Para Yesenia los sábados no eran de descanso. Eran una condena.
Despertaba a las seis y media igual que entre semana porque Mari, la chamaca de cinco años, se le trepaba encima pidiendo cereal. El esposo ni se movía. Arturo trabajaba en un taller mecánico a quince minutos de la casa, pero no entraba hasta las diez. Así que dormía como bendito mientras ella preparaba el desayuno, limpiaba la mesa y abría la cortina de la cocina para que la luz le diera justo en la cara. No se inmutaba.
Ella sí se mataba. De lunes a viernes salía a las cinco de la mañana rumbo al centro de Los Ángeles en dos autobuses, hora y media de trayecto si había suerte. Volvía a las ocho de la noche con los párpados pegados y el olor a oficina metido en el cabello. Y el sábado, en vez de tirarse en el sillón, empezaba la guerra contra el polvo del departamento en Lincoln Heights, los montones de ropa sucia, los trastes del fregadero que Arturo juraba que iba a lavar «al ratito».
Ese sábado pintaba peor que de costumbre. Yesenia estaba enjuagando la tercera cubeta cuando Arturo se apareció en la cocina solo con una toalla en la cintura.
—Mi amor, ¿me preparas unos chilaquiles? Los haces bien ricos.
—¿Y tú qué mano tienes rota? —masculló ella sin mirarlo, restregando la estufa.
—Ay, es que te quedan mejor. Además hoy voy a salir con los muchachos al partido, ya sabes.
Yesenia no contestó. Ya sabía. Los sábados él se iba a ver fútbol, luego regresaba a las tres, se bañaba y se sentaba en el sofá a ver el resumen. Le decía que la casa estaba bonita, que se veía que ella había «descansado bien». Como si limpiar un departamento entero con una niña pegada a la falda fuera un spa.
Ese día, sin embargo, Arturo regresó del partido con la misma cara de siempre pero con un anuncio nuevo.
—Ey, fíjate que mañana llegan Sofía y Roberto, los de San Antonio. Vienen a visitar a la familia de él y se quieren quedar aquí una noche. Les dije que sí, ¿no hay bronca, verdad?
A Yesenia se le atoró el estómago. Dos invitados en la casa que acababa de dejar impecable, con el refri medio vacío porque el supermercado le quedaba lejos y Arturo nunca la llevaba en la troca.
—¿Mañana? ¿En serio me estás avisando ahora? ¡No tengo nada listo!
—Tranquila, mujer. Nomás preparas un guisado y ya. Ellos vienen en carro, no van a llegar con hambre. Y si no, pues que pidan algo en la aplicación. Además ya les di la dirección, no voy a quedar mal.
Yesenia respiró hondo. Conocía a Sofía desde la prepa, y aunque no se veían a menudo, le tenía cariño. Pero la idea de cocinar para cuatro después de la paliza del sábado le daba ganas de sentarse en el suelo y no levantarse.
A la mañana del domingo se levantó más temprano que nunca. El departamento olía a frijoles refritos, a tortillas recalentadas y al baño recién trapeado. Mari andaba encuerada corriendo por el pasillo porque Arturo, encargado de vestirla, se había quedado pegado al celular viendo videos.
A las once sonó el claxon. Yesenia se asomó y vio una Suburban blanca estacionándose. Bajaron Sofía y Roberto cargando cada quien una hielera y una bolsa de mandado de esas que parecen interminables.
—¡Pero muchacha, no era para tanto! —rio Yesenia, secándose las manos en el mandil.
Sofía la abrazó fuerte y luego puso una hielera en la mesa de la cocina con un suspiro.
—No te ofendas, amiga, pero traemos todo. Hasta el pan dulce.
Yesenia abrió la bolsa. Dentro había fruta picada en tuppers, dos botellas de agua de cinco litros, café listo para servir, una lasaña hecha y envuelta en aluminio, y una bolsita con jamón y queso rebanados para los sándwiches de la niña.
—Sofía, neta, ¿qué se traen? ¿Pensaban que los iba a dejar con hambre? —Se le salió el reclamo antes de que pudiera detenerse.
Sofía y Roberto se miraron y soltaron una risa nerviosa.
—Te lo explico en un momento. Pero sí, mejor siéntate.
