El lazo rojo
Mira, te cuento… Soledad estaba en la cocina, apoyada en el frigorífico, viendo cómo el vapor subía lentamente de la cazuela en la que se hacía un poco de arroz. No era ese arroz bueno, brillante, sino el barato de bolsa, como los que ahora cuestan unos céntimos de euro y tienen algo de sabor amargo. Removió con la cuchara, tapó un poco la olla, y se apartó, dejando que el viejo Balay zumbara como de costumbre, aprobando su rutina silenciosamente.
Por la ventana se veía la calle de los Artesanos, con sus bloques de cinco plantas, los chopos que siempre llenaban de pelusa las ventanas en primavera y el quiosco de flores en la esquina. Soledad llevaba en ese barrio doce años, y esa calle ya era parte de ella, como ese callo que no se va o como saber que el cuarto escalón de su portal siempre cruje.
Alfonso apareció en la cocina sin avisar, como solía. Tenía esa facilidad para aparecer. Alto, espaldudo, con una camisa gris clara que Soledad no recordaba haberle visto nunca. Aunque realmente lo primero que notó fue el olor. Un aroma fresco, floral, con fondo dulce, nada masculino ni a coche ni a sus cosas.
¿Qué pasa, mi espartana? dijo Alfonso, asomándose a la cazuela y torciendo la boca con simpatía. ¿Otra vez arroz y pan?
Arroz, con cebolla respondió Soledad.
Con cebolla… Eso ya es un lujo le dio una palmadita en el hombro. Aguanta un poco más, que todo acabará mereciendo la pena. Lo de la Finca del Cerezo no va a escaparse, ya lo verás.
Soledad asintió, como quien no quiere la cosa. Era un gesto que había perfeccionado: parecía asentir por convicción, pero en realidad solo era cansancio. Desde hacía tres días le andaba dando vueltas la cabeza, despacito, como cuando tienes la sensación de estar en una habitación que se inclina un poco. Sabía que era por la alimentación, claro, y no decía nada.
¿Has comido hoy? preguntó ella.
En el trabajo hubo menú del día. Bien.
Sirvió agua del grifo y se la tomó de pie, puso la taza en el fregadero y luego se fue al salón. Soledad se quedó mirando la taza, apagó el fuego y empezó a servir el arroz.
Después de tres años de apretarse el cinturón, ya se había acostumbrado a ciertas cosas. En vez de yogur o fruta, solo kefir si estaba de oferta; la chaqueta que llevaba desde hacía cinco inviernos ya tenía un remiendo que había hecho ella misma, el pelo se lo cortaba sola delante del espejo del baño, a veces con más gracia, a veces menos, porque la peluquería fue en noviembre de hace dos años.
Tres años atrás, Alfonso le enseñó unas fotos: una casa pequeña en la Finca del Cerezo, a menos de una hora de Madrid en Cercanías. Ladrillo visto, buhardilla, manzanos en el jardín, un pozo ya decorativo, contraventanas verdes. Una terraza de madera. Un banco bajo una parra.
Mira le puso el portátil en las rodillas.
Soledad miró. Y ahí, en el pecho, no fue exactamente alegría lo que sintió. Era como una posibilidad, algo tibio. Ella, toda su vida entre pisos ajenos, muros prestados, respirando el aire de otros. En las fotos, en cambio, había manzanos.
Necesitaremos unos tres años de apretar mucho dijo Alfonso, calculando en voz alta. Si cada mes apartamos esto, y tú recortas un poco…
¿Cuánto cuesta?
Dijo la cifra. Soledad se quedó callada.
Es mucho.
Es una casa, Sole. Nuestra casa. Jardín, aire limpio, tranquilidad. ¿De verdad crees que eso sale barato?
Aceptó. No de golpe, pero aceptó. Abrieron una cuenta común. Ella ingresaba la mitad de su pensión y lo que podía sacar de pequeñas tareas de contabilidad que le salían algunos meses. Alfonso decía que ponía de su sueldo tres veces más.
Soledad le creía.
Siempre había sabido creer. No por ingenua, sino porque así la vida parecía menos cuesta arriba. No creerse las cosas te obliga a estar comprobando continuamente, y cansa tanto.
