No voy a perder su piso.
¿Pero a qué has venido?
Valentina estaba de pie en la puerta, sin apartarse. Tenía las manos apoyadas en el marco, como si no solo impidiera entrar en una habitación, sino en toda una vida.
Hola, Valentina Gutiérrez.
Te he preguntado para qué.
Marina no respondió enseguida. Se fijó en el felpudo, azul con borde blanco, que ella misma compró una vez en la boca del metro de Ópera. Todavía seguía ahí, desgastado pero no tirado.
¿Puedo pasar?
La pausa fue larga. Valentina no se movía. Pero al final apartó el cuerpo y se fue a la cocina. Eso podía entenderse como un gesto de invitación.
Marina entró, cerró la puerta detrás de sí. En la entrada olía distinto, pero al mismo tiempo reconocible. Antes se mezclaba el olor a tabaco del abrigo de Genaro, que colgaba a la izquierda. Ahora sólo estaba la bata de franela y el gorro de lana de toda la vida.
En la cocina, Valentina ya hacía ruido con la tetera, pero estaba claro que no pensaba ofrecerle té: necesitaba simplemente tener las manos ocupadas.
Vi la luz desde la calle dijo Marina. Pasé por aquí.
¿A las diez de la noche?
El autobús llegó con retraso. Estuve bastante esperando.
Valentina puso el agua y se dio la vuelta. Miró a Marina con esa desconfianza intermedia: sin haberla perdonado, pero todavía sin abandonarla del todo.
Venga, quítate el abrigo dijo. Ya que has entrado.
Marina colgó el abrigo en el perchero izquierdo, debajo del gorro. Luego dudó y lo cambió al derecho.
Sentadas frente a frente. Valentina sirvió el té sin preguntar ni ofrecer. Puso la taza delante de Marina, empujó el azúcar, sin levantar la vista. Era todo muy automático, puro reflejo de quien ha hecho eso cien veces, porque el cuerpo sabe recibir mejor que la cabeza.
¿Cómo estás? preguntó Marina.
Bien. Valentina sostuvo la taza con ambas manos. Como siempre.
Marina se fijó en las manos. Eran las de una mujer mayor, con las articulaciones marcadas y manchas por la edad. Pero apretaban la taza con una fuerza nada normal para ese bien y ese como siempre.
Quería hablar contigo dijo Marina.
¿De qué?
De varias cosas.
¿Asuntos de papeles?
Marina dudó.
No solo.
Valentina dio un trago, dejó la taza dando un golpecito, que podía no significar nada o significarlo todo.
En lo de los papeles, habla con el notario. Ya dije todo lo que pienso.
Lo sé.
Entonces, ¿para qué repetir?
No era una pregunta, así que Marina no contestó. Cogió su taza, probó el té, muy caliente todavía, y la dejó de nuevo.
Llovía finito fuera, esa lluvia pequeña de otoño que no cae, sino que flota. Un farol en la calle movía la sombra por el alféizar de lado a lado.
Marina conocía esa cocina de memoria. Sabía que en el cajón de la izquierda había cuerdas y pilas usadas porque Genaro nunca tiraba nada. Sabía que debajo del fregadero solo había cubo cuando la tubería goteaba, y eso pasaba todos los otoños. Sabía del hueco tras la nevera donde una moneda rodó una vez y pasaron media hora intentando sacarla con una regla, riendo los tres: Genaro, Mario y ella.
Mario. Tres meses.
He traído mermelada dijo. De ciruela roja. La dejé en la bolsa, junto a la puerta, por si no la viste.
Valentina miró hacia el recibidor, volvió a la mesa.
La vi.
Te gusta la de ciruela.
Me gustaba. Pausa. Me gusta.
Ese lapsus era preciso, como si ni ella misma supiera ya en qué tiempo vivía.
Marina pensó que lo comprendía. A ella también a veces se le escapaba hablar de él en presente, y el silencio después pesaba mucho, a veces demasiado.
Oí que ibas a ir a Burgos, a casa de Manuela dijo Marina.
Iba, pero no al final.
¿Por qué?
No sé Valentina alzó la mano, gesto indefinido. Cosas que hacer.
Marina la miró sabiendo que no, que no había cosas. Era el piso lo que no quería dejar solo, el miedo a irse y volver a encontrarse todo vacío. Quizá el miedo a la compasión que le iba a tener Manuela, y no saber llevarlo.
Valentina dijo Marina, cambiando el tono, más bajo, más serio. No he venido por los papeles. Te lo juro.
