12 de marzo
A veces siento que la vida misma se articula en ciclos de lealtad y pérdida, y hoy he vuelto a pensar en todo ello. Esta tarde me sorprendí discutiendo con Jorge, y fue definitivo. Él, con esa manía suya de querer ordenar todo según su lógica, acaba de exigirme lo imposible: deshacerme de mis gatas.
” Lara, esas gatas han estado aquí mucho antes de que tú y yo nos conociéramos. ¿Por qué habría de buscarles otro sitio ahora? respondí, con la voz tan fría que hasta a mí misma me asustó. Lo que me pides se llama traición”
Mi hogar está en una ciudad pequeña de Castilla, rodeada de parques y calles donde en primavera todo huele a azahar y a tierra húmeda. No concibo vivir lejos de esas aceras de piedra y los bancos bajo los tilos, ni de los rosales que plantó mi tía Pilar en nuestro patio. A veces el lugar tan apacible que me rodea me invita a pensar, a reconsiderar lo importante, lo esencial.
Hace ya muchos años que mamá se fue, apenas tenía uso de razón. Así que fue mi tía Pilar quien me crio, la hermana de mi madre. Nunca se casó una mujer discreta, de paso pesado y mirada dulce, quizá nadie supo verla de verdad. Toda la ternura que tenía reservada la volcó en mí. Yo la quería con locura, le decía mamá Pilar. Y ella reía siempre, como si así fuese.
¡Mamá Piru, ya estoy en casa! gritaba al volver del colegio, de las tardes de juegos o, más tarde, después de la Universidad.
Hija, cariño mío, ¿cómo te ha ido? respondía ella desde la cocina con su voz templada.
Aprendí a leer muy pronto porque mamá Pilar me leía en voz alta, sobre todo animales y pájaros. Cada atardecer al calor del brasero compartíamos aquellas páginas que se hicieron tradición y refugio.
Tendría yo unos doce años cuando trajeron a casa a la primera gatita. Recuerdo ese día, empapada de lluvia y compasión, con un minino maullando entre mis manos.
Mamá Piru, mira cómo llora, pobrecita Nadie la quiere mi voz era puro temblor.
Trae, hija, vamos a cuidarla juntas , me abrazó.
Así llegó Alba. Después, fue mi tía quien trajo otra gatita de la biblioteca donde trabajaba.
¡No te imaginas, Lara! Alguien dejó una caja entera bajo la puerta, repleta de cachorros. Mis compañeras y yo los repartimos, no podía dejarla allí.
¡Ahora tengo dos gatas! ¡Qué suerte la mía, mamá Piru!
Las acogí a las dos como si fueran hermanas. Alba observó a la recién llegada, le olisqueó el lomo, la cogió con los dientes y la subió delicadamente al sofá. La lamió entera, como si quisiera darle la bienvenida al mundo.
Los años pasaron veloces. Pronto fui yo la que tomaba la responsabilidad: limpieza, compras, medicamentos, largas tardes acompañando a mamá Pilar al ambulatorio. Éramos dos solas en ese piso, pero charlábamos de literatura, de cine y de la vida hasta la madrugada.
Y luego apareció Jorge. Nos conocimos en una inauguración de una exposición de fotografía en Salamanca. Desde el principio aposté por la sinceridad.
Recuerdo aún la mirada de inquietud que le dedicó mamá Pilar. Intuyó que ese chico no era del todo transparente con sus intenciones, pero quería pensar que solo era preocupación de madre prestada.
Para ella, mi felicidad era lo primero, así que aceptó mi marcha cuando Jorge y yo alquilamos un piso juntos. Yo iba de visita cada semana, martes y sábados. Invitaba a Jorge, pero siempre encontraba alguna excusa.
Lara, es que están esas gatas Entiéndelo: los olores, los pelos, los comederos. No sé cómo podías vivir ahí.
Se le fruncía la nariz, y yo, siempre bromeando para no darle más importancia de la que tenía.
Jorge, si supieras la alegría que nos dan.
Mira, yo no le veo la gracia.
¡No sabes lo que te pierdes! Cuando corren detrás de las zapatillas o susurran tumbadas sobre el pecho, nada te da más paz.
Pues no las aguanto. Lo siento. Cuando vayas, prepara algo rico para cuando vengas Yo me quedo aquí. Tus cosas con tu tía, tus gatos, tus charlas Eso os lo dejo a vosotras , decía con fastidio.
Mamá Pilar fue debilitándose. Mi frecuencia de visitas se convirtió en una rutina casi diaria. Le propuse movernos a su piso para cuidarla, pero Jorge se negó. Yo estaba hecha trizas, intentando llegar a todo sin defraudar a nadie.
El olor dulce de la vejez y la enfermedad se hacía cada vez más persistente. Y yo sentía un miedo atroz a perderla.
Se apagó una madrugada, silenciosamente. Aquella noche me quedé con ella. Hablamos en susurros; luego, le leí y, antes de dormir, dejé encendida la lámpara.
