– Lo busqué durante cinco meses, – Javier apretaba contra sí al gato sucio y sarnoso.

Pilar lo vio a las siete y media de la mañana.

Javier estaba junto al ascensor, con el gato en brazos. Lo apretaba contra el pecho con las dos manos. El gato era gris, medio pelado de un costado, y olía a sótano de una manera que Pilar dio un paso atrás.

–Dios mío –dijo ella–. ¿Y esto qué es?

Javier no contestó. Casi nunca hablaba con los vecinos. Pulsó el botón del ascensor y se quedó mirando la pantalla.

–¿Dónde lo has encontrado? –no preguntó, sino que constató–. Está lleno de mugre. ¿Vas a meterlo en casa?

–Llevo cinco meses buscándolo.

El ascensor se abrió. Javier entró. Pulsó el cuarto.

Pilar se quedó en el portal, viendo cómo se cerraban las puertas. Pero la cara de Javier era de una alegría inmensa. No apartaba la vista del gato, y le ajustaba las patitas cuando éste se movía.

Luego le contó a la vecina del quinto que tenía una pinta rarísima.

Pero el porqué lo supo después.

Los carteles aparecieron en septiembre. Pequeños, impresos en papel normal, con una foto. En la foto salía un gato. Gris, rayado, con los bigotes más cortos de un lado que del otro. Debajo de la foto ponía, escueto, «Perdido» y un número de teléfono.

Javier los pegaba él mismo. Muy temprano, antes de ir a trabajar, salía con un rollo de cinta adhesiva y un montón de folletos. Recorría las farolas, los tablones de anuncios, las paredes de la tienda. Se le helaban los dedos, la cinta no pegaba bien con el frío y tenía que presionar más tiempo de lo normal.

Misi desapareció a finales de agosto. Simplemente no volvió por la noche. La ventana de la cocina estaba abierta.

En casa, junto al radiador, había un cuenco. Javier no lo recogió.

Las llamadas llegaron las dos primeras semanas.

La gente avisaba de gatos grises. De gatos rayados. De uno naranja que, por alguna razón, también decidieron ofrecerle. Javier iba a cada llamada. Miraba, negaba con la cabeza, daba las gracias. Volvía.

La tercera semana llamó una mujer de la Calle de los Constructores, diciendo que había visto uno parecido junto a los garajes. Javier fue por la noche, después del trabajo, ya de noche. Caminó entre los garajes con la linterna del móvil, alumbrando debajo de las puertas, llamando. Nadie salió. Solo un gato ajeno, negro, lo miró desde debajo de una verja y se metió otra vez en la oscuridad.

En octubre se compró una libreta.

Apuntaba las direcciones a las que había ido. Los nombres de quienes llamaban. Las fechas. A veces notas breves –«gris, pero más joven», «color no coincide», «los dueños lo encontraron». Cada vez más páginas. Javier hojeaba la libreta algunas tardes, sin leer, solo pasando hojas.

Un compañero del trabajo, Víctor, le preguntó una vez qué le pasaba.

–Nada –dijo Javier.

–Pues eso –dijo Víctor, y no volvió a preguntar.

Noviembre fue húmedo, anochecía temprano.

Javier amplió las zonas de búsqueda. Recorría los patios de una manzana a otra, de dos en dos. Entraba en portales ajenos, miraba en los alféizares, debajo de las escaleras. A veces preguntaba a la gente en la calle. La mayoría negaba con la cabeza sin pararse. Una señora mayor del tercer portal dijo que había visto uno parecido junto a la caseta del transformador en septiembre, pero no recordaba bien.

Javier le dio las gracias. Llegó hasta la caseta del transformador. Se quedó allí. Nada, claro.

Una vez Pilar lo pilló en el portal y le dijo que ya valía, que habían pasado cinco meses, que cogiera otro. No lo decía con mala intención.

–No hace falta otro –dijo Javier.

–Pues tontería –dijo ella.

Él asintió y se fue hacia las escaleras. Pilar lo siguió con la mirada y pensó que vaya gente, cómo se machacan por unos gatos.

En diciembre las llamadas casi cesaron.