¿De verdad? repitió Valentina. No se sabía si creía o solo repetía.
Sé que estás enfadada.
No estoy enfadada.
Vale.
Solo no entiendo y ahora le tembló la voz, involuntario. No entiendo cómo puedes pasar página. Ya han pasado seis meses. Tú ya… y yo aquí.
Marina no dijo eso no es así ni te equivocas. Se quedó callada.
Te vi siguió Valentina. Lourdes, la vecina, también. Estabas con alguien en una cafetería, en agosto. En la Gran Vía.
Era un compañero. Trabajábamos juntos en un proyecto.
Compañero el eco.
Sí.
Valentina se levantó, fue a la ventana. Miraba la lluvia y el farol.
Mario te quería dijo sin girarse. Mucho. Quizá más de lo que creías.
Lo sé.
No estoy segura.
Marina apretó la taza. Por dentro le dio un vuelco, como la sombra del farol en la ventana. Sabía que si decía algo no sería bueno, así que se calló.
No digo que seas mala dijo Valentina, de espaldas. Lo que pienso es que tú eres joven, tienes cuarenta y dos, tienes toda la vida. Y yo tengo sesenta y ocho, y tenía un hijo. Uno solo.
Lo sé.
Y ahora ya no. Y tú vienes con mermelada.
Eso podía sonar cruel, pero era exacto. Marina hasta agradeció esa verdad exacta, aunque no pudiera explicarlo.
No sé hacerlo de otra manera dijo. No sé estar sin palabras. Tengo que venir, decir algo, traer algo. Venir con las manos vacías sería peor.
Valentina se giró. Analizó con la mirada.
¿Has llorado antes de entrar?
Un poco.
¿En el portal?
Sí…
Algo en la cara de Valentina se movió apenas. Volvió a la mesa y se sentó.
Estamos las dos igual de tontas dijo, y fue lo primero del día que sonó sin doble fondo.
Se quedaron en silencio. Ahora la lluvia golpeaba fuerte.
Cuéntame pidió Marina. Lo del testamento. Qué te molestó. Sin abogados, sólo tú.
Valentina la miró con una extrañeza leve, como si nadie esperara que hablara ella directamente.
Es el piso dijo. Su piso, el que le compramos su padre y yo. Ocho años ahorrando. Era joven, Mario, queríamos que tuviera algo propio. Él vivió ahí, tú viviste con él. No lo digo porque esté mal. Pero el piso era suyo, y ahora, los papeles…
En los papeles pasa a mí dijo Marina.
No estabais casados.
Vivimos juntos seis años.
Lo sé Valentina unió las manos sobre la mesa. Pero es que creo que él habría querido que yo tuviera algo que decir. Que no me quedara fuera.
Él lo dejó por escrito, Valentina.
Sí, sí. Pausa. Quizá estaba bien. No lo sé. Al principio sentí rabia. Ahora no, solo no lo entiendo.
¿El qué?
¿Para qué lo conservas? Dijiste, no a mí, pero a la hija de Lourdes, que a lo mejor te mudarías. Que era mucho para ti sola. Entonces ¿para qué seguir ahí?
Marina la miró.
Lo dije en julio. Estaba fatal entonces. Aún no sé qué haré.
Si lo vendes… empezó Valentina.
No lo voy a vender.
Si un día sí insistió Valentina, ¿me lo dirás primero a mí? No a desconocidos.
Y ahí entendió Marina que eso era lo importante. No el piso, ni el dinero. Eso: no ser una extraña. Tener derecho a saber lo primero. Quedar, aunque fuera por un hilo, ligada a su hijo, a través de la mujer que conoció su casa, su cocina, lo amó de otra forma, ni mejor ni peor.
Te lo diré a ti la primera dijo Marina. Te lo prometo.
Valentina asintió breve, se sirvió más té.
¿Has cenado siquiera hoy? preguntó.
Desde el desayuno, nada.
Desde el desayuno… Abrió la nevera. Hice una sopa de fideos. ¿Quieres?
Quiero.
Mientras Valentina calentaba la sopa, Marina la observaba de espaldas y pensó que, en otra vida, quizás habrían sido diferentes. Igual iban juntas al pueblo, celebraban fiestas, se llamaban más veces. O a lo mejor siempre habría sido así: prudentes, distantes, demasiado diferentes para ser cercanas, pero no tanto como para ser indiferentes.
La sopa era sencilla. Cebolla, zanahoria, fideos y un poco de perejil. Comida de diario, para una misma.
Está muy buena dijo Marina.
