La rebelión tardía

23 de abril de 2023. Madrid

¿Eres consciente de lo que haces? La voz de Lucía era calma, casi imperturbable. Aquella quietud, lo admito, hace más daño que cualquier grito. ¿Sabes lo que esto implica para todos?

Isabel no apartaba la vista de la ventana. Fuera chispeaba la lluvia sobre la acera de la calle Fuencarral y la gente deambulaba deprisa bajo sus paraguas, sin mirarse.

Sé lo que significa para mí respondió por fin.

Para ti repitió Lucía, dándole vueltas a la palabra como quien pesa una moneda antigua. Siempre para ti, ¿verdad? ¿Y los demás?

Sois adultos.

Mamá, tienes sesenta y un años.

No olvides que sé perfectamente cuántos tengo.

Lucía se hundió en el viejo sofá, ese mismo de la anterior casa, de cuando éramos una familia distinta. Isabel lo miró fugazmente y se preguntó cuántas veces había pensado tirarlo sin atreverse nunca. Por costumbre, por nostalgia. Como si desechar un sofá fuera abandonar algo vivo.

¿Al menos has pensado lo que dirán los vecinos? insistió Lucía.

No admitió Isabel, sincera.

Y era la verdad.

***

Todo comenzó en marzo, cuando Isabel Herrero Fernández, exprofesora de Lengua y Literatura y ahora jubilada con un pequeño trabajo en el taller de lectura infantil del Ateneo de Madrid, fue a pasar el fin de semana con su amiga en Segovia.

Su amiga, Carmen Alonso, llevaba allí ocho años. Se mudó tras quedar viuda, se compró una casita a las afueras, montó un pequeño huerto y, según decía, por fin respiraba. Isabel solía visitarla una vez al año, generalmente en verano, pero esta vez algo se removió por dentro. No esperó al calor algo la empujó a ir en aquel marzo desapacible.

El marzo segoviano era húmedo y callado. La nieve aún resistía en las esquinas y el cielo, plomizo, se reflejaba en las tejas mojadas. Isabel paseó por la calle Real sintiendo, por primera vez en mucho, un silencio que no era vacío. Solo lo comprendió entonces.

Carmen la recibió en bata y zapatillas.

Ya era hora, mujer exclamó. Ya he recalentado croquetas.

Charlaron en la cocina, entre té y risas, y Carmen le puso al día de los cotilleos del barrio, de su huerto y de que pensaba comprar una cabra.

¿Una cabra? se sorprendió Isabel.

Leche propia, queso. Tampoco es tan difícil, mira que he leído.

Pero si jamás tuviste una cabra cerca.

Por eso, así será más interesante rió Carmen, rellenando las tazas de té. Y tú, ¿qué tal? Perdona que lo diga, pero te encuentro… pálida.

Isabel miró sus propias manos curtidas y manchadas de vejez.

Estoy bien.

Bien no significa nada. Algo te pasa, ¿verdad?

No ha pasado nada. Como siempre.

Eso es justo lo malo replicó Carmen. Que siempre sea igual, es precisamente el problema.

Isabel se quedó en silencio. Fuera, la tarde se deshacía en azul, y allá a lo lejos se encendió el primer farol.

Al día siguiente Carmen la arrastró al mercado. No al supermercado de turno, sino a un mercado improvisado donde señoras vendían berzas y bufandas de lana. Allí, junto a los boletus secos, Isabel vio a Juan.

No le reconoció al principio. Treinta y cinco años no pasan en balde. Pero algo en sus hombros, la forma de esconder las manos en el abrigo, seguía siendo igual. Se detuvo, titubeante.

Él también se detuvo.

¿Isa? preguntó, dudoso.

Juan.

No dijeron nada más en el primer minuto. Carmen se fue discretamente a ver bufandas, y se quedaron allí, entre el olor a setas y tierra fría.

¿Vives aquí? preguntó Isabel.

