La jubilada Lilia (o como todos la llamaban, Lili), suspirando profundamente, se dio la vuelta con esfuerzo en la cama; le dolían las articulaciones y tenía las piernas muy hinchadas. Estaba cansada de ir de médico en médico, agotada de tantos tratamientos.

Doña Elvira Jiménez, como la conocíamos todos en el barrio, suspiró profundamente y, con dificultad, se giró hacia el otro costado. Le dolían las articulaciones, sentía las piernas hinchadas y el agotamiento de tantas visitas a centros de salud pesaba en su ánimo.

Vivía sola, jamás llegó a casarse. Su hijo nació de un amor de juventud, de esos que dejan huella para siempre. Y justo en ese momento sonó el timbre de la puerta. Caminó lentamente hasta el recibidor y abrió.

En el umbral estaban su hijo Diego, su nuera Carmen y, entre ellos, el pequeño nieto Gabriel, de cuatro años, con un cochecito apretado en las manos. A su lado, majestuoso, el enorme perro.

Mamá, estamos de paso. Volvemos pronto, sólo serán unos días, lo prometo. Gabriel y Albóndiga se quedan contigo. En cinco días como mucho, estamos de vuelta le dijo Diego, algo apresurado.

Pero yo no estoy bien, casi no puedo caminar atinó a decir Elvira, apoyándose en el marco de la puerta.

No queremos incomodarte. Pero son ocho horas de coche a Salamanca y no es plan llevarnos al perro y al niño. Mi madre… ya no está contestó Carmen y se le quebró la voz, sin poder contener el llanto.

Al escucharla, el nieto también empezó a llorar, mientras el perro los miraba compungido. Y, en ese instante, Elvira supo que no le quedaba más remedio que asumirlo.

La enfermedad se había agravado hacía medio año.

Elvira tenía sólo sesenta años, pero, mirando a su alrededor, muchos mayores en Madrid caminaban ya con bastones. Así es la vida: la salud falla cuando menos lo esperas.

Sabía además que la suegra, Rosario Fernández, estaba muy enferma. El padre de Carmen falleció hacía años. Y ahora, Rosario, tan joven aún, se apagó de golpe. A todo esto, su hijo y nuera habían partido. Elvira, con dolor en el cuerpo, observaba a sus dos nuevos compañeros: el nieto y el perro.

El niño abrazaba al can inmenso, que se dejaba mimar, lamiendo de vez en cuando la carita del pequeño.

Gabriel ¿y este perro? No morderá, ¿verdad? ¿Por qué habéis traído uno tan grande? ¡Un caniche había sido más fácil! ¿De qué raza es? preguntó doña Elvira.

Es un bulldog inglés, abuela, se llama Albóndiga. Es buenísimo, ya verás respondía el nieto, acariciando con entusiasmo al perro.

Hay que sacarlo a pasear, ¿no es así? la señora llevó la mano al pecho, preocupada.

Animales nunca tuvo, salvo algún gato cuando joven. Y de perros entendía poco.

Sentía un gran pesar por la muerte de Rosario. ¿Cómo iba ella, tan limitada, a cuidar del chiquillo inquieto y de ese perrazo?

¡Claro! Hay que alimentarlo y sacarlo al parque. Le gusta la carne y el arroz. ¡Vamos, abuela, toca paseo! dijo Gabriel, ya poniéndose el abrigo sin pedir ayuda.

Ese día, Elvira ni recordaba bien en qué ropa salió. El niño le puso la correa en la mano y, juntos, cruzaron la puerta.

Llevaba una semana sin poner un pie en la calle. Pero avanzaba, pese al dolor, y rezaba interiormente para que le dieran fuerzas. Nadie más podía encargarse: era ella o nadie.

Albóndiga caminaba tranquilo. No tiraba de la correa ni ladraba a otros perros. Elvira empezó a admirarlo y, al pasar por las vecinas sentadas en el banco, hasta se irguió, orgullosa.

¿Son huéspedes? Decías que estabas enferma y ahora vas con el niño y ese perro. Así acabarás peor, mujer, que los hijos bien que te los encasquetan y ellos de viaje, ¿verdad, Gabriel? Tus padres no tienen vergüenza gritó la metomentodo del quinto, Fermina.

Notó cómo la manita de Gabriel se tensaba. Incluso Albóndiga movió las orejas como extrañado.

¡Bah, envidiosas! Os gustaría tener los nietos aquí, y ¡ya veis! He pedido yo que Gabriel viniera. Y el perro, un campeón de exposiciones¡No digáis tonterías delante del niño! Mi hijo y Carmen han ido a despedir a su suegra, no de vacaciones. ¡Preocupaos de lo vuestro! respondió Elvira, caminando con decisión, olvidando por momentos el dolor.

Tranquilo, Gabriel, tu abuela siempre estará contigo le susurró cuando subían en el ascensor.

Abuela ¿tú también te irás al cielo? Mamá y papá dicen que abuela Rosario vive ahora allí. Solo me quedas tú No te vayas, por favor, abuelita decía Gabriel, abrazándose a sus rodillas entre sollozos.

