Basta de ser siempre la cómoda
¡Pues ya está hecho, Carmencita! trinaba la tía Virtudes, pasándose una servilleta de papel por los labios. Era del pastel que Carmen Ortega había horneado para la visita, y que ahora lucía una gran mancha de crema y mantequilla. El cinco de mayo nos vemos en tu casa. Yo llevo mis embutidos, caseros, ya sabes, y tú, si no es mucho pedir, te encargas del plato fuerte. Eres la cumpleañera, no se olvide. Vendrán invitados importantes, compañeros de trabajo de tu yerno Manuel, gente seria. Hay que recibirles como es debido.
Carmen Ortega se sentaba enfrente, entre las manos una taza de té ya casi helado. Miraba a tía Virtudes y asentía. Asentía mientras pensaba en el informe trimestral que debía entregar al día siguiente, en que la mantequilla del frigorífico se había acabado, en que a su marido Miguel le volvía a doler la espalda y debería comprar un nuevo parche en la farmacia. Pensaba en todo menos en lo que le decía la tía Virtudes, que seguía hablando mientras se recolocaba una bufanda violeta y miraba hacia la ventana, como si ya estuviese organizando los platos de una mesa ajena en su cabeza.
Unas veinte personas, mínimo continuaba la invitada. Llénate de ganas, Carmen. Que tú eres muy apañada. ¿Recuerdas la boda de Lucía? Todo el mundo repitió, no quedó ni miga. Pues esta vez igual. Y yo te ayudo, claro, dirijo la operación.
Se rió, un sonido breve y afilado como el ladrido de un perrito.
Carmen también sonrió. Porque es lo que se espera. Porque la tía Virtudes es familia política: hermana de Manuel, marido de Lucía, su única hija. Porque los líos en la familia es mejor evitarlos. Porque así lo ha hecho siempre: sonreír y asentir.
De acuerdo dijo. Así lo haremos.
Tía Virtudes se marchó a las ocho y media, satisfecha y saciada. Carmen cerró la puerta y se quedó un minuto apoyada en ella, dejando que el aroma denso del perfume ajeno, dulzón y pesado, llenara el recibidor. De la sala llegaba el murmullo de la televisión; Miguel veía otro documental sobre pesca y ni se había molestado en saludar a la visitante.
¿Ya se ha ido? le gritó, sin apartar la vista del televisor.
Ya.
¿Qué quería?
Carmen fue a la cocina y empezó a fregar las tazas. El agua salía tan caliente de la pila que casi quemaba, pero no apartó las manos.
Vamos a celebrar algo dijo. El cinco de mayo. Aquí.
¿Aquí? ¿Qué celebramos?
Mi cumpleaños. Y algo de trabajo de Manuel también.
El murmullo del salón siguió unos segundos, luego sólo silencio, luego otra vez los peces y los cebos.
Carmen secó las manos en una toalla vieja, con gallos desteñidos en el borde, comprada en un mercadillo hacía quince años y que nunca tiraba. Miró la toalla y pensó: soy igual que esto. Desteñida, con gallos en el orillo. Colgada de un clavo, esperando a que alguien venga y se limpie en mí.
Espantó la idea y fue al frigorífico a revisar qué quedaba.
En diez días Carmen Ortega cumpliría cincuenta años. Cifra redonda. Medio siglo, de los cuales recordaba bien unos treinta y cinco. En ese tiempo, no pudo acordarse de un solo día en el que hubiera hecho algo sólo para sí misma. No para Miguel, ni para Lucía, ni para su madre (fallecida cinco años atrás y a la que cocinaba cocido cada domingo), ni para su suegra, que en otro barrio también requería atenciones como una niña pequeña. Sólo para ella. Ni uno.
Trabajaba de contable en una cooperativa de construcción. Veintidós años en el mismo puesto. Sus colegas la respetaban, los jefes la valoraban, pero nunca le ofrecieron un ascenso. ¿Para qué? Si Carmen lo aguanta todo y nunca se queja. Si Carmen se apaña.
