Amiga imaginaria
Alrededor de Lucía llevaban ya tres días merodeando medio instituto. La niña se había ganado la fama de ser una adivina nata y una auténtica psicóloga. Todos buscaban un poco de su sabiduría. La abordaban cerca de los baños, se sentaban a su lado en el comedor, le llevaban golosinas, cuadernos con deberes y otras ofrendas que, por algún motivo, ella rechazaba.
Me gusta Álvaro, de 5ºB. ¿Tú crees que podríamos algún día formar una familia? suspiraba soñadora la compañera Patricia.
No te lo aconsejo. Álvaro parece muy majo, pero en realidad se hurga la nariz y luego se lo come. Desde luego, hambre no va a pasar, pero poco más. Así se le irá la vida, contestaba Lucía mientras mordisqueaba una rosquilla y sorbía el té.
¡Puaj! ¡Qué asco! ¿Y Diego? Es empollón y está aprendiendo a tocar la guitarra sonreía Patricia, boba.
Diego se dedica a molestar gatos. Les ata una lata a la cola y los persigue por la calle. Va a salir cruel y encima le dará por beber.
¿Cómo puedes saber eso?
¿Tú conoces algún guitarrista que no beba? Y deja de pensar en eso, que aún eres demasiado joven. Mejor repasa mates y deja de morderte las uñas, que así solo pillas lombrices.
No tengo amigos. Todos me llaman gordo y nadie me invita a nada Pablo, de 4ºC, empujó tan fuerte a la quinta que casi se cayó del banco.
El miércoles empiezan las inscripciones de judo. Puedes apuntarte en el despacho de educación física. No vas a adelgazar, pero por lo menos dejarán de llamarte cosas. Y a tu futura esposa no la tires más así.
Lucía se levantó con la bandeja y se fue a dejarla al fregadero.
Lucía, ¿crees que me conviene sacarme el carnet de conducir este año o mejor el que viene? preguntó, haciendo como que no quería, la profesora de geografía, Sole, mientras se lavaban las manos.
Soledad, para sacarse el carnet hay que tener coche, y tú solo tienes el R5 de tu padre. ¿Ves la diferencia?
S-supongo que sí
Lucía puso los ojos en blanco, se secó las manos y siguió:
Vende ese cacharro, con el dinero cómprate una bici y un par de pantalones cortos, que en dos meses te llevan al trabajo igual. Pero, vamos, que lo que de verdad te convendría sería pedir una hipoteca ahora están en condiciones buenísimas, porque vivir con los padres con treinta y cinco ni es digno ni es sano. Te lo digo yo, que sé de lo que hablo.
Bajo la atenta y atónita mirada de la profesora, Lucía volvió a su clase de tecnología.
En los cuarenta minutos que sus compañeras aprendían a usar la regla y a enhebrar el hilo, Lucía remendó un pantalón traído de casa, entalló una falda y tejió un par de calcetines de lana al crochet, que regaló a la profesora de tecnología diciendo que las embarazadas debían tener siempre los pies calientes. La profe pidió permiso y salió disparada a la farmacia a por un test. Al día siguiente, toda la clase comió tarta de chocolate que la profesora llevó para dar las gracias a Lucía.
En casa también la niña se comportaba raro. Riñó a su madre por comprar carne picada hecha y preparó sus propios raviolis. Por la tarde, en vez de ver YouTube, se puso a leer Los tres mosqueteros y de vez en cuando cuchicheaba con alguien. El padre la miraba de reojo desde el ordenador y Lucía, por su parte, le soltó que se estaba encorvando mucho. Y que, total, mejor sería salir a sacudir la alfombra que estar viciado en páginas raras.
Por los pasillos del instituto empezaron a correr rumores, los profesores se alarmaron y exigieron una consulta con la psicóloga escolar. Se organizó la cita y todo el claustro, la directora incluida, se reunieron junto a Lucía en horario lectivo.
Lucía, cariño, ¿alguien te molesta en el colegio? empezó el psicólogo con barba a la moda y gafas.
Me molesta que hayan concedido varios millones al instituto y solo hayan comprado para el gimnasio una vieja plinton y dos metros de cuerda.
Todas las miradas se volvieron hacia la directora, que desapareció por la ventana alegando una reunión urgente.
¿No tienes amigos?
La amistad es un concepto abstracto, contestó Lucía, aburrida, retorciendo una trenza. Hoy juegas al escondite y mañana tu amiga te friega los platos mientras tú haces la declaración de la renta.
¿Pero qué platos ni declaraciones? ¿Quién te mete esas ideas en la cabeza?
Mi amiga.
¡Aquí está el problema! ¿Puedes invitarla a pasar?
Si ya está aquí respondió Lucía tan tranquila, provocando murmullo general.
Nosotros no la vemos. ¿Cómo se llama?
Eulalia Campos.
¡Vaya! ¿Y cuántos años tiene?
Setenta.
¿Y qué te dice?
Que hay que cepillarse los dientes de las encías hacia fuera, que el perro del portal no es malo sino hambriento y asustado, que la familia no debe olvidarse nunca. Y que a usted llevan años calculándole mal el impuesto de bienes inmuebles. Tiene que ir a Catastro y pedir la revisión por valor de mercado, porque ahora están usando el valor de referencia.
La psicóloga fue tomando notas a toda prisa, subrayando la última.
Al final avisaron por megafonía a los padres, que estaban trabajando.
¡Pero esperen! gritó el padre, nervioso, al teléfono ¡Así se llamaba mi madre! Murió hace diez años.
El despacho se llenó de murmullos y rezos discretos.
Pues eso, diez años y nadie pasa ya a verla. La hierba está alta y la verja torcida reprochó Lucía.
Es que no me da la vida Quería, pero nunca encuentro el momento atinó a responder el padre.
La sesión terminó.
Al día siguiente, toda la familia fue al cementerio. Lucía nunca había conocido a su abuela, solo la había oído mencionar a su padre en contadas ocasiones. No encontraron la tumba al principio, el campo de mármol había crecido mucho y antes era un pinar.
La niña llevó un ramo de tulipanes amarillos que colocó en una botella cortada. El padre arregló la verja, la madre eliminó las malas hierbas.
Papá, la abuela dice que eres buen hombre, pero que has dejado que el trabajo y el internet te absorban y por eso no tienes tiempo para nada ni para mí siquiera.
El padre se sonrojó y asintió.
Dile que vamos a cambiar le acarició el pelo a su hija y luego la foto desvaída de la lápida.
Ahora está tranquila y no volverá a hablar conmigo, aunque la echaré mucho de menos; era bondadosa, alegre y muy lista.
Así es. Tu abuela era buenísima y calaba a todo el mundo. ¿Te dice algo más?
Sí. Que esa dieta del pepino que haces es un disparate. Si quieres adelgazar, ve al gimnasio. Y que abrir la cuenta en libras fue una tontería: antes de esas cosas hay que echar cuentas en condiciones. Y que sobre aquél cemento barato que compraste para la solera de la barbacoa…






