Tres meses después, el perro volvió con el dueño que lo abandonó: no esperaba volver a verloEl dueño, al abrir la puerta y ver al animal frente a él, sintió una mezcla de culpa y asombro que le heló la sangre.

Andrés ató a la perra a un poste de una gasolinera a sesenta kilómetros de casa. Eligió un lugar lejano a propósito, para que no encontrara el camino de vuelta. La ató, colocó a su lado un cuenco con agua, subió al coche y se fue. No se dio la vuelta. No miró por el retrovisor. Subió el volumen de la radio y pisó el acelerador hasta que la gasolinera se hizo un punto y desapareció tras una curva.

La perra se llamaba Luna. Pastor alemán, cuatro años, grande, con una máscara oscura en el hocico y un color claro en el pecho. Inteligente, obediente, con pedigrí y diploma en adiestramiento básico. Una perra perfecta. Que se volvió innecesaria.

* * *

Andrés López, cuarenta y tres años, ingeniero de proyectos. Su esposa Clara, su hija Paula, de doce años. Un piso de tres habitaciones en una obra nueva en las afueras de la ciudad. Hipoteca, coche a plazos, una casa de campo que empezaron a construir el año pasado y abandonaron porque se acabó el dinero.

A Luna la trajeron hace cuatro años, cuando todo era más sencillo. Paula pedía un perro desde primero de primaria. Dibujaba pastores alemanes en los cuadernos, veía vídeos de adiestramiento, pegaba en la nevera anuncios de protectoras.

Andrés cedió el día del cumpleaños de su hija. Fue al criador, eligió un cachorro —el más tranquilo de la camada, que estaba en una esquina mirándolo con sus ojos oscuros y serios—. Lo llevó a casa en una caja. Paula chilló de alegría, Clara sonrió, y hasta Andrés, que nunca había querido un perro de verdad, sintió algo cálido cuando el cachorro le rozó la palma de la mano con el morro.

El primer año todo fue bien. Paula paseaba a Luna después del colegio, le enseñaba órdenes —«sienta», «échese», «ven aquí»—. Luna lo captaba al instante, como si ya supiera lo que querían de ella. Andrés paseaba por las tardes al llegar del trabajo —por el parque, junto al estanque, pasando por el parque infantil—. Luna corría a su lado, sin correa, sin apartarse ni un paso. Los vecinos decían: «Qué perra tan educada». Andrés asentía y sentía algo parecido al orgullo.

Después empezó. No de golpe, no como un derrumbe, sino poco a poco, como una grieta en la pared que al principio no se nota.

Clara perdió el trabajo. Tres meses buscando otro, no encontró, se volvió nerviosa, irritable. La hipoteca apretaba. La casa de campo hubo que paralizarla. El préstamo del coche se llevaba un cuarto del sueldo. Y encima Luna —pienso, vacunas, veterinario—. No era una cantidad enorme, pero cada mes, fija, como un recibo más.

Clara habló primero.

—¿Y si la damos a alguien? Temporalmente, hasta que nos recuperemos.

Andrés calló. Paula lo oyó, se echó a llorar, se encerró en su cuarto. La conversación no llegó a nada.

Pero Clara volvía al tema una y otra vez. En la cena, antes de dormir, en el coche. Las mismas palabras en distintas combinaciones: «No podemos con ella», «Necesita una alimentación buena y nosotros estamos ahorrando en nosotros mismos», «Estornudo por el pelo, me está empezando una alergia». No había alergia. Andrés lo sabía. Pero se cansó de discutir.

Una noche, cuando Paula estaba en el cumpleaños de una amiga, Clara puso un ultimátum.

—O la perra o yo. Lo digo en serio, Andrés. Ya no aguanto más. Estoy mal en esta casa. Pelo por todas partes, olor, paseos constantes. Quiero vivir normal.

Andrés estaba sentado en la cocina mirando a Luna, que yacía a sus pies mordiendo una pelota de goma. La pelota chirriaba cada vez que la apretaba. A Luna no le molestaba. Casi nada la molestaba.

—Vale —dijo.

Fue la única palabra que pronunció aquella noche.

No buscó un nuevo hogar para ella. No llamó a protectoras. No escribió anuncios. Porque sabía que si empezaba, se echaría atrás. Si veía cómo Luna miraba a extraños, cómo bajaba las orejas, cómo buscaba sus ojos con la mirada, no sería capaz.

Por eso hizo lo que hizo.

El sábado por la mañana le dijo a Paula que llevaba a Luna al veterinario para un chequeo. Paula acarició la cabeza de la perra y dijo: «Pórtate bien». Luna le lamió la mano.

Andrés metió a Luna en el coche. Ella saltó sola, al asiento de atrás, como siempre. Se tumbó, apoyó el morro en las patas y miró por la ventanilla. Él condujo en silencio. No puso la radio hasta salir de la ciudad.