En casa era igual. Miguel, de cincuenta y cuatro, ingeniero en una fábrica, odiaba su trabajo pero seguía porque la jubilación no estaba lejos. En casa, decía él, descanso. Eso implicaba sofá, tele, móvil, a veces el garaje. La comida, la limpieza, la compra, los pagos: todo Carmen. Los invitados, también. Miguel participaba lo mínimo; hacía tanto que lo dejó de discutir con él, que ya era parte del ruido de fondo, como un zumbido al que uno se acostumbra y ni nota.
Lucía, su hija, se casó hace cuatro años. Manuel, el marido, buen tipo, trabajador, con una familia complicada. Su madre falleció tiempo atrás, el padre vivía en el norte, pero la tía Virtudes, hermana del padre, era el clan entero. Autoritaria y pesada, acostumbrada a que la escuchen y que todo se haga a su manera. No simpatizaba nunca con Carmen; simplemente, alguien tan callado y complaciente como su cuñada no merece respeto sino dominio.
Lucía quería a su madre, pero a Manuel más. Es lo lógico. Cuando tocaba elegir entre la comodidad de mamá y la paz de Manuel, la balanza siempre caía en favor de este último. Sin dramas, pero caía.
Y así vivía Carmen. Piso de tres habitaciones en el noveno, zona de Chamberí en Madrid, donde los edificios son todos parecidos y los patios sólo se diferencian por los árboles, que allí nadie poda por igual. No se quejaba. ¿A quién? ¿Para qué?
Después de que se marchó tía Virtudes, Carmen se sentó otra hora en la cocina, calculando qué debía comprar y preparar para veinte personas. La lista era larga y el coste asustaba. Miró los números garabateados en la parte de atrás de un recibo y sintió una presión en el pecho, no dolor, solo peso: como si alguien le hubiera dejado un ladrillo encima y olvidado recogerlo.
Apagó la luz y se fue a dormir.
Los nueve días siguientes, Carmen vivió lo que para sí calificaba como la penitencia previa a la fiesta. Al principio trató de convencerse de que todo era normal: ayudar a la familia, celebrar algo bonito, no aflojar. Pero al tercer día, esa autojustificación ya se le había agotado.
Se levantaba a las seis para descongelar algo antes de ir a la oficina, planificar la compra, llamar al súper para organizar la entrega. Trabajaba hasta las seis o más; el informe trimestral no se haría solo. Luego, al mercado. Productos pesados, garrafas, latas, arroz, carne; subía las bolsas hasta el noveno, porque el ascensor fallaba la mitad de los días. Llegaba, ponía algo en la olla, limpiaba la casa rápido, se acostaba a la una o las dos, otra vez en pie a las seis.
Miguel lo veía, claro, compartían techo. Pero miraba a través de ella. Solo una vez preguntó si necesitaba ayuda y, cuando ella contestó puedo con ello, él asintió aliviado y volvió al móvil.
Lucía llamó un miércoles. ¿Todo listo? Tía Virtudes preguntaba por el plato caliente y recordaba las entradas. Carmen le preguntó: ¿No podrías hacer tú las ensaladas? Se me hace mucho. Lucía se quedó un instante en silencio y respondió: Mamá, entiéndelo, ambos trabajamos, pero vamos a ayudar a poner la mesa al llegar. Ayudar a poner significaba simplemente trasladar comida de las ollas a los platos. Carmen lo comprendió y no insistió.
Dos días antes de la fiesta, limpiaba los cristales porque tía Virtudes, en la anterior visita, había hecho un comentario sobre el polvo en la repisa. Encima de un taburete, trapo en mano, pensó que la última vez que limpió ventanas para sí fue ocho años atrás, esperando a su madre. Pero tampoco era para sí: era para mamá. Lo mismo con la suegra antes. Siempre para alguien.
Un pie resbaló, casi cayó, pero se agarró a tiempo de la ventana. El corazón le dio un vuelco. Se sentó, derrotada, en el suelo, apoyada en la pared. Le dolía todo. Se le ocurrió: Si ahora mismo me caigo y me rompo algo, lo primero en lo que pensarían todos sería: ¿y la fiesta, ahora qué?
Le dolió. Se rio, ahoga y áspera. Terminó la ventana y se fue a seguir.