El primer invierno fue hasta fácil. Comía sencillo, vestía incluso más modesto, y casi parecía un juego. Como de niña, cuando no había dinero para helados y te inventabas otra cosa y lo valorabas más porque lo habías creado tú. Hacía sopas baratas, leía recetas, se alegraba si pillaba alguna oferta. Casi divertido.
Al año, el cuerpo empezó a quejarse. No a lo bestia, pero sentía las piernas flojas, sueño, a veces se perdía mirando por la ventana del bus, sin saber ni a dónde iba. No iba a consulta. Ni dinero para el médico, ni ganas de cola en el ambulatorio.
Tendría que analizarme le confesó un día a Alfonso.
¿Ir a uno privado?
Allí no hay que hacer tanta cola.
Ahora mismo cada cien euros cuentan, Sole. Puedes pedir hora en el centro de salud.
Fue. Esperó, le hicieron una analítica. Tenía el hierro al mínimo de lo normal. Más carne roja, vitaminas, le dijo la médica.
Compró las vitaminas más baratas. Carne roja, ni planteárselo.
Al tercer año, dejó de pesarse. El espejo del baño ya contaba demasiado. La cara más afilada, ese tono amarillento raro bajo los ojos, pelo apagado. En el mercadillo de la calle León encontró un abrigo azul oscuro sin apenas desperfectos. La vendedora, una mujer pelirroja teñida, le sonrió tristemente:
Abrigo bueno. Lo va a gastar a gusto.
Ya lo sé respondió ella.
Aquí todas lo sabemos dijo la vendedora, con ese tono de quien entiende.
Soledad se puso el abrigo y, al pasar por un escaparate, se miró un segundo antes de seguir caminando.
Alfonso seguía animándola, se le daba de miedo eso de hacerte pensar que todo irá mejor si resistes un poco más. Decía ya casi, tan a menudo que a Soledad esas palabras le sonaban a música de fondo que se ignora.
Eres una valiente le decía al ver que se preparaba una cena pobrísima. De las de verdad.
Soledad sonreía. Pero era una sonrisa automática, sin alegría.
A veces llamaba a Lucía, su hija, que vivía en Valencia, ocupada en lo suyo, y Soledad no se quejaba, ni aunque quisiera.
¿Qué tal, mamá?
Bien. Ahorrando para la casa.
¿Todavía ahorráis?
Ya casi está, hija.
Pues ánimo.
Y el tema acababa en la meteorología, los niños, cualquier detalle. Soledad colgaba y volvía a la cocina.
Ese otoño, el tercero de la economía de guerra, los olores se volvieron más intensos. Que el cuerpo, al tener menos, agudiza sentidos, pensaba Soledad. Ese perfume de la camisa de Alfonso lo sintió por octubre, cuando removía el arroz. Luego se dijo que sería un residuo del metro o del bus de vuelta, pero en noviembre volvió: Alfonso llegó más tarde, animado, olía a otra cosa. Cuando le quitó el abrigo se lo notó claro… ese aroma floral, dulce, caro, y sin duda femenino.
¿Mucho lío hoy?
Muchísimo… Reunión eterna. Bostezó y fue directo al baño.
Soledad colgó bien el abrigo, respiró hondo. Calentó la cena.
Ella era de las que saben no pensar en lo que no pueden cambiar. No por cobarde, sino porque temía más lo que trae el pensamiento que un simple acto de coraje. Más fácil era no adentrarse demasiado.
La cuenta común seguía llenándose cada mes. Alfonso le enseñaba el extracto en el móvil, y Soledad sentía, a regañadientes, que igual sí estaban más cerca.
Mira, ya sumamos tanto señalaba Alfonso. Para primavera, podemos empezar a hacer movimiento.
¿Qué clase de movimiento?
Negociar con los de la finca, ver términos, regatear…
Soledad asentía. Ella no entendía de negociaciones. Él se ocupaba del papeleo, ella de apretarse el cinturón.
En diciembre, Alfonso empezó a llegar tarde a menudo. Cenas de empresa, estas fechas ya se sabe. Soledad entendía, como siempre.
Una noche, Alfonso llegó pasadas la una, fresco, con el tono claro de quien no viene de beber. Qué buena cara trae, pensó ella. Le besó la frente y se acostó.
