¡Feliz cumpleaños!!! Papá!

Llegó a los setenta años y había criado a tres hijos. Su mujer, Carmen, falleció hacía treinta, y él jamás volvió a casarse. No halló compañía, la suerte le faltó son muchas las excusas que podría enumerar, pero ¿de qué servirían? No le quedaba tiempo para lamentarse.

Los dos varones, Luis y Carlos, eran revoltosos y peleadores. Lo cambiaban de cole una y otra vez, hasta que un profesor de física, don Pedro, descubrió en ellos un talento evidente. De pronto, acaben los riños y las peleas.

La niña, Inés, también tenía problemas. Le costaba relacionarse con sus compañeros y la psicóloga del instituto le sugirió una visita al psiquiatra. Entonces llegó a su clase una nueva profesora de literatura, doña Sofía, que abrió un taller para futuros escritores. Inés se enganchó a la escritura; de la mañana a la noche redactaba cuentos que pronto aparecieron en el periódico escolar y, después, en los clubes literarios de la comarca.

Así, los chicos recibieron becas para la Universidad de Valladolid, en la facultad de Ciencias e Ingeniería, mientras que Inés ingresó en la Facultad de Letras de la Universidad de Salamanca. El padre quedó solo y, de pronto, sintió el peso del silencio.

Alrededor solo había el ruido del viento. Se dedicó a la pesca, al huerto y a la cría de cerdos, aprovechando la gran parcela junto al río Duero. Ganaba bien, aunque descubrió que el ingeniero de la fábrica de automóviles ganaba menos que él. Con ese dinero pudo ayudar a sus hijos: comprarles coches modestos, aportar a sus gastos y a la ropa que necesitaban. Sin embargo, el tiempo le escaseaba; su vida se consumía entre la granja y el comercio, pero le hacía feliz.

Diez años más pasaron y se acercaba su cumpleaños setenta. Pensó celebrar solo. Los hijos, ya casados, trabajaban en un proyecto secreto para el Ministerio de Defensa y no podían faltar los fines de semana. Inés recorría simposios literarios por toda España. No quería molestarlos con una invitación.

Lo celebraré a mi modo se decía. No hay nada que festejar. Solo, una botella de whisky y recordar a Carmen mientras les cuento cómo han crecido

Aquella mañana se levantó temprano para atender a los cerdos, pues era la época de engorde. Salió de casa y, al cruzar el jardín iluminado todavía por las estrellas, encontró en medio del césped un objeto alargado envuelto en una lona.

¿Qué demonios será esto? exclamó, cuando de repente se encendieron varios focos.

Los haces iluminaban la zona y a la gente que surgía de la casa: sus hijos con sus esposas, nietos y algún que otro pariente. Inés aparecía acompañada de un alto hombre de gafas gruesas. Todos sostenían globos, soplaban en pitillos y apretaban botones de pistolas de aire que silbaban. Gritaban, agitaban los brazos y corrían a abrazarlo:

¡Feliz cumpleaños, papá!

El viejo había olvidado el misterioso objeto. Sus hijos y sus familias le impidieron volver a la casa donde sus esposas ya estaban preparando la mesa.

¡Espérame, papá! le dijo Inés. ¿Te dejo los ojos vendados?

Adelante aceptó él.

Inés le cubrió la cabeza con una tela gruesa y, girando varias veces, lo condujo a otro lugar.

¿Qué estáis tramando? preguntó, algo desconcertado.

Un regalo respondió Luis.

¿Barato, supongo? se inquietó. Yo no quiero nada.

Tranquilo, papá intervino Carlos. Es una cosita sencilla, solo un gesto de agradecimiento.

Lo guiaron hasta el objeto y, al retirar la lona, una luz cegadora reveló un Oldsmobile F88 reluciente. El señor casi se desmayó por la sorpresa y se apoyó en una silla.

¡Dios mío! gritó sin aliento.

Calma, papá le roció agua la hija. Siempre has soñado con ese coche.

Pero debe ser tremendamente caro balbuceó.

No cuesta más que el cariño repuso Luis.

Vamos, siéntate en el asiento y sonría, queremos fotografiarte añadió Inés.

Al abrir la puerta, encontró dentro una caja de cartón.

¿Qué es eso? preguntó.

Ábrela le indicó Inés.

Dentro había dos ojos curiosos; sacó un pequeño gatito peludo y lo abrazó:

¡Un auténtico siamés! Como el que teníamos con vuestra madre. ¿Recordáis al Bombo? Cuando erais niños lo adorabais

Claro que sí, papá respondieron los niños.

No se subió al coche. Subió al segundo piso, a su habitación, y mostró la foto de su esposa a la criatura, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.

Mira, Marta, mira Lo he logrado. No han olvidado nada ¿Lo ves?

Los niños no le dejaron solo. La mesa estaba puesta, los brindis comenzaron. Inés le susurró al oído que estaba embarazada de cuarto mes y que ella y su prometido llegarían a quedarse con él. Le contó que su novio viajaría a Nueva York a visitar a sus padres y que, en unas semanas, se casaría en la parroquia del pueblo.

¿Estás de acuerdo, papá? le preguntó.

Esto parece un sueño mágico respondió él, besándole la frente.

El día transcurrió entre charlas, bocadillos, copas y recuerdos. Por la noche, se sentó junto a la tumba de Carmen, habló largo rato y sintió que la vida volvía a tener sentido, sobre todo al ver aquel coche brillante. Pensó en comprar ropa de la época y dar una vuelta a la ciudad de Segovia.

En la cama dormía el pequeño gatito siamés.

Tomás dijo el hombre, repitiendo el nombre. Tomás.

El gato ronroneó y se estiró hasta ocupar todo su pequeño cuerpo. El hombre, acurrucado, acarició su pelaje tibio y se quedó dormido.

Al alba tendría que atender a los cerdos, al huerto y a la pesca. En el piso de abajo dormían Inés y su futuro esposo.

Al día siguiente, los hijos partieron con sus familias y volvió el silencio. Tomás siguió a su dueño, cayó en la comedera de los cerdos y se enredó en las redes de la barca, intentando comer el pienso para peces. El anciano, riendo, le habló:

Parece que la juventud ha regresado dijo, acariciando su lomo.

Tomás maulló y, con sus diminutas uñas, se aferró a la mano del hombre.

¡Anda, pillín! exclamó, entre carcajadas.

Esta historia no es más que un recordatorio para quienes aún pueden visitar a sus padres:

No esperes al día de mañana.
Viaja al presente y abraza el momento.

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Elena Gante
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