La noche del cuatro al cinco de mayo sólo durmió tres horas. El resto: cocinar, cortar, hornear. Carne asada, dos ensaladas, merluza rellena que nunca le gustó, pero que Virtudes exigió. Empanadillas de repollo, porque el primo de Miguel, Manolo, no concibe fiesta sin ellas. El pastel lo horneó el día anterior: de bizcocho y cerezas, su preferido. El único capricho propio en toda la preparación.
A las siete se duchó, se puso el vestido azul que compró hace dos años y nunca se atrevió a estrenar. Se miró al espejo. Bolsas bajo los ojos, ni el maquillaje lo tapaba. Labios secos, manos rojas de tanto fregar. El vestido, sin embargo, le sentaba bien. Lo sabía.
Vaya, te has arreglado dijo Miguel al verla en el pasillo. Bien.
Eso fue todo. Ni estás guapa, ni feliz cumpleaños, ni ¿cómo te encuentras?. Solo bien y siguió su camino.
Los invitados iban llegando desde las doce. Tía Virtudes fue la primera, a las once y media, cargada de bolsas: embutidos prometidos, un frasco de pepinillos caseros, y una caja de dulces que puso sobre la mesa como contribución. Hizo inspección ocular, asintió.
Bien hecho, Carmencita dijo, igual que Miguel. Menuda currada.
Luego abrió el móvil y comenzó a llamar.
Hacia la una estaban todos. Veintitrés personas, según contó Carmen al verlos sentados sobre la mesa: extendida con tres tableros, cubierta con un mantel que planchó la noche anterior.
Miró los rostros: de veintitrés, apenas conocía bien a seis. El resto, compañeros de Manuel y amigos de la tía Virtudes. Extraños en su casa, comiendo su comida, sentados en las sillas que tuvo que pedir a la vecina Pilar del tercero, porque no le llegaban las propias.
El primer brindis lo hizo Manolo, el primo. Hablan largo, se lía, narra algo de los ochenta que nada tiene que ver con la homenajeada, pero todos se ríen. Luego Manuel, el yerno, lanza un breve: Felicidades a Carmen, que es una currante, y vuelve a hablar de su colega Antonio, que había logrado tal puesto y tal cifra. Carmen ni entiende los detalles.
Tía Virtudes se puso de pie, discurso preparado: elogia el esfuerzo de Antonio, su superación, qué buen chico es. Apenas menciona a Carmen: Y a nuestra anfitriona, no la olvidemos, al menos ya que estamos en su mesa, ¿eh? Carcajadas.
Carmen sonreía. Al fin y al cabo, encabezaba la mesa; así toca. Sonreía, brindaba, agradecía las palabras. Por dentro sentía algo moviéndose: lento, casi imperceptible, como el agua calentándose a punto de hervir.
Carmen, que no hay sal aquí gritó alguien desde el extremo.
Se levantó y trajo la sal.
Hay poco panpide Manolo.
Carmen trajo pan.
Carmen, faltan tenedores dijo una mujer desconocida.
Carmen trajo tenedores.
Alguien pidió otra tabla de embutido, luego más platos, agua con gas que olvidó traer Lucía y hubo que bajar al cajón de la terraza.
Carmen iba y venía, apenas podía estar sentada más de dos minutos. Su plato, lleno, porque no tenía tiempo de probar bocado.
Un momento intentó proponer un brindis. Se levantó, copa en mano. Lucía, a su lado, la imitó, pero justo entonces tía Virtudes comenzó otra historia en alto, todos se giraron y Lucía bajó la copa. Carmen, en silencio, también se sentó. No brindó.
Los halagos llegaban: Menuda merluza, las empanadillas de muerte, la carne, tiernísima, ¿cómo la haces? Carmen explicaba recetas, sentía el cumplido y, a la vez, cierta amargura: alaban la comida, no a ella. Porque allí, ella era la cocina, el delantal, el si puedes añadir y el trae más pan. No una homenajeada. Era el servicio.
Pasaban las horas. El sol de mayo, indiferente, brillaba tras las ventanas. Las caras de todos más rojas, las voces más altas. Antonio hablando de su ascenso; Virtudes metiendo comentarios; Miguel, en la otra punta, hablando de fútbol con Manolo.
