Genaro llegó de cazar furioso como un toro en una cacharrería. Dejó las botas en la entrada, una a cada lado. Tiró la chaqueta al perchero, falló, y ni se molestó en recogerla. Fue a la cocina y empezó a hacer ruido con el hervidor.
Inés estaba en el salón, mirando el móvil. Oía a su marido moverse: pesado, nervioso, cada paso parecía una queja. El perro colorado Rufo estaba tumbado a sus pies, con el hocico sobre las patas. Las orejas gachas, el rabo quieto. Siempre notaba cuándo el dueño estaba de mal humor y procuraba no llamar la atención.
—Vale, —Genaro se plantó en el marco de la puerta, manos en las caderas, como hacía siempre que soltaba algo que consideraba definitivo. —El perro no vale para cazar. Es un inútil, no un perro. Le he enseñado y enseñado, y ni caso. Cae un pato y él se queda quieto. Pasa una liebre y bosteza. Hay que deshacerse de él.
Inés levantó la vista. Miró a su marido con calma, con atención, como se mira a alguien que ha dicho una tontería muy grande pero aún no se ha dado cuenta.
—¿Deshacernos? —repitió, como si saboreara la palabra.
—¿Y qué? ¿Dar de comer a un caradura? Un perro de caza debe cazar. Y este… —Genaro señaló a Rufo, que se apretó aún más contra la pierna de Inés. —Mañana lo llevo a casa de Pedro, a ver si acepta deshacerse de él. Si no, lo dejo en la carretera.
«Lo dejo en la carretera»: algo dentro de Inés se rompió.
Se levantó en silencio. Rufo se puso en pie al instante, mirándola de abajo arriba con preocupación. Inés pasó junto a su marido, fue al recibidor, abrió el altillo y sacó una maleta grande, azul, con ruedas. La misma con la que habían ido a Benidorm cuando todavía viajaban juntos a algún sitio.
Genaro la siguió con la mirada, pero no dijo nada. Supuso que su mujer estaba haciendo cambio de armario de temporada.
Pero Inés abrió la mitad del armario de Genaro.
Camisas: una, dos, tres, cuatro. Con cuidado. Calzoncillos, calcetines, en el bolsillo lateral. Vaqueros: unos de fin de semana, otros de trabajo. Un jersey gris, regalo de su madre. La maquinilla de afeitar del baño. El cepillo de dientes.
Genaro apareció en la puerta del dormitorio y la miró en silencio unos segundos. Hasta que cayó en la cuenta.
—¿Qué haces?
—Hacerte la maleta, —respondió Inés con el mismo tono que usaba para decir «la cena está en la cocina» o «se acabó el pan».
—¿Qué maleta? ¿Para qué?
—Bueno, has dicho que hay que deshacerse de algo. Pues yo me deshago.
Genaro parpadeó. Luego se sentó en el borde de la cama despacio, como si las piernas le fallaran.
—¿Por el perro?
—No por el perro. Por ti.
Cerró la cremallera y se enderezó. Rufo entró en silencio y se tumbó en la puerta, como si hiciera guardia.
—Te digo una cosa, Genaro, ya que estamos. Llamas caradura a Rufo. No sabe cazar, no sirve para nada. Pero vamos a ver quién sirve de verdad aquí.
—Inés, no empieces.
—Rufo no trae patos, es cierto. Pero cada mañana me recibe como si llevara seis meses de viaje. Me pone la pata en la rodilla cuando lloro. Y lloro, Genaro, a menudo. Porque llegas del trabajo y te pones a ver la tele. De cazar, al sofá. La última vez que hablaste conmigo como es debido fue cuando vino la factura de la luz muy alta. Que soltaras tres frases seguidas fue todo un acontecimiento.
Genaro abrió la boca.
—¿Me estás comparando con un perro?