Desde hace dos años. ¿Y tú?

De visita. He venido a ver a una amiga.

Ah.

Silencio. Pero esta vez, uno cálido, sin prisa.

No has cambiado dijo Juan.

No mientas.

Un poco solo.

Isabel rió. No contaba con reírse.

***

Juan Martínez Rosales había sido compañero de carrera, no amigo íntimo ni enamorado, simplemente uno más del grupo de Filología de la Autónoma. Después, cada uno tiró por su camino. Él se marchó a Valladolid, ella se quedó en Madrid, se casó, tuvo hijos. Oyó de él por conocidos: que se había casado, tenía una hija… Nada más.

Y ahora estaba allí, junto a las setas, mirándola como si el tiempo no importase.

Quedaron para verse en una cafetería pequeña en la Plaza Mayor. Carmen lo aceptó sin la menor mueca.

Anda, vete rió. Yo tengo serie y tú asuntos pendientes, ¿no? Y no me pongas esa cara, que no planeo bodas.

No hago planes dijo Isabel, resignada.

En el café reinaba una calma acogedora. Mesas de madera, luces suaves y fotos en blanco y negro de un antiguo Segovia. Tomaron té y ponche segoviano; se pasaron horas recordando compañeros de carrera, riéndose de tonterías que entonces parecían tragedias.

En un momento, él confesó:

Mi mujer falleció hace tres años.

Lo siento susurró Isabel.

Bueno… no sabría decir si uno se acostumbra. Simplemente, vives diferente.

Sí asintió.

¿Y tú?

Dudó. Su marido, Vicente, se había marchado hacía nueve años con otra. Sin dramas. Un día volvió del trabajo y le dijo que la vida había dado un giro. Ella pasó años preguntándose qué había hecho mal, repasando recuerdos como cuentas de un rosario. Luego se cansó y simplemente siguió con su ritmo: hijos, nieta, entretiempo laboral en el Ateneo, Carmen una vez al año.

Depende del día fue su respuesta.

Él asintió. No quiso saber más. Aquello fue suficiente.

***

Isabel regresó a Madrid pensando que aquello había sido una casualidad bonita. Dos viejos compañeros que se saludan, recuerdan y siguen. Suele pasar.

Pero una semana después Juan le escribió por WhatsApp. Lo había localizado Carmen. “Hola, ¿qué tal volvió el tren?”

Contestó. Y poco a poco fueron hablando. Al principio de vez en cuando; después cada día. Isabel, poco amiga del móvil (sus hijos la regañaban por no contestar rápido), se sorprendía esperando el icono de mensaje nuevo cada jornada.

Él escribía con sencillez. Le contaba su trabajo como restaurador de arte sacro, las horas solitarias ante una tabla carcomida. Le preguntaba por el club de lectura, por los niños. A veces mandaba fotos: iglesias, la gata dormida sobre el vidrio empañado, un vaso de café sobre la mesa.

Lucía lo notó tras unas semanas.

Mamá, no sueltas el móvil le dijo.

Leo.

Tú siempre decías que las pantallas estropeaban vista.

Pues estaba equivocada.

Lucía la miró raro. No insistió.

En abril, Juan le propuso pasar por Madrid.

Tengo que ir a una restauración en el Prado explicaba. Si no te importa, podríamos vernos.

Aquello le hizo sonreír. Tan prudente él.

Por supuesto. Avísame respondió.

Se citaron en el Templo de Debod, al atardecer. Frío todavía, pero la primavera se dejaba notar. Isabel se puso su abrigo bueno, gris, casi nuevo. Juan la esperaba mirando el lago. Llevaba las manos en los bolsillos, como siempre.

Hola saludó él.

Hola.

Pasearon por la explanada, hablando de cualquier cosa menos importante: el club, el arte, la última locura de algún alumno. Isabel le contó lo que un niño escribió: “los libros son ventanas, pero que miran hacia dentro”. Juan se detuvo.