No exageres.
De verdad.
Comían en silencio. Hasta que Valentina, sin levantar la vista:
Él te buscó en el hospital. ¿Lo sabías?
Marina se detuvo.
¿Cómo?
Aquel abril te fuiste a una conferencia. Él ingresó, yo fui. Y preguntaba cuándo volvías. Le dije que no sabía. Un día, luego otro.
Marina dejó la cuchara.
Vine en cuanto me avisaron.
Lo sé. Ahora por fin la miró. No es reproche. Quería que lo supieras. Que alguien más lo supiera, no solo yo.
Eso era sincero. Marina tenía la boca seca, aunque acabara de comer. Agarró la taza del té, que ya estaba fría.
Él nunca me dijo que tenía miedo suspiró. Pensaba que estaba tranquilo. Pensaba que le iba mejor si yo no le agobiaba.
No soportaba que le tuvieran pena.
Eso. Yo creí que era lo correcto.
Igual sí. O igual no. ¿Quién lo sabe ya?
Ese ¿quién lo sabe ya? quedó suspendido, nunca resuelto.
A recoger la mesa, Marina ayudó a llevar platos. Lavaron en el fregadero las dos, una lavando, la otra secando, y eso era tan normal que seguro pensaban lo mismo pero ninguna lo dijo.
Volvieron a la mesa. Valentina trajo unas galletas, de las sencillas que suelen quedar sueltas en el fondo de la caja, del supermercado de la esquina.
Lourdes dice que me apunte a algún taller de acuarela en el centro cultural, los jueves.
¿Y te hace ilusión?
No sé. Me da risa, la verdad.
¿Por qué?
No sé… a mi edad.
Pues es cuando mejor Marina sonrió. Hablas como una abuela de cien.
Valentina la miró con ironía.
Toda mi vida ocupada. Primero Paco, luego Mario, luego el trabajo, luego los nietos… o eso esperaba. No sé estar sin hacer nada. Pintar acuarela… es demasiado gratuito.
A lo mejor necesitas aprender eso.
Es fácil decirlo.
No, es difícil. Yo tampoco sé.
Valentina la miró.
¿Vas a apuntarte tú?
No. Pero tampoco sé estar sola. Llego a casa, tengo trabajo, amigas, de todo. Pero me siento y pienso, ahora entraría él, diría una tontería, y todo encajaría de algún modo.
Pausa.
Era maestro en decir tonterías dijo Valentina.
Maestro.
Vino una vez, suelta: mamá, de pequeño pensaba que las ardillas eran pequeñas arracadas. ¿Arracadas? Ni idea de dónde sacaba esas palabras.
A mí me contó que elefante en mongol se dice zaan, y le hacía gracia porque sonaba a chulo.
Valentina se echó a reír, sorprendida de poder hacerlo en ese momento.
De verdad… ¿de dónde sacaba todo eso?
Leía mucho.
Desde los cinco años, siempre con un libro. No conseguía levantarle de la mesa.
Me enseñó una foto. En la casa de campo, a los ocho, leyendo en la escalinata mientras todos jugaban.
Sí, me acuerdo de esa casa. Paco cavando todo el día en el huerto, Mario leyendo. Yo pensaba vaya hijo que tengo. Luego me rendí.
¿Qué leía entonces?
Cosas de aventuras, del mar. No vio el mar hasta los dieciséis. Cuando lo vio se quedó mirando rato. Paco: ¿Qué tal, eh?. Mario: No es como me lo imaginaba. ¿Por qué? Es más pequeño. En los libros parecía más grande.
Marina sonrió. Mario le contó otra versión de esa historia. Quién sabe cuál era la real, o si ya era tradición familiar.
Me hablaba mucho de Paco dijo Marina. Le echaba mucho de menos.
Paco, Francisco Gutiérrez, murió seis años antes, poco antes de que Mario y Marina se conocieran.
Sí respondió Valentina, simplemente. Le echaba.
¿Tú también?
Todos los días dijo tranquila. Se puede acostumbrar una, pero echar de menos, también.
Sí afirmó Marina.
Guardaron silencio.
Cuéntame de él, de pequeño pidió Marina. No conozco casi nada, él no era de contar cosas de su infancia.
Valentina la miró.
¿Para qué?
Para saberlo. Mientras haya quien pueda contarlo.
Sonó brusco, Marina lo notó, pero no rectificó: era sincero.
Valentina estuvo un minuto en silencio. Salió de la cocina y se escuchó cómo abría el armario, movía cosas. Regresó con una caja de cartón, de las que se guardan allá arriba.
