Querido diario:
Cleopatra no veía su propia culpa en aquello, según me contaron. Un día, no pudo contenerse al ver un gato, tiró de la correa con más fuerza de la debida y la dueña cayó. Pero Cleo no lo hizo con malicia – eran sus instintos.
La vida siempre me daba cachetes a mí también: «No te metas, aquí no es tu sitio, apártate». Y yo me apartaba. Tenían razón, mejor no destacar, más sano. La madre naturaleza se había ensañado conmigo: pequeño, flacucho, débil.
En el colegio me llamaban «flacucho» y a veces me daban golpes para que escarmentara. Casi no tenía amigos, solo uno: Pablo. «Cuando sea mayor, esto se acabará», pensaba yo entonces. «Los adultos son sensatos. No ponen motes ni dan bofetadas sin motivo».
Qué equivocado estaba…
*****
Con las bofetadas en la vida adulta sí fue mejor. No se acostumbra a repartirlas a diestro y siniestro. Pero con los motes… Cómo me llamaban: esquelético, chinche, pececillo, ratoncito. Me dolía, pero no sabía responder. A mi escasa estatura se sumaba una timidez enorme.
Esa timidez me fastidiaba más que el físico. No lograba entablar relaciones nuevas. Solo hablaba con mi amigo del colegio, Pablo, y con mi madre, mientras vivió.
Pasaron los años. Trabajaba de almacenero en un supermercado de Madrid y ni siquiera pensaba en el amor, aunque el equipo era casi todo femenino. Las señoras me miraban como al «hijo del regimiento». Me cuidaban, protegían, traían comida casera. «Pobrecito, es tan pequeño».
Además, a los cuarenta me quedé huérfano. Las mujeres compasivas me apiadaban.
Así hasta que conocí a María. María era una mujer con mayúsculas. Imposible no notarla: alta, con curvas rotundas, voz potente. Era espléndida.
Me enamoré en silencio. Ni me atrevía a acercarme. ¿Qué era yo para ella? Una pulga, una polilla, una molécula. Pero la vida tiene un humor peculiar. Y, guiada por él, decidió juntar al tímido flacucho con la gran y sonora María.
El método fue manido pero seguro: cuántos ejemplos de salvador enamorado de salvado. Pues a María le tocó salvarme a mí.
Fue así: yo hacía cola en la caja. Detrás del mostrador, la magnífica María. Me ponía pálido, rojo, nervioso, cambiando de mano el brick de leche.
De repente, dos gamberros con botellas de vino me apartaron con el hombro: «Espera, tío, tenemos prisa», dijo uno. Cualquier otro día los habría dejado pasar, pero no hoy. ¡María me miraba!
—Señores, a la cola. Mi hora de comer no es de goma —pié.
—No te pases. Hemos dicho que esperes, pues esperas —uno ya colocaba su botella en la cinta.
El segundo me empujó suavemente el pecho: —Mantén la distancia, tío.
Enrojecí, abrí la boca, pero me adelantaron:
—¡Por orden! —tronó María desde la caja.— Y, jóvenes, ¿me dejan sus documentos? ¡Quizá no pueda venderles alcohol!
Los gamberros se pusieron nerviosos: —Venga, tenemos familia…
—No me líen. O demuestran su mayoría de edad o se van a casa con papá y mamá —ordenó María.
Detrás de ella, el guardia de seguridad, Paco, ya se había puesto alerta. Los «padres jóvenes», refunfuñando, optaron por largarse.
—¡Qué descaro! —dijo María enfadada. Luego me miró y añadió con dulzura:— Venga, Alejandro, te cobro. No querrás quedarte sin comer. Necesitas alimentarte, estás muy delgado. Hasta los mocosos te atacan.
—Gracias —murmuré. Quería hundirme en el suelo. «Ahora no tengo ni esperanza de que María me mire. Menudo ridículo. ¡Asustarme de unos chavales! Aunque eran grandotes».
Pero resultó todo lo contrario.
Desde aquel día, María cambió conmigo. Sonreía, coqueteaba, empezó a traerme tupper con comida. Las otras señoras se apartaron. No sé qué hizo María, pero oí cuchicheos:
—El ratoncito ahora es el trofeo de María.
—Bueno, que le case y le engorde.
El título de trofeo no me molestó: «Significa que le importo —pensé—. Que me valora. Y de ahí al amor solo un paso. De momento, con mi amor basta, sobra para dos».
Eso me animó a dar el paso. Pisando mi timidez, la invité a salir.
Ella aceptó. Palabra a palabra, cita a cita, nació un romance. Luego nos casamos.
Pero la vida en pareja me decepcionó. María se nombró a sí misma cabeza de familia. Y para ella, eso implicaba decidir, controlar, y también corregir y castigar.
Cuántas veces me reprendió por cualquier falta: la lámpara mal colgada, el suelo mal fregado, el plato sin lavar…
Aguanté. A pesar de todo, quería a mi salvadora, María. Anhelaba que me quisieran. Esperaba que nos acostumbráramos y viviéramos en armonía.
Las ilusiones, como los restos de amor, me las quitó un solo coscorrón.
—¡Saboteador, flacucho, esquelético! —gritó María aquella noche.— ¿No puedes hacer nada bien? ¿Callado? ¡Dime dónde encuentro otra taza como esta! Era de mi abuela, antigua, mi favorita. ¡Tienes manos torpes! ¡Ni fregar los platos sabes!
No pude responder. Cuando se le acabaron las palabras, pasó a la acción. Tenía mano dura.
Pero cuando se me aclaró la cabeza, lo entendí: «Hay que separarse. De golpes ya tuve suficiente de niño».