Ocho años, dices.

Ocho. Es un chico despierto.

Trabajas bien con ellos. Se nota.

No sabes, nunca lo has visto.

No hace falta; se nota cuando hablas.

Ella le miró. Él no apartó la vista de la fuente.

Tomaron café en un bar sencillo. Isabel sintió algo casi nuevo: el lujo de una charla sin prisa, sin deber, sin explicar nada.

¿Te importaría si vuelvo otra vez? dijo Juan antes de despedirse.

No me importa sonrió.

***

A Lucía no se lo contó. Pero el destino lo resolvió: una llamada a deshora, Isabel estaba fuera y contestó distraída.

¿Dónde estabas? preguntó su hija después.

Paseando.

¿Sola?

Pausa breve, esa pausa que las hijas saben oír.

No.

A partir de ahí, la conversación se endureció.

¿Quién es?

Un compañero de universidad. Te dije que lo vi en Segovia.

¿No decías que era solo un conocido?

Eso.

Mamá, tú…

Ya sé cuántos años tengo, Lucía.

Silencio.

¿Solo paseáis?

Por ahora, sí.

¿Por ahora?

Isabel no quiso dar más explicaciones. Algunas cosas no se pueden traducir a palabras. Su hijo, Jorge, fue distinto: cuando Isabel mencionó a Juan, preguntó si era buena persona y, al saber que sí, no insistió más. ¿Mejor o peor así? Isabel nunca lo supo.

***

El verano se llenó de un pulso nuevo. Juan iba a Madrid; ella viajaba a Segovia. Visitaban mercados, museos, cafés. Un día él le mostró la restauración de un retablo: aquel aroma mezcla de barniz y siglos.

¿No te da vértigo tocar algo tan antiguo?

Al contrario. Da paz respondió Juan. Sentir que esto estuvo y estará.

¿Crees en algo?

No sé cómo llamarlo. Solo sé que algo importa, y no porque alguien lo diga.

Isabel miró la tabla a medio restaurar. El rostro ya tenía luz.

Vicente siempre decía que lo mío en el Ateneo era una tontería, que para lo que pagan no valía la pena.

¿Y tú qué opinabas?

Me esforcé por pensar que tenía razón. Me costó años cambiármelo.

Juan solo la miró. Bastó eso.

Por las tardes tomaban té y sentían que, de algún modo, la culpa se difuminaba al otro lado de las viejas ventanas. Lucía dejó de llamarla cuando estaba en Segovia. Isabel entendió que el silencio fuerte a veces duele más que cualquier reproche.

¿Has pensado en mudarte? preguntó Juan una noche.

¿A dónde?

Aquí. O a cualquier sitio. Eso, mudarte.

¿Lo dices en serio?

No te ofrezco nada, solo pregunto si te lo has planteado.

No. Cuando era joven, sí. Pero… imposible: hijos, nieta, piso, trabajo. Todo está aquí.

Tus hijos son adultos.

Eso no lo cambia todo.

Él asintió.

Solo preguntaba.

Pero el poso de la pregunta se quedó.

***

En agosto Lucía vino a Madrid. Sin excusa, simplemente llegó con una bolsa y cara de circunstancias.

Tomaron té en silencio, ella mirando la ventana.

¿Esto va en serio?

¿El qué?

Él. Todo esto.

No lo sé.

Te parece natural… ¿A nuestra edad?

¿A la tuya o la mía?

A la de la familia. Papá aún vive…

Papá lleva nueve años con otra, Lucía.

Sigue siendo el hombre con el que estuviste treinta años.

Justo por eso cambia replicó Isabel.

Lucía apartó su taza.

¿Y qué le dirás a Sofía? ¿No crees que lo entenderá raro?

Sofía tiene ocho años.

Lo entiende todo.

Lo entenderá como se lo expliquemos.

¿Y qué le explicaremos?

