La esposa invisible
¡Marisa! retumbó una voz alegre, y la amiga, sacudiéndose las gotas del abrigo rojo chillón, se dejó caer frente a ella. Perdona, niña, hay atascos en medio Madrid. ¿Has pedido ya?
Sólo un café María sonrió con desgana. Estaba esperándote.
Inés se quitó el abrigo, examinó a María de arriba abajo con gesto crítico y silbó como si hubiera visto un milagro.
¡Madre mía, María! ¿Te miras al espejo al menos una vez al mes? ¿Pero qué llevas puesto, hija? Jersey gris, pantalón gris… ¿Vas de camuflaje o has decidido pasar desapercibida en la vida?
Es cómodo se encogió de hombros María. Tengo ya cincuenta y dos, Inés, no estoy yo ya para vestirme de pasarela.
Ya, ya Inés pidió un capuchino y una napolitana de un plumazo. Y tu Juan, ¿dónde anda ahora? ¿Otra vez de escapada al río?
María asintió.
Se fue el viernes por la noche. Vuelve el domingo para comer, como siempre.
Como siempre la imitó Inés con sorna. Y tú, también como siempre, de Rodríguez en casa, ¿no? Viendo la tele, calcetando o zurciendo calcetines… Dime la verdad: ¿cuándo fue la última vez que Juan te invitó a algo? ¿A cenar, al teatro, al cine, yo qué sé? Haz un esfuerzo, mujer, que seguro que ni te acuerdas.
María notó cómo se le encendían las mejillas.
Fuimos… Estuvimos en el pueblo en julio. Juntos.
¡En el pueblo! se carcajeó Inés. Tú arrancando malas hierbas y él arreglando la caseta de útiles. Casi como aquellos veranos en Torrevieja, vamos. Venga, Marita, que se te está pasando la vida. Que ya no somos unas crías, pero tampoco dos abuelas rezongonas. Y tú te estás enterrando en vida, que lo sepas.
No digas tonterías sorbió el café, más amargo que de costumbre. Tenemos un matrimonio normal. Veintiocho años juntos, algo tendrá que significar, ¿no?
Veintiocho años de costumbre sentenció Inés. Te has vuelto transparente. Para Juan eres como el microondas o el taburete de la cocina. Está ahí, funciona, pues estupendo. ¿Cuándo fue la última vez que te dijo algo bonito? ¿Te ha preguntado aunque sea cómo estás?
Quiso replicar, pero las palabras se le atragantaron. La verdad era que las noches pasaban en silencio total: Juan leyendo foros de pesca en la tablet, ella tejiendo o enganchada a alguna serie insípida. De vez en cuando él preguntaba qué había de cena. Ella le recordaba que había que pagar el IBI. Conversaciones de alto voltaje.
Veo que te he dado en el clavo Inés se inclinó hacia ella con brillo canalla en la mirada. Mira, el otro día conocí a un tipo. Fotógrafo. Andrés se llama. Un hombre con ganas de hablar, escuchar Este sábado expone en una galería en la calle del Prado. Vente. Te despejarás un poco, anda.
Inés, que no
Nada de excusas le cortó Inés. Que te hace falta salir del cascarón, por lo menos para ver gente y dejarte ver. Te buscaré algo decente para que vayas mona, no te preocupes. No sabes lo bien que sienta cuando uno recuerda que le miran de verdad, no para hablar de una gotera.
Discutir con Inés era perder el tiempo. Y, la verdad, eso de salir no sonaba tan mal. En casa últimamente reinaba un silencio casi sepulcral.
***
El sábado por la tarde, María se plantó ante el espejo y por poco no reconoció el bulto reflejado. Inés le trajo un vestido burdeos, discreto pero elegante, con un cinturón que insinuaba la cintura. María se maquilló por primera vez en siglos y se hizo la raya al lado.
Vaya, vaya murmuró, admirándose. Y yo pensando que ya era pura reliquia…
¿Una abuela? rió Inés, satisfecha. Nada de eso, Marita. Lo que pasa es que lo habías olvidado.
