Isabel fue ingresada en la maternidad mucho antes de la fecha prevista de parto: su embarazo se había complicado en las últimas semanas y los médicos, que a prudentes no les gana nadie, decidieron no jugársela. Además, la buena mujer no estaba esperando un bebé, sino dos a la vez, que en España eso ya cuenta como tener plantilla propia de fútbol sala. Le ofrecieron una cesárea programada, todo muy organizado, pero ella, terca como una mula manchega, insistió en dar a luz de la manera tradicional. Al final, los médicos cedieron con la condición de que, si la cosa se ponía fea, la llevaban directa al quirófano.
Para colmo, Isabel y su marido tenían firmado un contrato de parto en pareja, que viene a ser lo mismo que pedirle al ginecólogo que se sienta cómodo con alguien trajinando por la sala de partos (cosa que no les hace mucha gracia). El parto empezó entrada la noche; avisaron volando al marido, que llegó tan rápido que ni los del AVE, y los pasamos a la sala preparto directamente. Como no era la primera vez que Isabel pasaba por esto, sabía el percal: tranquila, colaboradora, como si solo estuviera renovando el DNI.
A las cuatro de la mañana, vio la luz su primera hija. La peque lloró nada más nacer, como está mandado, y la matrona la felicitó con ese tono de “¡Ole tú!”. El padre, sin embargo, más que alegría mostraba cara de póker y giró directo a mirar a su mujer, como quien busca respuestas en las instrucciones del microondas.
Diez minutos después, llega la segunda niña. La madre, una sonrisa de oreja a oreja; el padre… pues se le saltaron las lágrimas, pero no eran de esas de emoción, sino de las de “madre mía, lo que me ha caído encima”. Claro, nos preocupamos. Pero Isabel, con el mejor acento madrileño, nos hizo un gesto y nos soltó:
“No os preocupéis, en una horita se le pasa todo. Esto es porque ya van otra vez cinco niñas con estas dos. Él soñaba con que, por una vez, saliera un niño, pero mira tú, que no ha habido suerte. Eso sí, le encantan sus niñas; ya veréis que en cuanto se le pase la tontería, está tan feliz como siempre”. Y, efectivamente, al día siguiente, allí estaba, bajo las ventanas del hospital en Madrid, una horda de niñas preciosas guiadas por su padre, todas con globos, gritando “¡Te queremos, mamá!”. Nos dimos cuenta de que, aunque al pobre hombre le faltara un varón para el equipo, en esa familia todo iba sobre ruedas. Eso sí, no pudimos evitar sentir un poquito de pena por el padreY así, mientras la ciudad apenas desperezaba y el sol asomaba tímido entre las persianas del hospital, Isabel contempló a sus hijas y aquel tropel de risas inundando los pasillos. Se prometió no olvidar nunca esa escena: seis pares de coletas brincando alrededor de un padre rendido de amor y, quizás, un poco de resignación pero, sobre todo, profundamente feliz. En ese instante, supo que lo suyo no era solo formar un equipo de fútbol, sino capitanear la mejor banda de sonrisas y complicidades que nadie pudiera soñar. Porque al final, pensó Isabel, no importan los penaltis ni los fuera de juego: en casa, siempre ganan los que aman sin reservas.
Y dejando atrás la incertidumbre y los pequeños duelos, Isabel cerró los ojos unos segundos, saboreando la paz y el bullicio a partes iguales. Afuera, Madrid seguía su vida, pero dentro de aquella habitación ya había comenzado una nueva historia la de una familia que, aunque no tuviera equipo masculino, tenía un estadio entero de alegría para estrenar cada día.