Los carteles se habían mojado, amarilleado, algunos se habían despegado. Javier los reponía. Imprimía otros nuevos, salía por las mañanas con el rollo de cinta. Había aprendido a sujetarlo debajo del brazo y desenrollar con una mano mientras con la otra apretaba el folleto.

El tres de enero oyó un sonido.

Bajito. Apenas perceptible. En algún lugar detrás de la puerta del sótano, la que estaba bajo el primer portal. Javier se detuvo. Aguzó el oído. El sonido no se repitió.

Se quedó un minuto. Luego fue a pedir la llave al portero.

El portero, Antonio, tardó un buen rato en encontrar la llave, encontró una que no era, luego dio con la buena. Preguntó qué demonios había perdido Javier en el sótano. Javier se lo dijo. Antonio lo miró como se mira a alguien a quien es mejor no llevar la contraria, y le dio la llave.

La puerta se abrió con esfuerzo, y salió un olor a hormigón húmedo, madera vieja y algo más. Javier encendió la linterna y entró.

El sótano era largo y bajo.

Javier avanzaba despacio, alumbrando debajo de las tuberías, detrás de cajas viejas, a lo largo de la pared. El haz de la linterna sacaba de la oscuridad una bicicleta oxidada sin rueda, un montón de tablas, una hamaca abandonada con el costado hundido. Olía a humedad y a cal. En algún lado goteaba, pausado y constante, como un reloj.

–Misi –dijo Javier.

Lo dijo en voz baja. No era un llamamiento, sino más bien una comprobación, como se comprueba la oscuridad antes de meterse en ella.

Nadie respondió.

Avanzó más, pasando junto al cuadro de fusibles, junto a viejos radiadores apilados contra la pared. El haz de la linterna se movía despacio. Javier no tenía prisa. En cinco meses había aprendido a no tener prisa donde la prisa no sirve de nada.

–Misi.

Otra vez silencio. Solo el goteo en algún sitio. Solo el rumor de las tuberías sobre su cabeza, calientes, cubiertas de polvo.

Llegó hasta la pared del fondo y se detuvo. Alumbró hacia la esquina. Allí había cajas, tres o cuatro, apiladas una sobre otra, y entre ellas y la pared quedaba un espacio oscuro, estrecho como una rendija. Javier se agachó. Alumbró hacia dentro.

Dos ojos reflejaron la luz.

No se movió. Solo miraba. El corazón hizo algo raro, no fuerte, pero perceptible, como si saltara un paso y luego lo recuperara.

–Misi –dijo. Casi en un susurro.

Los ojos no desaparecieron. Pero el gato tampoco salió. Se quedó sentado en la rendija entre las cajas y la pared, mirando la luz de la linterna. Javier bajó el haz un poco para no deslumbrarlo. Luego se sentó en el suelo. Directamente sobre el hormigón, sin pensar en la ropa, sin pensar en nada.

Se sentó. Y se puso a esperar.

No supo cuánto tiempo pasó.

Hacía frío. El hormigón le robaba el calor a través de la chaqueta, rápida y constantemente. Javier no se movía. Sostenía la linterna a un lado, para que no quedara del todo oscuro en la rendija, pero tampoco para dar en los ojos. De vez en cuando hablaba en voz baja. No llamaba, no persuadía. Solo hablaba, como se habla cuando se necesita que la voz esté cerca.

–Qué frío hace aquí –dijo–. Cinco meses. Ni me imaginaba que estuvieras aquí.

De la rendija no salió ni un sonido.

–He ido a todos lados. Fui a los garajes de noche, a los de la calle de los Constructores. No te imaginas. He llenado la libreta entera.

Seguía goteando en la oscuridad. Las tuberías zumbaban.

–En casa está el cuenco. No lo he recogido.

Oyó un roce antes de ver el movimiento. El gato salió de la rendija despacio. No directo hacia Javier, sino primero hacia un lado, bordeando las cajas, olió el aire, se detuvo. Javier no se movía. Miraba. El gato estaba flaco. El costado pelado, con el pelo sin crecer del todo. De un lado del hocico los bigotes más cortos. Del izquierdo.

Era él.

El gato dio otro paso. Luego otro. Luego se acercó a la pierna de Javier y apoyó la cabeza en la rodilla. Una sola vez. Como para comprobar. Y se quedó allí, quieto.