La galería era pequeña y acogedora, de altos techos y paredes blancas, decorada con fotografías en blanco y negro: patios viejos, caras de desconocidos, estaciones abandonadas. Había una treintena de personas, copa de vino en mano, susurrando a media voz.
Inés fue directa hacia un hombre alto, con un toque de canas entre el pelo oscuro y jersey de cuello alto negro acompañado de vaqueros.
Andrés, te presento a mi mejor amiga, María anunció. María, este es Andrés, el artista del tinglado.
Andrés giró la cabeza. María notó el impacto de su sonrisa y esa mirada de ojos grises cálidos, con arruguitas trabajadas por el tiempo. Extendió la mano.
Un placer. Espero que te guste.
No entiendo mucho de fotos confesó María al estrecharle la mano, seca y agradable.
Ni falta que hace respondió Andrés, ampliando la sonrisa. Se trata de sentir, no de entender. Ven, que te enseño mi favorita.
Le llevó hasta una fotografía en la esquina: una anciana asomada a la ventana, la luz cayendo sobre su rostro como si contara mil historias arrugadas. Los ojos profundos, tristes, mirando al infinito.
¿Ves? susurró Andrés. Es mi vecina, ochenta y tres años. La fotografié hace año y medio. Me confesó media vida: la guerra, un marido que no volvió, tres hijos criados sola. ¿Y sabes lo más sorprendente? Ni rastro de lástima en sus ojos. Sólo tristeza y mucha dignidad.
María sintió cómo se le encogía el pecho viendo aquella foto.
Es muy hermosa susurró.
Sí admitió él. La belleza no es sólo la juventud o una cara tersa. A veces es el rastro de la vida la miró con atención. También tienes esa tristeza en la mirada, interesante. Como si siempre pensaras en algo que nadie sabe.
María se sintió sorprendida. Hacía años que nadie la miraba así. Juan la veía, pero no la miraba. Aquel desconocido parecía verla por dentro.
Supongo estoy un poco cansada, quizás murmuró.
¿De qué? preguntó Andrés, no por curiosidad sino con la naturalidad de quien lleva hablando veinte años contigo.
Quiso bromear, pero la lengua se le soltó.
De la rutina. De que cada día es un calco del anterior. Levantarse, desayuno, faena doméstica. Juan trabajando, luego pescando. Los hijos ya volaron. Y yo aquí, sentada, preguntándome dónde está aquella chica soñadora que quería viajar, vivir algo grande.
Se calló, asustada por su sinceridad.
Perdona balbuceó. No sé qué me pasa.
No pidas perdón le tocó el codo, apenas un roce tranquilizador. Se llama honestidad. Y eso escasea. Mira, tengo un pequeño club. Nos reunimos cada semana, charlamos de foto, literatura vente el miércoles que viene, seguro que lo pasas bien.
María fue a decir que no, que tenía mil cosas, pero de pronto se oyó responderse:
Vale. Iré.
***
Juan volvió el domingo, como cada vez, oliendo a río y a brasa.
¿Qué, éxito en la pesca? le preguntó María.
Un par de percas el hombre fue directo a la cocina a dejar la mochila. Nada mal. ¿Tú qué tal aquí, todo bien?
Bien, fui a una exposición con Inés.
Ah, vale cogió chorizo y pan. Eso está bien. Tienes que salir más, mujer, que te pegas la vida encerrada.
Lo decía como el que recita la lista de la compra, sin mirar siquiera. María sintió un pequeño estallido de rabia.
Juan, ¿por qué no vamos nosotros a algún sitio juntos? Yo qué sé, un restaurante, al teatro
Él la miró sorprendido.
¿Para qué? Si eso está caro. Además, estoy agotado. Otra vez será, ¿vale?
Otra vez será. Siempre. María asintió y se fue al dormitorio a escribirle a Inés: Pásame la dirección del club. Voy el miércoles.
***
El club se reunía en el sótano de un edificio antiguo, convertido en salón acogedor, sofás blandos, estanterías y cámaras antiguas distribuidas por las mesas. Quince personas, la mayoría de más de cuarenta o cincuenta. Andrés la recibió en la entrada.