Que la abuela ha conocido a una buena persona. Nada más.

¿Y luego?

Luego, ya veremos.

Siempre dices eso cuando no quieres explicarte.

No replicó Isabel. Lo digo cuando no lo sé de verdad. Es ser honesta.

Lucía guardó silencio junto a la ventana. Luego murmuró:

Tengo miedo de que te arrepientas.

Podría más de arrepentirme de no intentarlo.

Eso son filosofías. No sirven de mucho.

A mí tampoco dijo Isabel, pero es lo que tengo.

Lucía regresó esa noche. Se abrazaron largo rato, con ternura y algo de temor.

***

Llegó septiembre frío y seco. Isabel llevaba seis años jubilada, pero el club del Ateneo era su anclaje. Los niños acudían en masa, martes y viernes, leían, dibujaban, actuaban. Una pequeña sala con estanterías bajas y cojines repartidos en el suelo.

La directora, Amparo Morales, a sus sesenta y cinco años, sabía lo de Juan. No porque Isabel se lo contara, sino porque lo adivinó: Isabel estaba más centrada en sí, menos atenta a los problemas ajenos.

Algo te pasa le dijo un día Amparo. No preguntó, simplemente constató.

Sí admitió Isabel.

¿Bueno?

No sé aún.

Pues ya irá saliendo. Al menos vives algo. Hay que moverse, que si no acabamos como el Manzanares: poco caudal y perdido.

Isabel rió con ganas.

Ese mes, Juan propuso una escapada a Salamanca. Había una exposición de códices. Reservaron habitaciones separadas en un hostal, vieron archivos, pasearon. Una noche, en un restaurante junto al Tormes, él sentenció:

Quiero que sepas una cosa.

¿Sí?

No corras por mi culpa. No permitas que nada te agobie. No espero nada concreto, solo agradezco que estés.

A Isabel aquel gesto de madurez le conmovió.

No es fácil aceptarlo.

¿Por qué?

Porque me he criado pensando que las palabras siempre esconden algo, una trampa, una expectativa.

Aquí no.

Me costará acostumbrarme.

Pasearon después junto al río, el silencio era puro, sin necesidad de abrazos ni promesas.

***

Octubre trajo la conversación que Isabel temía.

Esta vez llamó ella misma.

Lucía, quería decirte algo. Juan me ha propuesto irme a Segovia. Estoy pensándolo.

Silencio al otro lado.

¿Hablas en serio?

Sí.

Os conocéis desde hace siete meses.

Ocho.

¡Mamá! ¡Ocho meses! ¿Te das cuenta…?

Sí. Son ocho meses.

¡Eso no es nada! ¡No sabes quién es!

Sé lo suficiente.

¿El qué? ¿Te hace sentir bien? ¡La gente cambia, mamá!

Lucía.

¿Qué?

Tu padre también cambió. Vivimos treinta años juntos.

Silencio.

No es lo mismo murmuró Lucía.

No quiero mentirte. Solo quiero ser honesta. Contigo, conmigo.

Jorge también llamó esa tarde.

¿Mamá, de verdad te quieres mudar?

Lo estoy pensando.

¿Y el piso?

Lo alquilaré.

¿Y si…?

No quiero pensar en “y si…”. ¿Puedo intentarlo sin miedo?

Pausa.

Vale dijo él. Pero llama a menudo.

Lo haré.

Esa noche, Isabel pensó que, por primera vez en su vida, tomaba una decisión que era solo suya. No impuesta, no reacción a nada, solo deseo. Muy extraño.

Escribió a Juan: Estoy pensando. Dame tiempo.

Él respondió enseguida: Todo el que necesites.

***

Carmen llamaba cada semana, neutral. No presionaba ni frenaba. Hablaba de su cabra Práxedes, que por fin había comprado.

¿En serio la llamaste así?

Claro. Le pega. Tiene una presencia…

Eres imprevisible, Carmen.

