El hijo le llamó y le contó que su esposa le había dejado enfermo en casa para irse de fiesta a un club con sus amigas

Cuántas veces le advertí que no debía casarse con ella. Justo antes de la boda, hasta le rogué, casi de rodillas, que no lo hiciera. ¿Y acaso me escuchó? Estaba cegado de amor. Y ahora, pues tiene lo que se ha buscado.

Hace solo unos días, mi hijo me llamó por teléfono. Supe por el tono de su voz, ese eco inseguro, que estaba enfermo. Eso no se les escapa a las madres, nunca. Me pidió que fuera. Me explicó que su esposa, al saber que él estaba enfermo, hizo su maleta y se fue con sus amigas. No había nadie para prepararle una infusión, nadie para cocerle un buen caldo.

Es más, ni siquiera atendía sus llamadas. Aunque ya era bastante tarde y la ciudad de Madrid parecía envuelta en bruma, me apresuré a salir de casa. Pasé por la farmacia de la esquina de la Gran Vía y compré unas medicinas. Mientras caminaba, pensaba en ella. ¿Cómo se le ocurre dejar a su marido solo, enfermo, para irse de juerga con las amigas? Mi hijo estaba fatal, parecía deshecho. Cuando le vi, pensé hasta en llamar a una ambulancia, pero él me suplicó que esperara.

Tenía la cara roja y los ojos apagados como los faroles de una verbena ya acabada. No había nada en el piso. Menos mal que yo llevaba fármacos y una bolsa con algo para comer. Y tuve que tragarme las ganas de gritar. ¡Qué clase de mujer! Ha dejado solo a su esposo enfermo, no queda medicina en casa, solo sus pastillas para adelgazar y el eco de un frigorífico vacío. Le preparé una manzanilla a mi hijo y salí corriendo al ultramarinos de la esquina; necesitaba caldo, de verdad.

Solo cuando descansó y comió algo, pareció mejorar. La fiebre se fue disipando como la niebla en el Retiro al amanecer. Y entonces, su “bella” esposa apareció en casa a las tres de la madrugada, oliendo a ginebra, risas y humo de tabaco inglés. Seguro que se lo había pasado de maravilla. Ni caso a lo que le conté sobre los medicamentos. Solo porque mi hijo estaba tan débil no armé la de San Quintín. Pero él, me da que tampoco estuvo lejos de montar un verdadero escándalo.

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Elena Gante
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El hijo le llamó y le contó que su esposa le había dejado enfermo en casa para irse de fiesta a un club con sus amigas
— Mamá, que ya tienes 65 años. Hay que ir al notario para hacer el cambio de titularidad de la casa y arreglar la herencia — me reprochaba mi hermana durante su visita