UNA VIDA SORPRENDENTE

UNA VIDA SORPRENDENTE

En la boda de mi querida amiga Eugenia lo celebramos por todo lo grande: dos días de fiesta, con buena comida, vino y alegría. El novio, Santiago, era más guapo que un galán de cine y sorprendentemente humilde para lo apuesto que era. Todos los invitados, en secreto, no dejábamos de mirarlo: ojos azul cielo, unas pestañas largas y densas impropias de un hombre (¿Por qué la naturaleza le otorga esas cosas a los hombres, por Dios?), mentón marcado, nariz griega y una piel de terciopelo con un ligero matiz oliváceo. Y para rematar: casi dos metros de altura y unos hombros que parecían haber salido de una escultura clásica. Si no fuese porque queríamos mucho a Eugenia, habríamos acabado peleándonos entre nosotras en plena mesa del banquete por semejante ejemplar. Santiago era una belleza, qué duda cabe.

Bueno, bueno, ¡vaya churri te has agenciado! no tardamos en abalanzarnos sobre Eugenia con risas. Y todas hacíamos esfuerzos por poner cara de pobrecitas, como de resignadas y solteronas, por si entre los parientes de Santiago había alguna otra joya parecida.

¡Chicas, qué vais a pensar! Yo me enamoré de Santiago por su sencillez. Él es de un pueblito, criado por su abuela, sabe llevar una casa, es muy apañado. Lo conocí porque mis padres compraron una casa rural en su pueblo, así por casualidad. Es atento, bueno y de fiar. Vamos, que el chico sabe lo que es el trabajo. Un hombre de los de verdad. ¡Ay, y aún me costó lo mío convencerle para venirse a la ciudad! Fueron muchas noches de persuasión, os lo aseguro dijo Eugenia riéndose.

Santiago resultaba brillante tanto en el trabajo como con la familia política, e incluso con los amigos. En pocos años aprendió de todo: a distinguir vinos, buenos perfumes, opinar de política, arte y hasta de fútbol. Dejó atrás su acento de pueblo sin perder gracia. Conducía el coche cómodo que el suegro cedió a la pareja, y además consiguió un trabajo estupendo en la empresa familiar. Quién puso la vivienda fue casi un secreto a voces.

Fue en el segundo año de matrimonio cuando Santiago mostró una manía bastante particular: su debilidad por los calcetines blancos. Sólo se ponía calcetines blancos impolutos, tanto en casa como de visita, sin zapatillas, o incluso en botas de agua. Orgulloso, se paseaba por el suelo de la casa, por muy sucio que estuviese, siempre con ellos puestos.

A Eugenia no le hacía ni pizca de gracia esa afición, pero resignada fregaba el suelo dos veces al día y llenaba el cuarto de lejía y detergentes. Así, Santiago acabó recibiendo el apodo de Calcetín.

Que Santiago tenía una amante, Eugenia lo supo a los ocho meses de embarazo. Y resulta que su amante también tenía barriga casi del mismo tamaño. Calcetín fue expulsado de la casa, despedido, maldecido y llorado todo en el mismo día. Luego llegó ese otoño plomizo y pegajoso. Eugenia se pasaba los días tirada en su inmensa cama, mirando el techo con ojos secos y apagados:

Ya lloraré después. Ahora el niño lo notaría.

Eugenia, como una estatua, seguía postrada en su cama absurda, mientras nos turnábamos a su lado como centinelas, manteniéndole compañía en silencio.

Daba ganas de ponerse a llorar, de arrancar hojas del libro de la vida. Pero había que callar y esperar.

El día del alta del hospital armamos un buen jaleo: globos, brindis a escondidas con el personal sanitario, pidiendo escapar al sol por las calles de Madrid, deseando salud y felicidad a todo el mundo. El abuelo estaba que se salía: la víspera, emocionado hasta las lágrimas, prometió a las enfermeras limpiar cualquier desastre si le dejaban expresar su alegría. Cogió una tiza y escribió en letras enormes bajo la ventana de la habitación: ¡Gracias por mi nieto!, e incluso intentó cantar una jota, pero le paró el vigilante. El guardia tuvo el detalle de invitarle a repasar el repertorio en su garita, con una copita de coñac, sin molestar más.

