Descubre tu destino. No te apresures. Cada cosa tiene su tiempo.

Celia guardaba, desde hacía años, una costumbre algo extraña. Cada víspera de Año Nuevo se dirigía a una adivina. Como vivía en la gran urbe de Madrid, hallarla no resultaba difícil.

El asunto era que Celia estaba sola. Por mucho que intentara entablar conversación con algún caballero noble, nada surgía. Resultó que los jóvenes de linaje había desaparecido hacía tiempo

¡Este año conocerás a tu destino! proclamó con solemnidad la ciega adivina, mirando el fulgor de un cristal.

¿Y dónde? ¿Dónde lo encontraré? preguntó Celia con impaciencia. Cada año me repiten lo mismo. Los años pasan y mi destino sigue sin aparecer.

Me han recomendado como la adivina más poderosa. Exijo que me digas el sitio exacto; si no, te daré publicidad negativa amenazó la joven.

La adivina entrecerró los ojos bajo la frente. Comprendiendo que tenía delante a una persona desquiciada que no se despegaría fácilmente, decidió no mentirle; de lo contrario Celia permanecería toda la tarde atrapada en la fila de los que esperaban conocer su suerte.

¡En el tren! dijo con los ojos cerrados. Lo veo ahora un alto rubio, muy apuesto, como sacado de un cuento

¡Qué bien! exclamó Celia, alegre. ¿En qué tren y cuándo?

¡Antes de Año Nuevo! siguió la adivina, risueña. Ve a la estación. Tu corazón te indicará la dirección del billete

¡Gracias! sonrió la feliz muchacha.

Celia salió del despacho de la adivina, tomó un taxi y se lanzó a la estación de Atocha. Al acercarse a la ventanilla de la taquilla su entusiasmo menguó un poco; miró el horario sin entender a dónde debía comprar el billete.

¡Por favor! la vocecita irritada del cajero sacó a Celia de su aturdimiento.

A Valencia el treinta de diciembre. Vagoneta con literas balbuceó Celia.

Ya se imaginaba sentada en una cómoda cabina, tomando té, cuando de pronto se abrirían las puertas y entraría él, su prometido

Al llegar a su casa, Celia empezó a empaquetar apresuradamente lo imprescindible, pues su tren partía ya al anochecer.

No pensó en las consecuencias del viaje, ni en lo que haría la Nochevieja en una ciudad ajena; solo deseaba que la profecía de la adivina se cumpliera cuanto antes.

Era terrible sentirse inútil, sobre todo en los días festivos. Todos los demás se reunían con sus familias, compraban regalos y compartían la cena de Nochevieja. Todos, menos ella

Horas más tarde, Celia estaba en su compartimento con una taza de té, tal como la había imaginado. Solo faltaba esperar a que el príncipe cruzara el umbral.

¡Buenos días! saludó una anciana, lanzando una enorme maleta al compartimento. ¿Hay otro asiento libre?

Ah titubeó Celia, señalando la repisa frente a ella. ¿No se habrá equivocado? ¿Este es realmente su vagón?

No, querida, no me equivoco sonrió la anciana, acomodándose en la repisa vacía.

Disculpe, permítame pasar balbuceó Celia, dándose cuenta de la gran tontería que había cometido. ¡Déjeme salir! ¡Cambio de planes!

Espere, primero guardo mi equipaje respondió la anciana, sin comprender lo que sucedía.

Y ya el tren parte suspiró pesadamente Celia. ¿Y ahora qué?

¿Por qué quiere bajarse ahora? ¿Se le ha olvidado algo? preguntó la mujer.

Celia hizo caso omiso de la pregunta y volvió la vista a la ventana. Sabía que la anciana no tenía culpa; ella misma se había traído los problemas.

Mientras tanto, Rosario Álvarez, una mujer de aspecto afable, sacó de su bolsa unos dulces de masa caseros y los ofreció a su compañera de viaje.

Voy a visitar a mi hija explicó a Celia. Ahora me apresuro a volver a casa; mi hijo y su prometida llegarán. Celebraremos el Año Nuevo todos juntos.

Qué suerte Yo quizá celebre el Año Nuevo aquí, en la estación comentó Celia con melancolía.

Al final, Celia contó toda la verdad a la anciana, sin reservas.

¡Qué tonta eres! ¿Por qué correr tras estos charlatanes? reprendió la anciana. Encontrarás tu destino, pero no hay que apresurarse. Cada cosa a su tiempo

Al día siguiente, Celia bajó del tren en una ciudad que jamás había visto. Ayudó amablemente a la anciana a bajar del vagón y se quedó sin saber qué hacer después.

¡Gracias, Celia! ¡Feliz Año Nuevo! le dio las gracias Rosario.

¡Igualmente! respondió Celia, triste.

La mujer la miró sin saber cómo animar a la desdichada; entendía que pasar la Nochevieja en una estación no era el mejor comienzo de año.

Celia, ¿por qué no vienes a mi casa? propuso de repente. Decoraremos el árbol, pondremos la mesa festiva

¿Usted? Me resulta incómodo vaciló Celia.

¿Y sentarse en la estación, no es cómodo? sonrió la anciana. Vamos, no hay discusión.

Celia aceptó la invitación; Rosario tenía razón. Afuera ya había una nevada que hacía inútil deambular por la estación.

Santiago y Lucía ya están en casa comentó la mujer, sonriendo.

Santiago, al ver por la ventana a su madre llegar en taxi, se apresuró a ayudarla a bajar el equipaje pesado.

¡Santiago, cariño! No vengo sola, traigo una invitada. Es la hija de una amiga de la infancia, Celia le guiñó la mujer.

¡Maravilloso! exclamó él. Por favor, pase, Celia.

Celia miró al alto y guapo rubio y se sonrojó. Era exactamente la imagen que había imaginado en el tren. El destino, parece, le jugaba otra broma.

¿Y dónde está Lucía? preguntó la madre.

Mamá, Lucía no está y nunca volverá. No quiero hablar de eso. ¿De acuerdo? respondió Santiago, frunciendo el ceño.

De acuerdo se quedó sin palabras la mujer.

Esa noche todos se sentaron alrededor de la mesa y despidieron el año viejo.

Celia, ¿te quedas mucho tiempo? sonrió Santiago, sirviéndole una ensalada.

No. Saldré por la mañana dijo la joven con cierta tristeza.

No le apetecía marcharse tan pronto de aquella casa tan acogedora. Celia sentía que había conocido a Rosario y a Santiago de toda la vida.

¿No ves por qué apresurarte? protestó la anciana. Quédate un poco más.

En serio, Celia, quédate. Tenemos una pista de hielo estupenda; mañana por la tarde podemos ir. No te vayas tan rápido le pidió Santiago.

Me convencéis sonrió Celia. Con gusto me quedaré.

El siguiente Año Nuevo lo celebraron los cuatro: Rosario Álvarez, Santiago, Celia y el pequeño Arturo

¿Creéis vosotros en los milagros de Nochevieja?

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Elena Gante
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