Fui al médico cuando ya no podía soportar más el dolor. Tres días seguidos así son demasiados. Un dolor de cabeza insoportable que no se calma con ningún medicamento.

Fui al médico cuando ya no podía soportar más el dolor. Tres días seguidos con jaqueca es demasiado, pensé mientras intentaba engañar el malestar tragando analgésicos que no hacían ningún efecto. Aquella noche ni dormir pude: el dolor y la inquietud me persiguieron hasta la madrugada. Y lo peor fue cuando, en una decisión de dudosa cordura, cogí el móvil, abrí el navegador y empecé a consultar a qué podía deberse un dolor de cabeza tan pesado.

Las primeras búsquedas ya me asustaron: “cómo distinguir una migraña de un tumor cerebral”, “síntomas de la meningitis” Tras media hora leyendo, sentí que en vez de pasar por el centro de salud, debería ir directamente a una funeraria, saltándome la consulta.

Me vino a la cabeza aquel personaje de Jerome K. Jerome, cuando abre una enciclopedia médica y descubre que padece todas las enfermedades, menos la fiebre puerperal; desde cólera a anemia y hasta el baile de San Vito. Le entró hasta una especie de resquemor por no tener esa última.

Así estaba yo: escudriñando y convencida de estar al borde del desastre. “Basta ya me dije. Mañana me arrastro al médico”.

En la sala de espera viví una escena digna de Almodóvar. Una señora, muy maja pero directa, me miró y me preguntó:
¿Has bebido?
No entendí bien:
¿Perdona?
¿Que si bebiste anoche?
¡Que no, hombre! me defendí, ofendida.
Lo digo por tus ojos, que los tienes rojos como el vino de Valdepeñas después de una verbena
Hay días en que siento que voy al psicólogo para aprender a lidiar con gente que, en realidad, debería ir más que yo.

Gracias, de verdad le espeté, lacónica. Muy amable.

Entré en la consulta y, con un tono digno de presentadora de gala, recité todos mis síntomas; los ojos como guindas de postre, incluidos.

Es que parece que he estado bebiendo, y nada más lejos me quejé en voz baja.

La doctora me miró con indiferencia y encogió los hombros:
Los tienes normales, no exageres

Lo dicho, quienes deberían ir al psicólogo

Me tomó la tensión, el pulso, la saturación, unas cuantas preguntas Desde mi lado, la cosa no pintaba a simple migraña, sino más bien a algo más feo, por no decirlo en voz alta.

¿Y si me hago una resonancia? ¿Una tomografía? Puedo pagarla, ¿eh? le propuse, convencida tras mis estudios nocturnos exprés convertida en experta en neurología y medicina interna.

Vamos a no dramatizar, trabajemos primero la circulación, te harás unas pruebas de sangre y, si empeora, ya valoramos.

Aquel insomnio me había hecho replantearme la vida: pensaba en mis cuarenta años y que sólo tenía dos hijos y diez libros. No sabía si era mucho o poco. Mis niños, aún pequeños, medio sin hacer. Mis libros, tampoco perfectos; el último, con una errata ya en la página dieciséis. Todavía me quedaba mucho por criar, tanto hijos como editores

Regresé a casa tras el médico. Por el camino recogí a los niños, compré las pastillas que me recetó la doctora y me las tomé en el primer hueco. Llegué al piso y me dejé caer rendida en la cama.

Enseguida vinieron los peques:
¿Mamá, hay algo para cenar?
Sí, pero hay que cocinarlo Ahora

La cabeza apenas me dolía ya, pero el cuerpo no me respondía; llevaba tres días hecha polvo.

Daniel fue quien se puso el delantal y preparó la cena. Hizo unos huevos fritos y calentó macarrones. Vino y me dijo: Mamá, he dado de cenar a Carmen; ¿te traigo a la cama un plato?

Me sentí de repente llena de paz. ¡Tengo un hijo responsable!, pensé con orgullo. ¡No se va a perder por el mundo!

No hace falta, hijo, no tengo hambre. Después comeré algo. ¡Eres un sol!
Bueno asintió, y apareció con un plato de fruta cortada. Mamá, aquí tienes kiwi, que tiene más vitamina C que la naranja; manzana, que tiene hierro, y mandarina, solo porque está bonita. Y así no se pone mala

Se me encendió el corazón de puro orgullo. ¡Este cuidador es mío! El cuerpo comenzó a animarse solo con verlo.

Luego se fue al supermercado:
¿Adónde vas ahora?
Que no queda pienso para el gato me contestó, serio.
¡Y compra helado! pidió Carmen desde el salón. Que tampoco me queda a mí

Mi hija entró en mi habitación solemne y radiante: con gafotas, batín y el maletín de médico de juguete. Carmen María Jiménez, doctora en prácticas.

A ver, paciente, ¿te ponemos una inyección?
Llámame mamá, no paciente
Cuando mejores serás mamá; ahora, enferma. Abre la boca.

Abrí la boca.
¿Qué pasa, comisteis kiwi sin mí? ¿A mí no me disteis?
Coge, mujer, coge, le alargué el plato de fruta.
Bah, ya no quiero, he cenado huevos. Ahora espero el helado. Pero te voy a auscultar

Se colgó un fonendoscopio rosa de plástico.

Todos los días me persigues con un libro para que te escuche, y no te dejo
Ufff, esto está mal me auscultó la garganta. Hablas demasiado y persigues mucho a los niños. Te prescribo: una inyección, y helado si Daniel compra para todos. Si sólo compra para quien lo pide, hay que haberlo pedido antes.

¿No vas a compartir con tu madre enferma ese helado curativo?
Como respuesta, Carmen me inyectó en la pierna con la jeringuita.

¡Ay, qué daño!
Eso es que funciona. Para curar, hay que notar.

Y la verdad, a esas alturas, ya me encontraba bien. Y con el helado, del que Daniel sí se acordó para todos, estaba estupenda. Se me quitó la jaqueca y hasta los ojos recuperaron su azul. Pero mantuve el teatrillo de madre enferma, y esa noche fue Daniel quien leyó el cuento a Carmen.

Eligió el diccionario enciclopédico, al que Carmen, entre risas, llamó ciclopedia, que será de ciclopios o algo así, ¿no?
Leyeron sobre Saturno, luego sobre dinosaurios y más tarde sobre dientes de leche, y a punto estuvieron de discutir si los dinosaurios bebés tenían dientes.

Me tumbé escuchándolos, derretida de felicidad, de amor y de esa sensación de plenitud la que da sentido a todo.

Después tuve que cambiar las sábanas porque, entre el jaleo, tiraron el plato y restregaron el kiwi por toda la funda.

Acabamos los tres dormidos, abrazados.

La mañana siguiente, la doctora me preguntó:
¿Funcionaron las pastillas?
Asentí. Pero estoy convencida de que lo que me curó fueron otras pastillas: mis hijos, que me llenan de fuerza en lugar de dolor, alegría en vez de tristeza, y felicidad donde antes había estrés.

Abrazad siempre a vuestros hijos, aunque ya os saquen una cabeza. No hay medicina mejor que ese abrazo. Bueno, quizás un poco de kiwi, que vitamina C nunca sobra.

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Elena Gante
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Fui al médico cuando ya no podía soportar más el dolor. Tres días seguidos así son demasiados. Un dolor de cabeza insoportable que no se calma con ningún medicamento.
En la orilla de las aguas de ayer