Claudia no comprendió al principio quién se movía sigilosamente al borde de la carretera. La joven aparcó el coche y corrió hacia la criatura que necesitaba ayuda desesperadamente.
Al acercarse, Claudia casi rompió a llorar de compasión. Ante ella, tambaleándose, había un gato demacrado. Claudia ni siquiera pudo distinguir su color, pues el animal estaba completamente embarrado.
Pero lo peor era que el pobre no podía ver ni respirar bien. En su cabeza llevaba encajada una botella de plástico cortada.
—¿Quién te ha hecho esto? —se horrorizó ella, levantando con cuidado al desdichado.
Parecía no pesar nada. El gato intentó forcejear con sus últimas fuerzas, pero no pudo, y quedó colgando inerte en sus brazos.
—Alejandro, ¿estás en el trabajo? Necesito tu ayuda urgente. ¡Espérame! —gritó al teléfono y salió disparada hacia la clínica veterinaria donde trabajaba su amigo.
Las dos horas siguientes, Alejandro y sus compañeros lucharon por la vida del animal. Claudia esperaba en silencio en el pasillo, atenta a cualquier ruido.
—Bueno, ¿qué te digo? El gato ha tenido suerte de encontrarte. Un poco más y no podríamos haber hecho nada por él. Que se quede aquí esta noche. Estoy de guardia y cuidaré de tu protegido —sonrió el chico.
—Alejandro, gracias. Si no fuera por ti, no sé qué… —empezó Claudia y rompió a llorar, apoyada en el hombro del veterinario.
Alejandro acarició la cabeza de la chica:
—Todo irá bien, Claudia, ¿recuerdas cuando éramos niños? —guiñó un ojo a su mejor amiga.
Claudia sonrió entre lágrimas. Se conocían desde hacía años. Alejandro la había sacado de apuros tantas veces. Desde pequeña, Claudia sabía que si Alejandro estaba cerca, todo iría bien.
—Vete a casa, que si no tu madre se va a enfadar otra vez —se preocupó el chico.
Claudia asintió y se dirigió rápidamente a la salida. Alejandro la siguió con la mirada, lleno de cariño.
*****
Alejandro no se preocupaba sin razón. Era vecino de Claudia y conocía a su familia. Los padres de la chica llevaban años abusando del alcohol.
El año pasado, el cabeza de familia había fallecido. La madre de Claudia estaba inconsolable. Perdía cada vez más la dignidad y descargaba su ira en su hija.
Alejandro siempre sintió cierta lástima por aquella chica guapa de pelo pelirrojo y pecas.
Era tres años mayor que Claudia y desde el principio la protegió. La defendía de los matones y de las chicas que se burlaban de ella. Claudia aceptaba la ayuda de Alejandro con gratitud.
A diferencia de sus padres, ella aspiraba a una vida mejor. Claudia se había graduado en el instituto con Matrícula de Honor. Y sabía que tendría que esforzarse al máximo para entrar en una universidad prestigiosa.
Ahora Claudia era estudiante de tercer curso de la Facultad de Idiomas.
Alejandro estaba muy orgulloso de su amiga. Él mismo se había licenciado hacía poco en la Facultad de Veterinaria, adoraba su trabajo, pero creía que dominar idiomas extranjeros era mucho más difícil.
Claudia no solo estudiaba, sino que también trabajaba como repartidora con el coche de segunda mano que le había dejado su padre.
—¡Ya estoy en casa! —gritó Claudia desde la entrada.
Como respuesta, oyó unos ronquidos acompasados. Un fuerte olor a alcohol impregnaba el piso. Su madre dormía con una pierna colgando del sofá. En el suelo había botellas vacías.
La chica suspiró hondo, recogió la basura y se fue a su habitación a preparar las clases.
Claudia no podía quitarse de la cabeza la imagen del animal maltratado. ¿Cómo estaría? Cogió el móvil y le escribió a Alejandro.
El pobre gato dormía, temblando inquieto. Creía que sus verdugos aún estaban cerca. Gemía de dolor y se sumergía de nuevo en la oscuridad.
—Vas a salir de esta, campeón. Por Claudia. Ella te espera y desea que te recuperes —susurraba Alejandro, sentado a su lado.
Al amanecer, el gato abrió los ojos y, al ver a un hombre junto a él, intentó huir. No pudo. Miró a Alejandro aterrorizado. En su mirada se había instalado el dolor.
—Tranquilo, pequeño, no te haré daño —decía Alejandro.
Pero el gato sabía que en este mundo no se podía confiar en nadie. Quiso sisear, pero de su garganta solo salió un jadeo.
—Todo va bien, guapo —examinaba al gato con cuidado el chico.
El pobre pasó toda la semana en la clínica. Claudia iba a ver a su protegido cada día; al principio, el gato se asustaba de la gente, pero luego aceptó a Claudia y a Alejandro, y comenzó a acercarse a ellos con cautela.
—¿Así que has decidido llevártelo a casa? —preguntaba Alejandro a la chica.
Le preocupaba cómo reaccionaría la madre de Claudia ante el nuevo miembro de la familia. Claudia asentía con seguridad, apretando al gato contra su pecho.
