# La deuda del aroma

Julián se rio con esa risa que ya no me dolía. Estaba hundido en el sofá de cuero de su taller, con las piernas abiertas y un vaso de bourbon caro en la mano. El único lujo que sí pagaba él. Todo lo demás —la casa, las luces, el alquiler del local, hasta el bendito sofá— lo había pagado yo.

—¿Así que te vas? —dijo, mirando cómo yo doblaba mis blusas sobre la cama—. Pues vete, pero no se te ocurra volver llorando. ¿Quién te va a contratar a ti, la que mezcla aceititos de bebé?

Yo no respondí. Metí mis frascos de esencia en la maleta con el mismo cuidado con que se envuelve un recién nacido. Frasco de sándalo, de bergamota, de oud. Todo tenía mi nombre escrito en la tapa con esmalte de uñas.

Julián era lutier. Fabricaba guitarras clásicas y se creía el heredero directo de Antonio Torres. En su cabeza, el mundo no lo valoraba porque estaba lleno de ignorantes. En mi cabeza, yo pensaba en la vez que le había salvado el pellejo con una fragancia.

Sí. Una fragancia.

Nadie lo sabía, pero el barniz de sus guitarras no era solo barniz. Era una mezcla que yo llevaba once años perfeccionando en la cocina de nuestra casa: resina, cera de abeja, aceite de cedro y algo más que me había costado tres abortos, una úlcera y dos gatos muertos de puro descuido. Julián aplicaba ese barniz y las guitarras sonaban como si el alma de un roble viejo se despertara dentro. Los compradores pagaban veinte mil dólares por una pieza sin entender por qué sonaba mejor que las de marcas japonesas. No sabían que el secreto no estaba en la madera. Estaba en esa lata de galletas danesas que yo guardaba bajo la tarima del taller.

—Estás callada, ¿eh? —insistió él, levantándose con el vaso en la mano—. Eso es que sabes que no tienes a dónde ir. Tu mamá te cerró la puerta en la cara hace años, Valeria. Tu papá ni te conoce. No tienes a nadie.

—Ya lo sé —respondí, cerrando la maleta con un golpe seco.

En la puerta del taller estaba Rogelio, el amigo de Julián, recargado contra el marco como si el lugar le perteneciera. Rogelio era de esos tipos que venden herraduras de caballo por internet y cobran por el envío como si fueran reliquias aztecas.

—Déjala que se vaya, compadre —dijo Rogelio, sacándose un palillo de la boca—. Total, aquí nadie la retiene. Tú tienes el pedido de los japoneses de Houston. Cuatro guitarras. Cuarenta mil cada una. ¿Para qué quieres una mujer que te amarga el humor?

—Eso digo yo. —Julián apuró el bourbon.

Yo terminé de bajar la escalera. Llevaba la maleta con ruedas y mi caja de madera con los frascos. No voltee. No lloré. Afuera, a las once y media de la noche, el calor de San Antonio me golpeó en la cara como una toalla húmeda. Un perro callejero me siguió media cuadra y se echó junto a mi coche mientras yo abría la cajuela. Le di un poco de agua de una botella que tenía en el asiento. El perro se quedó mirándome mientras arrancaba.

Manejé hasta el hotel La Escondida, cerca del mercado. Pagué por una noche trescientos veinte dólares, que era una locura, pero necesitaba silencio. Me metí a la regadera y dejé que el agua caliente me borrara el olor a madera y a traición.

A las dos de la mañana sonó el teléfono. Era doña Carmen, la mamá de Julián.

—Mija, ¿dónde estás? —Su voz temblaba como papel de china. —Me habló el desgraciado de Rogelio, todo orondo, diciendo que ya te habían sacado de la casa. Dime que no les dejaste nada.

—Doña Carmen, son las dos de la mañana.

—¡Y a mí me vale madres! —gritó la señora en un susurro ronco. —Oye, tú sabes lo que pasó la última vez. Ese muchacho, con tal de quedar bien con esos japoneses, es capaz de vender hasta el molcajete de su abuela. ¿No se te olvidó nada?

