— Mamá, que ya tienes 65 años. Hay que ir al notario para hacer el cambio de titularidad de la casa y arreglar la herencia — me reprochaba mi hermana durante su visita

Mamá, ya tienes sesenta y cinco años. Hay que ir al notario y dejar la casa arreglada para la herencia reprochaba mi hermana pequeña durante una de esas visitas que nunca se sabe cómo terminarán.

Hace apenas una semana celebramos un acontecimiento importante: mi madre cumplió sesenta y cinco años. No quería grandes festejos ni estruendos; sólo deseaba tenernos cerca en casa, una reunión sencilla y familiar. Le llevé un bonito ramo de rosas, un batín cálido y unas zapatillas de felpa a juego. Además, metí en un sobre doscientos setenta euros, por si le hacían falta más adelante.

Sin embargo, mi mujer y los niños no pudieron venir. El niño cogió fiebre, la niña tenía un campeonato y a Rita la mandaron de urgencia a una reunión a Madrid. A pesar de todo, los pequeños le dibujaron a su abuela un gran cuadro, en el que aparecíamos todos juntos junto a la casa. Era su forma de participar en la celebración.

Esa tarde llegó también al pueblo mi hermana menor, Carmen:

Oye, se me ha olvidado comprarle algo a mamá. Dile que el batín es de parte de los dos.

Vale, pero ¿se te ha olvidado que es una fecha especial para mamá? Es ya una edad importante.

Ay, Juan, ¡si supieras el lío que tengo en el trabajo!

Carmen siempre dependió mucho de los demás. A los diecinueve años tuvo una niña con un chico del colegio mayor. A los pocos meses, él la dejó y ni siquiera se ocupa de la pensión. En aquel entonces yo trabajaba de albañil y le mandaba dinero de vez en cuando para ayudarle a comprar comida, pañales y ropa a la sobrina.

Incluso le busqué plaza para Irene, la pequeña, en la guardería del pueblo y conseguí que un amigo le ofreciera un trabajo en su tienda. Pero Carmen solo aguantó allí tres meses antes de dejarlo. Desde entonces, no ha tenido un empleo estable: a veces hace uñas o pestañas en el salón de belleza, otras veces acepta lo que sale. El verano pasado se fue a Francia a trabajar de temporera, dejando a la niña al cuidado de mamá. Al volver, tras tres meses, solo tenía cuatro mil euros, que se gastó enseguida en un móvil nuevo para ella y un portátil para la niña. Ahora, yo gano todo eso en un mes, aunque es cierto que no paro de trabajar.

Mamá estaba feliz de tenernos allí. Preparó todo tipo de platos típicos y dulces caseros. También vinieron la vecina y la tía Asunción a felicitarla.

Aquella tarde que empezó entre risas y recuerdos, acabó en agria discusión. Carmen decidió, delante de todos, sacar el tema de la herencia:

Mamá, ¿y la casa? ¿A quién se la vas a dejar?

Ay, Carmencita, esas cosas no se preguntan. Eso se reparte a partes iguales, como siempre.

¿Iguales? ¡Si Juan ya tiene su piso y su negocio! ¿Por qué habría de quedarte a ti la casa? Yo sigo de alquiler, la necesito mucho más.

Parecía que mi hermana tenía prisa porque mamá no estuviera entre nosotros al día siguiente. No le importó hablarlo delante de invitados, sin ninguna vergüenza.

Carmen, no es momento para eso. Vas a estropear el día.

¿Y cuándo, entonces? Mamá ya es mayor. No lo dejes, ve cuanto antes al notario y a mí me dejas la casa a mi nombre.

La tía casi se atraganta con el café al escucharlo. No pude soportar semejante descaro. Tomé a Carmen de la mano y la llevé a la cocina, lejos del resto.

¿Es que te has vuelto loca? ¿Cómo puedes decir esas cosas en la mesa, como si ya dieras por muerta a mamá?

No te metas en lo que no te incumbe. Yo sola he sacado adelante a mi hija, vosotros…

¿Sola? ¿Ya no te acuerdas de quién te traía dinero o de cómo mamá y Irene estaban a tu cargo? ¡No me provoques que te lo explique a mi manera!

Se ofendió, recogió a Irene y se marchó sin siquiera despedirse. Después me amenazó con denuncias y con ir a los tribunales. Pero a mí sus amenazas me dan igual.

Lo peor es que mamá sufre por Carmen, pues ahora mi hermana ha prohibido a Irene que hable o visite a su abuela. Ni siquiera contestan al teléfono ya. Todo por la dichosa casa, que ni es tan valiosa. La pobre se echa a llorar y no puede respirar de la pena.

Ya no sé qué hacer con Carmen. Una mujer hecha y derecha, y se comporta como una niña caprichosa.

¿Vosotros qué haríais en mi lugar? ¿Debería buscar reconciliación con mi hermana o dejarlo estar?

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Elena Gante
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