El testamento del hijo menor

EL TESTAMENTO DEL HIJO MENOR

Durante horas inacabables, Leonor no despegaba la vista del letrero Quirófano. Las letras danzaban borrosas, fruto de la tensión y el desvelo; el corazón le latía con fuerza incontenible. En las manos acariciaba una y otra vez el tractor rojo de plástico favorito de su pequeño Rodrigo, su hijo menor de sólo cuatro años. Aunque al principio Rodrigo soñaba con un tractor azul, como el de aquel dibujo animado tan popular, con el tiempo su frágil y lastimado corazoncito se encariñó profundamente con este regalo de su adorado padre.

Por fin, tras el vidrio opaco, apareció una silueta masculina; las puertas se abrieron y el pasillo dejó ver la figura cansada de un médico. Leonor saltó de la silla y corrió hacia él:

Doctor, ¡por favor! ¿Cómo ha ido todo? ¿Y Rodrigo?

El médico bajó la mirada, retirándose la mascarilla con gesto abatido:

Doña Leonor Álvarez, lo siento muchísimo Hemos hecho todo cuanto estuvo en nuestra mano…

***

Leonor se acurrucaba en la cama de su hijo, hecha un ovillo. La almohada todavía desprendía el olor dulce de Rodrigo. En el espejo del tocador se adivinaba el rastro de una pequeña mano, manchada de galleta. ¡Menos mal no tuve tiempo de limpiar el espejo!, pensó para sí, consciente de que no volvería a ver aquellas pequeñas manitas ensuciarlo, ni la cabecita fatigada rendirse sobre la almohada.

Otra lágrima trazó surco salado en la mejilla reseca de Leonor. El dolor había arrasado su corazón desde dentro. Corazón sano, el que su Rodrigo no tuvo nunca. Su hijo mayor, Mateo, no sufría dolencia: tenía 18 años y estudiaba ya en la Universidad Complutense. Pero Rodrigo Rodrigo era la bendición tardía que se tornó amargo pesar. El embarazo había transcurrido sin complicaciones aparentes; fue justo antes del parto cuando, por pura casualidad, se detectó una grave cardiopatía. Durante la delicada operación, algo falló Y con ello, se fue Rodrigo para siempre.

***

En el duermevela, Leonor se sumergió de nuevo en un sueño inquieto, como cada noche desde entonces. Se halló en un prado lleno de flores silvestres, bañadas de luz y aroma; allá al fondo la esperaba Rodrigo, sonriente, con su inseparable camisa de coches y un gran ramo de margaritas en las manitas.

¡Rodrigo! ¡Hijo mío! gritó Leonor, pero él parecía absorto, deshojando las margaritas una a una.

Ella corría por el campo florecido, brazos abiertos, deseando abrazarle. Pero por más que se esforzara, Rodrigo no se acercaba; al contrario, cada vez estaba más lejos. Leonor gritaba, tendía los brazos, llorando desconsolada Hasta que, de pronto, Rodrigo levantó la vista, le sonrió y poco a poco se deshizo en el aire, dejando tras de sí una lluvia de pétalos blancos sobre la hierba fresca.

Llegó Leonor corriendo hasta el lugar donde cayeron los pétalos y, al mirar hacia abajo, vio que sobre el césped verde, las margaritas formaban letras blanquísimas: era una dirección.

***

El timbre del móvil la despertó. En la pantalla aparecía el nombre de su hijo mayor, Mateo.

Dime, hijo contestó Leonor con voz ronca.

Mamá, hoy voy a casa. ¿Me prepararás algo rico?

Leonor forzó una sonrisa. Bastaba ya. Habían pasado casi tres meses desde la partida de Rodrigo, aunque aún tenía al mayor. Era hora de intentar recomponerse y seguir adelante.

Claro, cariño, ¿quieres que prepare unas tortitas?

¡Eso sería genial, mamá! ¡Estoy ya en el autobús, nos vemos en nada!

Cada fin de semana Mateo procuraba ir a casa, acompañar a sus padres y distraerlos. Sabía bien lo duro que era, porque también sentía el dolor por su hermano pequeño. Vivían el duelo juntos, como buena familia.

Forzándose, Leonor se levantó y fue a la cocina, revisó la nevera y se dio cuenta de que no quedaba leche. Su marido, Santiago, estaba en la mesa soldando algún circuito del portátil. Al verla, levantó la vista:

¿Te falta algo? ¿Vas a por leche?

Mateo ha llamado. Viene y quiere tortitas informó Leonor serenamente. Se terminó la leche, así que bajaré yo misma a por ella, así estiro las piernas.

Santiago alzó las gafas, sorprendido. “Parece que vuelve a la vida”, pensó con un deje de alivio.

Leonor se vistió despacio y salió a la calle. Una brisa agradable de primavera le azotó el rostro, mientras cantaban los mirlos y los árboles del barrio lucían ya un color verde claro. La naturaleza despertaba tras el invierno. Leonor suspiró: “Ay, Rodrigo no verá jamás su quinta primavera.”

Sacudiendo los negros pensamientos, tomó rumbo al mercado del barrio.

***

Cogió un litro de leche, los dulces favoritos de Mateo, pan y un pollo. De pronto, desde el pasillo paralelo, le llegó una risa infantil conocida, tan parecida a la de Rodrigo, que se le heló el alma. Corrió hacia el sonido; solo alcanzó a ver, entre las estanterías, una pequeña figura desaparecer.