¿Y eso?

Bueno, bueno, muy bueno.

Te diré algo añadió Carmen. Si tuvieras treinta, ¿lo pensarías tanto?

¿La edad influye?

Bah, sí y no. Realmente con los años pesamos más y demoramos por miedo, disfrazado de sabiduría.

Te nos pones filosófica…

Filosofear es gratis.

Isabel colgó pensando que era verdad: la indecisión también decide. Y el miedo no lo produce Juan, sino una misma. Siempre fue la esposa de, la madre de, la profe. ¿Sola? Quién sabe.

La lectura en el Ateneo, en cambio, sí había sido elección suya. Como esto.

***

A finales de octubre, la que llamó fue la exsuegra, Pura, madre de Vicente. A sus ochenta y dos, seguía en Madrid, e Isabel la visitaba de vez en cuando.

Lucía me ha contado lo del amigo soltó Pura directo al grano. Y que te puedes ir.

Isabel no supo qué decir.

Creo que ya te lo mereces zanjó la anciana. Mi hijo no te supo valorar, yo lo vi pero preferí callar. No te quedes por obligación. Los críos están bien cuidados.

Me ven…

Te ven como madre, abuela, siempre disponible. ¿Te ven como persona?

No supo qué contestar.

Pues te lo digo yo. Ponte en primer plano, mujer. Vente. Y llama de vez en cuando.

Se lo agradeció. Miró largo rato el cielo de Madrid, ya desnudo de hojas. Quizá todos los papeles de la vida sean reales, pero cuesta que admitan que uno pueda cambiarlos.

¿Y Juan? ¿La vería de verdad?

Ella sentía que sí. Él la había encontrado en el mercado, sin cargas de pasado. Una mujer.

***

Noviembre trajo el primer frío de verdad… y la llamada más insólita: Sofía, su nieta.

Abu, ¿te vas?

¿Has oído a los mayores?

Un poco. Mamá hablaba con el tío. Abu, ¿vas a irte?

No lo sé aún, hija.

¿Si te vas, vienes a verme?

Siempre.

Promételo.

Lo prometo.

Pausa.

¿Allí es bonito?

Mucho. Iglesias blancas. Río y nieve.

¿Como aquí?

Más pequeño, pero sí.

Abu…

¿Sí?

Mamá dice que te puedes poner mala lejos y que tardaremos en verte.

A Isabel se le encogió el alma.

Dile que estoy bien y quiero seguir siéndolo.

Lo sabe. Solo tiene miedo.

Todos tenemos miedo, Sofía.

Pero los valientes también lo tienen y aún así lo intentan. Lo dijiste tú.

Sí.

Yo nunca olvido. Bueno, corto, que mamá se enfada.

Te quiero.

Y yo a ti. Adiós, Abu.

***

En noviembre, Isabel fue a Segovia toda una semana. Dejó el buzón a cargo de Carmen y explicó todo en el Ateneo.

Juan la recibió en la estación, la llevó a casa. Pasaron los días como dos personas que se van aprendiendo. En la cocina pequeña, frente a la ventana blanca de nieve, ambos preparaban café, hacían la compra, comentaban sus propias manías.

Una noche, Isabel preguntó:

¿No echas de menos vivir solo?

Eso me pasaba cuando vivía sin ganas. Esto es distinto.

¿Cómo decidiste dejarlo todo?

Dejé la construcción a los 43. Todos decían que era una locura. Pero estudié restauración. Mi mujer, Ana, siempre animó. Era de esas personas que dan calma.

La echas de menos…

Sí. Pero no me ata. Puedo quererte y extrañarla a la vez. ¿Tú entiendes?

A mi manera, sí.

Silencio. De esos plenos, sanos.

***

Al quinto día llamó Lucía. Isabel salió a la terraza: el aire era cristalino.

¿Sigues allí?

Sí, hasta el domingo.