Me alegro de que hayas venido le sonrió. Siéntate donde quieras.
La noche pasó volando, entre debates sobre un fotógrafo francés, recitados de poesía y charlas sin prisa. María escuchaba, sin tener que hablar de facturas, menús ni bricolaje.
Al salir, Andrés la acompañó a la parada de bus.
¿Te ha gustado? preguntó.
Mucho confesó. Ha sido como viajar a otro mundo.
Porque lo has hecho se rió él. ¿Sabes? Veo en ti a alguien que lleva mucho sin hacer nada por sí misma. Siempre para los demás. ¿Recuerdas la última vez que hiciste algo sólo porque te apetecía?
María lo pensó. No recordaba ninguna.
Esa es la trampa de los años de madurez continuó él. Un día te das cuenta de que te has dado entera a otros y te has olvidado de ti. Y de repente, crisis. Pero nunca es tarde para recordar quién eres.
A María esas palabras le aliviaron el alma. Se quedó embobada mirándole.
Oye propuso Andrés de pronto. ¿Y si este sábado vamos a la sierra? Conozco una casona antigua, en otoño es preciosa. Me gustaría hacer fotos allí. Te invito. Te prometo que pasarás un día diferente.
María se quedó parada. Sábado significaba Juan de pesca. Ella sola en casa. Como siempre.
No sé suena raro tartamudeó.
¿Raro por qué? sonrió él. Sólo un paseo. Tienes derecho a disfrutar, ¿o no?
Supongo que sí susurró.
Perfecto. Nos vemos en el metro a las diez. Y tráete abrigo, que en la sierra refresca.
Se despidió y se fue. María se quedó con el corazón galopando como cuando tenía veinte años.
***
El viernes Juan, como de costumbre, preparaba la mochila.
Me voy hasta el domingo dijo, ajustando las cremalleras. Llevo el móvil, cualquier cosa me llamas.
Vale María le observaba revisar las cañas. ¿Quieres que te acompañe?
Juan alzó la mirada, extrañado.
¿Tú? Si la otra vez no hacías más que quejarte del frío y de los mosquitos.
Por estar juntos susurró ella.
Pero si ya estamos juntos casi siempre se encogió de hombros. Descansa. Mira tus series.
Le dio un beso rápido y salió. María se quedó mirando la puerta cerrada.
Juntos casi siempre, repitió para sí. ¿Pero juntos de verdad?
Al día siguiente se puso vaqueros, jersey grueso, cogió la parca y se miró al espejo. Tenía color en las mejillas y chispa en los ojos, casi rejuvenecida.
No pasa nada. Sólo voy al campo con un amigo, se prometió.
Andrés la esperaba con dos cafés para llevar.
Buenos días, ¿preparada para la aventura?
Fueron en su viejo Seat Panda, con música puesta y buen humor. Él contaba anécdotas de sus viajes, María reía, algo que hacía siglos no le salía natural.
La casona era una ruina gloriosa: columnas viejas, parque otoñal, estanque oscuro. Andrés hacía fotos. María se entretenía recogiendo hojas caídas.
Ponte ahí pidió Andrés de pronto. Junto a la columna. Mira lejos, no a la cámara.
La retrató varias veces, luego le enseñó las fotos en la pantalla.
¿Ves? Eres muy fotogénica. Y esa nostalgia tuya te da mucha hondura.
María miró la imagen. Una mujer algo despeinada y soñadora ¿de verdad era ella?
Pasaron el día entre paseos y risas. Luego, Andrés propuso entrar en un bar rural. Tomaron bollos calientes, té humeante y la charla se fue volviendo personal.
¿Cuánto llevas casada? preguntó él.
Veintiocho años.
¿Eres feliz?
María no contestó de inmediato. ¿Felicidad o costumbre?
No sé… antes pensaba que sí. Ahora ni idea. Es como vivir dormida. Está todo en orden, pero falta algo.
Falta pasión asintió Andrés. Falta sentir. No eres función de nadie, eres persona, María.
Le cogió la mano, suave.
Eres inteligente, bella, profunda. Y mereces tener tu propia felicidad.
