¡Clara, ¿estás lista? ¡Voy a llegar tarde al instituto! Marina sacudió la última camisa de Diego y la colgó en la cuerda del balcón. Aunque sin acristalar y con la pintura de las paredes ya descascarillada, era su rincón favorito de toda la casa.
Me acerqué a la barandilla y, como tantas veces, me quedé quieto un instante. Desde el séptimo piso, la vista sobre el Manzanares y los barrios al amanecer era impresionante, todo bañado por el sol radiante y fresco de la primavera madrileña. Entrecerré los ojos, rodeé la barandilla metálica con los dedos finos y respiré hondo. ¡Esto es la vida, joder! Brillante, llena de futuro, el tipo de claridad que hasta te hace doler los ojos. ¡Toda una promesa! Si consigo sacar tiempo, todo saldrá a mi manera, seguro.
Una nube cruzó fugaz y escondió el sol por un instante. Me estremecí y despabilé. Todo volvió a ser nítido y rutinario. Como siempre: primero los sueños y luego zas la realidad. Aunque… ¿no decía Teresa aquello de que la realidad la construye cada uno? Que depende solo de nosotros. Puede ser. Tenía razón, supongo, siempre fue una mujer espabilada. Se licenció en la Complutense y siempre me repite que puedo entrar en la universidad si quiero. Otra cosa es querer de verdad… Suspiré. Querer no basta. Hay que pensar bien las cosas; ahora mismo, papá no da abasto solo con los pequeños y el dinero no llega ni para gastos básicos. Así que me toca elegir: universidad o trabajo. Y elegir, lo que se dice elegir, solo hay una opción: currar y apoyar a papá.
Miré el pequeño reloj de pulsera que mi padre me regaló en segundo de la ESO y di un brinco. ¡Vamos a llegar tarde! Cogí el barreño vacío y empujé la puerta del balcón.
Clara dormía, con la mano pequeña bajo la mejilla y un rizo rubio cayéndole graciosamente por la almohada. Me quedé un momento embobado. ¡Qué bonita es! Pestañas larguísimas y esa carita redonda… Da su guerra con los rizos, pero ni loca le corto el pelo; hay que cuidar la belleza, como hacía mamá. Fruncí el ceño. No me gusta recordar a mi madre. Hay cosas que jamás perdonaría a nadie, y la traición es una de ellas. Y mamá nos traicionó; se fue dejándonos solos, y Clara entonces ni la recuerda ya. Decía mamá y se refería a mí, y eso nos hacía blanco de miradas extrañas en el parque. Sonreí al recordar el escándalo la primera vez.
Nos mudamos a este piso después de que la abuela muriera y el piso grande quedara para papá. En el anterior, dos habitaciones apenas, ya no cabíamos.
Mi abuela era dura y distante, catedrática de Filología, nunca hizo amistad con los vecinos, a todos miraba por encima del hombro. De niño no entendía el porqué, luego empecé a evitar sus visitas. Iba solo porque tocaba ayudar, y aguantaba callado todos sus comentarios.
Eres igualita a tu madre. Dudo que salgas bien, a no ser que aparezcan nuestros genes. ¡Con tu padre no contamos; la naturaleza hizo una pausa ahí! Solo los estudios te salvarán. ¡Aprende y no acabes como tu madre!
Yo aguantaba en silencio. ¿Qué voy a decir? Ella no toleraba réplicas. Cuando mi abuela se quejaba de mí, papá no me echaba bronca, pero al ver cómo se encerraba en sí mismo todo el día, entendía que ese era el peor castigo posible. Prefería no responder, acabar la faena y salir pitando. Solo un día le grité.
Tus hermanos seguro que no son de mi hijo. Yo no tengo nada que ver con esos bastardos. ¡Prohibido mencionarlos en mi casa! ¿Me has entendido?
¡Pues tampoco me verás a mí más! Cerré los puños mirando a la abuela.
¿Cómo dices? Me miró incrédula. Estuve a punto de romper su colección de figuritas de porcelana, que tanto odiaba; ¡horas para limpiarlas bajo su vigilancia! Prohibía traer a los pequeños por ese motivo: el valor de la porcelana. Los niños, decía, no eran sus nietos…
¡No vuelvo! Salí echando humo.
En casa llegué en minutos. Clara jugaba en el corralito y, aún quitándome solo las botas en la entrada, la abracé fuerte.
Tú eres mía, y Diego también. ¡Los tres somos familia, le pese a quien le pese!
Papá apareció desde el baño, donde lavaba ropa infantil, mirándome sin comprender. Clara tocó mis mejillas húmedas y, al notar mis lágrimas, empezó a llorar más fuerte que yo. Diego dejó los deberes y vino:
¿Qué os pasa?
No lo sé.
Mujeres… Diego nos abrazó a las dos. ¡Hale, vamos a cenar! Papá y yo hemos hecho macarrones.