¿Qué dices, hijo mío? ¡No llores, hombre! Me vas a tener harta, de tan pesada intentó bromear, tragándose la emoción. Siempre estaré contigo. Te llevaré al cole y a la universidad, ¡y hasta iré a recogerte de la mili si hace falta! le prometió, apretándole fuerte.

A pesar de las fuerzas justas, preparó la cena, bajó al supermercado y paseó a Albóndiga. El animal no perdía la calma, siempre a su lado.

Por la noche, cuando ambos dormían, Elvira tomó los medicamentos; el cuerpo le dolía a rabiar, como si hubiese estado toda la noche levantando sacos de cemento. Pero recordaba las palabras de Gabriel, su temor a quedarse solo, y sentía que su compañía era imprescindible.

Señor, ayúdame, aunque solo sea para aguantar un poco mejor. Te lo ruego por mi nieto, no por mí murmuraba doña Elvira en voz baja.

Al día siguiente jugaron a coches por toda la casa. De pronto, Elvira se sorprendió a sí misma gateando por el suelo, como hacía añísimos. Cocinaron arroz juntos y más tarde bañaron a Albóndiga, que había acabado embadurnado de barro en las fuentes del parque.

Sin saber cómo, Elvira besó al perro.

¿Por qué pensé que era tan feo? ¡Si es un amor! ¡Es un perro maravilloso! se reía, secándole el lomo.

Gabriel, ¿por qué se llama Albóndiga? le preguntó entre risas.

El niño soltó una carcajada.

¡Porque le encantan las albóndigas, abuela! En realidad se llama Teófilo, pero es nombre muy serio, ¡Albóndiga le pega más! contestó convencido.

Los días volaron. Leyeron cuentos y Gabriel le enseñó a manejar el móvil para ver historias juntos. Repasaron letras el pequeño, que hasta formaba palabras, mientras el perro pedía helado o un poco de queso.

Mamá, ¿cómo lo llevas? Perdón por dejarte con el lío, no teníamos otro remedio. Nos retrasamos unos días más. No sé cómo haces para cuidar al niño y al perro, pero ¿qué opción teníamos? llamó Diego, lleno de preocupación.

No digas tonterías. Me apaño estupendamente; soy la abuela, ¿no? Quédate lo que haga falta. Cuida de Carmen, que lo necesita, ahora que se ha quedado sin madre. Todos envejecemos, pero uno puede con mucho más de lo que cree le respondió Elvira, firme.

Cuando Diego y Carmen llegaron al barrio, imaginaron a Elvira cansada, casi sin poder andar, Gabriel y el perro revolucionando la casa. ¿Cómo lo habrían pasado esos días?

¡Diego, mira! ¿No es tu madre la que corre ahí? dijo Carmen, asombrada.

¡Pero si es ella! ¡Increíble! respondió Diego.

Allí, en la plaza, Elvira jugaba al fútbol con el niño. Hacía décadas que no corría le costaba, pero le podía más la ilusión. Gabriel y Albóndiga chillaban detrás de ella.

A la hora de separarse, el niño se abrazó a su abuela llorando.

¡Gabriel, cariño! La abuela te irá a ver en dos semanas. Iremos de paseo, tomaremos churros, y hasta nos montaremos en los caballitos. ¡Espérame! dijo Elvira, alzando a Gabriel en brazos; esos mismos que hace poco ni una tetera soportaban.

¡Mamá, es demasiado peso para ti! protestó Diego.

¡Bah! Puedes con todo cuando amas rió Elvira. ¡Hasta luego, Albóndiga! Que la abuela volverá pronto a pasear contigo.

Elvira es mi vecina y ella misma me ha contado todo esto. Realmente apenas podía andar, pero un día, de repente, se puso en marcha. Todo el vecindario aún se admira.

Me curaron Gabriel y Albóndiga. Hay dolores que no desaparecen, pero eso ahora es lo de menos. Si te tumbas, no te levantarás nunca. Si te compadeces, peor aún. No todo lo curan médicos y pastillas. El cariño sí puede lograr milagros. Pensé: ¿qué harían el niño y el perro si me quedo en la cama? Así que me levanté y empecé a andar. Porque me necesitan.

Tengo razón para seguir adelante. Así que, pase lo que pase, levántate. Sal ahí fuera, aunque cueste. Por esas manitas de nietos, por los hijos, por quien aún te necesita. Por tus perros y tus gatos, que también son familia.

Pídele fuerzas a Dios y aprieta los dientes. No hay nada que una persona no pueda afrontar. En las situaciones difíciles, el cuerpo descubre una energía desconocida.

Y, por supuesto, hay que disfrutar cada día, con alegría. ¡Eso os recomiendo yo, Elvira, a todos y cada uno de vosotros!

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Elena Gante
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La jubilada Lilia (o como todos la llamaban, Lili), suspirando profundamente, se dio la vuelta con esfuerzo en la cama; le dolían las articulaciones y tenía las piernas muy hinchadas. Estaba cansada de ir de médico en médico, agotada de tantos tratamientos.
Myślałem, że to tylko przeprowadzka… dopóki nie zobaczyłem, co naprawdę zostawili za zamkniętymi drzwiami