—No se me olvidó nada, doña Carmen. Tengo lo mío.

—¿Y lo otro? —preguntó ella, bajando la voz más todavía. —¿El cuaderno?

Cerré los ojos. El cuaderno. Mi cuaderno de notas. Once años de fórmulas, de intentos fallidos, de medidas exactas. El puñetero cuaderno estaba en la cocina, en el cajón donde yo guardaba las tapas de plástico para el microondas.

—Mañana paso por él —dije.

—No, mija. Mañana no. Ahorita.

Colgué y llamé a la recepción. Pedí un taxi. Le di al chofer veinte dólares de propina para que me esperara afuera con el motor encendido.

La casa estaba oscura. Entré por la puerta de atrás, la que siempre se atoraba con el calor. La cocina olía a arroz viejo y a desodorante barato. El cajón del cuaderno estaba entreabierto. Lo saqué. Siento que no respiré.

Y entonces se encendió la luz.

Julián estaba de pie en el pasillo, en bóxers y con una lámpara led en la mano. Rogelio detrás, con el palillo todavía en la boca, como si no se lo hubiera quitado ni para dormir.

—Te dije que no volvieras —dijo Julián.

—Solo vine por lo mío.

—¿Ah, sí? ¿Y qué es lo que está en tu mano?

Rogelio soltó una risita.

—Eso es del taller, compadre. La vieja quiere robarte.

—No es del taller. —Apreté el cuaderno contra el pecho. —Es mi recetario. Lo necesito.

Julián se acercó. Podía oler el bourbon en su aliento desde lejos.

—Dámelo.

—No.

—Dámelo o te acuso de allanamiento.

Soltó la lámpara sobre la mesa y me arrancó el cuaderno de las manos.

Lo abrió. Pasó las páginas con desprecio, como si fueran facturas de internet.

—¿Y para qué quieres esto? ¿Para venderle shampoos a las doñas del mercado? —dijo. —Esto no sirve para nada sin mí.

—Es mío, Julián.

—Pues ahora es mío. —Lo lanzó detrás de él, al suelo del pasillo. Rogelio lo agarró con una mano, sin dejar la boca de moverse. —Vete. Y no vuelvas a pisar esta casa.

Me quedé unos segundos parada ahí, bajo el foco de la cocina que parpadeaba. Afuera, el perro callejero ladraba. En la tele del vecino pasaban un partido de los Spurs repetido.

—Está bien —dije. —Haremos una cosa. Mañana vengo por él con un policía.

—Mañana vas a venir con un abogado si no te largas ya.

Rogelio se rio tan fuerte que se le cayó el palillo.

Salí. No corrí. Cerré la puerta con cuidado, como si no quisiera despertar a nadie.

El taxi seguía afuera. El perro me seguía hasta la puerta del coche. Le di el resto de mi botella de agua.

Al día siguiente, a las siete y media de la mañana, fui a la corte de distrito y presenté una moción para recuperar mi propiedad. El licenciado Marroquín me atendió con cara de sueño. Le enseñé fotografías del cuaderno, de mi nombre en la primera página, de las fechas. Le dije cuánto costaba una guitarra de Julián y cuánto costaba el barniz que yo había hecho en mi cocina. El abogado se ajustó los lentes.

—¿Usted tiene algo que demuestre que esa fórmula es suya?

—Tengo once años de recibos de compra de aceites y resinas a mi nombre. Tengo los videos que grabé para un curso de perfumería que nunca terminé. Y tengo el registro de una patente provisional.

El licenciado levantó la ceja.

—¿Patente?

Saqué una copia de la solicitud que había presentado dos años atrás. Me había costado mil novecientos dólares que pagué de mi bolsa, en un arranque de miedo una noche que Julián me dijo que él era el dueño de todo lo que saliera del taller.

—¿Y por qué no se fue antes? —me preguntó.

—Porque pensé que el matrimonio era para eso, licenciado. Para aguantar.

Esa tarde, a las tres, regresé a la casa con una orden judicial. El policía, un veterano con bigote de morsa, tocó la puerta con dos golpes secos.

