Recuerdo hace años, cuando todo aquello pasó en Madrid, durante uno de esos otoños que parecen alargarse sin prisa. Carmen acababa de cerrar los últimos tarros de pisto cuando regresó Jesús de la oficina.
Ya estoy en casa anunció él mientras entraba en la cocina y se quedaba un instante petrificado. ¿Pero esto qué es?
¿Cómo que qué es? Es pisto, lo estoy preparando le respondió Carmen con una sonrisa, convencida de hacer algo que a él tanto le gustaba.
Te pregunto qué es todo esto insistió Jesús, abarcando la caótica escena con un gesto.
No entiendo, cariño, explícate se extrañó Carmen.
No hagas que no lo entiendes, sabes perfectamente a lo que me refiero contestó ya más irritado.
Y Carmen se quedó mirándole, sin comprender aún su enfado.
La cocina y el comedor
¿Carmen, has vuelto? ¡Cuánto me alegro de verte! le dijo Jesús con un leve atisbo de esperanza el día que ella apareció en casa.
No, he venido a recoger las cosas que me dejé. Ya te lo dije, lo nuestro se terminó respondió Carmen con la voz firme.
¿Cómo puede ser? ¡Si te quiero! No soporto la idea de separarnos. Te echo tanto de menos
Tan solo una semana antes había tenido lugar entre ellos una discusión feroz, de esas que no deberían darse jamás. Jesús había perdido los nervios.
Todo empezó aquel día cuando llegó a casa y encontró la cocina patas arriba, al menos a sus ojos. Carmen, afanada en cerrar los tarros de pisto, tenía las encimeras llenas de cuencos, platos, y botes. En la encimera una olla enorme manchada por restos de tomate rebelde y platillos con ajos, pimientos y más ingredientes esparcidos por doquier.
Carmen, tranquila, seguía cortando pimientos verdes sin alterar el ritmo.
Llevaban cuatro meses viviendo juntos. Para Jesús, que llevaba tiempo acostumbrado a vivir solo, fue un reto dejar la comodidad de su independencia para aventurarse de nuevo en el intento de formar una familia.
Cuando se conocieron los dos pasaban de los cuarenta. Carmen tenía una hija adulta que ya trabajaba. Jesús, de su primer matrimonio, apenas veía a su hijo de diez años, que vivía con su madre en otra ciudad, probablemente en Valencia.
Parecía que la vida les concedía una segunda oportunidad, de esas que poco se esperan, y que Carmen supo apreciar. Ella dejó su piso de alquiler y, tras la propuesta de Jesús, se mudó a su casa.
Carmen trataba de ser la compañera ideal. Pensaba que al fin había encontrado un hombre con el que quizá podría compartir años de tranquilidad e incluso envejecer juntos, aunque aún quedaba mucho.
Durante los primeros meses todo le parecía un sueño. Se volcaba en prepararle delicias culinarias, cada día inventando nuevas recetas aunque para ello tuviera que rebuscar energías de donde ya no quedaban. Sencillamente, pensaba que era amor verdadero.
Pasados los meses, Jesús empezó a mostrarse distinto. Volvía del trabajo irascible y quejoso, murmurando durante la cena por cualquier nimiedad que si la taza no estaba lavada enseguida, que si el suelo tenía una mota, que si la cama no estaba bien hecha.
¿De verdad importaban esos detalles? Pensaba Carmen. ¿Acaso era relevante cuando la casa permanecía limpia, la cena humeante esperaba sobre la mesa y el hogar rebosaba calor?
Ni siquiera Carmen, que también trabajaba, se lo explicaba. Ella llegaba antes y se las apañaba para que todo estuviera a punto.
Al principio no hacía caso de su malhumor, pero pronto empezó a afectarle. Guardaba silencio, creyendo que pasaría. Aun así, seguía con sus conservas, procurando terminarlas antes de que Jesús llegara, aprovechando cuando él pasaba fines de semana en casa de su hermana, ayudando a su cuñado con el coche.
Aquel día también pensaba que tardaría, pero Jesús regresó de improviso y la pilló con el guiso a medias y todo desordenado, cuando pronto no serían más que tarros alineados y cubiertos con una manta.
Carmen jamás entendió por qué le molestaba tanto el desorden. ¿Quién puede hacer conservas manteniendo un orden absoluto? ¡Imposible!
Jesús, en cuanto acabe lo recojo todo.
Sí, claro. Como si no te conociera ya. Acabas y ahí dejas todo exclamó.
¿Alguna vez he dejado desorden después de cocinar? ¿De dónde sale tanto malhumor?
Porque en casa hace un calor insoportable y el olor llega a toda la casa.
Pues ve al salón, ponte la tele y descansa propuso Carmen.
Tengo hambre. ¿Qué hay para cenar?
Ahora te caliento algo, solo dame un momento intentó ser paciente.