María miró la mano sobre la suya. Debería apartarla. Pero no podía ni quería.
***
Las semanas siguientes pasaron en una especie de fiebre. Quedaba con Andrés a menudo: en el club, en exposiciones, para pasear. Él le daba atención, cumplidos, conversación.
Con Juan todo igual. Trabajo, pesca, noticias. María cocinaba, limpiaba, lavaba. Diálogos mínimos.
María, ¿has comprado leche?
Sí.
Perfecto. ¿Dónde están mis calcetines?
En el cajón, de siempre.
Y fin. Pero Andrés sí preguntaba cómo estaba. Y a él le contaba todo.
Inés, por supuesto, lo captó al vuelo.
Ay, que te has enamorado, bribona le soltó en el café.
No digas tonterías María se sonrojó. Solo somos amigos.
Ya, amigos Inés puso los ojos en blanco. Hace años que no te veía así de contenta. Sabes qué, me alegro. Lo mereces.
Pero sigo casada susurró María.
¿Y? ¿Juan se ha enterado siquiera de que existes últimamente? Haz lo que te apetezca, vida solo hay una. Si ese Andrés te hace sentir viva, ¿qué importa?
María lo meditaba. Esto no es traición, solo es vivir un poco, se decía.
El punto de inflexión llegó en noviembre. Andrés la invitó a un festival de fotografía a tres horas de Madrid.
Dormiremos allí, en hotel, tengo reservadas dos habitaciones. Será divertido.
Dos habitaciones. María se aferró a ese dato de cara a su conciencia.
A Juan le dijo que iba de compras a Toledo con Inés.
No gastes mucho le dijo él, sin levantar la vista de la tablet. Ni un gesto de interés.
El hotel Andrés cumplió: dos habitaciones. Pasaron el día entre exposiciones y charlas, acabaron cenando y tomando vino. Él habló de la importancia de vivir al día, de no dejar pasar la felicidad.
Mira, María le dijo al cabo, he conocido a muchas mujeres, pero tú eres especial. Hay en ti esa pureza intacta y una tristeza profunda que quiero dejar atrás.
Le cogió la mano.
No quiero presionarte. Pero eres importante para mí. Mucho.
A María le daba vueltas la cabeza. Subieron a las habitaciones y él la acompañó a la puerta, le dio un beso en la mejilla.
Buenas noches. Si quieres hablar, estoy aquí al lado.
Entró, se tumbó y miró el techo. Estoy casada. Veintiocho años. No puedo
¿Y la última vez que Juan te besó, te dijo que le importas?
¿Es traicionar o vivir?
A las dos de la mañana, María se levantó, se puso la bata y tocó la puerta contigua. Andrés abrió enseguida.
María susurró.
Ella pasó dentro.
***
El amanecer llegó como una resaca moral, sin haber bebido apenas. María se encontraba extrañamente ajena, con el cuerpo yaciendo junto a un hombre que no era su marido. Se vistió, volvió a su habitación. Se sentó, temblorosa.
¿Qué he hecho?
Pero en el viaje de vuelta Andrés era dulce, afectuoso, le cogía la mano. Poco a poco, la culpa iba dejando paso a una sensación retorcidamente feliz.
Estoy viviendo, por fin.
Juan la recibió con su parsimonia habitual.
¿Compraste mucho?
Poca cosa contestó ella.
Vale. ¿Qué hay de cenar?
Y la vida siguió igual. Durante el día, María era la esposa puntual; por las noches escribía, quedaba con Andrés a escondidas, vivía literatura, exposiciones y versos.
Apenas hablaba con Juan. Salvo los mínimos.
Habrá que mirar la cisterna en el pueblo.
Cuando pase el frío, ¿vale?
Sí.
Silencio. Espeso. Pesado.
Inés exultaba.
¿Ves? Ahora sí vives. No te ahogas en ese aburrimiento.
María aún se justificaba: Es culpa de Juan, él me dejó sola antes. Yo me merezco ser feliz.
Pero por las noches, tendida junto al cuerpo de Juan dormido, sentía una grieta en el pecho.