Javier no levantó la mano enseguida. Primero se quedó sentado. Luego, con cuidado, despacio, bajó la palma sobre la cabeza del gato. Misi no se apartó. Solo cerró los ojos, y en ese gesto había algo tan sencillo que a Javier se le hizo un nudo en la garganta.

No lloró. Solo se quedó sentado en el hormigón frío del sótano de su propio edificio, con la mano sobre la cabeza del gato al que había buscado durante cinco meses. Y el gato estaba a su lado, callado. Siempre había sido poco hablador.

Levantarse fue más difícil que sentarse.

Se le habían dormido las piernas, y Javier se incorporó despacio, agarrándose a las cajas. Misi retrocedió un paso, observándolo. Javier se enderezó, se quedó quieto. Había leído que los gatos podían volverse salvajes, olvidarse de las personas en solo dos semanas. Y aquí habían sido cinco meses. Luego se agachó de nuevo, en cuclillas, y cogió al gato en brazos.

Misi no se resistió. Pesaba poco, mucho menos que antes. Javier lo apretó contra el pecho y sintió bajo la palma el latido rápido y pequeño de su corazón.

Volvieron hacia la salida por el mismo camino. Pasando la hamaca, la bicicleta oxidada, el cuadro de fusibles. Con una mano sostenía la linterna, con la otra sujetaba al gato. Misi no se movía. Solo una vez movió las patas para acomodarse, y de nuevo se quedó quieto.

Junto a la puerta, Javier se detuvo.

Luego empujó la puerta y salió.

Afuera era de mañana. Un amanecer gris de enero, sin sol. La nieve estaba vieja, apelmazada, con huellas negras a lo largo del camino. Javier entrecerraba los ojos por la luz.

Estaba junto a la puerta, sosteniendo a Misi.

Fue entonces cuando los vio Pilar.

En casa hacía calor.

Javier se descalzó en la entrada sin soltar al gato. Luego, al fin, lo puso en el suelo con cuidado, como quien coloca algo frágil. El gato bajó el hocico al suelo y se fue hacia la pared. Despacio, con paradas. Olfateaba el rodapié, la esquina, la pata de la mesilla. Comprobaba.

Javier se quedó mirando.

Misi llegó hasta la cocina. Se detuvo en el umbral, movió una oreja. Luego entró. Javier entró detrás.

El cuenco seguía junto al radiador, donde siempre había estado. Vacío, limpio, un poco polvoriento en el borde. El gato se acercó, lo olió. Se quedó un segundo sobre él. Luego se apartó y se sentó junto al radiador, arrimando el costado al metal caliente.

Javier abrió la nevera. Dentro había un poco de pollo cocido. Separó un trozo, lo puso en el cuenco. Las manos no le obedecían del todo, los dedos aún no se habían recuperado del frío.

Misi comió despacio. No con ansia, como comen los hambrientos, sino con cuidado. Javier se sentó a su lado en el suelo, con la espalda contra la pared. Lo miraba.

Luego Misi recorrió todo el piso. Revisó cada rincón, cada habitación, cada alféizar. Volvió al salón, saltó al sofá y se hizo un ovillo en el sitio donde siempre dormía antes. A la izquierda del cojín, junto al reposabrazos.

Javier no apartaba la vista de él.

Cinco meses buscándolo, helándose junto a las farolas, yendo a llamadas de desconocidos, caminando con la linterna entre los garajes. Y Misi había estado en el sótano del primer portal. A veinte metros de la puerta. ¿De qué había vivido? Seguro que de ratones. ¿Cuánto habría aguantado si por una casualidad su maullido bajito no lo hubiera oído Javier?

Javier podría haberse quedado dándole vueltas. Pero no lo hizo.

Apagó la luz del recibidor, fue al salón y se sentó en el sofá junto al gato. Misi entreabrió un ojo, lo miró y lo volvió a cerrar. Fuera, anochecía.

Todos estaban en casa.

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Elena Gante
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– Lo busqué durante cinco meses, – Javier apretaba contra sí al gato sucio y sarnoso.
הציור שלא נהרס — והאמת שנשפכה עליו