En enero, Soledad encontró el recibo.
Por casualidad, como suelen salir las cosas importantes. Iba a limpiar la chaqueta nueva azul marino de Alfonso, la del fin de año. Revisando los bolsillos, apareció un ticket, pequeño, blanco.
Restaurante Ostras del Retiro. Fecha: 28 de diciembre. Y la suma.
Soledad lo miró bastante rato. Por la ventana, la gente paseaba perros por la calle de los Artesanos.
La suma, su presupuesto mensual de comida. Todo lo que ella hacía rendir en arroz, macarrones baratos, té común, aceite de girasol. Lo que a veces contaba en gramos para que durara todo el mes.
Puso el ticket en su sitio, colgó la chaqueta. Volvió a la cocina.
El Balay seguía su zumbido.
Bebió un vaso de agua. Lo dejó, lo cogió otra vez.
Alfonso estaba en la oficina. Ella teletrabajaba procesando facturas, pero esa mañana estaba libre. Nadie.
Pensó en quién iría a Ostras del Retiro en diciembre. Ella ni conocía el sitio, sólo de la publicidad en el autobús: manteles blancos, mucha luz. No puede ser barato.
El 28, Alfonso le dijo que iba a una cena de viejos amigos, volvió pronto y olía muy poco a vino, otra vez el perfume ese.
No se hizo ilusiones ni películas. Quizá fue solo un almuerzo. Quizá negocios. O quizá…
Por la tarde, cuando Alfonso volvió, lo miró distinto. No con rabia, tampoco con fijación, simplemente lo observó.
¿Qué tal el día? preguntó, descalzándose.
Bien. ¿Has comido?
Picoteé algo en el trabajo.
He hecho sopa.
Perfecto.
Se sentó, comió mirando el móvil. Ella tomó té, sin perderle de vista. Tranquilo, como siempre, o muy buen actor.
Alfonso…
¿Sí…?
¿Es caro cenar en Ostras del Retiro?
Alzó la mirada, apenas un segundo.
Ni idea, nunca he ido.
Ah, lo vi en una publicidad
Y vuelta al móvil.
Soledad bebió despacio.
Febrero fue frío y callado ese año. Soledad iba con su abrigo azul del mercadillo, las manos en el vaso para calentarlas, tiritaba en el bus. Los mareos iban en aumento. Volvió al centro de salud. El médico repitió diagnóstico: coma más variado.
Ya tomo vitaminas dijo ella.
¿Cuáles?
Las más simples, explicó. La médica la miró comprensiva y no insistió.
Alfonso, ese mes, parecía tener más energía todavía: cinturones nuevos, zapatos distintos… Unos marrones, bonitos, caros.
¿Nuevos?
Chollo, los otros estaban muertos.
¿Chollo…?
En serio. No son de boutique, mujer.
Y ella otra vez asintiendo.
A principios de marzo vio una notificación en el móvil de Alfonso, mientras él se duchaba y ella hojeaba un libro.
Concesionario MotorMadrid.
Su SUV City Plus está listo. El lazo rojo, tal y como pidió, preparado. Pase a recogerlo.
Supo de qué iba lo del lazo rojo más tarde, tumbada sin poder dormir. Cuando un coche se regala, se pone un lazo rojo. En los anuncios lo enseñan así.
Soledad pensó en su arroz con cebolla.
En sus vitaminas de euro y poco.
En el abrigo de segunda mano.
En la peluquería a la que no iba desde hacía demasiado.
En la cuenta común.
A la mañana siguiente llamó para consultar el saldo. Le dieron la cifra.
Se quedó en silencio un momento. Dio las gracias, colgó.
La mitad de lo debido. Después de dos años ahorrando, la mitad.
Se sentó a la mesa de la cocina, miró el mantelito de flores ahí con su mancha de café, pequeña pero persistente.
¿Sole! gritó Alfonso desde el salón. ¿Pusiste la tetera?
Ya voy respondió.
Puso el agua a calentar.
Ese día empezó a fijarse más en todo. No lo llamaría vigilarle, era una palabra fea, pero esa vez, un jueves, él salió diciendo que iba a una reunión y ella salió detrás a la media hora, simplemente andando.