Con gritos y peleas nos divorciamos. Me decepcioné de la gente y juré no enamorarme nunca más.
*****
A Cleopatra también la golpeaba la vida, sin merecerlo. Era una preciosidad: negra, larga, grande. Doce kilos de felicidad.
Pero nadie quería tanta felicidad. Así que Cleo pasaba de mano en mano.
Al primer dueño no le gustó su aspecto: «Es una especie de teckel mezclado, no es de raza. No me sirve. Nunca quise un perro callejero». Rápidamente la endosó a un amigo.
—¿Qué raza es? ¿Teckel gigante? —bromeó el otro.— Es enorme. La madre seguro que se lió con un basset. Y qué ladradora. Perfecto, guardará la casa de campo.
Pero Cleo no supo guardarla. Tenía voz grave, amenazadora, pero ladraba cuando le venía en gana, no ante intrusos.
—Eres una perra inútil —la reñían.— Ladras por nada. Comes mucho, no sabes vigilar. Y has pisoteado las flores y cavado el césped. Hay que buscarte otro dueño.
Con esfuerzo, apareció una nueva dueña: una señora mayor, agradable, pero muy lenta. Cleo se prometió portarse bien. No lo consiguió.
Cleopatra no veía su culpa. Un día, no pudo contenerse al ver un gato, tiró de la correa y la dueña cayó. Pero no fue con malicia – instintos. La dueña solo se asustó, gracias a Dios. ¿Motivo para separarse? La gente es incomprensible.
—No puedo con ella —se quejaba la dueña por teléfono.— Me va la vida. Búscale un hogar. O la suelto a la calle.
Alguien se esforzó. Cleo encontró una familia: tres personas: hombre, mujer, niño.
—Cleopatra, no muerdas a Andresito —ordenó el hombre.— O te castigaré.
Cleo no pensaba morder al pequeño. Pero el niño tenía otros planes: «Serás mi caballo», decía, e intentaba montarla. Cleo se escurría y gruñía. Era grande, pero no para caballo.
Andresito se enfadaba y lloraba. La mujer se irritaba y reñía. El hombre agarraba el cinturón. Cleo se escondía. El hombre se ponía rojo, gritaba y amenazaba con llevarla a una perrera.
No se sabe qué hubiera pasado, pero un día vino un amigo del hombre. Cleo salió de debajo de la cama a ver quién llegaba.
El amigo resultó ser un hombre pequeño y flacucho, llamado Alejandro.
«Qué esmirriado —pensó Cleo.— Mi dueño es mucho más grande. Seguro que este hombre también es de segunda clase, como yo».
—Hola, Pablo, cuánto tiempo —Alejandro abrazó a su amigo.— Veo que tienes nuevo inquilino. ¿Perro? Pues yo por fin me divorcié.
—Enhorabuena, ya era hora. Y yo quiero divorciarme de esta perra. Me arrepiento de haberla cogido —suspiró Pablo.— Es maleducada, gruñe a Andresito, y si la riño, se esconde bajo la cama. Quiero darla en adopción.
—No digas eso. ¿Por qué darla? —Alejandro miró a Cleo con compasión.— ¿Maleducada? ¿Y la has educado? Reñir y castigar no es educar. Necesita un adiestrador. Yo no soy experto, pero a mí también intentaron enderezarme a golpes y no funcionó.
—¿Adiestrador, Alejandro? No tengo tiempo, trabajo como un burro. Mi mujer tampoco. Oye, ya que eres tan listo, ¿te la llevas? —propuso Pablo.— Estás solo, libre. Edúcela cuanto quieras. Es buena idea: todos ganamos, ella, nosotros, tú.
—Me la llevaría, pero ¿querrá ella? Está acostumbrada a vosotros —Alejandro miró a Cleo.
«Este tío me gusta —pensó ella.— Habla sensatamente, no tiene niños, y él mismo es atípico. ¡Me entenderá mejor que otros! Debo mostrar que quiero». Y movió la cola dos veces.
—Mira, no se opone —se alegró Pablo.— Esperemos que puedas con ella. Y quién sabe, en algún parque canino encuentres el amor.
—Eso no, ya tuve suficiente —rechazó Alejandro.
Esa noche, él y Cleopatra se fueron a casa juntos.
*****
Resultó que manejar a Cleo era más fácil que a mi exmujer. No era maliciosa, no gritaba por tonterías y, desde luego, no pegaba.
Si no entendía algo a la primera, lo entendía a la segunda. Además, me quería. Yo era su todo: amigo, dueño, mundo entero.
Íbamos juntos a la escuela canina, paseábamos por el parque, aprendíamos, jugábamos, nos relacionábamos. Y yo era feliz de que el destino me hubiera impulsado a visitar a mi viejo amigo aquella noche.
«Los perros son mejores que las personas —pensaba.— Cleo lo demuestra. Inteligente, guapa, obediente. Bueno, aún no del todo, pero eso se arregla».
Pero no pensé así mucho tiempo. Resulta que entre las personas también hay ejemplares maravillosos: amables, sensibles, atentos.
Solo que antes no sabía dónde encontrarlos. Ahora descubrí que en los parques caninos hay muchos. Conocí a varios gracias a Cleo. Con algunos hice amistad.
Y, nunca se sabe: quizá un día me enamore de alguna dueña de spitz o de dogo. Claro, no ahora mismo. Pero no lo descarto.
He aprendido que las segundas oportunidades existen, tanto para los perros como para las personas, y que a veces hay que salir del caparazón para encontrar la felicidad.