Carmen fue a la cocina a por otra tanda de carne. Cogió los guantes, sacó la bandeja del horno. Manos temblorosas de cansancio y sueño. Todo le bailaba delante de los ojos. Puso la carne sobre la encimera y empezó a servirse en una fuente.
De la sala, retumbó la voz de tía Virtudes, imperiosa:
¡Carmen! ¿Vienes ya? Y tráete la mayonesa, que se ha acabado.
Ni Carmencita, ni por favor, ni siquiera un no te moleste. Sólo trae, haz, como una criada.
Carmen se detuvo, cuchara en alto. En la cocina sólo se escuchaba el rumor del tráfico. El sol sobre la encimera. El cajón de cubiertos y el hervidor vacío.
Algo hizo clic por dentro.
No dolió. Fue sencillo. Como apagar la luz.
Dejó la cuchara. Colgó los guantes de horno en su sitio. Tomó la fuente de carne, el tarro de mayonesa, y entró al salón.
Los depositó en la mesa.
Se irguió.
Escuchadme dijo. No muy alto, pero lo suficiente para que varios se girasen. Por favor.
Tía Virtudes seguía charlando. Lucía la miraba con sorpresa. Miguel ni la miraba.
Por favor, escuchadme repitió Carmen, un pelín más alto.
Ahora sí, Virtudes la encaró, molesta por la interrupción.
¿Ha pasado algo? preguntó, molesta.
Carmen recorrió la mesa con la mirada: sus invitados y los ajenos, su marido que finalmente la miró, su hija con la copa al aire y cara de no entender nada, tía Virtudes con su bufanda violeta y su autosatisfacción.
Quiero decir unas palabras. Hoy es mi cumpleaños. Cumplo cincuenta.
¡Eso! ¡Felicidades! gritó un colega desde el fondo, varios levantaron sus copas.
Esperad, por favor detuvo Carmen.
El silencio fue total. Notó que el corazón latía regular, como si el cuerpo ya supiese, antes que ella, que algo había cambiado.
He pasado los últimos diez días dedicada a preparar una fiesta para otros. He dormido tres, cuatro horas. He comprado y cocinado todo. He fregado cristales, planchado manteles, pedido sillas prestadas. Lo he hecho sola. Hoy estoy sentada en una mesa preparada para extraños, por una celebración que me concierne solo como motivo para usar mi casa. No he podido brindar, me han interrumpido varias veces, me he levantado ocho veces de la mesa, y sólo han querido de mí que traiga comida, en un tono propio de quien da órdenes al servicio.
La sala permanecía en silencio. Nadie sabía reaccionar.
¿Estás bien? dijo Miguel, abochornado.
Mamá… susurró Lucía.
Virtudes tomó aire, dispuesta a contestar; Carmen la miró directa y la tía soltó el aire, en silencio.
Os pido, por favor prosiguió Carmen, con voz firme, que recojáis lo que trajisteis y sigáis la fiesta en otro sitio. Aquí cerca hay una tasca, El Hogar, muy decente. Me hago cargo del gasto si queréis continuar. Pero aquí, en mi propia casa, la fiesta ha terminado.
Se quedaron tres segundos en shock hasta que varios se levantaron a la vez, murmullos, protestas veladas. Manolo masculló algo, Virtudes se alzó digna, su mirada diciendo te arrepentirás, pero en silencio. Agarró su bolsa y el tarro de pepinillos, que Carmen encontró casi cómico, un pequeño gesto de despecho.
Lucía se le acercó.
¿Mamá, qué haces? susurró. Es horrible. Tía Virtudes ahora…
Lucía interrumpió Carmen, suave, te quiero mucho. Pero ahora vete, por favor.
Su hija la observaba como a una desconocida. Y Carmen pensó: es lógico. Porque esta mujer, la que acaba de decir vete, por favor, no es exactamente la que Lucía creía conocer.
Miguel fue el último en salir. Parado en el umbral:
¿Estás loca? preguntó, sin mala intención, casi con curiosidad.
No dijo Carmen. Creo que finalmente he recobrado la cordura.
No hubo respuesta.
Ella cerró la puerta, puso el cerrojo. Se quedó saboreando el silencio.