Julián abrió. Se quedó pálido.

—¿Qué es esto?

—Recogiendo mi propiedad —dije.

Rogelio salió del taller con una guitarra a medio barnizar. Se le veía el pánico en la cara.

—¡Ni madres! —gritó. —¡Eso es del taller!

—Señora —dijo el policía, extendiendo el documento—. Tengo una orden para recuperar el cuaderno con la formulación del barniz. ¿Dónde lo tienen?

—No está aquí —dijo Julián.

—Sí está —dije yo. —Lo puso en su mochila negra, en el clóset del pasillo.

El policía me miró con una especie de admiración.

Cuando Julián intentó cerrar la puerta, el policía puso la bota en el umbral.

—No se me ponga difícil, señor. Sale más barato entregarlo.

Tardó diez minutos. Diez minutos en los que yo me senté en el escalón de la entrada y miré el cielo como si fuera lo más interesante del mundo.

Al final, el cuaderno volvió a mis manos. Pesaba poco, pero sentí que me devolvían once años.

Julián salió detrás del policía.

—¿Y ahora qué, Valeria? ¿Vas a llorar por las esquinas?

Lo miré. No me importó esconder la línea recta de mi boca.

—Ahora voy a hacer lo que debí hacer hace mucho —dije.

No le conté nada más. Me subí a mi coche y manejé hasta el banco.

Fui a la oficina del jurat. Firmé, sellé, notaricé. La patente ya estaba a mi nombre. El cuaderno, que era la prueba de que yo había creado la fórmula, se quedó archivado en una caja de seguridad. Llamé a una amiga que tenía una tienda de productos naturales en Austin. Le propuse algo.

—Necesito un socio inversionista.

—¿Cuánto?

—Cuarenta mil para el primer lote. La fórmula está lista. El que falta por firmar es Julián.

—¿Y Julián?

—Él no sabe que sin mi barniz sus guitarras suenan a cajón de muerto.

Sonó tres veces el teléfono antes de que Julián me marcara.

Era un miércoles. Yo estaba parada en la cocina de mi nuevo departamento, en Austin, con un frasco de sándalo en la mano y una etiqueta de mi nueva marca pegada al cristal.

—¿Valeria?

—Sí.

—¿Dónde está el barniz?

—El barniz es mío, Julián. Yo lo hice.

—Pero yo lo aplicaba.

—Y yo lo cobraba —dije—. Tú no pagabas nada. Te quedabas con todo.

Hubo un silencio largo. Luego, la voz de Rogelio de fondo:

—¡Dile que nos dé la fórmula, compadre! ¡Los japoneses están cancelando!

—¿Valeria? —la voz de Julián se estaba quebrando—. ¿Valeria, me escuchas?

—Te escucho perfectamente.

—Devuélveme la lata. Nada más la lata.

—No.

—¿Por qué?

—Porque costó once años, Julián. Y costó ochocientos cuarenta mil dólares de los que yo pagué hasta el último centavo. Y no me diste ni las gracias.

—No me hagas esto.

—Yo no te hice nada. Tú cerraste la puerta. Tú me dijiste que no volviera.

—¡Ábreme! ¡Estoy afuera!

Colgué.

Me paré frente a la ventana. Desde mi piso podía ver la azotea del edificio de enfrente, una bandera de Texas deshilachada y un letrero de tacos al carbón. No me asomé. No necesitaba verlo.

Esa noche, a las nueve, puse en el correo una carta certificada: la disolución de la sociedad conyugal, la notificación de patente registrada a mi nombre y el aviso de que el lote de guitarras que Julián traía a medias no se podía vender sin mi barniz. Copia a la oficina del abogado.

Al otro día, a las siete de la mañana, el perro callejero estaba sentado en la entrada de mi edificio, como si hubiera viajado trescientos kilómetros en una noche. Le abrí la puerta.

Se quedó conmigo.

Y a Julián le costó ochocientos cuarenta mil dólares descubrir que yo no era la que mezclaba aceititos.

Era la que le daba de comer.

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Coldagent
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