Para su sorpresa, la mujer aceptó al animal con normalidad. Solo preguntó con voz ronca:
—Espero que no tenga que darle yo de comer, ¿no?
Claudia sonrió con ironía. Carmen, su madre, gastaba toda su pensión en alcohol. El gato y su hija no entraban en sus planes.
—Mamá, yo misma le daré de comer —suspiró la chica.
—Respuesta de persona adulta. Me gusta —dijo la madre satisfecha.
Y, como si volviera en sí, preguntó:
—¿Y cómo lo has llamado?
Claudia miró al gato grisáceo-rojizo y respondió:
—Lince.
—Y tiene razón, se parece a un lince —rió Carmen.
Así empezaron a vivir con el gato. Claudia se sintió más feliz al volver a casa, pues sabía que la esperaban.
Lince no confiaba en Carmen. La mujer lo asustaba con su voz ronca y sus movimientos bruscos. Y el olor a alcohol ponía nervioso al gato.
Por eso, cuando Claudia no estaba en casa, él procuraba no cruzarse con la madre.
—Es muy arisco, nada cariñoso —refunfuñaba la madre, descontenta.
Claudia se encogía de hombros y evitaba discutir.
Cuando Alejandro venía de visita, Lince se acercaba con cuidado y se frotaba contra sus piernas. Recordaba bien al chico y le agradecía que lo hubiera salvado.
Alejandro le contó a Claudia que Lince tenía unos cuatro años, pero que había pasado por mucho. Le faltaban algunos dientes, cojeaba de una pata y tenía problemas de corazón.
—Un esfuerzo excesivo, como viajar en avión, es peligroso para su salud —dijo Alejandro.
—Ay, y nosotros que queríamos irnos de vacaciones al extranjero con Lince —bromeó la chica, sabiendo perfectamente que no podrían permitirse ningún vuelo.
Así pasaron dos años.
Claudia terminaba la universidad y soñaba con ser traductora. Un día, llevaba un paquete de documentos a la oficina de una gran empresa.
La secretaria recogió el paquete. Claudia se disponía a marcharse cuando un hombre salió de un despacho con aspecto preocupado:
—No sé qué hacer. Tengo una reunión dentro de una hora y no encuentro un traductor decente —suspiró.
Claudia se fijó en aquel hombre atractivo. Él también la miró.
—¿Usted, por casualidad, no será traductora? —preguntó.
La secretaria iba a hablar, pero Claudia se adelantó:
—Sí, soy traductora. Domino el inglés y el chino —respondió con energía.
De reojo, vio cómo los ojos de la secretaria se abrían como platos. Pero decidió arriesgarse.
Así, Claudia terminó la universidad y fue contratada como asistente personal de Javier.
Javier resultó ser un hombre encantador de treinta y cinco años. A los pocos meses, su relación dejó de ser solo profesional. A Claudia le gustaba la atención que Javier le prestaba. Él la cortejaba con elegancia y le hacía regalos originales.
—No te reconozco, amiga. Desde que tienes trabajo, te has vuelto otra —decía Alejandro a Claudia.
La chica sonreía con misterio. No quería compartir su felicidad con nadie.
—Deberías decírselo. ¿Hasta cuándo vas a suspirar por esa Claudia? —insistía a Alejandro su mejor amigo, Pablo.
—Seguramente tienes razón. Pero tengo miedo de que no me corresponda y de arruinar nuestra amistad —confesó el chico.
—Esto no es amistad, es un suplicio. Tienes mala cara —suspiró Pablo con tristeza.
Alejandro sabía que su amigo tenía razón.
Era el cumpleaños de Alejandro, y Claudia, como siempre, fue la primera en felicitar a su amigo. Llamó a la puerta. Alejandro la esperaba ya en el umbral.
—¡Alejandro, feliz cumpleaños! —dijo Claudia al entrar en el piso.
—Tantos años y nada cambia —sonrió la madre de Alejandro al verlos.
Claudia, como siempre, le había hecho a su amigo su tarta favorita. Estaban sentados en la cocina, tomando té.
—Hoy estás misterioso, Alejandro. ¿Qué pasa? —empezó Claudia.
—Claudia, sabes que quería decirte algo desde hace tiempo… —empezó Alejandro, pero Claudia lo interrumpió:
—Oye, yo también tengo que hablar contigo de algo serio.
El chico se quedó paralizado. En su alma surgió una chispa de esperanza.
—Entonces, empieza tú —propuso.
Claudia sonrió:
—Ya sabes que tengo trabajo. Y además… ¡me he enamorado! —soltó, mirando a Alejandro a los ojos.
Él se quedó desconcertado un momento:
—Por fin, Claudia. Me alegro mucho, porque yo también te… —no pudo terminar, porque la chica lo interrumpió de nuevo:
—Y verás, es muy atento… Es mayor que yo, pero eso no importa, ¿verdad?
Alejandro reflexionó. La diferencia entre ellos era de solo tres años y a él no le molestaba en absoluto. Asintió y siguió escuchando, conteniendo la respiración.