El coche de Alfonso, el viejo gris, estaba no en la oficina ni en un restaurante, sino frente al centro comercial de la calle Mayor. Se cruzó con él en la sección de joyería, hablando con una mujer rubia, elegante, que le reía las gracias. Hablaron cerca, como los que ya se conocen. Alfonso pagó una pulsera, ella guardó la bolsita, se marcharon juntos.
Soledad se quedó detrás de una columna, disimulando mensaje.
Los demás iban a lo suyo. Radios, olores de cafetería.
Sole se sentó luego en un banco fuera. Marzo, suelo húmedo, banco seco. Miró coches y charcos, y no sintió ni vacío ni rabia. Como tierra dura bajo la nieve.
Después volvió a casa.
Ese fin de semana, todo seguía igual. Ella hacía sopa, iba al súper, Alfonso seguía animado, hablando de la finca, de planteos y de facilidades de pago.
Creo que podríamos negociar una entrada menor, y el resto después.
Ajá. ¿Y cuánto llevamos?
Con mis transferencias deberíamos ir bien, pero lo miro estos días…
Míralo.
Sí, luego.
Soledad se fue a la cocina. Llamó a Lucía ese día.
¿Todo bien, mamá? Tienes la voz rara…
Cansada, hija.
¿Otra vez ahorrando? ¿Merece la pena esa casa? ¿Por qué no buscáis algo normal aquí cerca? ¿Para qué esa finca, mamá?
Alfonso la quiere.
¿Y tú?
Silencio corto.
Las manzanas, la parra…
Madre…
Todo bien, de veras. ¿Tú qué tal?
Terminó el tema.
Unos días después llamo al concesionario. Preguntando como quien no quiere: por el SUV City Plus.
Una preciosidad le soltó la del teléfono. Justo hace poco entregamos uno con lazo rojo. Un regalo del señor a una dama, maravilloso.
Un regalo… dijo Soledad.
Sí, con lazo grande, todo detalle.
Colgó, puso agua a hervir. Dentro, todo igual. Denso y mudo.
Luego abrió el portátil y miró ella misma los movimientos de la cuenta común. Los ingresos: los suyos, religiosamente cada mes. Los de él, menos regulares, a veces ni la mitad de lo acordado.
Los reintegros, regulares también. Fechas y cuantías. Ir desgranando el dinero, poco a poco.
Sacó el cuaderno. El de las cuentas de la casa, anotaciones hasta el céntimo. Una hoja nueva. Empezó a restar, a calcular. Dos horas sumando y tachando. El Balay zumbando.
Al acabar, todo encajaba: tres años de arroz barato, de ropa prestada, de no ir al médico, de sacrificios. Y el dinero se iba, despacio y constante. No todo, pero suficiente.
Y, mientras tanto, la mujer de la gabardina beige en la joyería, las cenas, el coche, el lazo rojo.
Cerró el portátil, fue al salón.
¿Cenas algo?
No, ya es tarde.
Vale.
Se metió en la cama. No pensaba ya en él, sino en ella misma. En cuánto hacía que no pensaba en lo que de verdad quería. No unas pastillas o una cazadora, sino sencillamente placer.
Café de verdad. Lo adoraba y llevaba año y medio comprando solo soluble, por ahorrar.
Un trozo de queso azul, del caro, que disfrutaba con pan y uvas y que desde hacía años no compraba.
Las ostras… solo una vez, en la costa, siendo joven. Le parecieron de otro mundo.
Dio la vuelta.
La decisión no fue esa noche. Se fue amasando como se hace un pan a baja temperatura, creciendo despacio. En la mañana estaba ahí, claro, nítida.
Esa semana hizo vida normal. No preguntó más, iba y venía, preparaba la comida de siempre. Parecía ella, como siempre.
Hasta el jueves, que decidió seguirle. Por terminar de verlo, aunque ya lo sabía todo.
La mujer rubia, la cafetería en la calle San Vicente. Pasearon hasta un parquecito pequeño. Siguió a distancia. Vio cómo le entregaba un paquetito, cómo ella lo abría, la cercanía. Él le cogió del hombro y la besó.
Sole ni lloró. Solo bajó la vista a sus manos, sus guantes finos un poco gastados, los dedos enrojecidos por el frío.