Pausa.

Mamá, ¿esto lo haces por ti o por demostrar algo? ¿A ti o a nosotros?

Miró la noche.

No es por demostrar nada. Solo quiero vivir de otra forma.

¿No eras feliz antes?

No era desgraciada. Pero tampoco era como quería.

¿Y qué te faltaba?

Eso era difícil de explicar. Tenía mucho. Un hogar, hijos, trabajo, amigas. No había grandes desgracias. Pero faltaba esa sensación de estar dentro de su vida y no en un lateral, como si su existencia fuera un guión y ella la actriz secundaria.

Me faltaba yo misma dijo al fin.

¿Eso qué significa?

Que a veces basta.

Lucía guardó silencio.

¿Serás feliz?

No lo sé, pero quiero intentarlo.

Vale dijo su hija. Vale.

No era rendición, pero tampoco guerra.

***

El domingo, con la maleta ya lista, Juan le preguntó:

¿Te decides?

Casi.

Eso es bueno o malo.

Solo necesito un poco más.

Asintió.

Te da miedo equivocarte.

Sí.

Hay errores de hacer y errores de no hacer. Para mí, estos últimos son peores.

Ella lo miró.

¿Lo dices aposta?

No, así lo pienso.

Ella regresó a Madrid. La casa la recibió con su silenciosa rutina: paredes conocidas, orden, relámpagos de la ciudad en la ventana. Preparó té, abrió su libro y leyó: “La soledad no es una condena, sino un hecho; lo que haces con ella, eso importa”.

Cerró el libro.

Escribió a Juan: Iré en enero. A probar. Él contestó: Te espero.

***

Diciembre transcurrió a su manera, entre club de lectura, visitas a Pura, papeleos. Por dentro, Isabel sentía una decisión medio formada pero serena.

Lucía volvió a llamar.

¿No te arrepientes?

No.

¿Vas a alquilar el piso?

Sí.

¿Crees que solo porque es nuevo te hará más feliz? ¿Y si te confundes?

Lucía, tengo sesenta y uno, no dieciocho. Sé medir.

Eso no te libra de ilusiones.

No, pero tengo memoria, experiencias.

¿Y si no es como imaginas?

Siempre hay sorpresas. ¿Cuando te casaste tú estabas segura?

Tenía veintisiete.

¿Y?

Silencio.

Vale, mamá. ¿Te ayudo a hacer cajas?

Me ayudarías mucho.

***

Pasó la Nochevieja rodeada de familia en casa de Lucía. Sofía le narraba confidencias al oído, adultos y pequeños comían y brindaban juntos.

Antes de las campanadas, Lucía anunció con naturalidad:

Mamá se va a Segovia en enero.

Jorge sonrió apenas.

¿Para siempre, Abu? preguntó Sofía.

Veremos, hija. Pero iré mucho a verte.

Ella cerró los ojos, vencida por el sueño, sonriendo.

Miro todo: la niña dormida, mis hijos con sus copas, el olor del sofá antiguo… y pienso: esta es mi vida, lo vivido y lo que queda. En otra ciudad alguien, Juan, me espera.

***

El 15 de enero llamó a Amparo.

Renuncio al club, Amparo.

¿Cuándo?

En febrero. Hay tiempo para buscar a alguien.

¿A Segovia?

A Segovia. Con Juan, pero también conmigo.

Buena frase dijo Amparo. Te echaremos de menos. Suerte, Isabel.

El último día, los niños le hicieron una tarjeta. El pequeño de los libros-ventanas dibujó cortinas y el letrero: Para mirar adentro.

Isabel la guardó en el bolso.

***

El 23 de enero llegó a Segovia. Juan la ayudó con las maletas. Había preparado una pequeña habitación, una maceta de geranio en la ventana.

¿De dónde ha salido?

Pensé que necesitábamos un poco de color.

Has hecho bien.

Se asomó al jardín cubierto de nieve.