¿Que me vas a calentar, los macarrones con filete de ayer? Ya llevan tres días
Son solo unos días, no puedo hacerlo todo a la vez. El pisto tampoco se cocina solo. Fuiste tú quien lo pidió, ¿recuerdas? Hoy estoy agotada, he ido dos veces a la frutería cargando bolsas, yo también estoy sofocada, y encima tengo que escucharte.
No me levantes la voz se ofendió Jesús.
Eres tú quien me regaña. Yo intento tranquilizarte, basta ya.
¡Estoy harto de todo!
Ahí Carmen, por fin, explotó.
¿De qué exactamente? ¿De llegar a casa y tener siempre cena? ¿De dormir en sábanas limpias? ¿De que te reciba con una sonrisa, aunque a veces no lo merezcas? ¿O soy yo el problema, mi presencia en tu casa?
Sí, tú me cansas. Ni quiero tus cenas, ni lo demás, ni tu pisto.
Pues mira, tú también me cansas. Quejas y lamentos todo el día, eres un pesimista, y agotas. Dejas tus cosas tiradas y exiges orden. Ni recoges los platos, pero te enfadas si yo ensucio cocinando. Te pedí que me llevaras al mercado, y preferiste ir a ayudar a tu amigo. Eres tú quien me cansa alzó la voz Carmen.
Para entonces, Jesús ni soportaba críticas, ni el tono de Carmen, y cedió a la ira de la peor manera. Carmen se lo esperaba menos que nunca.
A punto estuvo de responder con igual energía, pero optó por no arriesgar, sabía que no podría.
Se acabó entre nosotros dijo y dejó la cocina.
Con manos temblorosas y el alma rota, Carmen fue guardando sus cosas en dos maletas, se puso unos vaqueros y salió del piso, sin que Jesús la detuviera o disculpara.
Aquella noche durmió en casa de una amiga, y al día siguiente buscó un piso por el barrio de Salamanca. Aquello supuso un dineral el alquiler, la gestoría, y comprar utensilios que faltaban en el nuevo hogar.
Jamás pensó en volver con Jesús, al menos durante los primeros días. Luego el alma empezó a pesarle, recordaba todo lo dicho y sentido. Ambos se habían pasado en la discusión.
Sabía que había cosas imperdonables, pero no por ello dolían menos.
Jesús ni llamó ni volvió a buscarla. Solo la noche de la partida le escribió un mensaje:
¿Y qué hago con tanto pisto?
Haz lo que quieras, me da igual contestó Carmen, todavía con rabia.
Claro que le daba pena su pisto, había invertido tiempo y euros en ello. En poco tiempo habría acabado, y sin embargo todo salió tan mal…
Carmen no quería admitirlo, pero esperaba, en el fondo, que Jesús recapacitara, pidiera perdón o al menos llamase. Pero esa llamada nunca llegó.
Pasó una semana. Carmen empezó a acostumbrarse a vivir sola de nuevo. Decidió que era el momento de recoger las cosas que faltaban y devolverle las llaves a Jesús.
Podía ir cuando él no estuviera, pero intuía que debía encontrarse con él para cerrar ese capítulo.
Le avisó media hora antes. Jesús la recibió en la puerta, con ojos vidriosos y gesto de tristeza. Pero ya era tarde para ablandar el corazón.
Sus palabras eran bonitas, su actitud no.
Si realmente me quisiera, pensaba Carmen, habría hecho algo más que guardar silencio.
No, no debía fiarse, quien lo hizo una vez lo haría otra.
Jesús, deja de engañarte y no me arrastres contigo. Si te hubiera importado, lo sabrías demostrar le dijo.
Perdóname, Carmen, no sé qué me sucedió. Llevo días arrepentido…
Pues aprende a vivir con ello. He venido solo por mis cosas.
Carmen pasó de largo, sacó las bolsas preparadas y recogió los pequeños objetos que le quedaban: su champú favorito, el té que él nunca tomaba, su taza rosa, un plaid de lana que le regaló su hermana, pequeños recuerdos de otro tiempo.
Fue metiendo todo en bolsas y apilándolas en el vestíbulo, lista para irse a su nueva vida.
Jesús no podía dejar de seguirla repitiendo sus disculpas, pero para ella, tras una semana de vacío, ya era suficiente.
Al dejar las bolsas listas, Carmen llamó a un taxi. Jesús trató de impedirle el paso.
No te vayas, ¡sin ti no sé vivir!
Conmigo tampoco sabías, Jesús dijo ella, tranquila, apartándolo suavemente para abrir la puerta.
Salió Carmen, y Jesús se quedó parado, incapaz de entender sus propios errores, pues nunca más volvieron a verse aunque antes se juraban amor eterno.
Mientras el taxi la dejaba en su nuevo hogar, Carmen miraba por la ventana. Era otoño, también en su corazón. De pronto recordó que esa era su estación favorita y que en dos semanas sería su cumpleaños.
Todo irá bien se susurró con una tímida sonrisa. Todo irá bien.