—Verás, es mi oportunidad de tener una vida feliz. Javier se va a Barcelona dentro de dos meses y me quiere llevar con él.
Pero no puedo llevarme a Lince. Tú mismo dijiste que tiene el corazón delicado. Y Javier es alérgico a los animales —dijo ella.
Alejandro se quedó atónito. Sintió como si le hubiera pasado un rodillo por encima:
—Espera, ¿qué Javier? ¿Qué tiene que ver la alergia y Lince? —preguntó en voz baja.
—Alejandro, ¿me estás escuchando? Javier es mi jefe y mi prometido. Nos vamos a Barcelona. Siempre soñé con vivir y trabajar en el extranjero. ¡Es una experiencia increíble!
Pero no podemos llevarnos a Lince. No sé qué hacer. Dejarlo con mi madre no es opción, y dárselo a alguien tampoco… Lince no se acerca a la gente, ya lo sabes —suspiró Claudia.
Alejandro se quedó en silencio.
“¡Qué tonto soy!” —pensó. Hizo un esfuerzo por controlarse y sonrió con despreocupación:
—Bueno, Claudia. ¡Menudas noticias! No te preocupes, amiga. Todo irá bien, te lo prometo. Puedo quedarme con Lince. Él me conoce. Lo importante es que tú seas feliz —dijo con alegría.
Claudia miró a los ojos de Alejandro. De repente, se habían vuelto tristes y apagados, aunque un minuto antes brillaban de felicidad.
—¿Y qué querías decirme tú? —preguntó ella con inseguridad.
—Ah, tonterías. Unos cambios en el trabajo —respondió Alejandro con un gesto de la mano.
Durante dos meses, Claudia se preparó para el viaje.
Curiosamente, cuanto más se acercaba el día de la mudanza, más pesado se le hacía el corazón.
“Seguramente tengo miedo de dejar a mi madre sola…” —pensaba Claudia. Pero en el fondo sabía que esa no era la verdadera razón de su tristeza.
Siempre tenía presente la mirada triste de Alejandro. ¿Cómo iba a vivir sin él? Habían sido mejores amigos durante tantos años.
Últimamente, a Claudia incluso le parecía que su amistad se había convertido en algo más.
“¡Basta ya! Pronto viviré con Javier en Barcelona. Y sin embargo, pienso en Alejandro” —intentó apartar los pensamientos angustiosos.
Lince saltó con cuidado a sus brazos. Notaba que algo le pasaba a su dueña, así que intentaba calmarla con un suave ronroneo.
—Lince, mi pequeño. ¿Cómo voy a vivir sin ti? —susurraba Claudia.
Recordaba la conversación reciente con Javier, que había dejado claro que no había sitio para el gato en su vida:
—Claudia, no puedo pasar toda la vida tomando pastillas por culpa de un animal, por muy querido que sea —dijo.
Y aquellas palabras sonaron como una sentencia.
—Bueno, Claudia, ha llegado la hora de despedirnos —decía Alejandro con alegría fingida. Sostenía a Lince en brazos.
—Alejandro, llámame, por favor, no te olvides —susurraba la chica entre lágrimas.
—No te vengas abajo, que Lince se pone nervioso. Perdona que no te acompañemos al aeropuerto —sonrió Alejandro.
Estaban en el rellano de la escalera. Alejandro metió a Lince en casa y abrazó a Claudia.
“¡No la dejes marchar… No la dejes marchar!” —golpeaba en sus sienes.
—Tengo que irme —dijo Claudia y le besó en la mejilla.
—No lo olvidaré. Nunca lo olvidaré —susurró Alejandro, soltándola.
Ella estaba en la fila de facturación, sabiendo que en ese momento se decidía su destino.
—Vamos, ¿por qué estás tan triste? —la animaba Javier.
Ella intentaba sonreír.
“No lo olvidaré… Nunca lo olvidaré…” —resonaban en su cabeza las palabras de Alejandro.
Claudia miraba por la ventana cómo se alejaba el edificio del aeropuerto.
—¿Vuelven de algún sitio? —preguntó el taxista.
—No, simplemente me he quedado —respondió Claudia con lágrimas de felicidad.
—Ya pasó… Creo que ha tomado la decisión correcta —dijo el conductor con filosofía.
Lince estaba triste.
—¡Todo irá bien, Lince! —animaba Alejandro.
Llamaron a la puerta con insistencia. El chico abrió y se quedó paralizado.
—Entonces, en tu cumpleaños, querías confesarme algo, pero yo te interrumpí —dijo Claudia.
Alejandro sonrió:
—¿Qué haces aquí? —preguntó.
—Alejandro, responde: ¿qué querías decirme? —insistió Claudia.
Pero el chico calló, mirándola. Luego se acercó y la abrazó.
Ella acarició a Lince, que se frotaba alegre contra sus pies, y susurró:
—Te quiero, y no puedo vivir sin vosotros, sin ti y sin Lince.
—Eso mismo quería decirte, mi vida —respondió Alejandro.
A veces, el verdadero amor no está en los grandes viajes ni en las oportunidades lejanas, sino en aquellas personas que siempre han estado a tu lado, esperando que decidas abrir los ojos.






