A Valentín lo echaron Otra vez Por tercera vez en lo que llevaba de vida No tenía suerte, el pobre.
Con solo un año cumplido, ya había pasado por tres familias de Madrid. Bueno, pasado Primero lo traspasaban de mano en mano como si fuera una bufanda fea de Navidad, y luego
Luego simplemente lo sacaban a la calle y, alejándose un poco del portal, ¡hala!, al contenedor verde de basura con todo el arte del mundo. Así, para que no supiera volver. Pero él ni lo intentó.
Todo lo captó al instante, por la cara del hombre. Que la esposa se llevó un disgusto horrible cuando Valentín le arañó el flamante sofá de piel carísimo, por supuesto. Ella dictó la sentencia. ¿Y el marido? Bueno, él se limitaba a asentir como un busto parlante.
Cogió al gato bajo el brazo y lo llevó, con el mismo entusiasmo con el que se saca la basura al contenedor del barrio. Y Valentín ni siquiera salió corriendo detrás de él. ¿Para qué? El mensaje era más claro que el recibo de la luz.
Podrían, por lo menos, haberle despedido con un toque humano. Una caricia, una disculpa, unas palabras dulces Pero no, fue como si se hubieran deshecho de una bolsa de pieles viejas.
Valentín suspiró y se puso a rebuscar algún manjar entre los restos del cubo para qué engañarnos, cenó pollo rebozado de tres días. Luego se tumbó junto al enorme contenedor verde. Observaba el sol de Madrid entrecerrando los ojos, pero sin apartarse: ese gran círculo le calentaba el alma, y a falta de mantita, no estaba mal.
Aquel era el último regalo del verano; un poquito de calor, antes de que el otoño y el invierno decidieran hacer de las suyas. Pero dentro, dentro del corazón de Valentín, hacía ya más frío que en la sierra de Guadarrama.
La noche cayó, y con ella, el viento y el frío. El pobre gato pelirrojo tiritaba sin saber adónde ir, así que se metió entre un montón de hojas mustias y, acurrucado, intentó encontrar un poco de calor. Primero temblaba como una gelatina, pero después, cuando hasta los bigotes le crujían de frío bajo la helada, sintió un calor raro. Un susurro le consolaba:
Enróllate más y duerme duerme, que ya pasará todo, que aquí el dolor y las penas se van.
Era tan tentador dejarse ir, respirar hondo y olvidarlo todo y a todos. Mañana tocaría la misma rutina: frío, hambre y ganas de no abrir los ojos nunca más. ¿Para qué pelear cuando no te espera más que vacío?
En la calle se encendieron los faroles en el otro extremo, primero. Valentín vio esa luz. Desde su antiguo hogar, solía contemplar esas mismas farolas. Absorbió por última vez el brillo, y sus ojos reflejaron un destello que, casualidades de la vida, vio una niña pelirroja que paseaba con su padre.
¡Papá, ahí! exclamó señalando con el dedo Entre las hojas, hay alguien.
No, mujer, ahí no hay nada. Anda, que me estoy quedando helado. Vámonos a casa, que hace un frío que pela.
Intentó arrastrarla lejos de aquella montaña de hojas húmedas, pero la niña era más terca que una mula manchega.
He visto la luz, papá. ¡Lo he visto!
¿Luz en un montón de hojas? Eso sí que no, hija, eso es imposible.
Pero la niña ya estaba escarbando y, ¡sorpresa!, se topó con el pobre gato aterido.
¡Papá! gritó, triunfal ¡¿Ves?! ¡Te lo dije!
¿Pero quién? El padre se acercó y la miró con cara de circunstancias.
Aquí está. Contestó la niña abrazando el cuerpo dormido.
Déjalo, cariño. Ya no hay nada que hacer, parece que titubeó el padre, viendo la situación.
¡No está muerto! insistió la niña, convencida Lo sé, vi la luz en sus ojos, te juro que sí.
¿La luz? volvió a menear la cabeza el padre, pero, por si acaso, palpó con suavidad el cuerpecito.
Entretanto, Valentín solo quería dormir, y dejarse arrullar por ese cálido sopor. Pero la vocecilla insistía:
La luz, papá, la luz en sus ojos.
¿Es que no me dejan en paz? ¿Qué quieren ahora de mí?
Abrió un ojo a duras penas y, ¡zas!, la niña dio un brinco de alegría.
¡¿Ves, papá?! ¡Te lo dije! ¡Otra vez, la luz!
El padre, resignado, se quitó el abrigo y envolvió al pelirrojo en él. Se dirigieron a casa la niña a su lado, nerviosa como un hámster antes de comer pipas.
Papá, corre. Que tiene frío.
Desaparecieron dentro del portal. Poco después, las luces del quinto piso se encendieron.
Valentín recibió su primer baño caliente cortesía de la familia García, seguido de un cuenco de leche templada. La niña se llamaba Jacinta, por cierto se le pegó como la sombra y no paraba de murmurar:
No te mueras, por favor, no te mueras.
El hielo, poco a poco, se derritió en su pelaje y, también, en su corazoncito de gato. Por primera vez, sintió calor de verdad. No el de los radiadores (esos ya estaban a media potencia), sino el de un corazón pequeño y valiente.
Y mientras dentro el nuevo hogar parecía un paraíso, fuera en la calle alguien ese alguien que hay en cada ciudad y que a veces ayuda desde la sombra miraba los cristales iluminados de la quinta planta y susurraba:
Hago lo que puedo hago lo que puedo. No todos ven la luz. Y no todos los que la ven, la conservan.
Pero Valentín no pensaba en esas cosas de humanos; pensaba en Jacinta y en la luz de sus ojos, y supo, por fin, que allí sí le tenían reservado un sitio.
¿Y tú, qué opinas de esto? Deja tu corazoncito y comenta tu teoría, anda, que Valentín ya está ronroneando solo de pensarlo.







