube blanca.
La caja de cartón que Pedro había metido en el coche después del saco estaba en el suelo, junto a la mesa. Abierta. Dentro había una toalla vieja, un cuenco con agua cubierto con una bolsa para que no se derramara, y un paquete de pienso. Pienso para gatos. El que solo vendía en una tienda del pueblo, la de tía Lola, y costaba caro. Pedro lo había comprado antes.
Volvieron a casa de noche. Javi iba en el asiento trasero, callado. No dormía, solo callaba, como un adulto al que se le han acabado las palabras pero no los pensamientos.
—Mamá —dijo ya cerca de casa—, ¿puedo ir a casa de Pedro cuando nazcan los gatitos?
—Si él no se opone.
—No se va a oponer.
Isabel no preguntó de dónde venía tanta seguridad. Porque había visto cómo Pedro miraba al niño en la consulta del veterinario, y en esa mirada había algo que no le veía al vecino desde hacía tiempo. No era gratitud. Era algo más sencillo y más importante. Como si por primera vez en tres años alguien lo hubiera visto de cerca, no a través de la valla.
Los gatitos nacieron nueve días después. Cuatro. Tres grises y uno blanco, con una mancha oscura en el lomo, como una gota de tinta.
Javi fue aquella misma tarde. Pedro abrió la puerta y le dejó pasar sin decir palabra. El niño se sentó en el suelo junto a la caja donde la gata estaba con sus crías, y se quedó así media hora, sin moverse.
—Este se parece a ti —dijo Pedro señalando al blanco—. Igual de revoltoso.
—Pero si está tumbado.
—Espera.
Pedro arregló la portilla. Javi le ayudó, sujetando la bisagra mientras Pedro apretaba los tornillos. El cerrojo nuevo lo había comprado Isabel. Lo trajo en una bolsa junto con un tarro de mermelada. Pedro dijo: «Isabel, no tenías que hacerlo, de verdad». Pero puso el cerrojo ese mismo día.
Ahora la portilla cerraba bien, y el viento ya no la golpeaba por las noches. Pero Javi seguía entrando por ella cada día después del cole. Abría, pasaba, cerraba. El cerrojo sonaba seco y corto, como un punto final.
Al gatito blanco, cuando creció, Javi se lo llevó a casa. Le puso Copito. Pedro oyó el nombre, resopló y no dijo nada. Solo acarició a la gata, que estaba en el alféizar mirando cómo el niño se llevaba a su hijo por el patio.
La gata los siguió con la vista hasta la portilla. Luego se dio la vuelta y se enroscó en el alféizar.