Me despertó el canto de los gorriones en la ventana. Entré en su habitación de puntillas:
Mamá Piru , y el corazón se me rompió en mil.
Llamé a Jorge entre lágrimas.
Después del entierro, la casa se me hizo hueca. Había perdido al único refugio posible. Aquel día vi en el suelo del dormitorio un sobre junto a la cama. Dentro estaba la herencia del piso y una carta:
Mi querida Lara:
Sé cuánto te va a doler. Ya nadie podrá abrazarte ni besarte. Tu madre se fue cuando apenas eras una niña, tu padre nunca estuvo. Solo yo.
Pero hija, nunca olvides que te quise más que a nada en el mundo. Siempre, cuando la tristeza o la alegría te asalten, sabrás que sigo contigo.
Esta casa es tuya. Siempre lo fue, ahora también en los papeles. Nunca dejes de cuidar tu rincón, aunque sea antiguo, aunque le falte brillo.
Solo te pido una cosa más: cuida de mis viejitas. Alba y Lira ahora te necesitan tanto como tú a ellas.
Sé feliz. Te quiero.
Tu mamá Pilar
Leí y releí la carta entre mares de lágrimas, acariciando el pelaje de mis gatas, sintiéndolas familia, sintiéndome menos sola.
Tomé la decisión: debía mudarme al piso de mamá Pilar. Había que limpiarlo todo, darle nueva vida, y mimar a las gatas. Jorge se negó de plano.
Mejor cada uno por su lado un tiempo. No puedo con esas gatas y ese olor a abuela. Sus ojos, siempre claros, ahora se oscurecían.
Me dolía, pero el duelo dominaba cualquier pena nueva.
Con el tiempo, fui recomponiendo mi vida: juegos con mis gatas, lecturas, lavados, nuevos visillos. Jorge empezó a visitarme menos, la distancia nos fue suavizando la herida.
Hasta que un día, sonó el timbre.
¿Jorge? Adelante , le recibí con una sonrisa resignada.
¡Hola, Lara! ¡Cuánto te he echado de menos! Me abrazó y olfateó el aire. ¡Qué acogedor y cómo ha cambiado el olor! ¿Por fin te has deshecho de las gatas?
Me aparté con brusquedad.
¿Cómo que las he echado?
Sí, esas gatas de tu tía ¡El olor que tenían! Recuerdo lo mal que olía aquí
Entró al salón, donde Alba y Lira dormían plácidamente.
¿Siguen aquí?
Jorge, estas gatas vivían aquí mucho antes de ti , solté casi sin mirarle.
No seas cabezota. El piso es estupendo, se podría reformar, amueblar y sin gatas.
Se me acercó con inseguridad, pero aguanté su mirada.
Lo que pretendes se llama traición.
Lo tuyo no es lógica, es sentimentalismo. No digo que las eches a la calle, podemos buscarles una protectora. Si hace falta y aquí hizo un gesto pretendidamente generoso pago yo los gastos.
¿Darles dinero? No tienes ni idea, Jorge. No puedo deshacerme de ellas. Son mi familia tanto como yo lo soy para ellas.
No te compliques. Piensa en el futuro, en nuestros hijos, tu carrera El tiempo pasa, Lara. O empiezas conmigo, o yo me voy.
Su razonamiento era frío, casi paternalista. Creía que tenía las cartas ganadas. Pero yo ya no sentía miedo a perderle; sentía solo el peso insoportable de ese amor condicionado. ¿Cómo tener hijos con alguien que desprecia a quienes han sido salvación y refugio?
Jorge, lárgate. Necesito mi tiempo. Aún no supero la muerte de mi madre Pilar, y tú solo impones condiciones. Vete, por favor.
Me voy, sí, ¡pero piensa en lo que pierdes! No voy a estar detrás de ti, que lo sepas.
Se marchó dando un portazo que hizo temblar los vasos del mueble. Alba y Lira saltaron asustadas al sofá mientras yo, entre dolor y alivio, las abracé:
Mis niñas, mis tesoros No os abandonaré jamás. Vosotras sois mi familia, mi raíz.
A los pocos días, al volver del trabajo, me crucé con Jorge bajo casa. Miraba las ventanas con nostalgia, como esperando encontrar alguna rendija hacia el pasado.
Le hice una señal con la mano para que no se acercara, respiré hondo y crucé el portal.
No, Jorge, no. Yo me quedo con ellas alcancé a decirle mientras me desvanecía en la escalera.
Allí se selló lo que aún quedaba de nosotros.
Alba y Lira vivieron cuanto la vida les concedió. Cada día me recordaban a mamá Pilar. Y tuve claro, como el primer día: la familia no es solo sangre. Es quien te cuida, quien está sin pedir nada. Es amor sin condiciones, sin trueques y sin traiciones.
Porque donde hay lealtad y ternura, nunca falta calor ni hogar. Y sobre todo, donde hay un alma que te espera y te ronronea, siempre hay un refugio para la vida.