Un silencio denso, auténtico. Como el de la madrugada cuando la ciudad duerme. Pero eran las tres de la tarde, fuera cantaban los gorriones, abajo resonó un portazo. Sólo en su piso no quedaba más que ella y la calma como un largo suspiro tras haber contenido el aire demasiado tiempo.
Volvió al salón, observó la mesa: fuente de carne, ensaladas, pan, copas. Su plato intacto. No había probado bocado en toda la tarde.
Se sirvió un plato, sin calentar. Cogió un trozo de pastel y se sentó en la cocina, al lado del pastel: bizcocho, cerezas, crema suave. Se sirvió un té, bien caliente.
Comió despacio, sin prisas. Nadie para pedirle Carmen, ya puedes traer, nadie miraba a través de ella. Solo ella, y el pastel hecho para sí misma.
La primera vez en tantos años.
No lloró. Creía que lo haría, porque en las películas musicales siempre se llora en estas escenas, pero no. Sintió otra cosa: una paz sólida, como plantar los pies en tierra firme tras tantos años mareada.
No miró el móvil en un par de horas. Cuando lo hizo, había mensajes. Lucía le escribió tres veces: mamá llámame, mamá no entiendo qué ha pasado, ¿estás bien?. Miguel un solo: no ha sido bonito. Virtudes, nada. Unas cuantas de números desconocidos, y Pilar del tercero: Carmen, ¿cuándo bajas las sillas?
Solo contestó a Pilar: Te las traigo mañana. Perdona por la molestia.
A Lucía: Estoy bien. Hablamos mañana.
A Miguel: nada.
Recogió la mesa sin prisa, guardó la comida, lavó platos, sacó la basura, dobló el mantel, devolvió las sillas a Pilar, que abrió la puerta en bata y ni preguntó. Mujer lista.
Al volver, se dio un baño largo, con espuma y agua caliente. Miró el techo. Tenía una mancha de humedad sin pintar; llevaban pensando en arreglarla Miguel y ella tres años. Jamás lo hacían. Y entendió: retrasar pintar el techo y retrasar tu propia vida son cosas parecidas.
Miguel volvió sobre las diez. Escuchó la llave, sus pasos, entró al dormitorio. Ella ya estaba en la cama, leyendo.
¿Sabes el lío que has montado? espetó.
Sí.
¿Y?
Y nada. Lo sé.
VirtudesManuel habrá movida, ¿eh? ¿Lo pensaste?
Sí, lo pensé. Miguel, estoy muy cansada. Mañana lo hablamos.
Él titubeó en la puerta, luego se fue. Se tumbó en el sofá, como hacía siempre que discutían. Ella lo escuchó y no fue detrás.
Apagó la luz. Durmió diez horas. Hacía siglos que no descansaba así.
La mañana del seis de mayo fue una mañana cualquiera. Rayos de sol entre cortinas, gorriones, olor a café programado la noche anterior. Se levantó, desayunó. Miguel seguía dormido, roncando en el salón.
Abrió el portátil. Iba a consultar el tiempo, pero junto estaba una pestaña que había dejado abierta hacía un mes: una agencia de viajes, rutas por Castilla. Lo recordaba: lo abrió a voleo, güio, cerró, no toca ahora.
La abrió.
Ávila, Salamanca, Segovia, Burgos. Ocho días. Grupo pequeño, excursión en autobús, con visitas y desayunos. Miró las fotos: iglesias blancas sobre el río, callejuelas antiguas, murallas de piedra dorada al sol. Nunca había estado. Siempre había querido ir. Miguel odiaba los viajes: para qué ir, mejor a la casa del pueblo. Iban cada verano; veinte años era huerto, patatas, barbacoa, tele.
A las nueve llamó a la agencia, en cuanto abrieron.
Hola, estaba mirando la ruta Castilla monumental, ocho días. ¿Queda alguna plaza? preguntó una voz amable.
Queda sólo una para el día catorce respondieron.
Una, perfecto. Es justo lo que necesito.
Pagó con tarjeta en la llamada. Después se quedó mirando por la ventana. Sentía una serenidad nueva, ni alegría ni nervios, simplemente estar bien por dentro. Haber tomado la decisión correcta y saberlo.
