—No irás al funeral de tu madre. Necesito el coche —dijo el marido. Vera se levantó, cogió el bolso y se fue. Para siempre.

El teléfono se quedó mudo. Pilar estaba en mitad de la cocina, apretándolo contra el pecho con las dos manos. La tía Gloria había hablado exactamente cuatro minutos: voz seca, profesional, sin una sola lágrima.

Daniel se sentaba en el sofá. La televisión murmuraba algo de fondo, bajito. Ni siquiera se giró cuando Pilar apareció en el marco de la puerta.

—Daniel. Ha llamado la tía Gloria. Mi madre ha muerto hace una hora.

Él asintió. Pasó el dedo por la pantalla del móvil: desplazaba algo, ya daba igual qué.

—Uhum. Lo siento.

—Tengo que irme. Ahora mismo. Dos horas de carretera. Dame las llaves del coche.

Daniel dejó el móvil. No porque se hubiera conmovido, sino porque oyó la palabra «coche». La miró de abajo arriba con expresión de leve fastidio, como si ella le hubiera pedido que moviera un armario.

—No. El coche lo necesito yo. Mi madre me pidió que la llevara a casa de la tía Celia. Se lo prometí la semana pasada.

Pilar no se movió. La luz de la cocina le daba en la espalda, y la cara se le quedaba en sombra.

—¿Has oído lo que te he dicho?

—Sí, pero ya está muerta. ¿Qué prisa tienes? Mañana coges un autobús y llegas. En cambio mi madre está viva, esperando. Le di mi palabra.

Un segundo. Dos. Tres.

—¿Hablas en serio?

—Completamente. A mi madre no la fallo.

Pilar entró en el salón. Se plantó justo delante de la televisión, de modo que Daniel no podía esquivarla con la mirada. Tuvo que levantar los ojos.

—Te voy a pedir una cosa una sola vez. Una. Piensa en lo que acabas de decir. Y responde de nuevo.

—Pilar, no montes un escándalo. Ya te lo he explicado. Mi madre espera, yo prometí. Con tu entierro no va a pasar nada en una noche.

—Con mi entierro —repitió ella despacio.

—Bueno, con el entierro. Ya me entiendes. Vas mañana. Lo organizan todo sin ti, allí está tu tía, los vecinos.

Pilar se inclinó un poco más.

—¿Entiendes que es la última vez que te pido algo? Ni la segunda, ni la tercera. La última.

—Dios mío, Pilar. Siempre haces una montaña de un grano de arena. ¡Un día! Esperas un día. No se va a hundir nada. Mi madre me pidió que la llevara, pues voy. Punto.

—Mi madre ha muerto, Daniel. Y la tuya se va de visita a tomar té.

—No tergiverses. Llevaba tiempo planeándolo, Celia la espera. Le di mi palabra. ¿Quieres que la incumpla?

—Quiero que recuerdes con quién vives. Y lo que este día significa para mí.

—Lo recuerdo. Pero el orden es el orden. Los vivos son más importantes.

Pilar se irguió. Lo miró como si estuviera grabándose la cara. Sin odio. Con algo definitivo.

—De acuerdo —dijo.

Ese «de acuerdo» sonó plano. Sin rencor. Sin desgarro. Sin temblor. Daniel no le hizo caso; ya estiraba la mano hacia el mando.

*

Pilar salió al pasillo. Abrió el cajón superior del armario, ese que Daniel no había abierto ni una vez en siete años. Sacó una carpeta gorda con cierre: su DNI, la escritura de propiedad del piso, la documentación del coche, los papeles del banco. Todo a su nombre. Lo metió en el bolso.

Descolgó los dos juegos de llaves del coche del perchero. Se puso la chaqueta. Se calzó.

—¿Adónde vas? —gritó Daniel desde el salón.

—A despedirme de mi madre.

—¿En qué? ¡Te he dicho que el coche lo necesito yo!

Pilar abrió la puerta de entrada. Daniel ya estaba en el pasillo, descalzo, con el mando en la mano, con esa expresión ridícula de dueño ofendido.

—El coche está a mi nombre. Siempre lo estuvo. El piso también. Cuando vuelva, la cerradura será otra. Tus cosas las dejaré junto a la puerta. Recógelas tú o las saco a la basura.

—¿Qué dices?

—No digo nada. Hablo claro y una sola vez.

—Pilar, para. ¡Para! No puedes simplemente…

—Daniel. Mi madre ha muerto. Y tú me has explicado que necesitas más el coche para llevar a la tuya a merendar. Eso es todo lo que necesitaba oír. Entre nosotros ya no hay nada. Recoge tus cosas.

La puerta se cerró. La cerradura giró. Abajo, la puerta del portal golpeó. Al minuto, él la vio desde la ventana: se sentaba al volante, tranquila, sin nervios, sin mirar atrás. Arrancó el motor. Salió del patio. Ni siquiera levantó la vista.

Daniel se quedó en medio del pasillo. Marcó el número de ella: tonos largos, sin respuesta. Le escribió un mensaje: «Devuélveme el coche. ¿Te has vuelto loca?» Leído. Silencio. Otro: «Deja de hacer el tonto. Mi madre espera, tengo que irme». Leído. Silencio.

Veinte minutos después, llamó su madre.

—Daniel, ¿cuándo vienes a buscarme? Celia ya ha puesto la mesa.

—Ha pasado algo, mamá. Pilar se ha llevado el coche.

—¿Cómo que se lo ha llevado? ¡Si es vuestro coche!