En la gasolinera paró. Bajó, abrió la puerta trasera. Luna saltó, movió la cola —creía que era un paseo—. Ató la correa a un poste metálico junto al contenedor de basura. Colocó el cuenco. Echó agua. Luna se sentó y lo miró. No gemía. Esperaba.

Andrés se enderezó. La miró. Una vez, largo, cinco segundos, quizá diez. Luego se dio la vuelta, subió al coche y se marchó.

No miró por el espejo. Después pensó en ello muchas veces. Podría haber mirado. Podría haber visto cómo se lanzaba detrás, cómo se tensaba la correa, cómo se sentaba de nuevo y se quedaba mirando el coche alejarse. Pero no miró. Porque tenía miedo.

Llegó a casa a la hora de comer. Clara preguntó: «¿Qué tal?». Él respondió: «Todo». Ella asintió y se fue al dormitorio. Paula volvió por la tarde y enseguida se dio cuenta.

—Papá, ¿dónde está Luna?

—Yo… le encontré una buena familia. Con niños. Una casa con jardín grande. Allí estará mejor.

—¡¿Qué familia?! ¡Nosotros somos su familia! ¡Papá, ¿qué has hecho?!

Gritó, lloró, dio portazos. Luego se encerró en su cuarto y no salió hasta el día siguiente. Clara se sentó en la cocina en silencio. Andrés se sentó en otra habitación, también en silencio. Luna yacía atada a un poste a sesenta kilómetros, esperando.

Pasó un mes. Luego dos. Luego tres.

La casa estaba más limpia. No había pelo en el sofá, en la alfombra, en la ropa. No había olor. La pelota, la correa, los cuencos —todo lo guardaron en el trastero, y luego Clara sacó la bolsa a la basura. Andrés vio la bolsa junto al contenedor al salir del ascensor. Se paró. Se quedó quieto. Pasó de largo.

Clara encontró trabajo —dependienta en una tienda de fontanería, turno de dos días sí y dos no—. Dejó de hablar de dinero. Se compró unos zapatos nuevos y fue a la peluquería. La vida, según ella, iba mejorando.

Paula dejó de llorar, pero también dejó de hablar con su padre. No era grosera, no daba portazos. Solo respondía con frases cortas —«sí», «no», «bien»— y se iba a su cuarto. En la cena se sentaba en silencio, picando la comida con el tenedor. Antes de dormir ya no venía a dar las buenas noches, como hacía antes. La puerta de su habitación estaba siempre cerrada.

Andrés lo notaba. Cada día lo notaba. Y cada día sentía algo dentro, bajo las costillas, que tiraba y tiraba. No se soltaba.

Empezó a despertarse a las cinco de la mañana —por costumbre, a la hora del primer paseo—. Se quedaba tumbado en la oscuridad escuchando el silencio. Antes, a esa hora, Luna ya estaba junto a la cama, gimiendo suavemente y tocándole la mano con el morro. Ahora no había nada.

Un día, en el supermercado, pasó junto a la estantería de pienso para perros y se detuvo. Estuvo un minuto, quizá dos. Luego se dio la vuelta y fue a la caja. La cajera preguntó: «¿Bolsa?». No la oyó a la primera.

Pensaba en Luna cada día. Si estaría viva. Si alguien la habría encontrado en aquella gasolinera. Ese pensamiento no le dejaba dormir. Llegaba de noche, a las tres, cuando toda la casa duerme, se sentaba a su lado, y no se iba hasta el amanecer.

En septiembre Andrés fue a esa gasolinera. No sabía por qué. Quizá para comprobar que la perra no estaba allí. Que alguien la había recogido, llevado, dado una nueva vida.

El poste seguía en su sitio. No había cuenco. No había correa. No había nadie.

Preguntó al empleado de la gasolinera —un chico joven con una chaqueta roja—.

—¿No ha visto una perra? ¿Un pastor alemán? Estaba atada aquí, en verano.

El chico se encogió de hombros.

—Había una, sí, en verano. Estuvo tres días sentada, luego se soltó y salió corriendo. No vi adónde. Se acabó mi turno, por la mañana ya no estaba.

Tres días. Tres días esperó.

Andrés se sentó en el coche y estuvo mucho rato sin encender el motor. Las manos sobre el volante. La frente sobre las manos. No lloró. Solo se quedó allí sentado.

Domingo. Lluvia desde primera hora, fina, fría, desagradable. Andrés salió a por pan a la tienda de la esquina. Caminaba rápido, con el cuello del abrigo subido, saltando charcos.

Se detuvo junto al portal. Porque junto a la puerta, sobre el hormigón mojado, había una perra.

Flaca. Sucia. Con mechones de pelo apelmazados como fieltro. La oreja izquierda desgarrada, en el costado un arañazo largo cubierto de costra. Las costillas se le marcaban tanto que podían contarse. Las patas sucias, desgastadas, con las almohadillas agrietadas.

Pero el hocico. La máscara oscura, el color claro en el pecho. Y los ojos. Aquellos mismos —oscuros, serios— que vio hace cuatro años en casa del criador.