Esto es suyo dijo. Lo revisé en septiembre, aparté parte de las cosas y guardé lo que me parecía.
Abrió la tapa. Había cuadernos, algún juguete pequeño, dibujos. Marina cogió un cuadernillo, lo abrió. Letra de niño, firma: Mario Gutiérrez, 2º de primaria.
Madre mía susurró.
Eso pienso yo cada vez.
Las dos revisaban, Valentina contaba anécdotas, Marina escuchaba. Que con seis años decidió aprender a hacer el pino y estuvo toda una semana con el chichón. Que un día trajo un gato a casa, al padre no le hizo gracia, luego sí, y al cabo de dos años el gato se fue y Mario dijo tiene derecho, quiere vivir por su cuenta. Que a los catorce anunció que sería informático, porque los informáticos no corren de un lado para otro y pueden trabajar en zapatillas.
En zapatillas trabajaba, efectivamente dijo Marina.
Cumplió su idea.
La cumplió.
Era ya medianoche cuando Marina se fijó en la hora.
Me tengo que ir, el último bus pasa en breve.
Quédate soltó Valentina, rápida, como si hasta a ella le sorprendiera. Tienes el sofá. Te preparo las sábanas.
No quiero molestar.
¿A quién molestas?
Marina la miró. Valentina miraba al suelo, como si no hubiera sido idea suya y ni pudiese evitarlo.
Me quedo. Gracias.
Mientras Valentina preparaba la cama, Marina fregaba las tazas. Miraba el reflejo de la lámpara en la ventana, su propia silueta. Pensó que hacía tres meses eso era impensable: ese sofá, esos cuadernos, ese quédate.
Pensó que entre familia después de una pérdida, hay algo que no cabe en palabras ni arregla el abogado. Algo que necesita tiempo, té o no, hacerlo y ya.
No sabía si se arreglaría. Pero algo, esa noche, pareció moverse.
La habitación era la misma de otras veces, cuando venían juntas con Mario. El sofá, algo hundido, con la manta que Valentina llamaba marrón aunque era más bien terracota. Marina se tumbó, se tapó y miró el techo.
En la estantería, casi todos libros de Paco, desgastados. Los santos inocentes, El Quijote, un par de historia. Y entre todos, uno delgadito, diferente. Marina se levantó a mirar. Cartas de ninguna parte, autor raro. No lo conocía. Abrió. En la primera página, con la letra de Mario: Para mamá, léelo despacio. Te quiero.
Cerró el libro, lo puso en la estantería.
Se quedó mirándolo un buen rato, a oscuras.
Al otro lado de la pared, solo se oía cómo Valentina andaba, la madera del armario sonaba, el grifo se abría un momento. Vida cotidiana, que sigue a pesar de todo.
Por la mañana, Valentina hizo gachas. Marina entró en la cocina, Valentina puso el plato en la mesa, sin preguntar. Un vaso de zumo al lado, que Marina ni esperaba. Fuera, cielo gris, ramas casi peladas, suelo mojado de octubre.
¿A qué hora entras? preguntó Valentina.
A las diez. Me da tiempo.
Tienes el metro cerca removía su desayuno. ¿Vas por la línea tres?
Sí.
Tercera parada, ¿verdad?
Sí, ¿te acuerdas? le sorprendió.
Mario lo comentaba. Sin más explicación.
Marina probó la gachas. Estaban saladitas, nada dulces, con mantequilla. Así las hacía su madre en la infancia. Se había acostumbrado a la versión dulce, pero esta le sabía a cosas antiguas, recuperadas.
Quiero enseñarte algo dijo Valentina, y trajo un sobre. Lo encontré cuando ordenaba. Es suyo, de la mili. No fue destinado, pero iban una semana con la universidad. Me escribía cartas. Esto sólo es para que lo leas, no para que lo guardes. Para que veas cómo escribía.
Sacó una carta, tres folios doblados. Marina leyó despacio, como aconsejaba el libro en la estantería.
Mario describía el amanecer de niebla, un viejo chopo, contaba que le gustaría comer empanadillas de su madre. Que echaba de menos el silencio de su cuarto.
Era un Mario distinto, otro, menos duro, como quien aún no se ha endurecido.
¿Me dejas sacar una foto? Solo para mí.
Valentina la miró.
Llévatela, toda dijo. No la necesito.
Es tuya.
Marina primera vez que le llamaba por el nombre. Llévatela.
Marina guardó la carta en el sobre. No encontraba palabras, y tampoco las buscó.