Mientras Arturo calentaba la lasaña en el horno —la que había traído Sofía— y Roberto entretenía a Mari en la sala, las dos amigas se quedaron en la cocina. Yesenia cruzó los brazos y esperó con el ceño fruncido.
—Mira, el año pasado fuimos a casa de una amiga mía en Houston —empezó Sofía, bajando la voz—. Susana, ¿te acuerdas? La que se casó con el tipo aquel de cara de huevo. Pues fuimos una noche, luego de manejar como cinco horas. Yo iba confiada porque ella siempre fue atenta. Llegamos, nos abrieron, y la casa estaba reluciente. Pero la cocina, Yesenia, no te imaginas: vacía. Ni una bolsa de arroz. Y ya eran las nueve de la noche, los chamacos de ellos brincando sin parar, y nosotros muertos de hambre.
—¿Y no te ofrecieron nada? —preguntó Yesenia, olvidando por un momento su propio enojo.
—Nada. Pasó una hora, pasaron dos. Yo pensé que de repente iba a sacar unas quesadillas al menos. Nada. A las diez y media nos invitaron a caminar por la colonia para conocerla. Yo iba temblando del hambre. En el camino encontramos una tiendita abierta, yo entré y me compré un bolillo y un jugo. Y los hijos de ella, que iban corriendo adelante, se me quedaban viendo fijamente. Se les caía la baba, de verdad. Les partí el bolillo en dos pedazos. Los devoraron. Al final Susana se rio, dijo que se les había olvidado hacer la despensa. Ya de regreso compró papas congeladas en un súper y las metió al microondas. Fue la cena.
Yesenia se quedó callada. La historia era tan absurda que no hallaba qué decir.
—Por eso desde entonces —continuó Sofía—, andamos con todo. No es que desconfíe de ti, de verdad. Pero nos volvimos así. Prefiero mil veces que sobre comida a que te quedes con hambre en una casa ajena.
Arturo entró a la cocina justo en ese momento, abrió el refri y agarró una cerveza.
—¿Ya ves, mi amor? Ellos vinieron preparados. No te estreses —dijo con esa sonrisa condescendiente que Yesenia conocía demasiado bien.
Fue el gesto lo que apretó el nudo que Yesenia traía desde el día anterior. No fue la lasaña ajena, ni la hielera, ni la botella de agua. Fue Arturo con su cerveza en la mano, sin un solo plato lavado en años, sin haber vestido a su hija, sin preguntarle siquiera si ella había desayunado, actuando como si el sacrificio invisible no existiera.
No gritó. Simplemente se quitó el mandil, lo dobló en cuatro y lo puso sobre la mesa. Las manos le temblaban un poco, pero la voz le salió más firme que nunca.
—Arturo, ¿sabes qué? Sofía y Roberto trajeron todo porque una vez les tocó una anfitriona que no movió un dedo. Y yo llevo años viviendo en una casa donde el anfitrión soy yo las veinticuatro horas y el invitado eres tú. ¿A que no adivinas quién nunca trae nada?
Arturo bajó la cerveza. Roberto, desde la sala, se hizo el que no escuchaba.
—Oye, tampoco te pongas así —empezó él.
—Así me voy a poner —lo cortó Yesenia—. Hoy la anfitriona va a ser yo para todos, pero tú me ayudas con los trastes. De verdad. Ahora. No hay más.
Se produjo un silencio espeso. Sofía metió la mano en su bolsa de mandado y sacó un paquete de café molido, como si quisiera hacer algo útil. Pero nadie se movió hasta que Arturo tragó saliva, dejó la cerveza en la barra y abrió la llave del agua caliente sin decir nada.
Roberto cargó a Mari y se la llevó al patio interior a ver las macetas. Sofía se quedó junto a Yesenia, que seguía de pie con los brazos sueltos a los costados, los ojos fijos en la espalda ancha de su esposo mientras él echaba jabón líquido a una esponja por primera vez en meses.
—Perdón si nos pasamos de preparados —murmuró Sofía, rompiendo el silencio.
Yesenia negó con la cabeza y se sentó por fin.
—No te apures. Al contrario. Creo que me hicieron falta esas hieleras.
Sofía le acercó una taza de café y la lasaña todavía caliente. Nadie dijo nada más durante un rato largo. Solo se oía el chorro del agua del fregadero y los grititos de Mari correteando en el patio mientras el sol de mediodía rebotaba contra las ventanas recién limpiadas.