—Jurídicamente… está a su nombre.

—¿Y qué? ¡Tú eres su marido! ¡Dile que lo devuelva!

—No coge el teléfono. Ya te llamo.

Se sentó en el sofá. Recorrió la casa con la mirada. Todo parecía igual: muebles, cortinas, estanterías. Pero Pilar había extraído de esa casa los documentos, las llaves y a ella misma. Tres cosas sobre las que se sostenía todo.

El teléfono sonó. Pilar. Lo cogió al instante.

—¡Pilar! Por fin. Escucha, dejemos…

—Cállate —dijo ella. Bajo y corto, como un chasquido. —Te lo digo una vez. El piso es mío. Me lo dejó mi abuela, los papeles están a mi nombre, lo sabes perfectamente. El coche lo compré antes de casarme. El dinero de la cuenta es mío; tú en siete años no has ahorrado ni un euro. En el bolsillo de tu chaqueta hay dos billetes de veinte euros: justo para un taxi de tu madre. Justo, pero alcanza.

—Pilar, espera…

—Hoy cambio la cerradura. Le pediré a la vecina Inés que deje pasar al cerrajero. Tus cosas las dejaré junto a la puerta. Estarán dos días. Después las tiro.

—No tienes derecho…

—Sí lo tengo. Cada papel, cada firma. Todo es mío. Tú en siete años no te molestaste ni en poner a tu nombre el hervidor.

—¡Es una bajeza!

—Bajeza es decirle a tu mujer que no hace falta que vaya a enterrar a su madre porque necesitas el coche para llevar a la tuya a merendar. Eso es una bajeza. Yo solo me llevo lo que es mío.

Silencio en el auricular, cuatro segundos.

—Pilar, me pasé. Fui un idiota, lo dije sin pensar. Hablemos tranquilos cuando vuelvas.

—A ti no vuelvo. Hemos terminado. No me llames más.

Tonos.

Daniel se quedó con el teléfono en la mano. Marcó otra vez: abonado no disponible. Otra vez: lo mismo. Ella lo había bloqueado.

Meteó la mano en el bolsillo de la chaqueta. Dos billetes arrugados de veinte euros. También eso lo había calculado ella: justo lo que costaba un taxi hasta casa de la tía Celia y volver. Ni un céntimo más.

La tarjeta estaba vacía, lo comprobó. En otras cuentas, cero. Nunca se había interesado. Con lo que Pilar le daba, le bastaba. El piso era de ella. El coche, de ella. El dinero, de ella. Había vivido siete años en casa ajena y nunca se había parado a pensarlo.

Su madre lo esperaba en la acera. Una figura menuda con abrigo verde, una bolsa de dulces para la hermana. El taxi paró, ella subió, recorrió el interior con la mirada.

—¿Taxi? ¿En serio? ¿Y el coche?

—Lo tiene Pilar.

—¡Pues recupéralo!

—Se ha ido con él. Para siempre.

La madre calló. Se quedó mirando el respaldo del asiento delantero.

—¿Cómo que para siempre?

—Eso. Se ha ido. Ha dicho que recoja mis cosas en dos días. Hoy cambia la cerradura.

—¿Por qué?

—Porque le dije que no fuera al entierro. Que el coche lo necesitaba yo.

La madre se giró hacia él. En los ojos no había arrepentimiento. Desconcierto. No entendía cómo un encargo de llevarla a casa de su hermana podía haberse convertido en una catástrofe.

—Menuda burrada has soltado, Daniel.

—No pensé que ella…

—¡Pues tenías que haber pensado! Que se le muere la madre, y tú le dices «ya esperarás». ¿En qué estabas pensando?

—¡Tú misma me pediste que te llevara!

—Te pedí que me llevaras. No te pedí que no dejases ir a tu mujer al entierro. ¡Eso lo inventaste tú solo!

El taxi atravesaba la ciudad. El taxímetro corría. Daniel miraba los números: crecían, y cada euro mordía sus últimos billetes. Cuando el coche paró frente a la casa de la tía Celia, el marcador marcaba dieciséis euros. La vuelta costaría otros tantos. Lo que quedaba era para comer. Quizás un día.

La madre bajó. Se volvió. La bolsa de dulces se arrugaba en sus manos.

—¿Y ahora adónde vas?

—A tu casa, si me dejas.

—Tengo una habitación y una cocina, Daniel. Una cama plegable en el trastero.

—Pues cama plegable.

Ella negó con la cabeza. Se fue hacia el portal. La puerta se cerró tras ella.

Daniel se quedó en la acera. En el bolsillo, treinta y cuatro euros en calderilla y billetes arrugados. En la tarjeta, vacío. A sus espaldas, una ciudad donde ya no poseía ni un metro cuadrado.

Sacó el móvil. Marcó el número de Pilar. Tonos largos. Luego la voz mecánica: «El abonado no está disponible».

Guardó el teléfono. Miró sus manos vacías. Como todo lo demás.

Y Pilar, mientras tanto, estaba de pie en medio de la habitación de su madre. La tía Gloria a la derecha, los vecinos detrás. Hacía lo que tenía que hacer. Despedirse. Porque para ella los muertos merecían tanto respeto como los vivos. Y mucho más que un marido que en siete años nunca supo al lado de quién vivía.

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Elena Gante
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—No irás al funeral de tu madre. Necesito el coche —dijo el marido. Vera se levantó, cogió el bolso y se fue. Para siempre.
La hija del director. Capítulo 3/3