Entonces llamó Lucía, voz cautelosa, como quien cruza hielo fino.
Mamá, hola. ¿Cómo estás?
Bien.
Tenemos que hablar. Tía Virtudes está enfadadísima. Manuel fastidiado. Fue muy inesperado.
Lo entiendo.
¿Puedes llamar a tía Virtudes y disculparte? Se calmaría y ya
No, Lucía.
Silencio.
¿No?
No voy a disculparme por pedir a la gente que se marche de mi casa el día de mi cumpleaños.
Pero mamá
Escúchame, Lucía dijo Carmen, agarrando la taza de café. Ayer cumplí cincuenta. Me pasé el día como el servicio en una fiesta ajena. Dormí apenas, no comí, nadie escuchó mis palabras. Me pidieron la mayonesa, sin un por favor, ni gracias, ni mirarme a los ojos. ¿Y sabes lo que peor llevo? Que fui yo quien lo permitió. Yo misma puse la mesa, invité a esos extraños. He vivido veinte años sin que nadie preguntara cómo estoy, porque ni yo pensaba que importara.
Paró. Por la ventana pasó un camión; una paloma vino y se fue.
Mamá susurró Lucía, esta vez en otro tono. Tienes razón, supongo. Pero me cuesta
Lo entiendo. Para mí también es nuevo.
¿Y ahora siempre vas a ser así?
No sé siempre. Pero he comprado un billete.
¿Un billete?
Una ruta por Castilla. Ocho días. Me voy el catorce.
Pausa larga.
¿Sola?
Sola.
Mamá
Lucía, es el primer viaje que planifico para mí, en cincuenta años. Alguna vez habrá que empezar.
Lucía no supo qué decir. Al final: Vale. Llámame. Y colgó.
Miguel se enteró a la hora de comer. Carmen preparaba la sopa y le comunicó sin rodeos: viajo el catorce, ocho días, Castilla monumental.
Miguel la miró.
¿Y no me lo consultas?
No.
¿Eso qué significa?
Que hagas lo que quieras, Miguel.
¿Carmen te pasa algo? ¿Deberías ir al médico?
Probó la sopa. Un poco más de sal.
Nada me pasa. Sopa lista en veinte minutos.
Él se fue a ver la tele. Ella siguió su vida.
Los días siguientes no fueron tranquilos. Miguel alternaba silencio y reproches: te has trastornado, ya no eres la misma, nadie normal haría esto. Carmen escuchaba, no discutía ni se justificaba. Eso era nuevo. Antes se disculpaba de todo, hasta de lo ajeno. Ahora, no quería.
Lucía llamó otra vez. Virtudes juró no volver a pisar la casa. Carmen simplemente dijo: vale. Lucía se quedó descuadrada.
¿No te da pena?
No.
Pero es familia
Virtudes no es familia mía: es la tía de Manuel. Es distinto. Mi familia eres tú y Miguel. Pienso en cómo aprender a vivir mejor entre los tres. No en Virtudes.
Lucía se rindió, preguntó por el viaje: ruta, hoteles Un pequeño avance, Carmen lo notó y respondió.
El día trece, Carmen armó la maleta. Pequeña, ligera. Solo sus cosas; la última vez viajó siete años antes con Miguel, y entonces empacaba todo para todos. Ahora, sólo lo suyo. También el vestido azul. Que viaje.
Miguel entró y vio la maleta.
De verdad te vas.
De verdad.
Ocho días.
Ocho días.
Él se rascó la frente.
¿Hay comida? No soy muy apañado
Eres adulto. Hay comida hecha en la nevera para tres días. Luego, cocinas o pides. Te espabilarás.
Él iba a protestar, pero algo en la expresión de Carmen le hizo detenerse.
Vale aceptó. Vete.
Solo eso. Sin buen viaje ni cuida de ti. Tampoco estás loca. Y eso ya era algo.
Esa noche llamó su amiga Nuria, del cole, ahora en otro barrio; rara vez se veían pero siempre llamaban en momentos así.
Pilar me lo ha contado dijo Nuria. Lo de echar a todos en tu cumple.
Les pedí que se fueran corrigió Carmen.
