Javier contra el segundo gato en casa: su acto asombró a la familiaJavier, que al principio no quería al nuevo gato, terminó construyéndole una casita de madera con sus propias manos.

Querido diario:

El gato Misi estaba en el alféizar, mirando al patio donde unas palomas se disputaban una corteza de pan. Y yo lo miraba a él. Siete años llevábamos juntos, sin contar a Teresa, mi mujer, y a Lucía, mi hija. Pero Misi era mío. Desde el primer día, cuando aquel bulto de tres meses se aferró a mi jersey y se durmió en el hueco de mi codo.

Teresa cocía un cocido, y por la cocina flotaba el olor a laurel. Lucía, doce años, estaba sentada a la mesa, pasando el dedo por la pantalla del móvil. Un sábado cualquiera, como los cien que habían pasado y los cien que vendrían. Pero noté que mi hija miraba a su madre con un aire de espera. Y Teresa, al remover la cazuela, le hacía un gesto imperceptible, como si hubieran acordado algo.

—Papá —empezó Lucía con esa voz que usaba para pedir un móvil nuevo o permiso para dormir en casa de una amiga.

Dejé el periódico a un lado.

—¿Qué?

—Verás, la gata de Elena ha parido. Y hay un gatito que nadie quiere. Cojea un poco, la pata delantera torcida. Quieren… bueno.

No terminó, pero se entendía. Miré a Teresa. Ella removía el cocido con empeño, aunque ya no quedaba nada que remover.

—No —dije. Sin enfado, sin brusquedad. Solo lo dije.

—¿Pero por qué?

—Porque tenemos a Misi. Tiene siete años, está acostumbrado a estar solo. Traéis otro, habrá peleas, marcas, más pelo. Estoy en contra.

Lucía miró a su madre. Teresa apagó el fuego y se sentó a mi lado.

—Manolo, el gatito tiene tres meses. La pata no soldó bien. Si no lo recogen, Elena lo llevará a una protectora, y de allí a esos no los adoptan.

Lo entendía. Pero no asentí.

—Estoy en contra —repetí, y alcé el periódico.

Pasó una semana. Lucía ya no pedía nada, pero en la cena me pasaba el pan en silencio. Y Teresa dejó de preguntarme cómo me había ido en el trabajo. Notaba aquello como se nota una corriente de aire: las ventanas cerradas, pero algo tira.

El viernes, Lucía volvió del colegio con los ojos rojos. Dejó la mochila en la puerta y se metió en su cuarto. Teresa entró a verla; al cabo de diez minutos salió.

—¿Qué? —pregunté.

—Elena ha dicho que mañana por la mañana llevan al gatito. Han encontrado una protectora en las afueras, pero Lucía ha visto las fotos. Jaulas pequeñas, doscientos gatos, el olor…

Teresa no insistió. Lo contó y se fue a fregar los platos.

Me quedé solo en el pasillo. Del cuarto de Lucía no salía ni un ruido, que era peor que oírla llorar.

A la mañana siguiente, me levanté antes que nadie. Tan temprano solo me levantaba para ir a pescar, y aún no había empezado la temporada. En la cocina brillaba la luz de la campana, y por la ventana el cielo estaba gris. Me puse la chaqueta, cogí las llaves del coche y salí.

La dirección de Elena la había encontrado en el móvil de Lucía la noche anterior, mientras ella dormía. La apunté en un papel y la metí en el bolsillo de la chaqueta.

Aparqué frente al portal de Elena y marqué su número.

—¿Diga? —voz soñolienta, molesta.

—Soy Manuel, el padre de Lucía. ¿Todavía tenéis al gatito?

Silencio.

—Sí… Sí, todavía. A las once vienen de la protectora.

—No hace falta. Me lo llevo yo. Subo ahora.

Colgué y me quedé un minuto sentado en el coche.

Elena abrió en bata, sin decir palabra me tendió una caja de zapatos. Dentro, sobre una toalla vieja, estaba el gatito. Gris, rayado, flaco. La pata delantera se le torcía hacia un lado, como montada a toda prisa. Los ojos amarillos, asustados.