***
Diciembre llegó con frío y nieve. María y Andrés quedaban ya casi cada semana. Él alquiló un pequeño estudio fotográfico donde ella decía que iba a clases de informática.
Juan no preguntaba.
Andrés era atento, cariñoso, apasionado, con palabras bonitas que a veces ya notaba repetidas, como un texto memorizado. ¿Se las había dicho a otras? Ya no podía retroceder.
Un día, comprando medicina a Juan, en la farmacia se le cayó del bolso una cajita de colonia. Una que le había regalado Andrés, Sonata de Luna, dulce y melosa.
No se dio ni cuenta. Pagó y se fue.
Esa noche, Juan volvió antes. Estaba María en la cocina preparando la cena cuando él dejó la cajita encima de la mesa.
¿Esto es tuyo? preguntó, muy serio.
María miró, y se le heló la sangre.
Es sí, mío. Me lo encontré en la calle improvisó.
¿Colonia de sesenta euros, tirada en la calle? La abrió, la olió.
Se sentó y habló despacio.
María, no soy tonto. Sé que andas distinta, que te vas mucho, que me miras sin verme. ¿Quién es?
Nadie susurró ella. Sólo un conocido.
No me mientas apretó la cajita en el puño. Me has puesto los cuernos, ¿verdad?
El silencio era más ruidoso que la Gran Vía en Navidad.
Sí susurró al fin. Perdóname. No quería, pero
Pero sucedió rió él, cortante. Todo claro.
Se levantó hacia la puerta.
Juan, espera María corrió tras él. Hablemos, por favor
¿Explicarme qué? volvió el rostro, con una pena que dolía mirarla. ¿Que follaste con otro porque yo no te hacía caso? ¿Que es culpa mía, claro? Puede ser. A lo mejor me metí en burbujas de trabajo y cañas de pesca. Pero jamás te fui infiel. Porque te quería. Te quiero. Y tú lo has roto todo.
Juan, por favor lloraba.
No puedo estar aquí. Necesito pensar. Me voy con Luis una temporada.
En diez minutos recogió cuatro cosas. María apenas le veía meter las camisas, la ropa interior en la bolsa.
Juan susurró ella. No me dejes.
¿Tú no me dejaste antes? le disparó. ¿La noche que te fuiste con él?
Y salió sin dar portazo. Sólo salió. Y el silencio que quedó fue otro. Un agujero enorme.
***
María deambuló por el piso, intentando entender qué había hecho. Llamó a Juan, él no contestó. Mandó un mensaje: Perdóname. Por favor, vuelve. Silencio.
Llamó a Andrés.
Andrés, ha pasado Juan lo sabe. Se ha ido. No sé qué hacer.
Ay, María la voz de Andrés era compasiva. Vente, te acompaño, hablamos.
Se citaron en el estudio. María lloró, desahogándose, y Andrés la abrazó.
Todo irá bien le decía. Nada de esto podía durar para siempre. No eras feliz. Ahora puedes empezar de cero.
¿Empezar de cero? miró María con ojos de haberlo perdido todo. ¿Qué quieres decir?
Bueno ahora eres libre. Puedes viajar, reinventarte, hacer lo que quieras, ser tú misma.
¿Y tú? preguntó muy bajo. ¿Tú y yo podemos?
Andrés se alejó un poco, titubeando.
María, a ver yo no soy hombre de hogar ni pareja estable. Ya te lo dije. Vivo el momento. Te he dado momentos preciosos, ha estado bien, pero…
¿Pero qué? la realidad era helada.
No me veo construyendo nada serio. A mí también me asfixia la rutina. Pensé que tú sólo querías un poco de aire.
Ella entendió de golpe. Todo aquel teatro, los piropos, las palabras bonitas Eso era suyo. De Andrés, quiero decir, para todas.
O sea ¿he sido un pasatiempo? murmuró.
No, no eres especial. Pero busco libertad, no ataduras. ¿Tan mal ha estado sentirte viva?
María se levantó, temblando.
¿Sabes? Tienes razón. Me he sentido viva. Y ahora rota. Por ti. Por mí. Por mi estupidez.