Después fue directa a casa.
Entró al dormitorio, sacó una maleta grande. Solo sus cosas, lo justo. Ropa, documentos, seguro médico, la cartilla de la que apenas había tocado unos ahorros privados de toda la vida, como si tampoco quisiera admitir que estaba guardando una ruta de escape.
Teléfono, cargador, el libro que no había acabado.
Sacó el abrigo azul, lo colgó. Cogió el chaquetón burdeos viejo, que tres años no se había puesto, y aunque estaba algo apretado, le sentaba distinto.
Se sentó un momento. En una hoja escribió:
Gracias por el ticket de las ostras y el lazo rojo. Espero que estuviera bueno.
Nada más. Dobla el papel, pone Alfonso y lo deja en la mesa de la cocina, junto al desenfadado manchurrón de café.
Cogió la maleta.
Miró el Balay, que vibró como siempre, imperturbable.
Venga, hasta luego, murmuró Sole.
Salió. Dejó la llave bajo la alfombra, no por acuerdo, sino porque no la quería más.
La calle de los Artesanos, como siempre: vecinos volviendo, perro tirando de la correa, luces en el quiosco de la esquina.
Sole esperó un segundo. Empezó a andar.
Sabía muy bien a donde iba.
En dos manzanas estaba el gran supermercado Galería de Sabores. Siempre pasó de largo porque era caro. Todo limpio, bien puesto, fruteros llenos, luz bonita. Era el supermercado de los que compran por placer, no solo por precio.
Entró.
Olía a café de filtro y a pan recién hecho. Una música tranquila, luz suave, estanterías altas.
Cogió la cesta. Empezó a recorrer los pasillos.
En el de pescadería, un atún fresco, rojísimo. Ni lo dudó, pidió un trozo.
Luego en delicatessen, unas ostras. Una bandeja de seis.
Después, en quesos, localizó el azul con corteza, de los buenos. Un poco de pan integral, crujiente, y no la barra normal.
Llegó el turno del café. Miró largo rato hasta coger uno molido, de Etiopía, con una etiqueta azul y la promesa de arándanos y cacao.
En la caja, la dependienta miró la cinta y le dijo: Buena compra, señora.
Gracias, respondió Sole.
Pagó con su tarjeta, la de su pequeña cuenta apartada, sin mirar el total.
Salió.
No sabía donde ir. No quería ir con Lucía, ya era tarde. Tenía una amiga, Carmen, pero esa noche no le apetecía. Se fue a un hostal digno, al otro lado de la ciudad.
En la habitación, desplegó la compra. Pidió un abridor especial para las ostras. La chica de la recepción le prestó un cuchillo pequeño.
¿Sabe abrirlas? curiosa.
Me las apaño, dijo Sole.
Y se apañó. No quedó bonito, pero funcionó. Abrió la primera ostra, la miró, y olía al mar.
Se la comió.
Luego la segunda.
Cortó atún, pan, queso. Hizo café en la cafetera de la habitación.
Todo despacio, disfrutando. Fuera, Madrid brillando en luces, gente que pasaba bajo la ventana. Dentro, una calma inesperada, radio bajito.
Comía y no pensaba en Alfonso. Ni en la finca. Ni en el futuro. Solo pensaba en el sabor del mar, el atún jugoso, el queso azul igual que entonces, el café que de verdad olía a arándano. En ese momento, solo en eso.
Y ese momento era ella.
No la mujer resistente, ni la espartana. Era esta: la que distingue un buen plato, que sabe estar sola por gusto, que estuvo tres años callada y ahora está aquí.
Bebió café despacio, miró Madrid encenderse y, bajito, se dijo: Hola.
Echó otro sorbo.
No sabía qué sería de mañana, ni dónde viviría la semana siguiente, ni si esa charla pendiente con Alfonso llegaría a darse, ni el tema de la finca, ni si alguna vez tendrían realmente los manzanos y las parras propias, o eso era solo una imagen copiada de algún blog. No sabía si llamaría a Lucía hoy o esperaría al día siguiente. Si dolería todo esto después, como no dolía ahora.
Todo eso no lo sabía.