—Es tranquilo —dijo Elena—. Casi no maúlla. Come de todo. Usa el arenero.

Asentí, cogí la caja y la llevé al coche.

Volví a casa cuando todos dormían aún. Dejé la caja en el suelo del recibidor, me quité la chaqueta. Dentro, el gatito no hacía ni un ruido. Me asomé: el animal se había encogido en un rincón y me miraba de abajo arriba, sin pestañear.

—¿Y qué hago yo contigo? —dije en voz baja.

El gatito levantó la pata torcida, como si quisiera alcanzarme el dedo, pero no llegaba. Suspiré. Fui a la cocina, eché leche en un platillo. Luego recordé que a los pequeños no les sienta bien la leche, la tiré, saqué del frigorífico un trozo de pollo cocido y lo desmenucé fino.

Cuando volví al recibidor con el platillo, Misi ya estaba sentado junto a la caja, mirando dentro. El rabo quieto, el lomo sin erizar.

El gatito salió de la caja, cojeando, llegó al platillo y empezó a comer. Misi resopló y se fue a su sillón. Ni peleas, ni bufidos.

Lucía encontró al gatito la primera. Desde el dormitorio oí un grito ahogado, luego pasos rápidos, y mi hija entró con el bichín en brazos.

—¡Mamá! ¡Mamá, de dónde ha salido?!

Teresa se incorporó en la cama, aún somnolienta. Miró al gatito, luego a mí. Yo estaba tumbado, con las manos detrás de la nuca, examinando el techo con mucho interés.

—¿Papá? —Lucía se volvió hacia mí. La voz le temblaba—. ¿Has sido tú?

—Si empezáis a gritar, lo devuelvo —refunfuñé sin apartar la vista del techo.

Lucía se sentó al borde de la cama y se echó a llorar. No como se llora en el colegio por una rabieta, sino de otra manera, cuando no se pueden explicar las cosas. El gatito en sus brazos se quedó quieto, apretado contra su jersey.

Teresa no dijo nada. Puso la mano sobre mi brazo y la apretó. Rápido, breve. Luego se levantó y fue a la cocina a poner la cafetera.

Al gatito le pusimos Pipo. Lucía quería llamarlo Duque, pero yo dije: qué duque, si viene de una caja, que sea Pipo. Y Pipo se adaptó como si hubiera vivido siempre allí. Misi la primera semana lo esquivaba; la segunda empezó a tolerarlo; al mes dormían juntos en el mismo sillón. Misi, anaranjado y señorón; Pipo, gris, con la pata torcida, encajado contra su costado.

Por las tardes los miraba y me callaba. Una vez Teresa me preguntó:

—Tú estabas en contra. ¿Qué cambió?

Me quedé callado, le rasqué a Pipo detrás de la oreja. Ronroneó y cerró los ojos.

—Lucía lloraba. Y yo, desde la habitación de al lado, lo oía todo. Y pensé: yo ando arreglando cosas por aquí, y esto no había que arreglarlo, solo ir a buscarlo y traerlo. Lo más sencillo del mundo. Y yo me resistía, ¿por qué? ¿Por el pelo?

Teresa sonrió y no añadió nada.

Al cabo de seis meses, Pipo había crecido, la pata seguía torcida, pero corría por la casa como un loco, tirando zapatillas y saltando al armario. Misi solo lo seguía con la mirada.

Y yo, a veces, me sorprendía por la noche en el sofá, con Misi en las rodillas y Pipo dormido sobre mi hombro, la tele puesta en un partido, y sin oír el marcador porque no me atrevía a moverme.

Y eso, la verdad, era mejor que cualquier marcador. Lección aprendida: a veces lo más fácil es lo más necesario, y el corazón pesa más que las razones.

Оцените статью
Elena Gante
Добавить комментарии

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

Javier contra el segundo gato en casa: su acto asombró a la familiaJavier, que al principio no quería al nuevo gato, terminó construyéndole una casita de madera con sus propias manos.
Mi marido dijo que sin él estaría perdida. No discutí — e hice todo a mi manera.