No sé cuánto tiempo llevaba sentada en la cocina. El café llevaba horas ahí, con una película encima, y el reloj de la pared hacía un ruido de grillo. Por la ventana abierta entraba el olor a frijoles de la casa de doña Meche y los ladridos de Chato, el perro del vecino. La tele estaba apagada, pero yo oía la novela de las dos desde el otro lado de la calle. Todo igual que ayer. Solo que mamá no estaba.
Cuando llegó tía Rosa, no tocó el timbre. Abrió la reja con su mano sin anillo y entró como si la casa fuera suya. Llevaba un vestido azul planchado y las uñas rojas recién hechas. Yo la vi desde la mesa, con el sobre de la luz en la mano, un sobre que no pensaba abrir.
—Valentina, mija, ya estuviste de luto bastante —dijo mientras sacaba una silla y se sentaba frente a mí con la bolsa sobre las piernas—. Tu mamá era mi hermana, pero la casa tiene cuentas claras.
Yo no dije nada. Empecé a doblar una servilleta de papel, una, dos, tres veces, hasta que se rompió.
—Yo le presté a Lupe doce mil dólares en dos mil nueve —siguió, y puso encima de la mesa un papel amarillento doblado en cuatro—. Para el enganche de esta casa. Aquí está la firma. Notariada.
Miré el papel de reojo sin tocarlo. La firma de mamá se veía chiquita, como apretada contra el margen.
—No sabía nada de eso —le dije, y levanté la servilleta rota para tirarla.
—Porque Lupe no te quería preocupar. Pero yo no tengo por qué cargar con el silencio. Si no me pagas doce mil antes del viernes, meto papeles con un abogado. Y si no puedes pagar, vendemos la casa y me toca la mitad.
El ventilador del techo chirriaba en cada vuelta. Tía Rosa se echó el pelo para atrás y se levantó.
—Tienes hasta el viernes, mija.
Se fue sin cerrar la reja del todo. Chato ladró dos veces. Me quedé oyendo el zumbido del refrigerador. Luego subí las escaleras.
La puerta del cuarto de mamá estaba cerrada desde el entierro. No la había empujado ni una vez. Tenía el picaporte con un listón negro que le puso la señora de la funeraria. Ahora lo quité de un tirón y dejé que la puerta se fuera sola hasta la pared.
Olía a lavanda vieja y a polvo caliente. Sobre la cama seguía el colchón arrugado, con la cobija de tigres que mamá compró en el swap meet. La ventana cerrada. El buró con su vaso de agua seco. Abrí el clóset y empecé a sacar cajas. En la tercera, debajo de unas blusas de domingo, encontré una lata de galletas de mantequilla de las grandes.
La puse en la cama y quité la tapa. Dentro había un sobre blanco, gordo, y encima una foto mía, de niña, con un moño torcido. El sobre no decía nada por fuera. Lo abrí con el dedo.
Conté la plata dos veces. Cien billetes de a cien. Diez mil dólares. Y un papel doblado.
Lo leí con el ruido del clóset abierto detrás.
“Mija, si estás leyendo esto, ya pasó lo que no quería. Rosa va a venir. Siempre supe que iba a venir. Le pagué dos mil quinientos dólares en dos mil once, pero no le di el recibo. No la culpes, ella es así, pero esta casa es tuya. Aquí tienes diez mil para lo que falta. No la vendas. Aquí fuimos felices las dos. Te debo la verdad. Perdóname. Mamá.”
Me senté en la cama con la cobija de tigres enrollada entre los brazos. No lloré. Volví a contar los billetes. Diez mil. Faltaban dos mil para tapar los doce que pedía Rosa. Si le decía lo de los dos mil quinientos, se iba a reír. Diría que no hay recibo, que no hay prueba.
Cerré la lata y bajé. El carro de mamá estaba estacionado afuera, un Honda Civic dos mil doce, gris, con una calcomanía de la Virgen gastada por el sol. Hacía meses que no lo movía. Saqué el título del cajón del teléfono y lo puse en el asiento.
Conseguí comprador en el lote de autos usados de la avenida Militar. Me dieron mil quinientos por el carro, y me lo cobraron barato, pero no tenía tiempo para publicarlo en internet. El tipo me contó los billetes en la mano, sin mirarme casi, y yo firmé el título. Me fui caminando. El sol caía en la espalda y la banqueta despedía calor. En la esquina, la señora de los tamales me ofreció uno de rajas. Le dije que no con la garganta seca.
El viernes por la mañana, tía Rosa llegó antes de la hora. Traía un abogado detrás, un hombre flaco con un portafolio de piel. Yo los esperaba en la sala, con la lámpara apagada y las cortinas corridas. En la mesa de centro había dos cosas: la lata de galletas y una hoja de papel escrita a mano con pluma negra.
—Siéntense —les dije, y empujé una silla con el pie.
Tía Rosa miró la lata como si oliera algo podrido. El abogado puso el portafolio sobre las piernas.
—Valentina, esto no es contra ti —dijo Rosa, alisando el vestido—. Es que ya me cansé de esperar.
Saqué los billetes de la lata. Los puse en dos montoncitos encima de la mesa, junto a la hoja. Doce mil dólares. Todo lo que me quedaba.
—¿Qué es eso? —preguntó ella, y se inclinó hacia delante con las uñas en la mesa.
—Tu dinero —dije—. Y esta hoja es para que firmes que lo recibiste. Que con esto queda saldado todo y que no tienes nada que reclamar sobre la casa.
El abogado estiró el cuello para leer la hoja. Tía Rosa lo quedó viendo a él, luego a mí.
—Esto es un insulto —dijo.
—Es un recibo —le contesté—. Como el que mamá no te pidió cuando te pagó los dos mil quinientos.
Ella se quedó callada un segundo. El abogado se movió en el sofá, incómodo. Yo tomé la hoja y la puse enfrente de ella, sobre los billetes.
—Tú firmas, te llevas los doce mil, y esta casa se queda conmigo. O no firmas, y voy a buscar yo a un abogado. Y le cuento lo del dos mil once, y lo del dinero en efectivo que nunca declaraste.
No alzó la voz. Agarró el bolígrafo que yo le pasé y firmó en la línea de abajo, con fuerza, como si rayara la madera. Luego recogió los billetes y los metió en su bolsa. Ni los contó. El abogado se levantó y le abrió la puerta, y los dos salieron sin despedirse.
Oí el motor de su carro alejarse por la calle. Me quedé un rato parada junto a la mesa, con la hoja firmada en la mano. La leí dos veces. Decía lo que tenía que decir.
Después subí al cuarto de mamá. Abrí la ventana. La luz entró de golpe y se notó todo el polvo flotando. Agarré la cobija de tigres y la sacudí afuera, vi cómo se soltaba el polvo en el aire caliente. Luego puse la lata de galletas en el buró, con la foto adentro y la hoja firmada doblada debajo.
Bajé a la cocina, tiré el café viejo al fregadero y agarré el sobre de la luz. Lo abrí con una muela. Le puse un clip a la factura y la colgué en el corcho de la pared, junto al calendario. El calendario seguía en septiembre, en el día que mamá marcó con un círculo rojo. Lo pasé a octubre. Agarré el plumón y le puse una palomita al día de hoy.
Afuera ladró Chato. Yo abrí el refrigerador y saqué una manzana. Le di una mordida y masticé despacio, parada ahí, oyendo el zumbido viejo del motor, mientras por la ventana entraba la música de la novela de las dos.