Pero, en ese hostal, con la bandeja vacía y la taza de café etíope, sí sabía algo: ella era eso. Sus gustos. Su noche. Su elección.
Y eso importaba.
Cogió el último trozo de queso, lo puso sobre el pan y mordió.
Afuera encendieron las farolas, una a una, en fila, como si alguien diera al interruptor adecuado por fin.
Sole miraba las luces y masticaba.
Y se permitió no decir nada, ni a sí misma, ni en voz alta. Solo estar.
Y de momento, con eso le bastaba.
***
Por la mañana, se despertó antes del despertador. Abrió los ojos, contempló el techo ajeno, blanco, con una mancha junto al rodapié. Ajeno, pero levemente neutral. No pesaba.
Se lavó, se recogió el pelo. El reflejo le devolvió una cara cansada, más puntiaguda de lo que hubiera querido y con sombra bajo los ojos. Pero con algo diferente, o eso le parecía.
No se detuvo mucho más, se vistió y agarró la maleta. Era momento de llamar a Carmen, de avisar a Lucía, de decidir dónde quedarse unos días, de muchas cosas.
Pero primero bajó al café pequeñito del hostal. Desayunó huevos revueltos, pan tostado, café de verdad.
Le sirvieron el café en un vaso pequeño. Lo sujetó entre las manos, como si sujetara algo cálido. Había una mujer mayor leyendo en la mesa de al lado. Totalmente absorta.
Soledad pensó que hay mujeres que leen mientras desayunan solas y no parecen solas, sino entretenidas consigo mismas. No es lo mismo.
Le trajeron los huevos calientes con un poco de perejil por encima. Despacio, los comió.
Escribió a Carmen: ¿Puedo ir hoy? Te cuento todo.
Carmen respondió al momento: Por supuesto. Te espero con la tetera.
Dejó el móvil, bebió el café.
Se puso la chaqueta burdeos, recogió la maleta.
Fuera, marzo ya no era del todo invierno, ni tampoco primavera. Había esa humedad rara que anuncia movimiento bajo el asfalto.
Se quedó un momento en la acera. Ajustó el cuello de la chaqueta y tiró hacia la parada del bus.
No pensaba en nada concreto. Caminaba bien, las piernas ligeras, la cabeza despejada, aunque sabía que era momentáneo.
Pasaban los coches. Una madre joven con carrito iba por la acera. En la rama de un árbol, una corneja les miraba muy seria, como si opinara de todo.
¿Y tú qué dices? susurró.
La corneja no contestó, solo saltó al suelo, picoteó algo invisible y se fue.
Soledad sonrió. Un gesto leve, sin alegría ni tristeza. Simplemente un gesto.
Llegó el autobús, subió, se sentó junto a la ventana. Madrid desfilaba: bloques, comercios, árboles desnudos, carteles. Pensó en que llevaba años casi sin mirar por la ventana, siempre en las cuentas, en la cabeza, en rutinas y ansiedad y ese plan que ni era suyo.
Y Madrid seguía ahí, viviendo.
Ya lo recuperaría.
El bus paró en un semáforo. En un coche al lado, una mujer de unos cincuenta cantaba con la radio, despreocupada. Se le movían los labios, feliz.
Soledad la miró.
El verde. El coche se fue. El bus siguió.
Ella se recostó y miró el paisaje. El móvil dormía en el bolsillo, sin llamadas, sin mensajes. Alfonso, a saber. Ahora era asunto suyo.
De Soledad, el té caliente de Carmen, la charla pendiente, y luego ya se vería. Le esperaban días duros, seguro, sin recompensa inmediata, con miedo, mucho lío, preguntas sin respuesta.
Pero de fondo estaba lo otro.
Estaba el café que huele a arándanos.
La ostra que sabe a mar.
El espejo que ya no da miedo.
Eso, evidentemente, es poco. Pero no es nada.
El autobús continuaba. Madrid, gris y vivo, seguía ahí. Soledad miraba por la ventanilla y pensaba que, sí, algún día quizá haya manzanos de verdad, y parra, y una casa con banco bajo ella. Pero eso no es regalarlo, es encontrarlo.
Algún día.
No hoy. Hoy era solo autobús, ventana, marzo oliendo al fin distinto.
De momento, con eso bastaba.