Al cabo de una hora, sonó el teléfono. Dejé el plato en el fregadero y apagué el grifo. Desde el salón, papá pasó de la sorpresa al enfado, hasta acabar hablando con voz dura. Me senté en la cocina, acurrucado en la silla, esperando la tormenta…
Pero no hubo nada. Papá me dio un abrazo y beso en la frente:
No tienes que volver a casa de la abuela.
¿Por qué?
Nadie tiene derecho a humillarte, ni siquiera la familia.
Suspiré, por fin tranquilo. Se había terminado el suplicio y el reproche constante. Ahora podría centrarme en mis cosas y cuidar de los pequeños.
La abuela falleció al año y medio. Los dos últimos meses volvió a haber contacto, porque fui con papá al hospital. En esa viejecita seca y débil no reconocí a mi abuela. Solo seguía igual su forma de hablar. Viendo cómo trataba a las enfermeras, apreté la mano de mi padre.
Me quedo.
Hijo…
Es lo que toca.
Para las enfermeras fue un respiro tener un mediador. Como yo tenía clase de tarde, llegaba siempre en el pase de mañana. Notando mi presencia, mi abuela moderaba el tono y ellas trabajaban mejor.
Eres un chico admirable, me dijo la jefa de enfermería. Y tu abuela… no le guardes rencor. Si alguien tiene una pobreza de corazón, tampoco es feliz. Se irá sin haberse comprendido a sí misma.
El último día estuvo extrañamente tranquila. Miraba el cielo gris madrileño tras el ventanal. Cuando recogí la libreta y el bolígrafo, se despidió:
Espera… Perdóname, hijo, por todo… Una vida malgastada… Cuidaos de tu padre…
Asentí en silencio y ya en la puerta, me giré para darle un beso en la mejilla.
Descansa, vuelvo por la tarde.
Vi cómo escondía la cara tras la sábana cuando me fui. Para llegar a clase, tenía el tiempo justísimo.
Ese día murió. Me limité a escuchar la noticia de mi padre, y me encerré con los pequeños en la habitación. Para mí fue un problema, pero para mi padre… él sí perdió a su madre. Sabía que pasaría horas sentado en la cocina, callado, y por la mañana prepararía el desayuno intentando que no notáramos el duelo.
La mudanza fue complicada. Clara cayó enferma, Diego empezó a rebelarse, papá desbordado entre trabajo y casa. Yo empaquetaba nuestras cosas pidiendo, sin saber a quién, que en esta nueva casa nos fuera de otra manera. Sentía que alguien escuchaba las súplicas silenciosas.
De pronto, cada uno tenía su espacio en el piso de la abuela y nos dispersamos por las habitaciones, extrañando estar juntos. Luego Clara llevó su cama a mi cuarto, porque dormía mal y siempre venía conmigo. Diego se adueñaba de la cocina, donde yo también pasaba muchas horas. Compartíamos la mesa: libros, deberes, y tareas diarias.
¡Échale sal a las patatas!, resolvía mi problema de física mientras.
¡El caldo hierve, ¿ahora qué hago?!
¡Voy!, dejaba el boli para trocear verduras.
A mí no me salen los números negativos… Marina, ¿me ayudas?
Clara coloreaba en silencio sus dibujos, imitándonos a los mayores.
Aquellos meses eran duros. Papá pasaba el día fuera y los críos recaían sobre mis hombros. Si con Diego aún podía razonar, Clara era imprevisible. La guardería ayudaba, sí, pero enfermaba a menudo y yo faltaba al instituto. Fue así hasta que apareció Teresa.
Nos conocimos casi por accidente, en la primera semana tras la mudanza, cuando bajé al parque con Clara. El día era cálido y el parque estaba a tope, madres, abuelas y alguna niñera abundaban, todas cotillas. Clara quería columpiarse pero había cola.
¡Mamá! gritó, y las mujeres se miraron unas a otras.
¿Mamá esa chiquilla?, ¿cuántos años tendrá? ¡Vergonzoso…!
Al momento, surgieron las típicas bienpensantes y montaron su tribunal particular.
Clara lloraba por el columpio y yo sin saber cómo llevármela lejos de aquel circo.
¿Pero qué pasa aquí?
Dudé, por un momento su voz me recordó a la abuela. El timbre de acero la hizo callar a todas en seco.
¡Teresa! ¡Hola!
Una mujer joven, bien vestida, cogió a su hijo y vino hacia nosotras.
¡Menos mal que llegas! Esta es la nueva vecina. El cotarro no parece haberle gustado.
Fingiendo risa y mirando de reojo a las demás, recogió las cosas y se sentó.
¿Pero cuál es el problema? preguntó Teresa.
Una señora mayor, la más ruidosa, se cruzó de brazos.
Mira, Teresa, esta chica ha parido siendo casi una niña. ¡Y tú, que sabes de leyes, ¿esto se permite?! ¿No habría que quitarle a la niña por irresponsable? ¿Cómo va a criar un chaval a otro? Lo lógico es que el Estado se haga cargo… Y ella, ¡a estudiar!
