A las nueve de la mañana de un martes de agosto, en Houston, el sudor ya me pegaba la blusa a la espalda. Yo estaba en la carnicería de la Hillcroft, esperando medio kilo de milanesa, cuando el celular vibró. Era la publicación de mi tía Carmen. Una foto de mi papá en un escenario, con su guitarra y un saco dorado, y un texto: «Hoy mi hermano Andrés cumpliría 64 años. Se lo llevó el mar de Tailandia con su mujer y su niño. Si quieren ayudar a su memoria, miren el enlace».
La foto tenía más de cien corazones. Y el enlace era un GoFundMe. No para una beca, no para una placa. Decía: «Recaudación para la Fundación Andrés, administrada por Carmen R.».
Pagué los once dólares de la milanesa con un billete de veinte y salí sin pedir cambio. El perro chihuahua del vecino, Cheeto, ladró cuando la camioneta se detuvo frente a la casa de la calle Tampico. Hacía veintiún años que no entraba sin avisar.
Mi papá, Andrés, cantaba en Los Gavilanes de Houston. Murió en 2004 en Tailandia, junto con mi mamá y mi hermano Diego de nueve años. Yo tenía diecisiete y me quedé en casa de mi abuela por un examen final. Mi tía Carmen se mudó a la casa a la semana del funeral. Dijo que Andrés le había dejado todo en vida. «No hay testamento», repetía. «Tu papá confiaba en mí».
Yo era una chavala rota y no discutí. Ella manejó las regalías de las canciones, cobró los CDs que se vendían en los bailes, alquiló el cuarto de atrás a un primo. Me dejaba entrar a la sala cada diciembre para el rosario. Y yo pagaba mi apartamento en Westchase, mi seguro del carro, mi terapia, y no decía nada.
Hasta hoy.
La casa de la calle Tampico olía a frijoles refritos y a vela de canela. Un mosquito zumbaba en la cocina. Mi tía no estaba; había ido a la iglesia, según la nota pegada en el refrigerador. Entré con la llave que todavía tenía en el llavero. La puerta se resistió y la empujé con el hombro.
El garaje era un horno. Había cajas marcadas con plumón negro: «discos», «ropa Andrés», «fotos 2001». Siempre me había prohibido tocar la caja de «discos». La bajé de la pila. El cartón se deshacía. En el fondo encontré una caja de zapatos con una etiqueta de Kmart, $3.99. Dentro había cartas, un recorte del periódico sobre el tsunami, y una libreta de espiral con dibujos de claves de sol en la portada.
En la página con la fecha 14 de febrero de 2002, mi papá escribió con su letra redonda:
«Si algo me pasa, todo para Mariana. Carmen puede ayudar pero no es dueña. Andrés».
Debajo, la firma. La tinta se había corrido un poco, pero se leía.
Eso era un testamento ológrafo. En Texas, un papel firmado de puño y letra vale. Lo supe porque una abogada del trabajo lo explicó una vez. Guardé la libreta en mi bolsa. No sentí nada todavía. Solo un pulso en el cuello que me impedía oír el radio de la cocina.
Mi tía Carmen llegó a las once. La puerta del garaje se levantó con un chirrido. Entró en la cocina y me vio con la bolsa en la mano.
—¿Qué haces aquí, Mariana?
—Buscar las cosas de mi papá.
—Eso es mío. Tu papá me dejó todo.
—No. Dejó algo escrito. —Saqué la libreta. Se la puse delante con la página de la fecha.
Ella se quedó con la boca sin cerrar. El ventilador del techo daba vueltas y golpeaba la cadena contra el plato de vidrio.
—Eso no vale. Fue antes de casarse de nuevo.
—En Texas vale. Y mañana lo voy a presentar en la corte.
Mi tía intentó agarrarme la muñeca. Me hice hacia atrás y tropecé con el borde de la mesa. La libreta cayó al piso. Ella se lanzó. La pisé con el pie antes de que la alcanzara. Mis dedos temblaban, pero no la solté.
—Carmen, tú tienes hasta el viernes para sacar tus cosas —le dije con la voz plana—. Después la casa se queda como mi papá lo dejó escrito.
Ella gritó algo sobre la ingratitud y los años de cuidar la casa. Yo salí por la puerta del frente. El perro Cheeto ladró desde el jardín del vecino.
A la mañana siguiente fui a la corte de sucesiones del condado de Harris. Pagué trescientos doce dólares por presentar la solicitud. El empleado selló la copia con un golpe seco. Llamé a un cerrajero. Cobraba ochenta y cinco dólares por cambiar las cerraduras. Esperé sentada en el porche mientras el hombre sacaba el juego de llaves nuevas. El sol se metía entre las ramas del mezquite.
A las seis y media, mi tía se estacionó en la entrada. La vi desde la ventana de la sala, detrás de la cortina. Intentó la llave vieja. No giró. Golpeó la puerta con el puño.
—¡Abre, Mariana!
No le giré la manija. Metí la copia sellada de la corte en un sobre blanco y la pasé por debajo de la puerta. Se oyó el papel al arrastrarse por la madera.
—Eso dice que la casa y las regalías son mías —dije desde adentro—. Tienes hasta el viernes.
Ella rasgó el sobre. Empezó a leer. El perro Cheeto aulló. Yo encendí el radio en la estación 104.1. Estaba tocando una canción de Los Gavilanes de Houston. La trompeta sonaba como el llanto de un gato.
Mi tía pateó la puerta una vez. Después se fue en su camioneta. Las luces traseras se apagaron en la esquina de Tampico.
Apagué el radio. En la libreta, debajo de la firma, mi papá había dibujado una clave de sol. La repasé con el dedo. No lloré. Guardé el papel en la caja de zapatos de Kmart. Mañana iría a la oficina de la editorial a registrar mi nombre como heredera. La cita estaba en mi celular. Tres y media.
Esa noche, el chihuahua del vecino se quedó ladrando hasta las dos de la mañana. Nadie le pidió que se callara.






