– Entonces, ¿qué queda después de la fiesta? ¡Tengo que darle de comer a mi hija! – La tía recorría la mesa con avidez y aprensión.

– Bueno, ¿y qué ha quedado de la fiesta? ¡Tengo que darle de comer a mi hija! – La tía recorría la mesa con ansiedad y codicia.

Miguel miró a su tía, Verónica Martínez, y apenas contuvo una respuesta brusca. Los invitados aún estaban sentados, pero ella ya había sacado tres tuppers de su bolso.

En la fuente grande quedaban varios trozos de carne asada, junto a las ensaladas y casi una tarta entera.

– Tía Verónica, aún no hemos tomado el café – recordó Miguel –. Espere al menos a que termine la velada.

– ¡Y yo qué os molesto! Tomad vuestro café tranquilos. Voy cogiendo un poco, que Teresa llegue del trabajo y tenga algo de cenar. Hoy sale a las nueve, la pobre, ni tiempo le da para cocinar, mi niña desgraciada.

Teresa tenía veintinueve años. Vivía sola y ganaba bien.

Verónica Martínez se estiró hacia la carne, pero Vladimiro Ruiz apartó la bandeja hacia los invitados.

– La gente sigue comiendo. Cuando todos se vayan, ya veremos lo que sobra.

– ¿Vladimiro, te duele un trozo de carne? – se indignó la tía.

Miguel notó cómo su madre desviaba la mirada. Julia Martínez siempre intentaba no ver los hábitos de su hermana menor.

En cuanto alguien de la familia se quejaba, ella pedía que no fueran tacaños y que no estropearan la relación por la comida.

Así ocurría en casi cada celebración familiar. Verónica Martínez llegaba con una caja barata de bombones o con las manos vacías, pero se sentaba la primera a la mesa. Elegía los mejores trozos, pedía que le pasaran las ensaladas, y después de cenar sacaba los tuppers.

Una vez se llevó media tarta antes de que los dueños la hubieran cortado. Otra vez exigió que le empaquetaran cuatro raciones de carne caliente – decía que a su hija Teresa le apetecía invitar a sus amigas.

Vladimiro Ruiz se enfadó mucho entonces, pero su mujer lo arrastró a la cocina.

– Vladimiro, no empieces delante de los invitados, ¡por Dios! Verónica se ofenderá, y luego estará un mes sin llamar.

– ¡Pues que se calle un año entero! ¿Por qué tenemos que alimentar también a su hija mayor?

– Ay, bueno, ¡total, la comida sobra! ¿Acaso es para tanto? Que se lleve.

Miguel callaba solo por su madre. Su hermano pequeño, Arturo, también intentaba no meterse, aunque después de cada comida familiar refunfuñaba que la tía se llevaba en la bolsa más de lo que se comían tres invitados juntos.

Se acercaba el sesenta cumpleaños de su madre. Miguel decidió regalarle algo de verdad valioso – había estado ahorrando varios meses.

En la joyería eligió unos pendientes de oro con pequeñas piedras claras. Arturo vio la foto en el móvil y se emocionó: encontró en el catálogo un colgante de la misma serie.

Mientras ella, con dedos temblorosos, se ponía los pendientes, Arturo le ofreció el colgante. Al ver que era un conjunto, su madre se conmovió del todo, abrazó a sus hijos y empezó a repetir como siempre que se habían gastado demasiado.

– A ver, déjame mirar – Verónica Martínez arrebató los estuches sin miramientos. Examinó largo rato el sello, hurgó con la uña el cierre –. ¿Os habréis gastado una fortuna? ¿Las piedras no serán cristales?

– Es oro, en la etiqueta lo pone todo – cortó Miguel –. Lo importante es que a mamá le gusta.

La tía desvió la mirada hacia su hermana, luego, con una sonrisita, se volvió a su sobrino:

– Pues mira, Miguel. Dentro de tres meses tengo yo mi aniversario. Espero el mismo conjunto. Solo que las piedras que sean verdes, ¡unas esmeraldas o algo! Me quedarán bien con mis ojos.

Se hizo el silencio en la mesa. Miguel pensó al principio que era una broma tonta, pero la tía, muy seria, daba vueltas al estuche ajeno.

– ¿Y por qué razón tendría que comprarle oro a usted? – preguntó directamente.

– ¿Cómo que por qué razón? – Verónica Martínez arqueó las cejas, sorprendida –. ¡Soy la hermana de tu madre! Yo también merezco regalos caros.

Miguel repasó mentalmente sus cumpleaños de niño. De su tía solía recibir calcetines, una taza o un paquete de galletas María.

Para su mayoría de edad llegó con una tarjeta vacía, y luego le pidió que la llevara en coche al otro extremo de la ciudad – la gasolina le costó más que su «felicitación». Pero ahora hablaba con tal aplomo como si hubiera pagado sus estudios.

– Usted no es mi madre – dijo Miguel con voz firme –. Que le compren regalos sus seres queridos.

– Teresa ahora está apurada – se encontró la tía al instante –. Yo no voy a exigirle oro a la chica. Pero tú eres un chico con dinero, podrías mostrar respeto a los mayores.

Su madre intentó suavizar las cosas, aunque en su cara se veía la incomodidad:

– Verónica, bueno, deja de bromear. Mejor pidamos el café, que ya traen la tarta.

– ¿Qué bromas, Julia? ¿A su madre le das oro y a la tía la dejas fuera? Espero el conjunto para mi cumpleaños. Y que Arturo también ponga, ya que estáis todos tan ricos.

Arturo dejó el tenedor y resopló:

– ¿Y por qué íbamos a tener que financiar sus caprichos?