No miró atrás. Salió bajo la nieve, llorando.
***
En casa, la soledad era absoluta. Encendió la luz, se sentó en el sofá. Marcó a Inés.
Inés, necesito verte.
Se hallaron en el café La Dolores donde empezó todo. Inés escuchó el relato mientras removía el capuchino.
Bueno, pues ya tienes tu historia concluyó tranquila. No te has quedado marchita, al menos.
María la miraba como si hablara otro idioma.
¿Vas en serio? Mi vida es un desastre y tú…
¿Y qué? se encogió de hombros. Te metiste tú sola. Yo solo te presenté a Andrés. Eres mayorcita.
Tú me empujaste, todo el día diciendo que Juan no me valora…
¿Y no era verdad? Inés esbozó media sonrisa. Quizá ahora se dé cuenta de lo que pierde. O quizá no. Así es la vida.
María se levantó.
¿Sabes qué, Inés? Pensé que eras mi amiga. Y resulta que solo envidiabas mi estabilidad. Querías que fuese tan infeliz como tú. Sola, siempre buscando.
Ay, qué melodrama resopló Inés.
Adiós, Inés.
***
Pasó una semana. Juan seguía sin volver. Mensajes, llamadas. Necesito tiempo, respondía.
El piso parecía inmenso y vacío. Por las noches, María repasaba todo como si pudiera rebobinar la vida: los detalles sencillos, los aburrimientos, todo aquello que ahora añoraba.
En Nochevieja no aguantó y fue a casa de Luis, donde estaba Juan. Le abrió el propio Luis.
¿Vienes a ver a Juan?
Sí… ¿puedo hablar con él, aunque sea cinco minutos?
Luis dudó, pero fue a buscarle.
Juan apareció, demacrado y con más canas.
¿Qué quieres?
Decirte que lo siento, Juan. Que fue un error horrible. Que ese hombre ni siquiera era real. Tú eras mi casa. Por favor, dame una oportunidad de arreglarlo.
Juan la miró tiempo, largo.
No lo sé, María. Me duele tanto aún Cuando te miro sólo pienso en ti con él.
Lo entiendo. Quizá con el tiempo
O no la interrumpió. No sé si podré perdonarte, ni olvidarlo.
He destruido todo lloraba María. El hogar, la confianza yo misma.
Silencio. Dos extraños a la intemperie.
Me voy, tengo que pensar dijo él. Y cerró la puerta.
Fuera nevaba. La ciudad bullía por el fin de año, y María bajó sola la escalera.
***
Despidió el año con una copa de cava y la tele puesta.
Por la nueva vida susurró. Menuda gracia.
A principios de enero, Inés la llamó.
¿Vas a seguir en modo ermitaña? He conocido a uno nuevo. Da clases de yoga. Te vendría genial. ¿Quedamos?
María sostuvo el móvil y dudó.
¿Qué dices, María? ¿Nos vemos en nuestro café de siempre?
Cerró los ojos. Iban y venían los mismos círculos, como si no aprendiera. ¿Cuántas veces buscaría afuera lo que tal vez había estado siempre a su lado?
No, Inés dijo finalmente. Ya no puedo.
¿Qué dices? Inés, sorprendida.
No puedo, de verdad. Lo siento.
Colgó.
Pocos días después, María se sentó sola en La Dolores. Café en mano, mirando el Madrid nevado tras los cristales.
De pronto entró Inés. Al verla, se sentó enfrente.
Mira quién está aquí soltó quitándose el fular. El chico del yoga es un fenómeno. Te lo presento, verás, te ayudará mucho. ¿Te animas?
María la miró, con una lucidez dolorosa. Por fin lo entendía: había sido marioneta de otros, buscaba fuera lo que nunca empezó dentro.
¿Me oyes, María? insistió Inés.
La miró, y en su silencio ya estaba la respuesta. Todo ese dolor, toda esa pérdida, todo ese aprendizaje, encapsulados en una sola mirada que por fin revelaba verdad y cansancio.
Fuera seguía nevando. María, esta vez, sólo calló.







