El hombre elegía al cachorro como quien busca un regalo para toda la vida. La criadora sonrió.
—El niño lleva mucho tiempo queriendo un perro —dijo él, ajustándose la cazadora gris de puños gastados.
Después, en la tienda de animales, llenó una bolsa transparente de pienso, cogió del expositor una correa con empuñadura acolchada y dejó en el mostrador un cuenco de acero inoxidable. No preguntó el precio ni una sola vez.
El cachorro era de color canelo, con una oreja un poco más alta que la otra. Tendría unos tres meses, no más. Cuando el hombre lo levantó, el cachorro le hundió el hocico en la palma ancha y se quedó quieto.
El hombre lo apretó contra el pecho; en la otra mano llevaba la bolsa, y la puerta se cerró tras él.
Dani lo esperaba en casa, en el sofá. Siete años, las rodillas llenas de costras y el pelo claro con remolinos. Cuando su padre entró con el pequeño milagro en los brazos, no gritó. Se deslizó al suelo, se agachó en cuclillas y tendió los dedos.
El cachorro olisqueó su mano. Luego la lamió.
El niño levantó la cabeza y miró a su padre desde abajo. Había algo en aquella mirada que hizo que Pilar se volviera en silencio hacia la ventana. Estaba de pie junto al alféizar, con los hombros un poco alzados, como si llevara tiempo esperando algo malo.
—¿Cómo lo llamamos? —preguntó Jorge.
El hijo respondió bajito, sin apartar los ojos del perro:
—Canelo.
El padre le revolvió los remolinos. Pilar no se volvió.
La primera noche fue dura.
Canelo se pasó la noche gimiendo en el pasillo, rascando el linóleo con las patas y empujando con el hocico la puerta cerrada del dormitorio. Pilar se levantó a las tres, y luego a las cinco. Secó un charco con periódicos mojados, y los periódicos hacían chasquidos bajo sus pies descalzos, como si todo el pasillo estuviera empapado de algo que todavía no tenía nombre.
Jorge no se levantó ni una sola vez.
Por la mañana, en la cocina, había un olor extraño.
—Se acostumbrará —dijo Pilar al aire.
Su marido untaba la mantequilla en el pan en silencio. El cuchillo raspó la corteza, y el cachorro, debajo de la mesa, se estremeció entero.
Durante el día, Dani se sentaba en el suelo de su habitación y Canelo se tumbaba a su lado con el hocico en la rodilla. El niño leía la cartilla en voz alta, equivocándose con las letras, y el perro escuchaba como si entendiera cada palabra. Las orejas se le movían con cada sonido, una después de otra.
Pilar se quedó en la puerta, mirándolos. Luego cerró despacio.
La segunda noche, Canelo destrozó las zapatillas. La tercera, volcó la papelera. Jorge recogió las mondas de patata del suelo a gatas, con la mandíbula apretada, como si masticara algo invisible y amargo.
—Bueno, el caso es que… —empezó, y se cortó.
Pilar esperó el resto. No llegó.
La pelea llegó al quinto día.
Dani llevaba un buen rato dormido. El reloj de la cocina marcaba las diez menos cuarto.
Jorge estaba sentado a la mesa, con las mangas de la cazadora gris subidas hasta los codos.
—No duermo lo bastante —dijo.
Pilar estaba junto al fregadero.
—Ten un poco de paciencia. Es pequeño.
Él se inclinó hacia delante.
—Pilar, me levanto a las seis. Todos los días. Si este perro…
No terminó. Pilar oyó el final por su cuenta. Su mano buscó el trapo, aunque ya tenía los dedos secos.
Desde el pasillo llegó un quejido. Bajo, monocorde. Como si Canelo hubiera notado que hablaban de él.
—El niño lo soñaba —dijo Pilar.
Jorge se levantó. La silla chirrió.
—No hablo de ahora. Hablo de que, si no cambia nada…
Se fue al dormitorio. La puerta no se cerró de golpe. La cerró con cuidado, como un hombre que ya lo tenía decidido desde hacía tiempo y que había mantenido la conversación solo por pura fórmula.
El sábado por la mañana, Dani se despertó y corrió descalzo al rincón de Canelo por el linóleo frío.
La alfombrilla del pasillo estaba vacía. El cuenco, junto a la pared, limpio, sin comida ni agua. La correa con la empuñadura acolchada seguía colgada del gancho.
El niño miró debajo de la mesa, en el baño, detrás del armario, donde a Canelo le gustaba esconder la zapatilla mordida. En ninguna parte.
Pasó a la cocina.
—Papá, ¿dónde está Canelo?
Jorge bebía café. La taza firme en la mano, los dedos sin temblar.
—Se escaparía, no sé. Por la mañana la puerta estaba abierta, bajé la basura y… —Abrió las manos. Grandes, tranquilas. Las mismas en las que el cachorro había escondido el hocico con confianza seis días antes.
Dani se quedó quieto. Miró la alfombrilla vacía. Miró la correa, que colgaba tan recta del gancho que parecía que nunca la habían quitado. Y se fue a su cuarto.