—No te comparo. Constato. Rufo está vivo. Siente. Quiere. Sin interés. No le importa si estoy delgada o si hago cocido. Le importa que yo esté. Tú, Genaro, ¿cuándo fue la última vez que te alegraste de que yo estuviera aquí?
El silencio en la habitación colgó como la ropa mojada en el tendedero: pesado, incómodo.
Genaro miró la maleta. Luego a su mujer. Rufo levantó la cabeza y lo miró sin rencor, sin rabia. Solo lo miró. Los perros no saben guardar rencor; tienen el corazón demasiado grande para eso.
—No iba en serio, —dijo Genaro. —Me dejé llevar. Los colegas se reían.
—Los colegas se reían. Y tú, para no quedar mal, decidiste deshacerte de un ser vivo que confía en ti. Que corre a recibirte cuando llegas a casa. Y no sabe que piensas abandonarlo. Cree que eres bueno.
Genaro se frotó la cara con las manos. La barbilla le picaba, sin afeitar desde hacía dos días de caza.
—¿Y la maleta va en serio?
Inés calló. Fuera, los gorriones discutían en un serbal. La nevera zumbó y se calló.
—Va en serio, Genaro. No es por Rufo. Rufo es la gota que colma el vaso. Dices de un ser vivo «deshacerse», «dejarlo en la carretera». ¿Y si mañana no te gusto yo? ¿También te deshaces? ¿Me llevas a casa de mi madre diciendo que no sirvo?
—Vaya, te has pasado.
—Tú te pasaste hace tiempo. Dejaste de ver que a tu alrededor hay seres vivos. Yo estoy viva. Rufo está vivo. No somos herramientas. No somos una escopeta que se vende si dispara mal. Somos familia. Y la familia no se tira.
Genaro se quedó sentado, sintiendo algo que no sentía desde hacía tiempo. Antes era como él decía y ella asentía. No porque Inés fuera débil. Sabía callarse, con paciencia, para guardar la paz. Y él se había acostumbrado a decir cualquier tontería sin que pasara nada.
Pero pasaba.
Rufo se acercó a Genaro y le dio un lametón en la mano con el hocico húmedo. Solo se acercó porque veía que el hombre estaba mal. Y cuando alguien está mal, hay que estar cerca. Rufo lo sabía no con la cabeza, sino con el corazón, con todo su pelo colorado.
Genaro miró al perro. El hocico mojado, los ojos marrones, el rabo que se movía con timidez como diciendo «¿hacemos las paces?».
Y entonces le llegó. No hasta las lágrimas, que era hombre, pero algo se le dio la vuelta dentro, como un barco en una ola: zas, y ya estaba del otro lado.
—Inés. Guarda la maleta.
—¿Para qué?
—Porque, —acarició la cabeza de Rufo, —soy un idiota.
—Eso ya lo sé. La cuestión es si eres un idiota que aprende, o uno al que no hay quien le meta en vereda.
Genaro sonrió. Hasta en eso, ella sabía.
—Aprendo. Perdón. Por Rufo. Y por todo.
Inés se acercó a la maleta, la abrió. Sacó la maquinilla y el cepillo, los puso en la mesilla.
—Las camisas las cuelgas tú.
Genaro asintió. Se inclinó hacia Rufo y le rascó detrás de las orejas.
—Bueno, caradura, —la voz le tembló un poco. —¿Seguimos adelante?
Rufo movió el rabo con tantas ganas que casi tira la lámpara de pie. Dio un salto, le lamió la nariz. Se sentó y miró a los dos con esa expresión que solo tienen los perros: de felicidad absoluta, inmerecida.
A la siguiente cacería, Genaro fue sin Rufo. Volvió con dos patos y una bolsa de huesos de azúcar del mercado.
—¿Eso para quién? —preguntó Inés, aunque ya lo sabía.
—Para el caradura, —refunfuñó Genaro. Y sonrió.
Inés guardó la maleta en el altillo. Pero no muy al fondo. Lo justo para poder sacarla.
Por si acaso.