Recogieron la mesa juntas. Valentina lavó, Marina secó, igual que la noche anterior pero ahora con otro sentimiento, menos mecánico, más en sintonía.
Deberías ir a Burgos dijo Marina. El piso estará bien. Y Manuela seguro te espera.
Me llamó la semana pasada, dice que la dejo de lado.
Pues ve.
Ya veremos.
Valentina
Ya veremos, mujer.
Marina colgó el paño.
¿Puedo ir viniendo? Si quieres. De vez en cuando, no muy a menudo.
Valentina cerró el grifo, cogió el paño, lo miró un rato.
Ven cuando quieras dijo. Haré sopa.
¿De fideos?
¿O la prefieres con arroz?
Con fideos va bien.
Vale, queda dicho.
Marina se vistió. Valentina la acompañó a la puerta. Marina cogió el abrigo, el bolso, se dio la vuelta.
Gracias por todo.
Anda, vete, que llegas tarde.
Estaba ya con la mano en el pomo, cuando se paró.
El libro, el de la estantería. ¿Lo leíste?
Empecé. Pausa. Lo leo despacio.
Él puso: léelo despacio.
Ya Valentina sonrió levemente. Me conocía.
Marina asintió. Abrió la puerta.
Hasta luego.
Hasta luego.
La puerta se cerró. Marina oyó el clic de la cerradura tras unos segundos. Como si Valentina aguardase primero que se alejara.
En la escalera olía a humedad y un poco a pintura. La bombilla del segundo parpadeaba pero no se fundía. Marina bajó despacio, apoyada en la barandilla.
Fuera, el mismo octubre gris, gente apresurada, alguien gritaba, palomas iban y venían por el suelo. Todo natural, todo igual y sin embargo, todo distinto después de esa noche.
Caminó hacia el metro pensando que la reconciliación nunca es un momento. Es el té, los cuadernos, una noche en sofá ajeno. Una carta debajo de todo, en el bolso.
No sabía cómo seguirían, ella y Valentina, en este nuevo territorio sin nombre. Ni suegra y nuera, ni amigas, ni simplemente conocidas. Solo dos mujeres que quisieron al mismo hombre, cada una a su manera. Y que eso no justificaba ser cercanas, pero tampoco ser extrañas.
La carta iba en el bolso. Decidió leerla bien por la noche, en casa, con luz.
Bajó al metro. Se abrieron y cerraron puertas. El tren arrancó.
Varias estaciones después, sacó el móvil y escribió a Valentina: He llegado bien. Gracias por las gachas.
La respuesta llegó veinte minutos después, ya en el trabajo, justo al colgar el abrigo en el vestuario: De nada. La mermelada está en la alacena.
Marina leyó, guardó el teléfono. Se quitó el abrigo.
En el pasillo se reía alguien a carcajadas, sin motivo. Desde la ventana del despacho se veía un trozo de cielo, blanquecino, casi sin color. Marina pensó que igual por la tarde aclaraba. O igual no. Octubre es impredecible.
Fue a la reunión.
El viernes por la noche, tres días después, sonó su teléfono. Valentina, justo cuando estaba calentando la cena, cogió al tercer tono.
Voy a Burgos, a casa de Manuela dijo Valentina sin saludar. El sábado salgo.
Me alegro respondió Marina.
Estaré diez días.
Bien.
Pausa.
¿No te importa que llame?
No, me alegro.
Bueno. Pausa. María.
Dime.
El libro de la estantería, de la habitación. Llévate ese también, cuando vuelvas. Era de Mario, que siga siéndolo.
Marina, al fuego, con la cuchara. La cena ya hirviendo, tenía que bajar el fuego.
Vale, lo haré.
Muy bien. Voy a hacer la maleta.
Buen viaje.
Gracias.
Se quedaron en silencio, ese cómodo, en el que no hace falta rellenar nada.
Hasta luego dijo Valentina.
Hasta luego.
Marina bajó el fuego. Dejó la cuchara. Miró la calle oscura, iluminada solo por faroles.
En algún sitio de Burgos está Manuela, poniendo la mesa. En algún estante, el libro con léelo despacio y te quiero escrito. En algún armario, al fondo, de una cocina que no es la suya, un bote de mermelada de ciruelas.
Eso es lo que queda. No el testamento. No los metros ni los papeles. Esto. Mermelada en una alacena que no es la tuya. Carta en un sobre. Una frase, salida en el momento menos oportuno y por eso, exacta.
Marina removió la sopa.