¿Eso es todo? Teresa se giró seria.
La mujer refunfuñó algo y, tirando de la mano de su nieta, se fue.
¡Se acabó la función! dijo Teresa encogiéndose de hombros . Para otra vez, mejor preguntad primero. Y tú, ¿la pequeña es tu hermana?
Sí.
¿Dudas?
Las mujeres comenzaron a irse poco a poco.
¿Cómo te llamas?
Marina. Ella, Clara.
Ya sabes mi nombre, sin formalismos, por favor.
¿Te llamo Teresa sin más, entonces?
¡Ni de broma tía Teresa! Aún soy joven, ¿no ves? Y reímos.
Poco después, Teresa se volvió mi amiga. Dirán que qué amistad puede surgir entre una adolescente y una mujer de treinta, pero el destino es así. Era abogada de familia, todos la respetaban en el barrio. Acabó por ayudarme con cortinas delicadas y secretos más delicados aún.
Ay niña, si supieras la de cosas que sé de aquí, reía mientras desmontábamos la barra . Y aún así, mejor mantener la discreción. Por eso algunos me temen: en este país todos quieren parecer ejemplares.
Y yo sí, lo entendía. Por eso papá no dudó en mudarse, para que nadie nos recordara por qué mamá se marchó…
Teresa fue la primera a quien le conté lo de mamá. Yo nunca hablaba de mis penas, pero al final revientas. ¿Y si mi abuela tenía razón? ¿Y si yo acabo igual?
Un día me pidió alimentar al gato.
Tengo juicio largo y luego médico y cita. ¿Le puedes dar pienso? Si no, la va a montar.
¡Solo es un gato! reí.
No conoces a Federico… Si se ofende, me despierta toda la noche dando zarpazos.
¿Y si lo encierro?
Me enseñó lo que pasaba si cerrabas la puerta: rascó hasta que tembló.
Es él el dueño de la casa, no yo.
Me explicó dónde estaba el pienso y corrió a sus cosas.
Volví tarde porque Clara tardó en prepararse y Diego pidió ayuda. Cuando llegué, pasaban de las ocho.
Perdona, Federico, lo siento. Serví la comida.
Teresa entró extenuada, tiró el bolso y se sentó a mi lado. De pronto, se echó a llorar. Me impactó; una mujer siempre fuerte, rota de repente… Me senté a su lado y la abracé.
Perdona, hijo… Día de mierda y ya no tengo a quién contarle mis cosas. Mi madre murió, y después yo sola.
¿Y yo?, le sonreí.
Me acarició el pelo.
¡Qué envidia esos rizos! Todas queremos lo que no tenemos… Yo siempre quise rizos… y un hijo.
Lloró aún más.
Para los rizos hay remedio, pero… ¿un hijo?
Insistí, porque ella también se había abierto a mí.
Secó lágrimas y sacó unos papeles transparentes.
Esto es mi condena, Marina. Nunca podré tener hijos y fue culpa mía. Hay errores que cuestan demasiado.
Se quedó embarazada enseguida de su marido, Mario, al poco de intentarlo. Se conocían de toda la vida, las familias amigas, ni dudas ni preguntas: juntos. Esperaban al niño pero aplazaban siempre todo el ascenso, el piso. La noticia les cogió a traspiés. Y un viaje pendiente a Cádiz. Consultó al médico y decidieron ir, tomando mil precauciones. No previeron ese motorista distraído. Teresa perdió el bebé.
Mario sufrió. Ella se hundió en su dolor y lo arrastró todo. Cuando salieron del hospital ya nada era igual y se separaron al poco tiempo. Luego, tras casi un año, se cruzaron por casualidad y bueno, con los años entendieron que el lazo era otro. Mario le propuso volver a casarse, pero ella pidió pensar. Esas cosas cambian.
Ya lo pensé… ¿Cómo voy a hacerle eso? Siempre soñó con un hijo.
¿Y no puede haber error? ¿De verdad no hay esperanza? pregunté tocando el plástico.
Dicen los médicos que no.
Pero los médicos se equivocan. Incluso aunque sea difícil, inténtalo, mujer. Y si no sale, ya habrá tiempo de llorar después.
Me abrazó.
Gracias, Marina. ¿Cómo puedes ser tan… sensato con lo joven que eres?
Por los maestros que he tenido, dije acercándome a la tetera.
Ahora cuéntame tú. Nunca dices nada de tu madre. Tú, ¿dónde está tu madre? Ya ves, confidencias llamadas a buscar confidencias.”
Y así, después de todo, aprendí que no se elige la familia, pero sí la manera de cuidar lo que es realmente nuestro. Con Teresa y mi padre a mi lado, comprendí que no somos quienes fueron antes que nosotros: nuestro valor aquí, en mi Madrid de toda la vida se mide por cómo nos cuidamos los unos a los otros, aunque haya que aprenderlo a base de equivocarnos.