Carmen. Qué bien hecho.
Pausa.
¿Lo dices en serio?
Hace treinta y cinco años que te conozco. Siempre tirando del carro. Me alegro que al fin
Nuria, basta de épica rió Carmen.
Sin épica. ¿A dónde vas?
Ruta por Castilla. Sola.
¿Sola? Siempre quise ir.
Pues vete.
Mi marido no me deja
Nuria, no me deja es para los niños de ocho años. A los cincuenta, no me deja es si no sales tú.
Rieron. Luego, más seria:
Eres distinta, Carmen.
Quizá, no sé. Solo estoy cansada de ser la cómoda.
Todos nos cansamos. Pero tú lo has hecho.
Tal vez otras lo hacen, pero no se cuenta. Da reparo.
¿Y tú tienes reparo?
Carmen miró por la ventana. En los bloques de enfrente, una mujer fregaba platos, otra veía la tele, otro iba de la cocina al salón.
No. No me da reparo.
El catorce de mayo Carmen se levantó a las cinco y media. Miguel dormía aún. Preparó café y bocadillos, revisó documentos, se puso el vestido azul desde primera hora, porque sí. Porque a los cincuenta uno puede estrenar vestido a las seis de la mañana si quiere.
Esperó en el vestíbulo, mirando su casa: tres cuartos, noveno, vista a los álamos, mancha en el techo, toalla de gallos pálidos. Familiar. Hogar. Pero ahora salía distinta; ella también lo sabía.
En la cocina, Miguel apareció, despeinado.
¿Te vas ya?
Sí, el taxi espera.
Él asintió, dudó.
Feliz cumpleaños, Carmen. No te lo dije aquel día.
Carmen lo miró: cincuenta y cuatro años, rostro cansado y pelo gris. El hombre con quien compartió veintisiete años. No sabía qué sería de ellos tras esto, ni si se arreglaría. La vida real no es una serie donde ocho días cambian todo.
Gracias, Miguel dijo, y salió.
El taxi esperaba debajo. Guardó la maleta, subió atrás.
¿A la estación? preguntó el joven conductor.
A la estación dijo ella.
Madrid despertaba. Calles tranquilas, poco tráfico, la mañana de mayo fresca y luminosa. Los árboles relucían, verde nuevo de primavera; Carmen los contempló por la ventana, como si los viera por primera vez en años.
En la estación bullía el gentío habitual: olor a churros, megafonía, viajeros. Encontró el andén, se colocó en su sitio.
El tren llegó puntual. Vagon restaurante, asiento junto a la ventanilla, abajo. Los compañeros de vagón, mayores, amables, la saludaron. Una señora le ofreció té de su termo.
Gracias, luego dijo Carmen.
El tren arrancó.
Madrid quedó atrás: tejados, árboles, talleres, después llanuras y bosques, el cielo se abría. Observó el paisaje sin pensar en tareas pendientes, gastos ni comidas a preparar.
El móvil en el bolso. Sonó poco después. Lucía: Mamá, ¿ya vas en camino? ¿Todo bien?
Contestó: En el tren, todo bien, no te preocupes.
Otro Whatsapp, del guía turística: Soy Catalina, nos veremos en Ávila. ¡Buen viaje!
Carmen respondió: Gracias. Ya salgo.
Volvió a mirar por la ventana.
El tren avanzaba, Castilla verdeaba. En Chamberí quedaba el piso, el mantel planchado, el pastel. Delante la muralla de Ávila, las calles de Salamanca, ocho días solo para ella.
No sabía qué pasaría al volver. Si hablaría con Miguel, si se arreglaría con Lucía, si Virtudes escribiría. No lo sabía, pero ya no le aterraba la incertidumbre como antes. Antes el futuro era una amenaza, algo por controlar. Ahora, simplemente, era la vida.
La suya.
El tren seguía rodando, más deprisa, entre campos y álamos. Carmen Ortega contemplaba el paisaje pensando que, si alguna vez le pedían en ese tono trae la mayonesa, probablemente sonreiría. Cortés. Y diría no.
Tres letras.
Ayer, por primera vez, lo dijo de corazón.
Nunca es tarde para aprender.