¿Cómo lo ves? preguntó él.

No lo sé. Vuelve a preguntarme en un mes.

Lo haré.

Gracias por no meterme prisa.

Gracias por venir.

***

Pasaron tres meses. Isabel se adaptó con lentitud. Segovia era pueblo grande, y la novedad se nota. Carmen la presentó a vecinas; una, Mercedes, le ofreció ayudar en el club de lectura del Centro Cultural. Al principio temió no encajar, pero le gustó.

Lucía llamaba semanalmente. De preguntarle ¿cómo tú? pasó a ¿cómo va el club?, ¿cómo estáis?. Un acostumbrarse mutuo, como los ojos a la luz nueva.

Sofía mandó una carta de las de papel con dos iglesias y el río. Abu, pronto te visitaré. Mamá dice en vacaciones. Práxedes es la cabra, ¿verdad? Me lo contó Carmen.

Isabel contestó, también por carta.

***

Un viernes de abril Lucía, esta vez sola, cumplió su promesa. Entró en la casa, la recorrió en absoluto silencio. Se sentaron en la cocina; Juan se excusó enseguida.

Aquí se está bien admitió Lucía, casi sorprendida.

Lo está.

Es pequeño.

Y tranquilo.

¿Echas de menos Madrid?

Echo de menos a los míos, y sí, la ciudad. Pero no lo cambiaría.

Lucía giró la taza entre las manos.

¿Él es bueno?

Sí.

¿Eres feliz?

Isabel lo pensó.

No siempre, pero sí. Ahora estoy bien.

Lucía asintió.

Vale.

¿Eso qué significa?

Que intentaré entenderte. Me cuesta, pero lo intento.

Eso basta.

Tomaron té, charla de familia, del trabajo, nada trascendente. Pero al marchar, en la puerta, Lucía la abrazó fuerte.

Ya fuera, cuando se iba, gritó:

¡Mamá!

¿Sí?

La gitanilla está en flor.

Sí.

Pues mira tú qué bien.

***

Isabel entró. Juan preparaba la cena.

¿Bien?

Bien.

Lucía es buena, solo tiene miedo.

Es normal. Le costará.

Isabel puso la mesa, notando cómo lo cotidiano se hace hábito.

¿Crees que hice bien?

Él la miró.

¿Tú qué crees?

Por primera vez, siento que hice algo solo mío.

Pues ya lo tienes claro.

Comieron. Fuera, los últimos restos de ventisca y los brotes tiernos del jardín.

¿Basta con esto? No lo sé. Pero la sopa estaba caliente, la gitanilla florecía y tenía una tarjeta de un niño de ocho años que supo dibujar una ventana para mirar adentro.

***

Por la noche, llamó Sofía.

Abu, dice mamá que estuvo contigo.

Sí, hija.

¿Estaba triste?

No. ¿Por qué?

A veces llora, intenta que no la oiga. Por ti.

Isabel cerró los ojos.

Dile que la veré pronto.

¿Tenéis primavera allí?

Casi. Aún queda nieve.

En Madrid hace más calor. Es raro, ¿verdad?

No, es normal.

¿Tú nos echas de menos?

Isabel miró la ventana, primeras estrellas arriba.

Muchísimo.

Eso está bien. Si no echaras de menos, no querría decir que nos quieres.

No supe responder.

Adiós, Abu.

Adiós, Sofía.

Fui a ayudar a Juan con los platos. Afuera, ladraba algún perro. El geranio, en la ventana, lucía firme en la penumbra.

Y pensé que Sofía tenía razón: si se echa de menos, se quiere. Y al revés. De eso va la vida: no de la perfección ni las grandes hazañas, sino del valor de hacer nuestras propias elecciones, cuando nos pertenecen por fin.

Y seguí, un día más, poniendo el mantel para dos.

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Elena Gante
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La rebelión tardía
Yo lo salvaré…