– Porque los parientes deben tratar a todos por igual. A Julia, pendientes y colgante. Bueno, si no queréis regalármelo, ¡entonces me llevo el colgante! ¡Julia, con los pendientes ya te sobra!

Verónica Martínez alargó la mano sin pudor directa al cuello de su hermana. Su madre se echó hacia atrás. A Miguel se le saltaron los nervios – toda la rabia acumulada durante años le estalló de golpe.

– ¿Ahora en serio intenta quitarle el regalo a mi madre? – Miguel sujetó la mano de su tía –. ¿Acaso usted le ha regalado alguna vez algo más caro que esos trapos de cocina?

– ¡No me faltes al respeto! – gruñó Verónica Martínez –. Mis ingresos son otros. Y además, ¡lo importante es la atención!

– Pues para contar el dinero ajeno es usted maestra. Llega a cada fiesta con las manos vacías, es la primera en llenarse la boca, y luego se lleva la comida en tuppers.

– ¡Y siempre se excusa con Teresa, que ya es una mujer hecha y derecha y puede comprarse ella misma la cena!

La cara de la tía se llenó de manchas. Apartó la silla con un golpe y se volvió hacia su hermana:

– ¡Julia! ¿Oyes cómo me habla tu mocoso? ¡Ponle freno! ¡Está deshonrándote delante de todos!

Su madre miraba confundida de su hijo a su hermana. Miguel se quedó quieto, esperando lo de siempre:

– Miguel, basta ya, no te metas…

Pero entonces habló su padre.

– Miguel tiene razón – dijo con peso –. Yo he callado solo por Julia. Tú vienes a casa no como familia, sino como a un comedor gratis con recogida.

– ¡Ah, así que estáis confabulados? – Verónica se volvió al sobrino pequeño –. ¿Tú también vas a empezar a contar cuántos trozos me he comido?

– Puedo recordarle cómo se llevó la comida de mi cumpleaños antes de que los invitados se sentaran a la mesa – refunfuñó Arturo –. Y luego puso morros porque no le dimos la tarta entera para llevar.

– ¡Desagradecidos! – chilló la tía –. ¡Julia, a quién has criado? ¡Ningún respeto a los mayores!

Tiró de su bolso bruscamente, sacó los tuppers de plástico y empezó a echar en ellos las viandas con rabia.

– ¡Si os molesto, al menos me llevo la comida para Teresa! ¡Ella no tiene culpa!

Miguel se acercó con calma, le quitó el tupper y volcó el embutido en la fuente.

– Hoy es el cumpleaños de mamá, no un punto de recogida de ayuda humanitaria. No va a llevarse nada de aquí.

– ¡Devuélvemelo, imbécil! – gritó Verónica –. ¡Me habéis humillado, me habéis negado el regalo, y ahora encima queréis matarme de hambre? ¡Devuelve la carne, que estaba apartada para Teresa!

Los invitados en la mesa estaban mudos, algunos ahogaban la risa. Miguel miró a su madre – temió que se echara a llorar.

Pero su madre, despacio, se desabrochó el cierre del cuello, guardó el colgante con cuidado en el estuche de terciopelo y alzó la vista hacia su hermana.

– Sabes, Verónica… Estoy harta. Harta de estar calculando en cada fiesta cuánta comida has conseguido esconder en los bolsillos.

– Harta de callar a mi marido y a mis hijos para que aguanten tus manías, con tal de no discutir. ¡Miguel tiene razón! Has tomado nuestra bondad por debilidad.

La tía se quedó cortada. No esperaba esa respuesta de su hermana, siempre tan complaciente.

– ¿Tú… te pones de su lado? ¡Soy tu hermana!

– No me son ajenos, Verónica. Son mi marido y mis hijos. Recoge tus cosas y vete.

– ¡Pues dadme la carne caliente para la niña! – pidió la tía, ya más bajo, pero todavía con rabia.

El padre, en silencio, sacó el móvil, llamó a un taxi, y luego le acercó la bolsa con los paños.

– Coge tu bolso y esas baratijas de vuelta. Lo demás se queda en la mesa.

– ¡No vuelvo a poner un pie en vuestra casa! ¡Tacaños! – escupió la tía, agarrando sus cosas.

La puerta del restaurante se cerró de un portazo. Su madre aún miró unos segundos hacia la salida, suspiró hondo.

– Mamá, perdona – dijo Miguel en voz baja, sentándose a su lado –. No quería estropearte la fiesta. Pero, coño, ya no podía más.

– No has estropeado nada, hijo – sonrió débilmente y le acarició el brazo –. Yo era la ingenua; tendría que haberla puesto en su sitio antes.

…Unos días después, la tía apareció como si nada. Miguel estaba en la cocina cuando sonó el móvil de su madre, y del altavoz se oyó una voz alta:

– Julia, hola. ¿Os ha sobrado comida del cumpleaños?

Su madre cerró los ojos, exhaló, pero esta vez su voz no titubeó:

– Verónica, aunque hubiera sobrado, a ti no te la doy. Vendrás de visita solo cuando aprendas a respetar a los anfitriones, y no a ver nuestra casa como un restaurante gratuito.

Para el cumpleaños de su tía, Miguel se limitó a enviarle un mensaje de texto por la mañana. Ningún oro, por supuesto, nadie le envió nada.

Verónica Martínez esperó mucho tiempo a que la invitaran a la próxima celebración familiar, pero su madre simplemente la borró de la lista de invitados. Y, probablemente, por mucho tiempo…

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Elena Gante
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– Entonces, ¿qué queda después de la fiesta? ¡Tengo que darle de comer a mi hija! – La tía recorría la mesa con avidez y aprensión.
Reuniré a todos en mi casa