No lloró. No volvió a preguntar. Se fue.
Pilar estaba en el umbral, con los dedos apretados contra los labios, como quien intenta atrapar una palabra que llega tarde. Detrás de la nevera, una bolsa transparente de pienso, medio llena, con la etiqueta del precio de la tienda de animales en un lateral.
Esa misma tarde, Remedios volvía a casa del mercado.
La lluvia había empezado por la tarde y el asfalto brillaba como si estuviera engrasado.
Junto al banco de la parada había algo que se movía.
Remedios se detuvo. Se ajustó la rebeca de punto color mostaza y se agachó. Tenía las manos con manchas oscuras de tierra de semillero: a finales de abril, los dedos no se quedan limpios hasta el verano.
Un cachorro. De color canelo, con una oreja más alta que la otra. Mojado, pegado a la pata del banco, temblaba menudo y constante, como un mecanismo sin interruptor.
Junto a él había una bolsa. Transparente, con pienso. Nueva, con su etiqueta de precio.
Remedios se incorporó. Miró alrededor. No había nadie.
La lluvia arreció. Las gotas golpeaban el techo de la marquesina como si alguien tamborileara con impaciencia. El cachorro no buscó refugio, no se quejó. Ya no esperaba nada.
Entonces levantó el hocico. La nariz fría, el pelo pegado a las costillas finas. Tenía unos ojos que a Remedios le dolieron dentro del pecho, aunque hacía veinte años que no lloraba delante de desconocidos y no iba a hacerlo ahora.
—Ea, conque eres así —dijo despacio. Así habla quien está acostumbrado a hablar con los semilleros y con el silencio.
Lo levantó con una mano. Con la otra cogió la bolsa. El cachorro le hundió el hocico en la muñeca y se quedó inmóvil, igual que se había quedado antes, en otras manos. La lluvia resbalaba por la rebeca, por la bolsa, por el pelo rojizo. El autobús no apareció, pero ya daba igual.
En casa lo secó con una toalla de rayas azules. El cachorro se quedó quieto en el taburete, mirándola calentar la leche en un cazo de aluminio.
El piso estaba en silencio. Un cactus en el alféizar, uno solo. Un reloj de péndulo que su marido había arreglado un mes antes de morir.
Ocho años llevaba viviendo sola. De pronto la leche chapoteó en el suelo, las uñas repiquetearon sobre las baldosas, y ya no era silencio, sino una especie de calma. La diferencia es enorme.
El cachorro lamía la leche de un plato. Era un sonido tan casero que Remedios se sentó en el suelo junto al taburete y se quedó allí, sin más, escuchando.
—Buen chico —dijo. Se calló un momento. Y repitió: —Buen chico.
Tres días después, Remedios bajó al patio con el cachorro.
Había comprado la correa en la ferretería por dos euros. De tela, con cierre de plástico. Al cachorro le daba igual: iba dando tropezones por el patio y olfateaba cada columna, como si estuviera dibujando el mapa de un mundo nuevo.
Junto al portal fumaba Candelaria, la del cuarto piso. Entrecerraba los ojos por el sol, y el humo se iba hacia arriba.
—¡Conque te has hecho con un perro!
Remedios se encogió de hombros.
—Lo encontré. En la parada, el sábado, bajo la lluvia.
Candelaria dio una calada. Miró al cachorro y luego a Remedios.
—¿Rojizo? ¿Con la oreja?
Remedios asintió.
—Pues es el que Jorge, el del segundo C, le compró a su hijo. Hace una semana. Pilar le dijo a Rocío, la del tercero, que se les había escapado.
Candelaria bajó la voz.
—Y Rocío dice que el sábado por la mañana vio a un hombre con cazadora gris en la parada. Con una bolsa. Dejó algo junto al banco y se fue. Rápido. Sin volverse.
Remedios se quedó callada.
El cachorro, sentado a sus pies, mordisqueaba el cordón de la zapatilla. Candelaria tiró la colilla a la papelera y se fue.
Remedios se quedó de pie. Luego se agachó, levantó al cachorro y lo apretó contra la rebeca. La lana color mostaza olía a tierra y a semillero. Él no se quejó, solo le escondió el hocico en el cuello. Caliente y mojado.
Por la noche, Remedios lavó el plato y miró por la ventana.
En el patio, junto a los columpios, había un niño. Con remolinos claros. No se columpiaba. Solo miraba el banco donde las vecinas suelen sentarse con los perros pequeños.
Se estuvo un minuto, quizá dos. Luego se metió las manos en los bolsillos y se dirigió al portal. Despacio.
Canelo dormía junto al radiador, sobre una manta vieja doblada. Una oreja le quedaba más alta que la otra.
Remedios se secó las manos y dejó la toalla.
En algún piso del segundo C, una correa con empuñadura acolchada seguía colgando del gancho. Nueva, de la tienda de animales. Sin estrenar.