Por más que supiera que era imposible, avanzó en pos del niño, tirando sin querer un cartel de cartón con una promoción. Al recogerla, se quedó paralizada. Sobre el fondo blanco, en letras rojas, estaba escrita la misma dirección de su sueño.

¿Qué quieres decirme, Rodrigo? musitó.

De vuelta a casa, una intuición nueva bullía en su interior. Rodrigo intentaba comunicarse con ella, pero ¿cómo y por qué? Decidió buscar la dirección en internet, pero no ese día. Ese día Mateo llegaría y necesitaban compartir su presencia y apoyarse.

***

La tarde transcurrió más cálida de lo esperado. Leonor incluso pudo sonreír, escuchando anécdotas universitarias de su hijo. Mateo devoraba las tortitas con alegría, observado con ternura y cierta nostalgia por sus padres. Al fin, la noche cubrió la casa y todos se retiraron.

Leonor cayó rendida en la cama, pero en mitad de la noche despertó al oír claramente que desde el baño llegaba un canto apagado. El corazón se le subió a la boca: el canto era inconfundible, la melodía del tractor azul, el favorito de Rodrigo.

Tragando saliva, Leonor se dirigió al baño sigilosamente, sin hacer ruido. Abrió la puerta con sumo cuidado; como era de esperar, allí no había nadie. Las lágrimas rodaron sin control.

“¿Qué esperaba? Rodrigo ya no está ¡Todo esto es producto de mi mente rota!”, pensó enfadada consigo.

Se lavó la cara, buscando serenarse, y miró su reflejo en el espejo: un rostro pálido, demacrado y ojeroso la devolvía la mirada. Por impulso, frotó el espejo con la mano enjabonada y entonces las gotas de espuma, resbalando, dibujaron misteriosamente aquellas mismas letras de la dirección. Un escalofrío le recorrió la espalda. Y escuchó, tan claro como si estuviera allí, aquella vocecita infantil:

Te espero, mamá

***

¿Por qué no duermes? preguntó Santiago, medio incorporado en la cama por el resplandor del portátil.

Leonor, sentada en el sillón, sostenía el portátil en su regazo, con la mirada fija en la pantalla.

Santi, ven Si tú sientes lo mismo que yo, entonces lo que me está ocurriendo estos días no será sólo cosa de mi cabeza

Santiago, aún somnoliento, se acercó. Al ver la foto de un niño de cuatro años, sintió una mezcla de calor y ternura asombrosa.

Sobre la foto se leía: Hugo González, 4 años. Perdió a sus padres en un accidente de tráfico hacía tres años y vivía con su abuela, que recientemente falleció; desde entonces, llevaba seis meses en la casa de acogida.

Esta dirección me persigue desde hace días explicó Leonor. Es Rodrigo quien la manda

Le contó a Santiago el sueño, la escena del supermercado y lo sucedido en el baño. Tras meditarlo brevemente, Santiago asintió con autoridad:

Leonor, tenemos que ir.

***

Doña Carmen Ruiz, directora de la casa de acogida, les conducía por el luminoso pasillo, hablando sin cesar:

Cuando Hugo llegó, pensamos que sólo estaría por poco. Era un niño alegre y sociable, criado con cariño, aunque por su abuela. Le intentaron adoptar hasta tres veces, pero él, en presencia de posibles padres, se cerraba en banda y no quería saber nada. Decía que su mamá y papá vendrían algún día y que los reconocería enseguida. Desde hace unos tres meses, tiene un amigo imaginario al que llama Rodrigo. Y últimamente, ese Rodrigo le ha asegurado que muy pronto vendrán sus padres a por él.

Leonor y Santiago cruzaron una mirada de incredulidad y emoción. ¿Sería su pequeño Rodrigo quien guiaba el destino de ese niño?

En fin, ustedes véanlo, conózcanlo. Quizá consigan abrirle el corazón terminó doña Carmen, abriendo la puerta de la sala de juegos.

Leonor lo reconoció al instante. Pequeño y delgado, sentado entre otros niños, construía una torre de cubos y tarareaba la canción favorita de Rodrigo. Hugo, al ver a Leonor y Santiago, dejó caer los cubos, se puso en pie y echó a correr hacia ellos gritando:

¡Mamá, papá! ¡Sabía que vendríais!

***

Doña Carmen agilizó todo lo posible el papeleo de la adopción: la historia de Leonor y Santiago la conmovió al conocer el fallecimiento de Rodrigo, y se volcó para unir a la familia cuanto antes. En apenas un mes, Leonor, Santiago y Mateo recogieron a Hugo para siempre. Justo antes de salir, Hugo soltó la mano de Leonor:

¡Mamá, espera! dijo el pequeño, mirando al final del pasillo. Rodrigo quiere despedirse

A Leonor le golpeó el corazón, pero esta vez con una tristeza serena: aunque nada ya repararía el pasado, tenía ante sí una vida nueva que dependía de ella. Jamás olvidaría a Rodrigo, lo amaría siempre, pero ahora tenía una nueva razón para ser fuerte.

Hugo corrió hacia la ventana del fondo y, tras unos segundos, regresó veloz a los brazos de su madre, padre y hermano mayor. Detrás del cristal, sobre el alféizar de zinc, apareció un hermoso palomo blanco, que sobrevoló el edificio, dando vueltas sobre sus cabezas.

Оцените статью
Elena Gante
Добавить комментарии

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

El testamento del hijo menor
La amiga imaginaria