Luna.

Yacía junto a su puerta. Había recorrido sesenta kilómetros —por la carretera, a través de campos, por pueblos, por bosques, pasando junto a otras personas—.

Y había llegado hasta allí. Hasta él. Hasta el hombre que la ató a un poste y se fue.

Andrés se quedó mirando. La bolsa del pan se le cayó de la mano. No lo notó.

Luna levantó la cabeza. Lo vio. La cola se movió una vez. Otra. Otra. Intentó levantarse, pero las patas delanteras resbalaron en el hormigón mojado. Se quedó quieta. Se levantó. Tambaleándose, sobre patas temblorosas, moviendo con esfuerzo las almohadillas desgastadas, dio dos pasos y hundió el morro en su rodilla. Justo en la rodilla. Como hacía cada noche cuando él llegaba del trabajo y se quedaba en la entrada quitándose los zapatos.

Andrés se arrodilló, justo sobre el hormigón sucio. Abrazó a la perra. Luna se apretó contra él, entera —sucia, mojada, flaca, temblando—. No gemía. Solo se apretaba y se quedaba. Y respiraba hondo, con un jadeo ronco, en su cuello.

Él lloraba. De rodillas, en un charco, a la vista de todo el vecindario. Lloraba como no había llorado ni en el entierro de su madre. Las lágrimas caían mudas, sin sonido, simplemente resbalaban por sus mejillas y goteaban sobre el pelo sucio.

—Perdóname —dijo—. Perdóname. Perdón.

Luna le lamió la mejilla. Con la lengua mojada y caliente.

En el ascensor, ella se apretaba contra su pierna y temblaba con un temblor menudo.

Abrió la puerta Clara. Lo vio. Palideció.

—Andrés, eso es…

—Es Luna —dijo él. Y su voz sonó de tal manera que Clara retrocedió y no dijo nada más.

Desde la habitación salió Paula corriendo. Vio a la perra. Se quedó quieta en el pasillo. Luego, despacio, como en sueños, se sentó en el suelo y extendió las manos.

—Luna… Lunita…

La perra se acercó a ella. Paula la abrazó, hundió la cara en el pelo sucio y se echó a llorar. Fuerte, a sollozos.

Andrés se quedó en la entrada mirando a su hija y a la perra. Luego fue a la cocina, sacó una cacerola del armario, echó agua, la puso en el suelo. Luna bebió largo, con ansia, salpicando. Él abrió la nevera, encontró una pechuga de pollo, la calentó, la desmenuzó y la puso en un plato. El cuenco de la perra ya no estaba en casa desde hacía tiempo.

Luna comió despacio. Con cuidado, como siempre. Luego se tumbó en el suelo a sus pies.

Clara se quedó en la puerta de la cocina, con los brazos cruzados, en silencio. Labios apretados, cara blanca. Luego dijo en voz baja:

—Está toda enferma. Mírala. Necesita un veterinario.

—Mañana temprano vamos a la clínica. Ahora que coma y descanse.

Clara calló. Miró a Luna, que yacía a los pies de Andrés respirando con dificultad. Luego asintió y se fue al dormitorio. Ni una palabra sobre el pelo. Ni una palabra sobre el olor. Ni una palabra sobre la alergia que nunca existió. Quizá ella también entendió algo durante aquellos tres meses. Quizá vio lo que le había pasado a su hija. Quizá vio lo que le había pasado a su marido. O quizá solo miró a la perra a los ojos y no encontró nada que decir.

Paula trajo una manta de su cuarto. La extendió en un rincón del pasillo. Luna se subió a la manta y se enroscó. Paula se tumbó a su lado, en el suelo, abrazando a la perra. Andrés las cubrió a las dos con otra manta.

Luego salió al balcón. La lluvia había cesado. Olía a hojas mojadas y a tierra. Tarde de octubre, oscura, con farolas amarillas a lo largo de la calle.

Sacó el móvil. Abrió el navegador. Escribió: «clínica veterinaria 24 horas». Encontró un número, lo guardó. Luego escribió: «pienso para perros desnutridos». Luego: «cómo curar heridas de perro en casa».

Desde la habitación llegó la voz de Paula. Hablaba con Luna. Algo sobre el colegio, sobre una amiga, sobre que mañana saldrían a pasear, pero poco rato, para que no se cansara. Luna escuchaba. Siempre había sabido escuchar.

Andrés guardó el móvil. Volvió al pasillo. Se sentó en el suelo junto a su hija y la perra. Puso la mano sobre Luna. Bajo la palma, las costillas, la piel caliente, la respiración irregular.

—Nunca más —dijo. No a Paula, no a Clara, no a sí mismo. A Luna—. ¿Me oyes? Nunca.

Luna abrió los ojos. Lo miró. Aquellos mismos ojos —oscuros, serios, sin reproche—. Movió la cola. Una vez, breve. Y volvió a cerrar los ojos.

Le perdonó antes de que él terminara de hablar.

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Elena Gante
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