Aquel día el abuelo estaba radiante, rejuvenecido, y yo juraría que hasta resplandecía. Lloró de felicidad y de orgullo, con esa lágrima contenida que emociona de verdad. Lloramos todos, abrazamos a Eugenia, asomándonos al sobre azul donde dormía el pequeño Ignacio, y todos fingiendo no hablar del perfil perfecto del padre. Hasta entonces, ni siquiera Eugenia derramó una lágrima de alegría:

Luego. Por si me corta la leche.

Eugenia permaneció en silencio otros dos meses. Hasta que un día se levantó, cogió valor y fue a buscar a Santiago. No llevaba cerillas ni ácido, pero sí un inmenso deseo de gritar, destrozar y llorar. De reprocharle todo, golpear las paredes con sus puños flacos, avergonzarle y liberar el sufrimiento acumulado, atada a esa cama. Iba con la idea de soltarle el dolor al traidor, al que le había robado la esperanza y su mundo con un hijo diminuto, donde pensaba verse con su marido, tejiendo calcetines para ambos y compartiendo paseos por el parque, con su hijo Ignacio de la mano, riendo, y Santiago cuidando de ellos.

Y además, Eugenia quería ver la cara de esa sinvergüenza que se acostaba con un hombre casado. Seguro que tenía unos ojos tan hermosos como insolentes. A esos ojos, pensaba, les escupiría. Decidido. Y, si hacía falta, también se los arañaría.

Averiguar la dirección fue fácil gracias a las veteranas cotillas del portal. Ellas, siempre bien informadas, detuvieron a Eugenia durante un paseo con el niño y le dieron un informe completo: que Santiago era un sinvergüenza, que la amante vivía en tal calle y que todo el barrio esperaba el merecido escarmiento. Eugenia sintió rabia y hasta estuvo a punto de largarse sin enterarse del portal, pero no pudo.

Y así, allí estaba ella, Eugenia, frente al portal de una antigua corrala del barrio de Lavapiés, con sólo un par de pisos por subir, y con todo el derecho a montar el escándalo.

En el primer piso pensó que, con su suerte, probablemente no habría nadie en casa y habría perdido el tiempo. En el segundo, llegó a desear incluso que fuese así. En el tercero, escuchó el llanto desesperado de un niño desde arriba.

Le abrió la puerta una chica flaquísima y destrozada, que en nada se parecía a la vampiresa que Eugenia había imaginado. Mientras ella observaba, la chica veinteañera sólo podía sorber mocos sentada en el suelo, convertido en rincón del desespero.

Hola, Eugenia. Santiago no está. Se fue hace dos semanas. Y no sé dónde está musitó ella y volvió a romper en llanto.

A Eugenia se le apagaron las ganas de armar follón. Lo que quiso fue ir a buscar al niño y calmarle el hambre. Y después, soltarle a la otra un: Si te gusta el dulce, aguanta el empacho, guapa. Sí, tenía que soltar alguna frase hiriente. Y mirarla con desprecio, porque no dejaba de ser la parte traicionada.

El pequeño estaba limpio. Ojos hinchados, una vena azul cruzando la frente, la voz rota. Lo que le pasaba era hambre. El bebé lloraba todo lo que podía y su madre, abatida, sólo podía llorar y lamentarse tumbada en el pasillo.

De cómo revolvió Eugenia los armarios de la cocina, buscando biberones y removió el frigorífico vacío se acuerda todavía sudando. De cómo encontró, encima de la mesa, un papel con la frase a medio escribir: Perdón por mi, se le quedó marcada como una quemadura.

La otra, Oksana, contaba entre sollozos que en unos días debía dejar el piso y no tenía familia, que Santiago había desaparecido igual que la leche y el dinero. Sentía vergüenza, no entendía cómo había acabado así. Pedía perdón y, si Eugenia quería pegarle, mejor todavía. Su hijo se llamaba Pablo, y pidió que no lo olvidara, sólo por si acaso. Pablo era nueve días mayor que Ignacio.

Eugenia salió corriendo de casa a toda prisa en veinte minutos Ignacio reclamaría el pecho. Correr, lo que es correr no fue fácil: llevaba a cuestas dos bolsas llenas de Oksana, y esta a su vez sujetaba al pequeño, ya alimentado y adormilado. Eugenia pensaba, corriendo, dónde meter dos camas más.

Tres años más tarde estábamos de boda con Oksana, y al cuarto, en la de Eugenia. El nuevo marido de Eugenia detesta los calcetines blancos, porque dice que la vida hay que colorearla, y adora a su mujer, a su hijo y a sus dos niñas. Oksana es madre de cuatro chicos, y su marido aún no pierde la esperanza de tener una hija.

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Elena Gante
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